junio 14, 2015

¿POR QUÉ ME APASIONA LEER?[1]


I

El 21 de mayo de 1590, un aspirante a escritor de 42 años y con un solo libro publicado, escribió una carta a Felipe II, Rey de España. Aquel hombre había peleado a los 24 en la batalla de Lepanto, «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros», en la cual estuvo a punto de perder la mano izquierda formando parte de la armada cristiana.

El incipiente escritor le solicitaba trabajo a Su Majestad, tras años de defender y representar a España, dentro y fuera del Reino. Había sido paje de eclesiástico y soldado raso; cinco años prisionero de los turcos en Argel, de donde regresó pobre y enfermo; marido incomprendido e infeliz; amante entusiasta; y comisario real de cereales y de aceite en Andalucía. Cansado de sus correrías, en mayo dirige una petición a Su Majestad, solicitando un oficio en el Nuevo Mundo de los vacantes a la sazón: contaduría del nuevo reino de Granada, gobierno de Soconusco, contador de las galeras de Cartagena o corregidor de La Paz. Había decidido pasarse a Las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España. Y estaba dispuesto a venirse, así fuera a un oficio menor o de castigo, al muy lejano puerto de Cartagena. Algunas semanas después, Felipe II le da respuesta, negativa y decepcionante: "busque acá en que se le haga merced". ¿Y en qué se le hizo merced al escritor? Ya veremos.

Cuatro años después, en 1594, Agustín de Cetina le encomienda al ex comisario la misión de recaudar los atrasos de tasas en el Reino de Granada. El escritor acepta y vuelve a su tarea de recaudador, depositando el dinero en casa del banquero Simón Freire, cuya quiebra daría con los huesos de nuestro autor, otra vez, en la cárcel. Tres años después, en 1597, al no poder hacer frente a la cantidad recaudada, el juez Gaspar de Vallejo, abusando de su autoridad, decreta su encarcelamiento en Sevilla el 6 de septiembre, donde permanecería durante varios meses. Allí podría haber esbozado el plan novelesco que consagraría su nombre por siempre, inclusive pudo haber iniciado su andadura.

Tras quince años de desasosiego luego de la negativa del Rey, a principios de 1605 ve la luz la obra prodigiosa que cambiaría el destino de Nuestra Lengua: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, dedicada al Duque de Béjar, en la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta, a costa de Francisco de Robles. El éxito de El Quijote es inmediato y apabullante: inmediatamente salen ediciones piratas en Lisboa, Valencia y Zaragoza; a los tres meses Cuesta inicia la segunda edición; salen numerosos lotes rumbo a América, aquella tierra remota que le fue negada a su autor.

¿Y saben cuál es el chisme que anda regado desde entonces sobre el Ingenioso Hidalgo? Qué se volvió loco de tanto leer novelas de caballería. ¿Increíble, no? Once años después de su primera aparición, partió de este mundo su creador Don Miguel de Cervantes Saavedra, no sin antes haber dejado impreso su nombre con letras de Oro en la Memoria de la Humanidad. Probablemente el nombre del Rey que le negó un trabajo en Las Indias nadie lo recuerda a estas alturas. Lo que nos demuestra algo maravilloso: El Arte está por encima de la política. Es decir, que El Artista vuela más alto y más lejos que El Rey.

Eso recordaba esta mañana, cuando me he enterado de que los restos del Escritor -casi cuatro siglos después- yacen finalmente en una morada digna: la Iglesia de San Ildefonso del convento de las Trinitarias de Madrid. Lamentablemente cuatro felipes después, el actual Rey de España -Felipe VI- tampoco le ha rendido los Honores que se merece.

El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, dicen algunos versos de Cervantes Saavedra.


II

Creo que fue Don Miguel de Unamuno quien dijo que el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando. Sin lectura uno probablemente acabaría creyendo que el pueblo en el que vive es el único sitio digno para vivir, que sus políticos son los mejores – los más Nobles - o que todos sus escritores merecen el Premio Nobel. Sin el contacto con los libros uno jamás sabrá que hubo un guerrero capaz de armar una guerra implacable por el amor de una mujer, que alguna vez existió un objeto en el que se veían todas los tiempos y espacios, que un caballero alucinado fue capaz de los viajes más amargos y absurdos en busca de su amada o que un gitano prodigioso había sido afortunado contemporáneo de todos los hombres y testigo de todos los acontecimientos de la historia.

