enero 31, 2016

El vallenato o la celebración de una masacre*

Consuelo Araújo Noguera, QEPD, fundadora del Festival de la Leyenda Vallenata.

En marzo de 2011, Ernesto McCausland, Editor General de El Heraldo de Barranquilla, me solicitó un texto “con pulso de escritor” donde expusiera mis argumentos contra el vallenato de manera extendida. Me honró su encargo y me dispuse a escribir. Se lo envié el 31 de marzo, tal como consta en mi archivo. El gran Editor le hizo algunos cambios políticamente correctos. Algunas semanas después salió publicado, con portada, en el Dominical de El Heraldo. Supongo que el artículo causó reacciones adversas. Como todos sabemos, Ernesto McCausland falleció en noviembre de 2012. Algunos meses después el artículo fue sospechosamente retirado de la página web del prestigioso diario. ¿Orden de quién? No lo sabemos. ¿A quién le hacía daño mi artículo?  Juzguen ustedes.

No sé si el lector sepa de qué se habla cuando se habla de la “Leyenda Vallenata”.

La mayoría de las veces se le confunde con el mito de “Francisco El Hombre”, que habla de ese acordeonero legendario que retó al diablo y le ganó. Muy pocos colombianos, muy pocos “costeños”, saben el origen verdadero de semejante “leyenda”.

Digámoslo de una buena vez. La “Leyenda Vallenata” que dio origen al festival, que a su vez contribuyó a la fundación y nominación del género musical, es la celebración de una masacre. Si, lee bien, de una masacre. En la “Leyenda de la Virgen del Rosario”, “Leyenda Vallenata” o “Fiesta del Milagro”, se conjugan elementos históricos, sociológicos, fantásticos y religiosos que la distinguen como una de las tradiciones más antiguas de Valledupar y de la región caribe. Fuentes escritas registran los sucesos históricos que inspiraron la leyenda, tales como el documento “Constancia y Parte del Alzamiento de los Tupes contra la Ciudad de Valle de Upar”, en el cual Sancho de Camargo, Escribano de Gobernación en la Provincia de Santa Marta, en 1582, confirma las declaraciones del gobernador Lope de Orozco en relación con el asalto de los indios Tupes e Itotos a dicha población, ocasionando numerosas muertes y la quema de la Iglesia Mayor y el Santísimo Sacramento.

Desfile de Las Pilanderas que inaugura el Festival de la Leyenda Vallenata

Posteriormente el cronista Juan de Castellanos, en sus “Elegías sobre Invasión de los Tupes a la Ciudad de Valle de Upar”, en 1586, y el alférez José Nicolás de la Rosa en su libro “Floresta de la Santa Iglesia Catedral de la Ciudad y Provincia de Santa Marta”, hacen referencia a las manifestaciones de rebeldía de las tribus de la región. Según cuenta la “Leyenda”, la hermosa india Francisca casada con el indio Gregorio, ambos de la tribu Tupe y servidores del portugués Antonio de Pereira, fue agredida por la esposa de éste. Ana de la Peña azotó a Francisca por las piernas y le cortó los cabellos en presencia de toda la servidumbre. ¿Sentía celos doña Ana de la indómita belleza de Francisca? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que “dada la gravedad de la ofensa, un indiecito Tupe de nombre Antoñuelo escapa y lleva las quejas al Cacique Coroponiaimo, quien organiza la revancha mediante ataque a la población, apoyado por los caciques Coroniaimo y Uniaimo.

Itotos, cariachiles, tupes y chimilas se van al ataque en horas de la noche del 27 de abril, tomando por sorpresa a los habitantes de la población cristiana a orillas del río Guatapurí. Proceden a dar muerte a sus moradores y a incendiar las viviendas y el Templo de Santo Domingo. Este se resiste al fuego y en medio de los intentos de los indios por lograr su cometido, “surge de entre el humo y las llamas la figura de la Virgen del Rosario, quien con su manto ataja las flechas incendiarias de los agresores evitando la destrucción del templo”.

Los nativos huyen despavoridos en busca de refugio hasta llegar a la laguna de Sicarare, cuyas aguas envenenan con barbascos y preparan una emboscada a sus perseguidores. Con la ayuda de los negros esclavizados y bajo el mando del capitán Antonio Suárez de Flórez llegan los soldados de la guardia Española y el capuchino catequizador al sitio de la celada, sedientos y cansados se acercan a beber el agua de la laguna, la cual les causa una terrible intoxicación y muerte. “Una vez más aparece la imagen de la Virgen, quien con su báculo va tocando uno a uno a los envenenados produciéndose así un milagro.”

