junio 14, 2015

¿POR QUÉ ME APASIONA LEER?[1]


I

El 21 de mayo de 1590, un aspirante a escritor de 42 años y con un solo libro publicado, escribió una carta a Felipe II, Rey de España. Aquel hombre había peleado a los 24 en la batalla de Lepanto, «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros», en la cual estuvo a punto de perder la mano izquierda formando parte de la armada cristiana.

El incipiente escritor le solicitaba trabajo a Su Majestad, tras años de defender y representar a España, dentro y fuera del Reino. Había sido paje de eclesiástico y soldado raso; cinco años prisionero de los turcos en Argel, de donde regresó pobre y enfermo; marido incomprendido e infeliz; amante entusiasta; y comisario real de cereales y de aceite en Andalucía. Cansado de sus correrías, en mayo dirige una petición a Su Majestad, solicitando un oficio en el Nuevo Mundo de los vacantes a la sazón: contaduría del nuevo reino de Granada, gobierno de Soconusco, contador de las galeras de Cartagena o corregidor de La Paz. Había decidido pasarse a Las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España. Y estaba dispuesto a venirse, así fuera a un oficio menor o de castigo, al muy lejano puerto de Cartagena. Algunas semanas después, Felipe II le da respuesta, negativa y decepcionante: "busque acá en que se le haga merced". ¿Y en qué se le hizo merced al escritor? Ya veremos.

Cuatro años después, en 1594, Agustín de Cetina le encomienda al ex comisario la misión de recaudar los atrasos de tasas en el Reino de Granada. El escritor acepta y vuelve a su tarea de recaudador, depositando el dinero en casa del banquero Simón Freire, cuya quiebra daría con los huesos de nuestro autor, otra vez, en la cárcel. Tres años después, en 1597, al no poder hacer frente a la cantidad recaudada, el juez Gaspar de Vallejo, abusando de su autoridad, decreta su encarcelamiento en Sevilla el 6 de septiembre, donde permanecería durante varios meses. Allí podría haber esbozado el plan novelesco que consagraría su nombre por siempre, inclusive pudo haber iniciado su andadura.

Tras quince años de desasosiego luego de la negativa del Rey, a principios de 1605 ve la luz la obra prodigiosa que cambiaría el destino de Nuestra Lengua: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, dedicada al Duque de Béjar, en la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta, a costa de Francisco de Robles. El éxito de El Quijote es inmediato y apabullante: inmediatamente salen ediciones piratas en Lisboa, Valencia y Zaragoza; a los tres meses Cuesta inicia la segunda edición; salen numerosos lotes rumbo a América, aquella tierra remota que le fue negada a su autor.

¿Y saben cuál es el chisme que anda regado desde entonces sobre el Ingenioso Hidalgo? Qué se volvió loco de tanto leer novelas de caballería. ¿Increíble, no? Once años después de su primera aparición, partió de este mundo su creador Don Miguel de Cervantes Saavedra, no sin antes haber dejado impreso su nombre con letras de Oro en la Memoria de la Humanidad. Probablemente el nombre del Rey que le negó un trabajo en Las Indias nadie lo recuerda a estas alturas. Lo que nos demuestra algo maravilloso: El Arte está por encima de la política. Es decir, que El Artista vuela más alto y más lejos que El Rey.

Eso recordaba esta mañana, cuando me he enterado de que los restos del Escritor -casi cuatro siglos después- yacen finalmente en una morada digna: la Iglesia de San Ildefonso del convento de las Trinitarias de Madrid. Lamentablemente cuatro felipes después, el actual Rey de España -Felipe VI- tampoco le ha rendido los Honores que se merece.

El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, dicen algunos versos de Cervantes Saavedra.


II

Creo que fue Don Miguel de Unamuno quien dijo que el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando. Sin lectura uno probablemente acabaría creyendo que el pueblo en el que vive es el único sitio digno para vivir, que sus políticos son los mejores – los más Nobles - o que todos sus escritores merecen el Premio Nobel. Sin el contacto con los libros uno jamás sabrá que hubo un guerrero capaz de armar una guerra implacable por el amor de una mujer, que alguna vez existió un objeto en el que se veían todas los tiempos y espacios, que un caballero alucinado fue capaz de los viajes más amargos y absurdos en busca de su amada o que un gitano prodigioso había sido afortunado contemporáneo de todos los hombres y testigo de todos los acontecimientos de la historia.

El Mundo tal y como lo conocemos hoy, nuestro bello Planeta Tierra, ya no crecerá más. Lejos quedaron los tiempos en los cuales se descubrían otros continentes. Pocas personas, entre las que conocemos, han recorrido el mundo entero a través del viaje. Sin embargo, el Mundo Interior crece, día a día, gracias a la Lectura. Uno puede convertirse, a través de los Libros, en algo más que un habitante de barrio: en un Pueblerino del Mundo. Y viajar por otras épocas de la mano de sus protagonistas que, gracias a la Literatura, nunca murieron. La Literatura, El Arte, justamente nos permiten algo fundamental: trascender. Nos permiten hermanarnos con seres nacidos a miles de kilómetros de nuestro pueblo y a cientos de años de distancia. Esa es la Magia que encierran.