El Mundo tal y como lo conocemos hoy, nuestro bello Planeta Tierra, ya no crecerá más. Lejos quedaron los tiempos en los cuales se descubrían otros continentes. Pocas personas, entre las que conocemos, han recorrido el mundo entero a través del viaje. Sin embargo, el Mundo Interior crece, día a día, gracias a la Lectura. Uno puede convertirse, a través de los Libros, en algo más que un habitante de barrio: en un Pueblerino del Mundo. Y viajar por otras épocas de la mano de sus protagonistas que, gracias a la Literatura, nunca murieron. La Literatura, El Arte, justamente nos permiten algo fundamental: trascender. Nos permiten hermanarnos con seres nacidos a miles de kilómetros de nuestro pueblo y a cientos de años de distancia. Esa es la Magia que encierran.

Esta Magia Providencial fue la que hizo convertir en brillante escritor a un niño africano, nacido en un país pobre y en guerra. Cuenta Ben Okri (Nigeria, 1959) que cuando tenía siete años, su padre le encargó que limpiara los libros de su biblioteca casera. “A cambio te daré un premio”, le dijo el abogado y lector a su pequeño hijo. Al niño le brillaron los ojos al pensar en la recompensa. Pero, ante la pregunta de qué era un libro, su padre sentenció: “Puedes limpiarlos, jugar con ellos, pero te queda terminantemente prohibido abrir siquiera uno”. La reacción del niño no se hizo esperar. “Tan pronto mi papá se fue a su trabajo, ¿imaginan qué fue lo que hice…? Aquella prohibición me convirtió en escritor”, dijo el premiado novelista, casi 50 años después en el Hay Festival de Cartagena de Indias.

No fue el mismo caso de quien esto escribe. Yo tenía solo 4 años cuando mi abuelo Leonardo Bárcena, Leo Bar, decidió enseñarme a leer. Todas las mañanas, en su oficina de abogado, se dedicaba a hablarme de las letras y de su reverso, los números. Con semejante amor y dedicación aprendí pronto. Papa Leo había sido Maestro en su juventud y sabía lo que hacía. Tenía 74. Estaba en la recta final y decidió heredarme Lo Mejor. Ese año murió mi abuela y al año siguiente, se nos fue él. De cierta manera leer es seguir en contacto.

Aprendí a escribir gracias a mi padre, Don Rami, quien compró para nosotros una máquina de escribir cuando yo era niño. En ese juguete maravilloso marca “brother” aprendí a teclear. Gracias a que mi viejo me pedía que le ayudara a redactar algunas cartas u oficios relacionados con su labor de pensionado o de secretario del Club. Era tal su garbo al dictar, su hidalguía, que aún conservo como un tesoro familiar la carta en la que le pidió permiso formalmente a mi abuelo para visitar a mi mamá, La Niña Nohorys, cuando eran novios. Fechada el 17 de diciembre de 1964, la misiva está escrita con impecable ortografía y lenguaje contundente. Espero comprenda cuál es mi situación ante esta solicitud. Y no deje de recordar que de la pobreza nace la nobleza y que sólo la comprensión, la fe y el deseo de trabajar tenazmente dan la victoria y la felicidad de los hogares. La carta logró su cometido: se casaron año y medio después. Una pavorosa certeza me embarga desde que conocí esa hermosa carta: si no se hubiera escrito, yo no estaría contando esta historia.


III

Ahora que también mi viejo se ha ido al otro lado de la vida, recordamos con emoción y nostalgia las encantadoras historias que nos contaba.

Como aquella en la cual fue testigo de un mensaje enviado por el Secretario de Educación del pueblo al Secretario de Salud. (Léase: cualquier pueblo, cualquier secretario). Envuelto en un papelito ajado, una señora humilde, cansada por los años, llevaba el recado. Mi padre estaba esperando también al funcionario, quien había salido a “hacer una vuelta”. Como siempre estuvo dispuesto a ayudar a quien lo necesitaba, al notar la angustia de la señora Don Rami le solicitó que le compartiera su mensaje. Ella aceptó y le pasó el papelito:

“Estimado Secretario de Salud: agame el fabor de hatenderme a hesta señora. Atentamente, Secretario de Educacion”

Al descubrir esta joya idiomática mi padre le pidió a la señora que lo esperara un segundo mientras iba a intentar solucionarle el problema. Cruzó al edificio de enfrente. Entró sin permiso al despacho del Alcalde (Léase: cualquier Alcalde) y le extendió el papelito. “Mira esta maravilla que acabo de descubrir”, le dijo. La primera autoridad del municipio se puso las gafas, agarró el mensaje con decisión, lo miró y, sin ningún asomo de sorpresa, le dijo:

-          “Ajá Rami, yo no le veo ningún problema a que el secretario de educación le pida un favor al secretario de salud, ¿o qué tiene eso de malo?”
-          “Quien debería renunciar eres tú”, le contestó mi padre. “¿No te das cuenta de que en una sola línea hay 5 errores ortográficos?”.

