octubre 26, 2015

Pero sigue siendo el Rey


I

Conocí al Rey, como todos, mucho antes de conocerle.

Su nombre hizo parte de mi infancia. Estaba en los periódicos, en la radio, en la televisión. La sola mención suya era motivo de una inexplicable felicidad.

II

La primera vez que lo escuché fue en un casete prestado que circuló de mano en mano por toda la primaria del colegio de la señorita Ángela en San Marcos. El colegio era formalmente conocido como Nuestra Señora de Lourdes, pero mis paisanos nunca han sido muy partidarios de la formalidad y prefirieron llamarlo siempre apelando a la soltería de esta ilustre dama que educó varias generaciones con templanza y respeto.

En aquellos tiempos, el Rey le daba voz a “El Flecha”, mítico personaje de barriada a quien todo el mundo se preciaba de conocer personalmente. Ese triste boxeador, ese “bacán de fracaso”, nunca les ha envidiado nada a los personajes de la picaresca de estirpe ibérica. Es un personaje que sigue siendo encarnado una y otra vez en las tablas y en las tesis de grado de la literatura americana.

A nosotros, los de la generación de fin de siglo, nos enseñó a hablar, a reír, a caminar, a correr y a evitar peleas con altura. En resumidas cuentas “El Flecha” nos hizo conscientes de ser costeños, algo por lo que estaremos eternamente agradecidos. Además, me contagió algo peor: el deseo implacable de ser escritor.

III

Escuché “El Pachanga” en el pasacintas del carro de “El Chamaca”, viajando con mi familia a Coveñas. Estos viajes, casi épicos, tenían la particularidad de involucrar una parada en Lorica, para a saludar a los parientes. La tía Maruja Vélez, de voz áspera por el cigarrillo, lentes de marco grueso y vestidos que le llegaban debajo de los tobillos, seguía viviendo en la antigua casa de soltera de Juanita Isaza, mi abuela materna.

En uno de aquellos viajes de comienzos de año, mi padre nos contó que en esa misma casa había conocido al Rey, cuando este y él eran comensales de la tía. Incluso que le había dedicado, de puño y letra, su libro “¿Por qué me llevas al hospital en canoa, papá?”. Recuerdo nuestro escepticismo al escuchar semejante historia y me parece verlo reflejado en la cara de mis amigos cuando les refiero alguna de las mías. Esto de llamarse Ensuncho y ser tan aventurero es signo, para algunos, de fabulador. Y les doy la razón, por un impulso atávico: nuestras vidas no son fáciles de creer, a simple vista.

IV

La primera producción colombiana que recuerdo haber visto en la televisión fue escrita por él. ¿Quién no peleó de mentiras con los vecinos? ¿Quién no se enamoró de “La Niña Mencha Lavalle? ¿Quién no odió al Fercho Durango? ¿Quién no se burló del Papi Juliao? ¿Quién no lanzó puños al aire imitando a “Gallito Ramírez”?

Hasta ese momento el cantante y actor samario Carlos Vives era un pelao sonriente y algo tímido que veíamos en un programa infantil de las hermanas Mallarino llamado “Pequeños Gigantes”. Fue “Gallito Ramírez”, esa versión extendida de “El Flecha”, quien lo lanzó a una celebridad que aún no cesa.

De paso, “Gallito Ramírez” me enseñó sin darme cuenta que era posible contar nuestras historias en el fabuloso formato de las imágenes en movimiento. De cierta manera, incubó en mí el deseo de ser un cineasta.

V

A “Abraham Al Humor” lo escuché una tarde memorable en la que mi padre nos llevó un casete recién comprado en el mercado de Montería. Abrimos la tapa. Sacamos la cinta de Julio Iglesias que mi madre solía escuchar por esos días. Conectamos la grabadora al tomacorriente y hundimos “Play”.

Del único parlante salió la voz del Rey, que esta vez encarnó en un viejo árabe (me lo imaginé de inmediato muy parecido a los Janna, a los Jaller, o a los Jatib) cuya escasa comprensión de la lengua española y de la cultura caribe le hacían evocar su lejana tierra con excesiva ternura.

Fue la primera vez que sentí eso que algunos libros y canciones llamaban “nostalgia”. Y me di cuenta de que era la misma extraña sensación que mi madre denominaba “guayabo”.

