noviembre 06, 2015

When the music's over, turn out the light


Aclaro de entrada que no he leído la novela de Andrés Caicedo, pero después de haber visto la tercera película de Carlos Moreno me dan muchas ganas de hacerlo.

No sólo por saber un poco más de esa Mona que me enamoró, sino por tener noticias de la implacable Mariangela y de una ciudad que me encoñó desde nuestro primer encuentro, Cali. No sé si son creadas en el guión, en la novela o en el rodaje, eso es lo de menos para mí. Lo que me interesa es su demoledora existencia en la cinta. Porque en una película veo lo que veo, escucho y siento, por encima de lo racional. Porque El Cine es una verdad en sí misma. Y una verdad animal. Intuitiva. Autónoma. Independiente del mundo que lo rodea.

Aunque debo confesar que la introducción me resultó angustiante, innecesaria. El Arte no debe explicar nada y el autor lo sabía. Esa secuencia de ubicación para menores de edad, sencillamente sobra. La película realmente comienza cuando Mona nos susurra por primera vez al oído... y desde ese momento no nos suelta esa angelita endemoniada. Tan bella. Tan triste. Tan perversa. Tan pura. Tan inocente. Tan puta. Tan sola. Tan Reina. Tan Diosa.


Porque, torpes machos cabríos, “Qué viva la Música” es una película sobre una Mujer. Qué digo, sobre una Hembra. Que no le teme a los límites. Que los hace explotar. Una Mujer que, aprendan niñas, no le dice que no a nada. Ni a nadie. Y no necesita hacerlo. Quiere explorar. La ciudad que habita no es fácil. El Mundo al que se enfrenta no es fácil. Nadie le va a echar carreta sobre lo que es la vida. Está decidida a comprobarlo por sí misma. Con sus manos. Con su boca. Con sus pies. Con sus ojos. Con su coño. 

Nadie le va a explicar lo que es el sexo, sus virtudes viciosas, sus vicios virtuosos. Nadie le va a contar lo que son las drogas, sus puertas de percepción, sus abismos sin retorno. Nadie le va a decir lo que es viajar hasta el fin del mundo para extrañar su Casa. Nadie le va a hablar de la calle, ella quiere comprobar lo que es el pavimento, lo que es caer, lo que es darse duro contra la pared de un sistema podrido. Tendrá que huir de la muerte, corriendo. Tendrá que enfrentarse a la estupidez machista, a la indiferencia paterna, a la cárcel de sus privilegios. Huirá de todo. Porque todo le quedará pequeño.

Insisto, no sé si esta Mona de la película tiene algo que ver con la Mona de Andrés. Pero lo sentí respirándome al lado mientras la veía. Como si el Cine lograra ese maravilloso prodigio: resucitar a los muertos. O enfrentarnos a una verdad superior que a muchos le puede resultar espeluznante: si dejas obra no existe la muerte. El flaco caleño lo supo desde muy temprano y decidió compartirnos su visión sobre el mundo. Ese mundo de sexo, drogas y rock and roll en el que creció y que decidió transformar en sexo, drogas y salsa. Allí está la grandeza de Caicedo. En su deseo de vivir sólo el esplendor. De no esperar la decadencia. De no dejarse culear por el sistema. Esa es la lucidez que no se ahoga.

Y es lo que sale a flote en la película. Ese espíritu. Esa atmósfera. Esas cuestiones fundamentales a las que todo adolescente debe enfrentarse. Allí está su mérito. Por ello la aplaudo. Y seguro se convertirá, como la novela que la inspiró, en una obra de culto. Porque Ella. Mona. Ella. Es La Música. Enhorabuena.


Cartagena de Indias, noviembre de 2015
Por Ensuncho De La Bárcena
@HombreHicotea