Y cuento esto para sentenciar de una vez por todas que Leer es la mejor manera de superar la pobreza, la infamia y la soledad.







[1] Con este texto participé en el Primer Encuentro Municipal de Español y Literatura, dado en San Marcos del Carate, El pueblo más feliz del mundo, el jueves 11 de junio de 2015, en la Biblioteca “Ricardo Torregroza De La Ossa” de la Institución Educativa San Marcos.

junio 09, 2015

Para laurear al Poeta


Según Wikipedia, la enciclopedia virtual (no real), un poeta laureado es “un poeta nombrado oficialmente por un gobierno y del que se espera que componga poemas para acontecimientos de Estado y gubernamentales”. Tengo que decirles que, por fortuna, no estamos en una ceremonia oficial, menos de gobierno, ni le haríamos tan denigrante encargo a nuestro querido Maestro. Hecha esta aclaración, apelemos a Lo Real.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, laureado es quien “ha sido recompensado con honor y gloria”. Proviene del verbo laurear, esto es, “coronar con laurel”, por lo que cobró sentido figurado como “premiar, honrar”. Y eso sí que hemos venido a hacer esta noche al Teatro[1].

Hay suficientes méritos para laurear a Don Ricardo León Torregroza De La Ossa[2]. Citaré sólo algunos. Es un hombre cultivado, de linaje; ha sabido cantar lo suyo a tiempo y con rigor, sus versos retratan no sólo el paisaje en el que se han deleitado sus ojos, sino la época que le ha correspondido vivir y a sus contemporáneos; su paciente – y hasta ahora oculta - labor no ha necesitado de falsos reconocimientos para brillar por sí sola; y, por último, pero no menos importante, porque es un Aristócrata, en el mejor de los sentidos. Citadas las razones de este Homenaje, me detengo a detallarlas.

Hombre cultivado, de linaje

Nació Don Ricardo en San Marcos del Carate, el miércoles 15 de septiembre de 1937. Hijo mayor de la unión entre un gran Poeta y su Musa predilecta: Don Lino de Jesús Torregroza Borja, destacadísimo bardo de comienzos del Siglo XX y Doña Isabel De la Ossa García, abnegada educadora.

Tuvo el afortunado niño una infancia frente a la Ciénaga de su pueblo natal, junto a su querido e inseparable hermano Eduardo Antonio. Cursó sus estudios de primaria en el Gimnasio del San Jorge, dirigido por su ilustre Padre, quien detectó a tiempo su afición por las letras y lo estimuló a la lectura. Comenzó la secundaria en el legendario Colegio Pinillos de Santa Cruz de Mompox, donde afianzó su gusto por la Literatura. Por complicaciones de acceso, se trasladó a Medellín para cursar los restantes 5 años de su bachillerato, en el colegio de la Universidad Pontificia Bolivariana.

Terminada la secundaria realizó estudios de Bachillerato Pedagógico en la Escuela Normal de Sincelejo y se hizo Docente, tal como estaba escrito en su Destino. Ejerció la indeclinable tarea de Maestro en el Instituto San Marcos (hoy Institución Educativa San Marcos) y en el Colegio María Auxiliadora de las Hermanas Franciscanas, donde el autor de estas líneas tuvo el Privilegio de tenerlo como Maestro.

Lector infatigable de Historia, Filosofía, Novela Histórica y, por supuesto, Poesía. Autodidacta obstinado. No es nada raro que el Poeta Torregroza, comenzara como Profesor de Español y Literatura, Historia Universal y Geografía de Colombia. Su destacada formación intelectual así lo permitía. Don Ricardo puede hablarnos, incluso hoy día, con un manejo acertadísimo tanto de la Guerra del Peloponeso, como de la refinada Poesía de Ruben Darío. Su destreza intelectual le ha permitido ser un conversador exquisito a lo largo de toda su vida. Rodeado siempre de jóvenes inquietos y escritores incipientes, el Maestro jamás ha sido mezquino con sus saberes y su Biblioteca siempre ha estado a disposición de quien la solicite. “En mí la Poesía es genética. La heredo del viejo. A mamá le heredé la abnegación como Maestro”, me dijo una noche de mecedora y terraza.