Los acontecimientos terminan el 30 de abril con la ceremonia de Las Cargas, donde se representa la quema del capuchino catequizador y el episodio de la muerte de los caciques Coroponiaimo y Coroniaimo vencidos por la Guardia Española. La fuente es el Sistema Nacional de Información Cultural – SINIC- del Ministerio de Cultura de Colombia, que puede ser consultado por cualquier lector con acceso a internet.

García Márquez, Escalona y amigos en el primer Festival.

Una vez puesta en conocimiento del lector la “Leyenda Vallenata”, valdría la pena preguntarse: ¿Por qué los creadores del Festival decidieron rendir tributo a semejante infamia? ¿No se dieron cuenta que estaban justificando con ese hecho, el exterminio de varias poblaciones indígenas? ¿O lo hicieron a propósito? Es tarde ya para escuchar las respuestas de Alfonso López Michelsen, Consuelo Araujonoguera y Rafael Escalona. Pero la pregunta es legítima. ¿Qué diría Gabriel García Márquez al respecto? ¿Daniel Samper Pizano? ¿Enrique Santos?

Lo que podemos inferir rápidamente es que la “Leyenda Vallenata” instaura por vía divina la supremacía de los españoles invasores sobre los nativos indígenas. ¿Será por eso que en tierras del Cacique de Upar el heredero del sanguinario conquistador tenía que ser, naturalmente, un guerrillero o un paramilitar? Recordemos que alias Simón Trinidad y alias Jorge 40 eran casi vecinos en el proverbial barrio “El Cañaguate” en pleno centro de Valledupar. ¿Será el vallenato una música cargada de tragedia desde sus orígenes? ¿Será hora de revisar la Leyenda Vallenata?

Ahora, no podemos negar que el Vallenato ha trascendido las fronteras del caribe colombiano para convertirse en la música nacional. ¿Será su origen sanguinario lo que le ha permitido hacerse a semejante “honor”? ¿Puede Colombia entera aceptar que su “música nacional” tenga sus raíces en semejante masacre?

Pantallazo del envío del artículo a Ernesto McCausland, vía mail, el 31 de marzo de 2011

Y no vaya a pensar el lector que quien escribe es practicante de esa nueva religión llamada “ateísmo”, tan en boga en estos tiempos. No. Todas estas preguntas me las hago desde la fe católica que profeso. Negándome a admitir que la Virgen del Rosario sea cómplice de la masacre perpetrada por los conquistadores. Así como me niego a admitir que María Auxiliadora sea cómplice de los sicarios de Medellín. O que los ejércitos del mundo necesiten de la bendición de los líderes religiosos para tener éxito en sus operativos de muerte y desolación.

Porque quienes mueren en la guerra son seres humanos con igualdad de derechos. Humanos a quienes se les priva del fundamental Derecho a la Vida. No importa el color que exhiban sus banderas, ni las ideas que profesen. Porque, recuerdo ahora al gran poeta Héctor Rojas Herazo, “ninguna idea justifica un cadáver”.

Creo que va siendo hora en Colombia de que valoremos y respetemos mucho más nuestros múltiples orígenes. Nuestros diversos relatos. En vez de favorecer sólo uno de ellos. Y de que seamos conscientes de una vez por todas que lo que llamamos “origen blanco” no existe. Porque los diferentes Reinos que conformaban la península ibérica en 1492, eran quizá el territorio más mestizo de Europa. Luego de haber soportado durante siglos la presencia de los Judíos y de los Moros, que configuraron un entrañable mestizaje que luego exportaron, allende los mares, al Nuevo Mundo.

Constancia de la existencia del artículo en la página web de El Heraldo, abril de 2013

Ya va siendo hora de que aceptemos que el Nuevo Mundo es eso, precisamente, Nuevo. Y que seamos capaces de admitir que no somos unos “europeos venidos al trópico” desde hace siglos. Al menos dos. Precisamente ahora que se da por celebrar el Bicentenario de la Independencia. ¿Cuál Independencia? Me pregunto. Pero bueno, ese es otro tema.

