noviembre 16, 2016

Don Argemiro, el conversador



Creo que fue Miguel de Unamuno quien dijo que la mejor herramienta para combatir el fascismo es el libro y el mejor tratamiento para curar el racismo es el viaje. Ambos, libro y viaje, son los dos asuntos que se me ocurren al pensar en la figura de Don Argemiro Bermúdez Villadiego.

En una sociedad que a pesar de casi cinco siglos de historia le sigue teniendo pánico al libro, supo él cultivar una pasión por la lectura que lo llevó a dormir entre periódicos, revistas y, por supuesto, libros. Así lo recuerdo, siempre conversando del que tenía en la mesa de noche. Siempre sugiriendo uno nuevo. Siempre deseoso de generar una conversación en torno a un autor, a una publicación, a una idea.

Era la suya una mente brillante, no hay que dudarlo. Y tenía ese don de los antiguos sabios de querer generar discusión y debate, es decir, compartir los conocimientos que tenía. Darle utilidad social a los hallazgos de sus silenciosas horas de solitaria lectura. Esta es la raíz del hombre público, del apasionado dirigente cívico y deportivo que tan útil fue a sus contemporáneos. Para Don Argemiro la actividad política se traducía en función pública y se resumía en una sola y muy olvidada cuestión: el bien común.

En segundo lugar, el viaje. Acostumbrados a valorar muy poco sus legendarias y ancestrales virtudes, él fue ejemplo de diálogo con otros puntos de vista, otras realidades, otras culturas. Capaz de respetar y valorar, por disímil que fuera, el pensamiento ajeno. Eso le llevó a ser uno de nuestros principales líderes, que supo moverse indistintamente por todas las capas de la sociedad sin dejarse permear por la vanidad, el egoísmo o la vileza. Y eso, hay que decirlo, en una sociedad tan excluyente y racista como la cartagenera, lo convirtió en un interlocutor válido tanto para el patrono como para el obrero. Tratando siempre de servir al más necesitado. Dar una voz de aliento al que la requería. Dar una mano, un consejo, una referencia, al desposeído. Quizá se veía él mismo, de origen humilde pero digno, como la comprobación de que las metas se pueden lograr, los sueños alcanzar, solo si se someten al crisol de la lucha constante, la disciplina y la educación.

Fue un gran maestro. Miles de discípulos pueden confirmarlo. Y lo fue porque a pesar de sus títulos académicos bien logrados dentro y fuera del país, siguió sintiéndose como un autodidacta. Su formación nunca se detuvo. Siempre atento a las novedades del mundo editorial, corría a la librería a obtenerlas. Gran costumbre que lo mantuvo siempre en el presente, siempre dispuesto a conversar sobre los asuntos de interés colectivo. Ese era su método, tan antiguo como futuro: la conversación. Sin afanes, productiva, útil. En un mundo en el que la Economía y la Política parecieran ser los únicos lentes con los cuales se valora la realidad, Don Argemiro supo siempre sacar el tiempo para dedicarse a conversar.

Este es, desde mi punto de vista, el hombre que acabamos de perder. Este es el legado que estamos en la obligación de mantener. Si queremos salir del fango en el que estamos.

Por Ensuncho De La Bárcena

@HombreHicotea

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