En nuestro medio, hostil a los asuntos del Espíritu, un Docente tiene por costumbre el cultivarse poco. Y, si lo hace, es con intereses de obtener mejor escalafón o de aspirar a cargos de elección popular. Ninguno de los anteriores fue el motivo de Don Ricardo al graduarse como Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad de Santo Tomás. La suya ha sido, desde la infancia, una vocación intelectual interminable, una necesidad espiritual por remontar el vuelo, más allá del espacio y del tiempo que le correspondió habitar. Con tenacidad y entrega irreductibles fue Tutor en el Consorcio Red de Educación a Distancia- CREAD- de la Universidad Santo Tomás en Sincelejo. Luego de esto, el Poeta culminó sus labores como Docente, con honores en 2003.  Pero jamás abandonó su proverbial interés por los libros. “No hay nada que forma más que la lectura”, dice. Su casa, a orillas de la Ciénaga, sigue siendo visitada por estudiantes y profesionales que van en busca de su orientación, de su complicidad intelectual.

Casó el 25 de noviembre de 1962 con Doña Miriam Estela Otero Monterroza, con quien tuvo cuatro hijos: Miriam Isabel (abogada), Ricardo Aurelio (arquitecto), Ana Cecilia (Bacterióloga) y Marco Antonio (médico). En la actualidad tiene 7 nietos y 3 nietas, que confirman que, el suyo, es un reino Isabelino: las tres tienen Isabel como segundo nombre.

“Soy Maestro por esencia. Siempre sentí la necesidad de enseñar. Mal del que no me he corregido”, dice él. Pero, con todo el respeto que merece, sé que miente. Después de haber leído detenidamente, casi todos sus 300 poemas, me atrevo a afirmar que usted, Querido Maestro, es un Poeta por Esencia y Excelencia. Y que se refugió en la Docencia para no perder el contacto con el misterioso, fascinante y generoso Universo de la Palabra.


Ha sabido cantar lo suyo a tiempo y con rigor

“Al contacto del Amor todo el mundo se vuelve Poeta”, dice un mural del colectivo Acción Poética en la carretera que va de Cereté a Montería. Y fue cierto, también, para el joven Ricardo, quien comenzó a escribir en el despertar amoroso de la adolescencia. Y no paró nunca más.

La magnífica cosecha de versos que lega al español – Real y Única Patria del Poeta – ha sido sembrada en diferentes huertas. La del Amor, primigenio surco, al que él llama vendimia, no refiriéndose tanto a la recolección y cosecha de la uva, ni al tiempo en que se hace, sino al provecho o fruto abundante que se saca de algo. Y, hay que decirlo sin ningún temor: el Poeta ha bebido del Amor, majestuosa fuente. En su Obra el Amor va entrañablemente unido al Paisaje. Prueba de ello, su Soneto XIV:

Al caer la tarde, el playón se obstina
en ser medio de citas crepusculares;
ser aquelarre del viento que musita,
y sortilegio en los idilios recurrentes.

Terruño ancestral, contraste inmerso
entre el desespero y la esperanza.
deslinde entre la pena y el silencio,
entre la nada y sueños que salpican.

Pertinaz fue como aroma que besa.
Hálito de viento, el sorbo de tu risa,
tu cuerpo venero de aguas frescas.

Cuando eras muchacha, en el retozo,
el paisaje que enmarcaba tu retrato,
el agua de río que pasa y no regresa.

Suyas son, también una profunda reflexión sobre el recuerdo, lo que no cesa de ocurrir. Que, según el escritor Eduardo Galeano, viene del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón. En la Poesía amorosa de Torregroza De La Ossa encontramos tres momentos en particular: el hallazgo de la Musa, la consumación del Amor y, luego, la ensoñación de la nostalgia.

Claro que en ese camino el Poeta no siempre es solemne o melancólico. Muestra de lo que digo el poema Razones para cambiar tu nombre, tributario del mejor de los Quevedo, incluso del implacable caricaturista Luis Carlos López:

Disiento de tu nombre, dulce Tornera,
mi parecer cercano al desacuerdo,
así como protesto del rótulo prestado,
de pájaros tan bellos igual que tú,
que debieron llamarse de otra manera.

Y si insisto, Krimilda, es por la infamia,
el desacierto del nombre que te dieron
sin tener en cuenta el parecido,
al montón de cosas que te adornan.

Nadie tuvo en la pila del bautismo,
la intuición, el común sentido, la manía
de darte por nombre las cosas tuyas.

De llamarte por hermosa, Rosalinda…
Decirte por morena, Rosa Marina,
o por tierna y dulce, Rosa Isabel.

Y, aunque encuadra bien, Rosa Del Mar…
Por estar lejana María de la Añoranza,
o por tus ojos que fluyen, Rosa del Río.