Por Ensuncho De La Bárcena
@HombreHicotea


*Título y versión original del artículo publicado como: ¿Hora de revisar la leyenda?

¿Quién mandó a borrar el artículo de la página web de El Heraldo? Sigue siendo un misterio.

enero 25, 2016

Isla



Vuelvo a vos
como quien nunca se fue

Estoy en vos
como quien nunca ha salido

Vivo en vos
como quien nunca ha nacido

Canto en vos
como quien solo tiene voz

Amo en vos,
como quien solo es Hoy,
es decir, Siempre.


Mompox.







Santa Cruz de Mompox, enero 23 de 2016, Luna Llena

enero 20, 2016

En las orillas* (Jorge García Usta visto por William Ospina)


Hay una diferencia importante entre escribir mal y escribir bien, pero - como dijo Truman Capote- hay una diferencia más importante aún entre escribir bien y el arte verdadero. Tal vez eso explica el contraste entre la abundancia de escritores y versificadores y la escasez de poetas en todas las edades del mundo.

Se dice que un poeta es un ser tocado por la Divinidad, no un ingenioso y caprichoso ordenador de palabras al azar. Pero, suponiendo que el talento y la destreza pudieran reemplazar al don poético, aún haría falta no sé qué extraordinaria disciplina mental y moral para perseguir a través de casi imperceptibles matices la exacta expresión de una emoción, de un estado del espíritu, de un deslumbramiento que pueda pasar vibrando a los otros a través del lenguaje; esas cosas que la mera razón agonizaría calculando y fabricando y que el don poético logra por efecto de una misteriosa concentración que linda con la demencia y con el éxtasis.

En nuestra época, y no sólo en nuestro país, se suele llamar poema, por un acuerdo tácito de los comentaristas de prensa, a toda prosa distribuída en líneas, sin que suela importar para esa generosa designación el que el texto esté bien o mal escrito, o que, a falta de ser conmovedor, sea siquiera inteligible. Ello se debe también a la creencia general y moderna de que la poesía es el reino de la arbitrariedad, de que el poeta es simplemente alguien que miente, exagera y distorsiona la realidad de una manera despiadada y profesional. Así, todo se le tolera por la simple razón de que nada se le cree, y porque, al cabo, la importancia que se le concede es la deleznable importancia que tienen lo pintoresco o lo irremediablemente absurdo. Largo y oprobioso ha sido el camino para llegar a esta irrisión, pero podemos confiar en que esto no sea más que un accidente histórico y que para sociedades más gravemente comprometidas con la vida y con los misterios del lenguaje, instaurador de mitos y de realidades, la poesía recupere esa función secular de expresar "el sentido profundo de lo que permanece", de arrebatar los espíritus, de ser una revelación, una pasión y una música, razones que valgan el riesgo de ser hombre y de ser poeta.


Pero a lo mejor no se equivocan quienes piensan que un poeta puede hacerse, que los dioses también premian la obstinación y la laboriosidad. Bien puede ser que al precio de errores, esfuerzos, recaídas y resurrecciones, la labor del hombre pueda verse premiada por unas páginas de belleza perdurable. Si ello es así, Jorge García Usta ha dado con este libro un paso inmenso en el camino que podría llevarlo a ser un poeta: ha cometido casi todos los errores que me parecen posibles (y tal vez inevitables) en un escritor, en un versificador: la vanidad, la palabrería vacía de sentido, la solución frívola a versos que comienzan siendo intensos y aún hermosos, las metáforas insubstanciales, la desordenada y aun abusiva costumbre de prodigar poemas diversos en su forma pero idénticos en su falta de equilibrio e intensidad a cuanto filósofo griego o actriz de cine se le ocurren, la confusión, los desplantes y las piruetas verbales no justificados por la pasión ni por la música, la ciega voluntad de innovar a toda costa, que hace de sus textos ejemplos de una escritura casi completamente exterior, motivada por el deseo de ser también poeta más que por la necesidad íntima de expresar algo sentido y personal. Estos, que son forzosamente errores de todos los que afrontan las dificultades (y viven la felicidad) de intentar un poema, han sido cometidos por García Usta con una prodigalidad que no es inusual entre nosotros pero que en su caso alcanza a ser notable.