VI

La carrera literaria del Rey siguió cosechando éxitos. Le siguieron la adaptación televisiva de una novela premiada con el prestigioso “Plaza y Janés” en la que el actor Carlos Muñoz hacía el papel de Adán Corona, alter ego del autor. Con esta novela aprovechó para rendir sentido tributo a sus años mozos, llenos de canciones rancheras, héroes a caballo y a su México lindo y querido que lo acogió algunos años, muy importantes para su vida de escritor.

Siguió escribiendo, viajando mucho (su otra gran pasión) y exaltando los valores de la identidad iberoamericana. Hasta que lo picó, vía diplomática, el implacable bicho de la política y concentró sus notables esfuerzos en enriquecer el contacto de los colombianos con culturas tan distantes y fascinantes como la India y la Egipcia. El escritor dio paso al Embajador.

Mientras tanto, para nadie es un secreto, su imagen se fue desdibujando entre los ires y venires de la política, cabeza de mil demonios. No en vano nuestro sistema de gobierno es llamado “Demo-cracia”.

VII

Algunos años después, terminados mis estudios en Periodismo, recibo una llamada de mi padre a mi recién estrenado celular. “Quiero que vengas al lanzamiento del libro del Padre Lau en Sincelejo. Te mando los pasajes”. En ese momento yo vivía en Barranquilla y, la verdad sea dicha, no era un lector de la columna dominical del Padre Laureano Ordosgoitia. Pero el sacerdote había sido Párroco en la Santísima Trinidad y siempre se sintió, en nuestra casa de San Marcos, como en la suya. Lo que me ponía ante un ineludible compromiso familiar.

Tomé el taxi colectivo. A media mañana llegué a la capital de Sucre, ciudad medio deprimente por su carácter en exceso burocrática y corrupta. Llamé a mi viejo. Nos encontramos. Me mostró la tarjeta de invitación y, sorpresa, el presentador del libro era él. Al fin tendría la oportunidad de conocerle. Estaba real mente emocionado.

VIII

Vestía una guayabera blanca, visiblemente elegante. Pantalón de lino. Zapatos impecablemente lustrados. Imponente. Sentado en la mesa principal, junto al autor y a uno de esos gobernadores cuyas fotos, publicadas años después en alguna revista bogotana, causan vergüenza.

Se dirigió a la audiencia con una gracia sin igual, bíblica capacidad de narración y entereza intelectual que, dos horas después, seguían causando carcajadas reflexivas a los cientos que poblábamos el patio del Club Campestre. Al final, los viejos comensales de la casa de Maruja Vélez se reencontraron y se dieron un fuerte abrazo.

-          “Te presento a mi hijo. Es Periodista”.
-          Mucho gusto, Maestro. Juan Carlos.
-          ¿En serio? ¿Y dónde vive?
-          “En Barranquilla”, dijimos al unísono.
-          Buen lugar, para comenzar.

A solicitud de Su Majestad intercambiamos números y convinimos un encuentro en la ciudad de los robles en flor.

IX

Algunos meses después recibí la muy esperada llamada. Me pidió que lo acompañara a hacer unas vueltas. Recuerdo que visitamos las instalaciones de El Tiempo Caribe, en el Barrio Abajo. El editor, el mismo Rafael Salcedo Castañeda del poeta Raúl Gómez Jattin, nos recibió en su despacho. Tomamos tinto, agua y, en la medida de lo posible, rajamos de muchos de nuestros mandatarios, siempre propensos a la burla y al hazmerreír.

De ese segundo encuentro surgió una complicidad inacabable que aún me causa sonrisas en soledad. De vuelta en el apartahotel en el que se hospedaba me puso contra las cuerdas:

-          Entonces quieres ser escritor.
-          Si, Maestro.
-          Entonces debes reconocer tres cosas: que eres flojo (tu trabajo es pensar), que estás loco (esto no te va a ser multimillonario) y que te gusta fumar (ningún escritor respetable está lejos de este vicio virtuoso).

Aceptadas las tres, casi como en un ritual de iniciación, me sirvió un whisky doble y brindó.

-          ¡A la Salud de los Parientes!
-          ¡Salud, Maestro!

X

De ahí en adelante me volví su pupilo, discípulo, algunas veces confidente. Nos veíamos cada vez que iba a La Arenosa.

“La cosa en la costa se jodió, querido Juan Carlos, cuando Álvaro “el Nene” Cepeda aceptó ser empleado de Julio Mario Santodomingo”. Sus conceptos eran vehementes. Cierta vez, hablando del malestar que nos producía la clase política, lanzó una expresión que aún me produce carcajadas: “Colombia cayó en la olla desde que los turcos se dieron cuenta de que la política era más rentable que las telas”.