Ha compuesto Don Ricardo una Obra Poética en cuatro movimientos, a la manera de una gran Sinfonía. El primero de ellos se titula Poemario de los susurros, en el cual el Amor es inspiración. El segundo movimiento, llamado Al reencuentro de lo nuestro está dedicado a lo más telúrico, tradicional y vernáculo. Con una mirada crítica de su entorno, a menudo cargada de Esperanza. De este movimiento, les comparto Al Río de mis ancestros:

Río San Jorge, ¡cuán sinuoso serpenteas,
como raíz de mis recuerdos, soñado río!.
Deforestado luces y maltrecho fluyes,
Sin Mangles, Guaraperos y Chucharos;
sin la fronda del Campano y Ceibas;
sin Martín Pescador, vigía de la corriente,
ni el Gramalote perenne en tus riberas.

Languideces, entre el despojo y el abandono;
y, como atendiendo algún mágico conjuro,
se han esfumado, el Bagre, el Bocachico;
los Garzones, Garzas morenas y blancas.
Ni se zambullen de pesca Patos Cuervos,
ni blanquean los matorrales, las garcitas.

¡Río San Jorge, río de mis ancestros!;
en el verano corres apacible y lento,
en el invierno, desapegado y turbio.

¡Olvidado río, qué solitario pasas…!
Desde Seheve mi tristeza es ancha
y hasta Perico me dura la melancolía.
Río arriba, como un clamor te siento,
aguas abajo como un dolor te asumo.

También, de los Cantos telúricos que hacen parte de Al reencuentro de lo nuestro, tengo el Honor de compartirles A las mariposas, gavieras del viento.

Las mariposas son
gavieras del viento;
son erráticos veleros,
del legado de Dios.

Vuelan zigzagueantes,
tatuando iridiscencias,
y el aire que enajena,
su brillo incomparable.

Ruego no se extingan
y siempre permanezcan;
que ciertamente sean
muestras siemprevivas,
trasluz del horizonte.

Que nunca mitiguen
los vientos procelosos,
la sórdida intemperie;
el frío o la lluvia,
su ingrávida alegría,
sus huellas de cielo,
su clara transparencia.

Saben de silencio sus alas;
de soledad, su estancia
de brevedad, su vida.

Son albricia terrena,
del amor sangrante;
del constante espera
en el clamor ausente.

Cuando mueren cesa
su undívago vagar;
sus alas vítreas,
ya sin primavera.

¡Cuán pequeñas, tenues
y bellas son las mariposas…!
¡Cómo ungen recuerdos!
¡Cómo recrean las tardes!
¡Cómo embelesa su vuelo!
¡Cómo oscila en el viento,
su alígero albedrío!.


El tercer movimiento de la gran Sinfonía de Ricardo Torregroza De la Ossa es Viaje a la Memoria. En el que el Poeta nos lleva a otros tiempos, de parroquia, creencias, campanas, amores libres, maniqueísmos, jerga y folclor. Pero también edifica retratos en tres dimensiones, es decir, esculturas en verso de personajes entrañables como su tío Uriel De La Ossa, su gran amigo Alfonso Ricardo De La Ossa, el fascinante cuentero Antonio Paternina y otros contertulios, incluso hay un perfil poético del genio de Aracataca: Gabriel García Márquez en el Parnaso. Les compartiré el dedicado al amigo Alfonso, muerto tempranamente, escrito el día de su partida.

Elegía fraterna

Alfonso amigo y compañero, te sentías
cazador trashumante en los rastrojos;
monte adentro con el sol de los venados,
o en los playones, reventando el alba.

Hoy contumaz te diluyen los paisajes,
en la viva geografía de los recuerdos;
ya no optarás por regresar del viaje,
ni tornarás de nuevo, hasta el colegio.

Hogaño, seguramente Alfonso amigo,
vigías con el cañón de tu escopeta,
los ángeles pesquisan claros cielos,
para asignarte un lugar del infinito…

Aquel día soplaba impredecible,
el viento fatal de la desgracia;
y yaciste sepultado entre los robles,
huérfano de lumbre y de mortaja.

Sobre ti, y cual pira funeraria,
el hórrido crujir de huesos rotos
crispó tus manos cuando sentías,
en el trágico galope de la sangre,
la fuga irreversible de la vida.

Fue cruento y triste el sacrificio;
sólo que no esparcieron tus cenizas,
para llevarle un poquito de tu ser
a los playones… Las hondonadas;
a las pequeñas hierbas, los bejucos;
a los árboles y las humildes charcas,
y devolverte inmolado en holocausto,
a la naturaleza agreste tus esencias.