Yo lo he lamentado por varias razones. La primera, porque leí su libro con la mejor voluntad y la viva esperanza de encontrar un poema cuya intensidad y cuya belleza pudieran eclipsar y hacerme olvidar a todos los demás. Otra, porque es triste no poder celebrar con entusiasmo siquiera un fragmento conmovedor y prometedor, en un libro reciente de alguien joven y ya, según parece, dueño de cierto prestigio. Otra, porque, con todo, García Usta es un hombre que posee la suficiente riqueza verbal y tal vez la suficiente sensibilidad estética para que podamos esperar de él algo mejor que este libro que nos ha ofrecido. Incluso me parece misteriosa la manera como malogra, por negligencia o por desdén, temas que son estéticamente atractivos, y también la manera como renuncia con facilidad a la delicadeza y al buen ritmo de ciertos períodos para atravesar palabras cuya fealdad da desaliento, o frases cuya trivialidad e insipidez echan a perder toda magia.

Hay algo que, sin embargo, podemos agradecerle: hay en él una suerte de vigor y de vivacidad que le impiden escudarse, como lamentablemente es costumbre ahora , en neutras banalidades que ni agradan ni indignan y que por su gris y persistente monotonía logran el indulgente favor de los periódicos y aun de las antologías. Naturalmente, esquivar esa nada no basta para que un escrito sea un poema, pero en algo lo acerca, y provoca siquiera estas censuras que hubieran querido no serlo.

Sólo me resta confiar ritualmente en que lo dicho sea el error de un lector descuidado o que, si no lo es, logre ser algo más que una pobre e inútil reprobación. Que de algún modo sea útil para quien lo motiva (y también, ya que todo lo que decimos se dirige en primer lugar a nosotros mismos, para el comentarista) en el esfuerzo por arrebatarle un poco de belleza perdurable a las evanescentes formas del mundo.


*Reseña de “Noticias desde otra orilla” (Jorge García Usta, Ediciones En Tono Menor, Medellín, 1985). Escrita por William Ospina. Publicada en el “Boletín Cultural y Bibliográfico” del Banco de la República, Vol. 22, núm. 05, páginas 89 y 90 (1985).


JORGE GARCÍA USTA. (1960-2005). Escritor y profesor. Publicó "Noticias desde otra orilla", "Libro de las Crónicas", "Monteadentro", "El reino errante: poemas de la migración y el mundo árabes" y "La Tribu interior"; el libro periodístico "Diez juglares en su patio" (en coautoría con Alberto Salcedo Ramos), y el ensayo "Cómo aprendió a escribir García Márquez". Ganó el premio de periodismo Antonio J. Olier y el León de Greiff. 

WILLIAM OSPINA. (Colombia, 1954). Es uno de los escritores más destacados de su generación. Gran poeta, ensayista y novelista. Ha publicado: Hilo de Arena (1986), Aurelio Arturo (1990), La luna del dragón (1992), El país del viento (1992), Esos extraños prófugos de occidente (1994), Es tarde para el hombre (1994), Los dones y los méritos (1995), Un álgebra embrujada (1996), ¿Dónde está la franja amarilla? (1997), De cómo fue que secuestraron al indio Atahualpa (1998), ¿Con quién habla Virginia caminado hacia al agua? (1999), Las auroras de sangre (1999), Los nuevos centros de la esfera (2001), La decadencia de los dragones (2002), Por los países de Colombia: ensayos sobre poetas colombianos (2002), América Mestiza: el país del futuro (2004), Ursúa (2005), La escuela de la noche (2008), El país de la canela (2009), En busca de Bolívar (2010), La lámpara maravillosa (2012), La serpiente sin ojos (2012), Pa que se acabe la vaina (2013), El dibujo secreto de América Latina (2014) y El año del verano que nunca llegó (2015). Ha recibido el Premio Nacional de Ensayo (1982), el Premio Nacional de Poesía (1992), el Premio de Ensayo Casa de las Américas (2003) y el Premio Rómulo Gallegos (2008).

enero 09, 2016

Tres retratos de Don Alfonso



El Maestro

Aprendió el Arte de su Padre desde muy niño. A Don Juan de La Cruz Piña, ese gran patriarca que sembró el Valle del San Jorge de Música le debía todo. Fue él quien lo alentó a interpretar el clarinete y componer, quien le confió la dirección de su Orquesta siendo un adolescente. Con él grabó su primer disco, en la aún fría ciudad de Medellín, en 1962.