Esta Magia Providencial fue la que hizo convertir en brillante escritor a un niño africano, nacido en un país pobre y en guerra. Cuenta Ben Okri (Nigeria, 1959) que cuando tenía siete años, su padre le encargó que limpiara los libros de su biblioteca casera. “A cambio te daré un premio”, le dijo el abogado y lector a su pequeño hijo. Al niño le brillaron los ojos al pensar en la recompensa. Pero, ante la pregunta de qué era un libro, su padre sentenció: “Puedes limpiarlos, jugar con ellos, pero te queda terminantemente prohibido abrir siquiera uno”. La reacción del niño no se hizo esperar. “Tan pronto mi papá se fue a su trabajo, ¿imaginan qué fue lo que hice…? Aquella prohibición me convirtió en escritor”, dijo el premiado novelista, casi 50 años después en el Hay Festival de Cartagena de Indias.

No fue el mismo caso de quien esto escribe. Yo tenía solo 4 años cuando mi abuelo Leonardo Bárcena, Leo Bar, decidió enseñarme a leer. Todas las mañanas, en su oficina de abogado, se dedicaba a hablarme de las letras y de su reverso, los números. Con semejante amor y dedicación aprendí pronto. Papa Leo había sido Maestro en su juventud y sabía lo que hacía. Tenía 74. Estaba en la recta final y decidió heredarme Lo Mejor. Ese año murió mi abuela y al año siguiente, se nos fue él. De cierta manera leer es seguir en contacto.

Aprendí a escribir gracias a mi padre, Don Rami, quien compró para nosotros una máquina de escribir cuando yo era niño. En ese juguete maravilloso marca “brother” aprendí a teclear. Gracias a que mi viejo me pedía que le ayudara a redactar algunas cartas u oficios relacionados con su labor de pensionado o de secretario del Club. Era tal su garbo al dictar, su hidalguía, que aún conservo como un tesoro familiar la carta en la que le pidió permiso formalmente a mi abuelo para visitar a mi mamá, La Niña Nohorys, cuando eran novios. Fechada el 17 de diciembre de 1964, la misiva está escrita con impecable ortografía y lenguaje contundente. Espero comprenda cuál es mi situación ante esta solicitud. Y no deje de recordar que de la pobreza nace la nobleza y que sólo la comprensión, la fe y el deseo de trabajar tenazmente dan la victoria y la felicidad de los hogares. La carta logró su cometido: se casaron año y medio después. Una pavorosa certeza me embarga desde que conocí esa hermosa carta: si no se hubiera escrito, yo no estaría contando esta historia.


III

Ahora que también mi viejo se ha ido al otro lado de la vida, recordamos con emoción y nostalgia las encantadoras historias que nos contaba.

Como aquella en la cual fue testigo de un mensaje enviado por el Secretario de Educación del pueblo al Secretario de Salud. (Léase: cualquier pueblo, cualquier secretario). Envuelto en un papelito ajado, una señora humilde, cansada por los años, llevaba el recado. Mi padre estaba esperando también al funcionario, quien había salido a “hacer una vuelta”. Como siempre estuvo dispuesto a ayudar a quien lo necesitaba, al notar la angustia de la señora Don Rami le solicitó que le compartiera su mensaje. Ella aceptó y le pasó el papelito:

“Estimado Secretario de Salud: agame el fabor de hatenderme a hesta señora. Atentamente, Secretario de Educacion”

Al descubrir esta joya idiomática mi padre le pidió a la señora que lo esperara un segundo mientras iba a intentar solucionarle el problema. Cruzó al edificio de enfrente. Entró sin permiso al despacho del Alcalde (Léase: cualquier Alcalde) y le extendió el papelito. “Mira esta maravilla que acabo de descubrir”, le dijo. La primera autoridad del municipio se puso las gafas, agarró el mensaje con decisión, lo miró y, sin ningún asomo de sorpresa, le dijo:

-          “Ajá Rami, yo no le veo ningún problema a que el secretario de educación le pida un favor al secretario de salud, ¿o qué tiene eso de malo?”
-          “Quien debería renunciar eres tú”, le contestó mi padre. “¿No te das cuenta de que en una sola línea hay 5 errores ortográficos?”.

Y cuento esto para sentenciar de una vez por todas que Leer es la mejor manera de superar la pobreza, la infamia y la soledad.







[1] Con este texto participé en el Primer Encuentro Municipal de Español y Literatura, dado en San Marcos del Carate, El pueblo más feliz del mundo, el jueves 11 de junio de 2015, en la Biblioteca “Ricardo Torregroza De La Ossa” de la Institución Educativa San Marcos.

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