Si desde el cielo pudieras ver ahora,
¡Viajero comarcano…! ¡Trashumante…!
¡Cómo florecen por ti los Cañahuates!,
cómo zumbona la cocherana sopla.

Y de nuevo pensé cuando morías,
que sería, Alfonso, en Primavera;
cuando de súbito las flores ríen…
Cuando el entorno aroma silvestre
Cuando dicen adiós las hojas secas.

San Marcos, 25 de abril de 1977

El cuarto movimiento, titulado Legado bajo palabra, es una maravillosa recreación existencial del viaje por la vida. Cantos a su bella Madre, a una hija perdida muy tempranamente, a sus nietos que escancian su último sorbo de alegría, siempre escritos en un tono confidencial, casi expediente fervoroso de su paso por el Mundo. De Legado bajo palabra, he elegido dos grandes poemas para compartir. El primero, Semblanza:

Humano me arrimo a la vera del perdón,
de las heridas que al parecer no sanan.
Quise una existencia más circunstancial,
concomitante de principios que sumaran;
compromisario de valores el cotidiano afán,
señalando rutas donde cupieran todos.

Quise ser algo más que simple vida
y en el vacío, en manera alguna caer,
como soplo de viento sin memoria.
Y entonces opté por trascender;
recorrer la senda haciendo el bien
permitiendo al tiempo, echar raíces.

No ser la ola que la resaca extingue;
mejor la arena que tendida se resiste,
y atestigua la evidencia del mar:
cuando rumora, su incontable azul,
cuando pregona su sed de orilla,
la desmesura de tantos inefables.

No quiero ser guijarro que nadie nombra,
o el referente anonimato de hojas secas.
Me propuse permanecer; he aquí el dilema,
de seguir alumbrando entre las sombras.


Y, para finalizar, El viaje definitivo.

“Remonta los ríos.
Desciende por los ríos,
No te detengas”.
Álvaro Mutis

Y yo me iré, mas no sé cuándo;
en todo caso, terriblemente solo,
liaré mis utensilios y a la deriva,
peregrinos buscarán su fondeadero,
mis efluvios, mi diario de motivos.

Y al descender los ríos del tiempo,
como larario de improntas mi pasado,
será karma de olvido, mi partida.

Ya navego el final de la corriente,
que palpita en mi interior y fluye
desde la orilla de mí, cerca de todo.


Su paciente labor no ha necesitado de falsos reconocimientos

A pesar de haber sido cultivada en un medio contradictorio en el que la Poesía brota en cada atardecer, pero en el que no existen contertulios, la Obra de Torregroza De La Ossa no ha necesitado de elogios gratuitos. Se ha madurado, en cambio, como el mejor de los vinos, gracias a la soledad y al paso del tiempo. Sus versos están allí, listos a ser bebidos y celebrados por todo el que tenga sed de gran Espíritu. A lo mejor porque sus contertulios han sido Pablo Neruda, Álvaro Mutis, Mario Benedetti, Rubén Darío, César Vallejo, García Lorca, Jorge Luis Borges. Y sus contemporáneos: Li-Po, Omar Khayyam, Píndaro, Garcilaso y Homero.

Don Ricardo, el Aristócrata

La vida del Poeta ha sido dedicada a Lo Mejor que tenemos, como especie: El Arte. El oficio de hilar versos lo ha convertido en un connotado Orfebre. Y bien sabe, como Don Miguel de Cervantes, que El Arte está por encima de la política. ¿O quién recuerda el nombre del Rey que le negó trabajo al autor de El Quijote?

Celebremos a Don Ricardo. Leámosle. Cantémosle. Coronémosle. ¡La Gloria sea para Él!

Por Ensuncho De La Bárcena
@CineastaRural




[1] Palabras leídas en el Homenaje al Poeta en el Teatro Municipal de Sincelejo, el pasado 4 de junio, en el marco del evento “La Mojaneridad en La Sabana”.
[2] Nacido en San Marcos del Carate en 1937. Hasta ahora ha sido conocido como Maestro, pero su Obra Poética saldrá publicada en diciembre de este año.

junio 02, 2015

La mujer vengada



Remontémonos a las épocas gloriosas en las que Francia tenía numerosos señores feudales que gobernaban despóticamente sus dominios, en vez de treinta mil esclavos envilecidos ante un solo rey. Cerca de Fimes vivía el señor de Longeville, en su vasto feudo, con una castellana morena, no demasiado bella, pero muy impulsiva, avispada y sumamente amante de los placeres. Ella contaba con unos veinticinco o veintisiete años de edad y él, como mucho, treinta; pero, como llevaban casados ya diez años, cada uno hacía lo que podía con objeto de procurarse las distracciones necesarias para aplacar el tedio matrimonial. La población, o más bien el villorrio de Longeville, no ofrecía excesivos estímulos; sin embargo, desde hacía dos años él se las arreglaba discreta y satisfactoriamente con una campesina de dieciocho años, tranquila y cariñosa, llamada Louison. La agradable tórtola acudía cada noche a los aposentos de su señor a través de una escalera secreta, construida a tal efecto en una de las torres, y por la mañana levantaba el vuelo antes de que la señora entrara en la alcoba de su marido, cosa que solía hacer a la hora del almuerzo.