Amigo del comentario irónico, del sarcasmo y de una admirable dignidad, el Maestro era capaz de ir muy lejos en cuanto a sus opiniones. Como aquella vez que, sentados en un Parque de Cartagena, se refirió a un reconocido locutor cordobés: “Es el colombiano que mejor esconde su indignidad”, dijo.

Era su lado quizá más lúcido e inspirador. El que le hizo acarrear muchos enemigos, incluso entre los amigos, que no soportaban su noble condición.

XI

Era febrero de 2004. Las flores hacían las maravillas de Barranquilla, llevadas de la mano de la brisa loca de los tiempos de carnaval. Una llamada suya me propuso integrarme, cámara en mano, a una travesía por varios pueblos de Córdoba, incluyendo a Lorica. El objeto: filmar un documental de su retorno al origen de sus historias. Al contacto con los personajes que le dieron nombre a su voz. Acepté de inmediato, reconociendo el enorme privilegio.

Nos pusimos a la tarea de armar el equipo, el itinerario y las condiciones de producción. Zarpé de La Puerta de Oro de Colombia con muchas ilusiones en las manos y la cabeza llena de ideas locas, como todas las ideas que no han encontrado asidero real.

Juntos recorrimos amaneceres, mercados, cementerios, licores, plazas, crepúsculos, corralejas, casas de familia, colegios, noches, cigarrillos, nostalgias, canciones, madrugadas y risas, sobre todo risas. Durante quince inolvidables días en los que tuve la certeza de presenciar un acontecimiento único, irrepetible y extraordinario.

Un verdadero regalo de los dioses que me fue permitido filmar. La justa coronación de un Monarca de las manos del pueblo que lo vio nacer.

XII

El Rey murió en febrero de 2011. Casi diez años después de aquella filmación, me acabo de topar de frente con estos casetes. Y están intactos. Sobrevivieron al naufragio de los tiempos. Casi como un milagro. El milagro de David. ¡Qué viva el Rey!

Por Ensuncho De La Bárcena
Valle del Sinú, junio 4 de 2013

octubre 18, 2015

Contra la democracia

Hace unos treinta años se comenzó a gestar en Colombia la elección popular de alcaldes y gobernadores. Los optimistas calculaban que con esa medida el poder iba a ser distribuido, por fin, de manera sensata, equilibrada y justa. Con una elección en la mira, el autor comparte algunas reflexiones sobre este sistema de gobierno para nada satisfactorio.


I

En un lugar de Macondo, de cuyo nombre no quiero acordarme, el fin de semana anterior a las elecciones fue elegido por los aspiradores a la alcaldía para hacer, del cierre de sus campañas, un festival vallenato. Pretendían de esa manera, los negociantes del voto, que sus potenciales electores decidieran brindarles apoyo en los próximos comicios. “Pan y circo”, dicen los entendidos que era la peor manera en que los romanos mantenían contento a su pueblo. Dos mil años después la fórmula sigue vigente.

II

El vallenato, ya lo sabemos, fue la estrategia política de un funesto candidato bogotano para llegar a la presidencia. Fue el primer gobernador de un recién creado departamento y con ello consiguió que el electorado de Macondo lo apoyara. Se prestaron para ello unos periodistas bogotanos (uno apellido Santos, otro apellido Samper), un escritor bananero que obtendría el premio Nobel de Literatura, otro escritor más brillante (pero empleado del principal grupo económico del país) y una cacica electorera de Valledupar. El vallenato se posicionó, gracias a aquella contundente estrategia, como la música de la res pública. No es raro que sea, desde entonces, la música del narcotráfico, la violencia y el realismo mágico.

III

El pueblo tiene 90 mil habitantes. La campaña de uno de los tres aspiradores a la alcaldía invertirá 9 mil millones de pesos para conseguir quedarse con el manejo de la finca durante cuatro años. Si el aspirador resulta elegido, necesitará 20 períodos para recuperar esa inversión con su salario mensual. Pero no se llega al poder para regalar el sueldo. La campaña habrá invertido 100 mil pesos por habitante. Esa es la cotización del voto, que los compradores tienen estipulada. El próximo domingo, 25 de octubre, algunos de los hombres de confianza de cada bandidato estarán -tula en mano- convenciendo a cada elector con dos billetes de 50 mil. Una vez electo, su trabajo consistirá en robar mucho en el menor tiempo posible. Todo el mundo lo sabe. Todo el mundo lo acepta. Nadie irá a la cárcel. En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando, ni pasará nunca.

