diciembre 03, 2016

Escarcha en la cara


La encontré la última noche del Festival. Haciendo la fila frente a una carpa, para escuchar a Honeyfeet. Estaba con una amiga. Nos sonreímos y comenzamos a hablar. Me sirvió vino en mi vaso vacío. Acababa de terminar mi ginebra. Brindamos. Entramos a Wandering World. Estaba repleta. Nos acomodamos. Hacía mucho calor, pero logramos bailar. O algo parecido. Era la segunda vez en la noche que veía a la banda revelación de Manchester. Sin duda estaban teniendo mucha acogida. La personalidad arrolladora de la cantante y su potente voz, acompañada de su envolvente música cinematográfica, nos hicieron entrar en un trance propicio para agudizar los sentidos. Reímos. Nos coqueteamos. Nos divertimos. Hasta que se acabó el performance y volvimos a sentir calor.

Al salir de la carpa quisimos seguir juntos. Nos despedimos de su amiga y fuimos a dar un paseo. La locura de Shambala estaba a tope. Miles y miles de personas pasándolo bien en unas cuantas hectáreas. El barro en el suelo, los originales disfraces y el estado de euforia generalizado nos daban cuenta de que el verano es la estación más esperada por los británicos. Cada cual hace lo que quiere, con quien quiere y donde quiere. Caminamos hasta el Bosque Encantado. Reíamos al ver las estructuras de luz presentes en las ramas de los árboles y los sonidos que salían de cualquier arbusto. Algunos muy humanos. Otros no tanto. Paramos en una estación de té. Compartimos un Chai. Luego sirvió otro vaso de vino.

Nuestro primer beso fue más bien tímido. Estábamos en el domo de 8 bit. Un lugar donde pareces estar en el salón de juegos de tu infancia, pero bailando, saltando, sonriendo y coqueteando con cualquiera del sexo opuesto. Salimos. Escuchamos al DJ subido en una caja de madera. Me dijo que sería bueno que tuviera unas bailarinas detrás. Yo estuve de acuerdo.

Me hablo de New Castle, su ciudad. Le hablé de San Marcos, mi pueblo. Juntamos nuestras manos. Nos dimos otro beso. Menos tímido que el anterior. Ya había un poco más de confianza. Me habló de Manchester, donde ahora vive. Yo le hablé de Cartagena del Caribe mientras pensaba en el nombre de su ciudad de origen. Interesante. Me detuve en sus ojos, brillantes. En sus pupilas que invitaban a viajar. En aquel momento vi una estrella fugaz y pedí un deseo.

Entramos a la Máquina de la Música. Allí estuvimos un largo rato. Cantamos. Gracias a un dispositivo ubicado en el centro del pequeño reciento de madera al cual solo se puede acceder agachándose. Hicimos Música poniendo nuestra boca en una especie de micrófono que más bien era una toma de sonidos. Como un embudo al revés. Cantos ancestrales, los míos. Futuristas, los de ella. Nos volvimos a besar. Nos volvimos a besar. Nos volvimos a besar. Y la Música reverberaba en todo el Universo.

De allí nos sacaron, con innecesaria displicencia, los guardias. La diversión había terminado. Salimos de un momento trascendente, rumbo al baño. El más cercano era el de hombres, pero ella no tuvo inconvenientes. Entró primero. Se agachó en la penumbra. Yo esperé afuera. Cuando salió intenté darle otro beso, pero apartó la cara. Le pedí permiso con mi sombrero y entré.

Al salir no estaba. Intenté encontrarla por todas partes. Creí verla en más de una ocasión, pero no. Caminé un rato, con mi vaso vacío en la mano. Una franja de oro en el horizonte anunciaba el nuevo día. La imaginé sonriendo. 

Se llama Sarah. Tenía escarcha en la cara.

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