Desde luego, la señora de Longeville estaba perfectamente al tanto de las incongruencias de su marido, pero como ello le daba la placentera libertad de distraerse también por su cuenta, fingía ignorarlo todo. Nada mejor que las esposas infieles, ya que están tan entretenidas ocultando sus propias aventuras que vigilan las del prójimo mucho menos que las mojigatas. Quien la alegraba a ella era un molinero llamado Colás, un musculoso jovenzuelo con menos de veinte años, maleable como la harina y bello como una rosa, que al igual que Louison se internaba secretamente en el castillo, acudía a la alcoba de la señora y se metía en su lecho cuando todo estaba en silencio. Nada hubiera turbado la felicidad apacible de estas dos adorables parejas si no hubiera sido por el diablo, que se metió por medio, y se les hubiera podido poner como ejemplo en toda Francia.

No se ría, estimado lector, por el uso que hago de la palabra ejemplo, pues cuando la virtud está ausente, siempre es preferible el vicio encubierto y prudente. ¿No es lo más acertado pecar sin provocar el escándalo? ¿Qué peligro puede entrañar la existencia de un mal que nadie conoce? Además, por muy censurable que pudiera parecer ese comportamiento, ¿no constituirán un ejemplo más edificante el señor de Longeville, agradablemente recostado en los cálidos brazos de su tierna campesina, y su respetable esposa, discretamente abrazada a su apuesto molinero, que una de esas duquesas parisinas que cambian cada mes de amante a los ojos de todos, mientras su marido derrocha doscientos mil escudos anuales para mantener a una de esas rameras deshonestas que usan el lujo como máscara para ocultar su desenfreno?

Así pues, repito, nada tan acertado como este discreto arreglo que procuraba la felicidad de nuestros cuatro personajes, si no fuera porque pronto vino la discordia a emponzoñar sus dulces existencias. Ocurría que el señor de Longeville, como tantos maridos necios, tenía la injusta pretensión de ser feliz sin que su esposa lo fuera también, y pensaba, como les ocurre a las perdices, que nadie le vería con solo esconder la cabeza; de modo que cuando descubrió los manejos de su mujer lo invadieron los celos, como si su propia conducta no justificara suficientemente la de ella, y decidió vengarse.


 -Que me ponga los cuernos con un hombre de mi propia clase, pase -se decía-. ¡Pero no con un molinero! ¡Eso sí que no! Colás, bribonzuelo, tendrás que irte a moler a otro molino, ya que no quiero que nadie diga que el de mi mujer sigue abierto para acoger tu simiente.

Y dado que el despotismo de estos señores feudales se manifestaba siempre con la máxima crueldad, acostumbrados como estaban a disponer legalmente de la vida y de la muerte de sus vasallos, el señor de Longeville tomó la decisión de hacer desaparecer al infortunado molinero en el foso que rodeaba el castillo.

-Clodomiro -ordenó un día a su cocinero- tú y tus muchachos tienen que librarse de ese infame que está mancillando mi honra y la de mi mujer.

-Muy fácil. Si lo deseas, podemos degollarlo y entregártelo trinchado como si fuera un cochinillo.

-No, no será necesario tanto -respondió el señor de Longeville- bastará con que lo metan en un saco lleno de piedras y lo dejen caer al fondo del foso con ese equipaje.

-Haremos lo que mandas.

-Sí, pero antes habrá que darle caza.

-Lo atraparemos, señor; demasiado listo tendría que ser para escaparse de esta. Lo atraparemos, puedes estar seguro.

-Hoy, como siempre, llegará al castillo a las nueve de la noche -explicó el ultrajado esposo-. Vendrá atravesando el jardín; desde allí entrará en el primer piso y se esconderá en la salita que hay junto a la capilla, donde permanecerá oculto hasta que mi mujer piense que me he dormido y vaya en su busca para llevarlo a la alcoba. Dejaremos que haga todo esto, pero lo tendremos bien vigilado y lo atraparemos cuando menos se lo espere. Entonces le dan de beber, para que se le calme el ardor.