“Abran Rueda” se llama ese acetato que es la piedra angular sobre la que se construyó la Catedral Musical de La Familia Piña. Así como Los Bach en Europa, Los Piña en América. Generaciones y generaciones de Músicos entregados a Servir a la Humanidad. De tiempo completo. Sin que cuenten los cumpleaños, las navidades y los fines de año, fechas sagradas para toda Familia. Ellos, Los Piña, siempre están disponibles para ser El Alma de La Fiesta o La Ceremonia. Cuando y donde quiera que esta ocurra.

Don Alfonso fue desde joven el guía de su Familia. El que sorprendía a todos con su talento ingobernable. Ese mismo al que un reputado hombre de estudio acusó de usar un hechizo en su clarinete, porque era “imposible ese sonido, ese color, esa atmósfera”. Fue en aquel entonces cuando recibió un telegrama inesperado que lo reconocía como “El Mejor clarinetista de Colombia”. La firma no lo dejó dormir varias noches. ¡El mismísimo Lucho Bermúdez le invitaba a hacer parte de su Orquesta!

Al consultarlo con el maestro Juan de La Cruz, este le aconsejó que era preferible ser “cabeza de ratón” y no “cola de león”. Razón por la cual Don Alfonso nunca abandonó la Orquesta de su Padre, mientras este estuvo vivo. En aquella emblemática “Juan Piña y sus Muchachos” él brillaba con luz propia junto a sus hermanos: Juan, Carlos y Elvira. Es la época más feliz de Los Piña, a pesar de lo estricto que era el viejo. Incluso, a raíz de ello. Muerto su progenitor, en 1966, los hermanos se dispersaron. El mayor continuó con el legado y creó “Alfonso Piña y su Combo”, “Alfonso Piña y sus muchachos”, “Alfonso Piña y su Conjunto” con los cuales grabó una extensa discografía que incluye alrededor de 300 temas suyos. Y siempre nos dijo que tenía al menos 600 inéditos. Yo aún le creo.


El Genio

Fundó bandas de música a lo largo y ancho del Caribe Colombiano. Desde Urabá a la Guajira, desde Barranquilla hasta la Depresión Momposina. La más destacada de todas, La 19 de Marzo de Laguneta, fue formada por él. Su legado es incalculable e infinito. Su paso por este mundo deja una huella imborrable. Sospecho que a Don Alfonso lo descubrirán los próximos siglos y, como le ocurrió a Juan Sebastián Bach, sabrán más de él – lo valorarán más - que nosotros sus mezquinos, sordos y miopes contemporáneos.

Aún recuerdo cómo lo veíamos, completamente encantados, desarmar su clarinete sin perder la melodía, la armonía ni el ritmo. Cómo La Música seguía estando presente, incluso sin instrumento alguno. Nadie que no lo haya visto puede imaginarse siquiera lo que ocurría en el escenario cuando a Don Alfonso, El Rey del Clarinete, se le daba por regalarnos la visión, la escucha, de irrepetible Milagro.

Debería causarnos una indeleble vergüenza como municipio, como departamento, como nación, que el Maestro muriera sin una pensión digna que le permitiera tranquilidad y comodidades en sus últimos años. Eso demuestra el lamentable estado espiritual en el que nos encontramos como sociedad. Dios quiera que un día no muy lejano cese toda esta insufrible decadencia en la que la delincuencia es gobierno, pan y circo, de cada día.


El Amigo

Don Alfonso componía todos los días, incluso mientras dormía. Varias veces fui a visitarlo a su Casa, a preguntar simplemente cómo había amanecido y conversar. Me contaba historias maravillosas, encantadoras. Incluso me confió varios secretos que conmigo están a salvo. Grabé un par de veces la conversación. Algo en él supo que jamás leería esas páginas, pero él era conciente de su trascendencia. Una vez me pidió que le fotocopiara hojas de partitura. Solo eso. Con eso era suficiente. Podía estar partiéndose del hambre o la enfermedad, eso nunca me lo contó, pero a mí solo me pedía hojas para escribir.

Él siempre supo que era bienvenido a nuestra Casa de la Calle Buenos Aires. Para nosotros era un Privilegio su visita. Ahora que lo recuerdo nos decía “Familia”. Y es porque en realidad lo somos. La mujer más importante en la vida de mi tío Juvenal Bárcena Isaza fue nuestra querida Elvira Zuleta Piña, su prima y hermana de crianza. Así que los lazos que nos unen con esta prodigiosa Familia son entrañables y eternos.