IV

Hace unas décadas un contrabandista de cigarrillos y narcotraficante llegó a ser senador de la república. La estrategia del entonces candidato era contratar a los grupos vallenatos de la época para que lo acompañaran en cada encuentro con sus electores. “Bueno, gente, yo no vine a hablar. ¡Qué suene el acordeón!”, era todo su discurso. Fue elegido con una alta votación. Y su nombre resuena, estruendosamente, en más de una canción vallenata.

V

En estos tiempos, es bien conocida la danza de los millones en torno a la candidatura de la esposa de uno de los principales gamonales electorales de Macondo. Cuentan algunas fuentes consultadas que el dinero se maneja en sacos de billetes de 50 mil. Y que cada día en su casa, el señor feudal del voto, puede despachar fácilmente 3 mil o 4 mil millones de pesos por todo el departamento. Como en las mejores épocas de la mafia. Y nadie irá preso porque ese dinero terminará comprando a la rama judicial y, también, a la prensa capitalina.


VI

El “gobierno de las mayorías” le llaman a la democracia. La abstención histórica en esta republiqueta, gobernada por hampones desde sus inicios, alcanza casi el 70% de la población apta para votar. Dicho de otro modo, una minoría (solo el 30% de los colombianos), decide por el resto. ¿Por qué jamás ha sido tenida en cuenta la inconformidad del que no vota? ¿Será porque no cree en este corrupto sistema de gobierno? ¿Acaso les asusta a los señores burgueses ese explícito cuestionamiento?

VII

La Aristocracia fue considerada, en sus orígenes, como el gobierno de los mejores. Ser Noble era estar sintonizado con su destino, formarse para ello. El Noble se encargaba de administrar el poder, por lo tanto debía ser conciente de las necesidades del Pueblo. El asunto era de Honor y Dignidad. Era un real Privilegio poder servir. Hace unos siglos surgió en Europa la clase burguesa que acabó masacrando a la Nobleza en un vergonzoso acto de violencia extrema que muchos aún consideran heroico. Ocurrió el 14 de julio de 1789, en París. La burguesía ocupó las sillas de la Nobleza y se inventó la democracia moderna como forma de sustento. Los señores burgueses crearon el voto como mecanismo de acceder al poder, en reemplazo de la guillotina.

VIII

En 1988 se dio en la res pública del narco la primera elección popular de alcaldes y gobernadores. Los billetes comenzaron a tener un valor de cambio con respecto al voto. La fórmula no ha cambiado. Es el dinero (o la promesa de un empleo) el que termina eligiendo a los gobernantes. “Sociedad de Mercado” le llaman algunos autodefensores.

IX

Cuentan que hace casi dos mil años, por aquel tiempo del “pan y circo”, un representante del poder imperial romano puso a elegir al pueblo entre dos opciones: El Rey o el delincuente. El pueblo eligió, sin dudarlo, al delincuente. Al Rey lo mandó a crucificción. Desde entonces la democracia ha sido una estrategia para lavarse las manos. Mejor dicho: una barrabasada.

X

Aquel señor de las tinieblas que llegó al poder, gracias al vallenato y a la mafia, está próximo a ser honrado (por fin) con una imagen suya en el billete de 20 mil. Y no es de extrañarse. En este paisito de quinta, alias Macondo, por lo general se le rinde tributo a los delincuentes. Una nueva acepción de democracia, a la colombiana, podría ser “el gobierno de los demonios”. En todo caso, nadie estará en desacuerdo en que es, sencillamente, el gobierno de los peores.

Por eso yo no voto.


Por Ensuncho De La Bárcena
Valle del Sinú, octubre de 2015
@HombreHicotea

octubre 05, 2015

El trabajo



Por Luis Tejada*

En todas las mitologías el trabajo es considerado como una maldición del cielo.