Me manifestó varias veces el cariño y respeto que sentía por mi padre, Don Ramiro Ensuncho Álvarez, con quien fundó en 1996 el Festival Nacional del Porro Cantao Inédito con Banda, en compañía de Don Salustiano Álvarez y un entusiasta grupo de amigos entre los que estaban: el profe Delio Salcedo, el artista José Jorge Villegas Mier y Don Hernán Vergara.

Tuve el mayúsculo Honor de que me contara entre sus amigos. Así me lo hizo saber la invitación a celebrar sus 80 años de vida a la que muy lamentablemente no pude atender porque estaba de viaje. Por todo esto es que se me hace tan difícil. Tan duro. Despedir a Don Alfonso. La Gloria Sea para Él. Y que suene Su Música. Gracias por todo, Maestro. Descanse en Paz.

¡Viva, Por Siempre, El Rey del Clarinete!



San Marcos del Carate, enero 9 de 2016
Iglesia de La Santísima Trinidad
Por Ensuncho De La Bárcena
@HombreHicotea

enero 05, 2016

¿POR QUÉ SOY MONÁRQUICO?

Saludando a Su Majestad, Doña Sofía de Grecia, Reina de España. Cartagena de Indias, marzo 16 de 2011. Foto: Juan Diego Duque.

En tiempos tan hostiles para el Espíritu, de tanto pragmatismo, en los que pareciera una verdad irrefutable el triunfo del capital sobre las grandes virtudes humanas, se hace más que necesario el llamado a la conexión con Lo Divino, Lo Bello y Lo Trascendente.

Esa sublime conexión se hace evidente por estas fechas, en cada Casa. Porque cada Casa es un Castillo, con un Rey y una Reina que La Divina Providencia ha dispuesto para guiar a sus herederos. Inclusive puede haber dos Reyes o dos Reinas por Castillo, depende de qué tan vanguardista sea el Reino. Lo importante es que El Amar les Una.

Ser Monárquico es ser “partidario de la Monarquía”. Y Monarquía, según la Real Academia de la Lengua, es la forma de gobierno en que el Poder Supremo corresponde con carácter vitalicio a un Príncipe, designado generalmente según orden hereditario. Esta forma, tan antigua como apropiada, es posible gracias a la existencia de la Aristocracia, ejercicio del poder político por una clase privilegiada, generalmente hereditaria.

En la Antigua Grecia, la Aristocracia designaba la forma de gobierno donde el poder político era ejercido por Los Mejores, es decir, aquellas personas con mayor Capacidad y Virtud. ¿Y por qué son Los Mejores? Porque actúan a favor del Pueblo. El amor al pueblo es vocación de aristócrata. El demócrata no lo ama sino en período electoral*.

Nuestro principal problema como sociedad contemporánea radica en que no tenemos Aristocracia. Los herederos de la Nobleza, han decaído al liarse con la burguesía –levantina y envidiosa- que les ha convencido de que el dinero vale más que la Dignidad. Y con ello se han perdido siglos y siglos de Gracia, Arte y Virtud. Pero estamos a tiempo de recuperar el rumbo. Nuevos vientos soplan, vientos de cambio. Verdadero aristócrata es el que tiene vida interior. Cualquiera que sea su origen, su rango, o su fortuna*.

Los tiempos que vivimos nos han permitido entender que la diferencia entre patricios y plebeyos es la consciencia sobre el Origen. Quien se entiende y asume de “origen divino” ingresa, por derecho propio, a la clase privilegiada. Y con ello sabe que su responsabilidad aumenta. Jamás se nos concede un gran privilegio sin que esté acompañado de una gran responsabilidad. Por otra parte, quien no acepta su origen –bien sea por su agnosticismo, ateísmo o racionalismo- por más que ostente riqueza y éxito, jamás dejará de ser –ni de sentirse- un plebeyo. El Monarca se sabe responsable y privilegiado desde que tiene uso de razón, el demócrata usurpa un poder ajeno cada cuatro años. Ser de ‘derecho divino’ limita al monarca; el ‘mandatario del pueblo’ es el representante del Absolutismo absoluto*.

Celebremos este Feliz Día entre Los Reyes Magos y El Rey de Reyes.

Por Ensuncho De La Bárcena
@HombreHicotea

*Las citas son de Don Nicolás Gómez Dávila

Publicada en El Universal