El hombre, desde las edades remotas, ha simbolizado su ideal de vida en una quimérica palabra: Paraíso. Pero la primera condición que se requiere siempre para que ese Paraíso sea verdaderamente Paraíso, es que no haya necesidad de trabajar en él. Nadie se figura que en el Paraíso se pueda cargar piedra en zurrones, o llevar contabilidades, o manejar maquinarias. No. Los que están en el Paraíso han de ser, ante todo, unos seres ociosos que viven extendidos sobre la grama o sentados bajo los árboles, con las frutas al alcance de las manos y llenas de paz las almas. La humanidad ha concentrado en esa bella fábula todo su sueño de felicidad, felicidad que debe ser la única perdurable y completa puesto que está basada en la pereza, el instinto más firme, noble e indestructible en el hombre.

Los tipos de perfección suma que la imaginación concibe —los dioses— son personalidades eminentemente perezosas que, o permanecen estáticas en sus tronos de nubes, o se divierten entregadas a juegos ociosos o a placeres sibaritas. Entonces la pereza es en cierto modo una virtud esencialmente divina; pero ¿qué son los dioses? Son, simplemente, hombres perfectos en su sentido ideal. Por eso, entre el tipo terrestre, el más puro, el más elevado, el que más se acerca a esa perfección, es el que tiene más arraigada y frecuente la virtud de la pereza. El vagabundo, el gitano, el mendigo voluntario y algunos aristócratas de pura sangre, constituyen dentro del mundo actual los últimos conservadores de la gran dignidad humana y de la tradición del ocio como cualidad suprema, que nos dejó la civilización antigua.

Yo sé que trabajar es necesario, según el orden de cosas que se ha creado y que se hace desgraciadamente cada vez más indestructible. Pero eso no quiere decir que trabajar no sea una mala costumbre, una de las peores costumbres que pueden adquirirse. Ante todo, trabajar no es bello ni digno, ni siquiera conveniente. Al mismo tiempo que hasta en una aceptación mística significa humillación y relajamiento del orgullo viril, el trabajo constituye el gran elemento degenerador de las razas.

De las fábricas, de las oficinas, de las minas, de los laboratorios, de los bufetes salen las legiones de neurasténicos, de miopes, de tuberculosos, de mancos, de locos, de raquíticos, de melancólicos, de histéricos, de tantas categorías de enfermos que llenan las ciudades modernas. Sin embargo, esta capacidad exterminadora no es realmente un argumento en contra del trabajo, como la muerte de los soldados no lo es en contra de la guerra. La diferencia esencial que hay entre el trabajo y la guerra, es que el trabajo es una actividad oscura y forzosa, algo en que hay que encorvarse y sufrir para alcanzar al fin objetos innobles y mezquinos: alimentarse, vestirse, acaparar oro. La guerra, en cambio, puede hacerse o no hacerse y esa libertad de elegir deja a salvo la dignidad humana. Además, la guerra es más bella y más viril mientras tenga menor razón de ser y menos objetivos persiga, porque así evidencia simplemente un capricho, un arrebato de la voluntad soberana del hombre.

Yo confío en que el porvenir que se anuncia traerá para los trabajadores una disminución gradual de trabajo y un aumento proporcionado de paz y de divina ociosidad. Hasta ahora se ha trabajado mucho en un afán insensato de acumular millones. Pero en una forma todavía vaga, está llegando a las gentes el convencimiento de que tener demasiados millones es una circunstancia no sólo inútil, sino evidentemente peligrosa. Hay que esperar en que al fin llegará al mundo una saludable cordura. Todos nos convenceremos de que lo más espiritual, lo más hermoso y noble será luchar apenas lo estrictamente necesario para llevar una existencia modesta y sobria. 

Entonces nos aficionaremos un poco al delicado placer de no hacer nada y nos convenceremos de que, en realidad, no se debe perder el tiempo trabajando tanto.







*Luis Tejada Cano (Barbosa, 7 de febrero de 1898 - Girardot, 17 de septiembre de 1924) fue periodista y cronista. Considerado uno de los mejores cronistas colombianos.

octubre 02, 2015

Vuelve El Miniman a San Marcos

Cortesía: http://www.elperiodicko.com/

Esta visita me recuerda una pequeña historia que me contó el gran David Sánchez Juliao.

En pleno dominio del paramilitarismo en Córdoba, durante la presidencia de este sujeto, el Maestro vio a la esposa del Miniman haciendo una fila en la caja de un supermercado, en Montería.

Alguien, detrás de él, comentó: "Ella anda sin escoltas". A lo que David, con su célebre ingenio, respondió: "No los necesita. Acá todo el mundo es escolta suyo".

Por Ensuncho de la Bárcena
@HombreHicotea