El plan era perfecto, y sin duda el infortunado Colás hubiera servido de alimento a los peces si todos se hubieran mantenido en silencio. Pero Longeville había confiado sus planes a demasiada gente. Uno de los ayudantes del cocinero, que estaba prendado de la señora y que, probablemente, aspiraba a compartir con el molinero los favores de ella, en vez de alegrarse por la desgracia de su rival como hubiera hecho cualquier otro hombre celoso, corrió a desvelar el proyecto de su marido, y recibió por ello un beso y dos relucientes escudos de oro que a él le parecieron de mucho menos valor que aquel beso.

-Desde luego -comentó disgustada la señora de Longeville a una de sus doncellas, que era partícipe de todos los enredos de su patrona- mi marido es muy injusto. ¿No hace él lo que quiere? Y yo no digo ni palabra. Pero luego se niega a que yo me resarza de todas esas noches de ayuno que me hace padecer. Pues no lo voy a tolerar, eso sí que no. Escucha, Jeannette, ¿querrás ayudarme con un plan que he maquinado para salvar a Colás y para poner en evidencia al señor?



-Claro, señora, haré todo lo que me pidas... Ese pobre Colás es un joven tan guapo, con esas caderas tan firmes y esos colores tan frescos. Claro que sí, señora, ¿qué es lo que tengo que hacer?

-Debes avisar enseguida a Colás para que no se acerque al castillo hasta que yo no se lo ordene. Y dile que te entregue la ropa que suele ponerse para visitarme por las noches. Luego busca a Louison, la amante del bellaco de mi esposo; explícale que vas de parte de él, y que es su deseo que esta noche se ponga esas ropas, que tú llevarás preparadas en el delantal; dile también que esta vez no venga por el camino habitual, sino que atraviese el jardín, que entre por el patio al primer piso y que se esconda en la sala que hay junto a la capilla hasta que el señor vaya a buscarla. Si te pregunta el porqué de estos cambios, le contestas que es por los celos de la señora, que está sospechando y que puede tener vigilada la ruta habitual. Y si se siente atemorizada, haz lo que sea para que se tranquilice, pero sobre todo, insiste en que no deje de acudir a la cita, ya que el señor tiene que tratar con ella asuntos de la máxima importancia, relativos a la escena de celos que ha mantenido conmigo.

Como la doncella cumplió el encargo a la perfección, allí estaba escondida la infortunada Louison, a las nueve de la noche, en la sala aneja a la capilla y vestida con las ropas Colás.

-¡Este es el momento! -ordenó Longeville a sus secuaces-. Todos han visto esta infamia, ¿verdad, amigos?

-Así es, y vaya con el molinero, lo guapo que es.

-Pues ahora entran de golpe, le tapan la cabeza con un trapo para que no grite, lo meten en el saco y al agua con él.

Así lo hicieron. La pobre Louison no pudo ni abrir la boca para enmendar el error y al poco ya la habían lanzado al foso por la ventana de la sala, metida en un saco lleno de pedruscos.

Una vez terminada la batalla, el señor de Longeville se apresuró a sus aposentos para recibir a su amada, que según él pensaba debería estar al llegar, pues lejos estaba de imaginar que se encontrara en un lugar tan húmedo. En mitad de la noche, inquieto al comprobar que nadie aparecía, el infeliz amante decidió acudir personalmente a la casa de Louison, aprovechando la clara luz de la luna. (Por cierto, que este es el momento que aprovechó la señora de Longeville para instalarse en el lecho de sus esposo, al que había estado acechando.) Todo lo que pudo averiguar el señor de Longeville por boca de los familiares de Louison fue que su amada había ido al castillo a la hora de costumbre, aunque del extraño atuendo que llevaba nada le dijeron, ya que ella lo había mantenido en secreto y había salido de la casa sin que nadie la viera.

Ya de regreso en su alcoba, y a oscuras, porque la vela se había apagado, se acercó al lecho y entonces es cuando sintió el aliento de una mujer, que él no pudo menos que confundir con el de su bella Louison. Así que sin pensárselo dos veces, se introdujo entre las sábanas y comenzó enseguida a acariciar a su esposa y a emplear con ella las tiernas efusiones que solía dedicar a su amada.


-¿Por qué me has hecho esperar tanto, bella mía? ¿Pero dónde estabas, mi pequeña?

-¡Bellaco! -gritó entonces la señora de Longeville, iluminando la estancia con una lámpara que tenía escondida-. Yo soy tu esposa, no esa ramera a la que tú entregas el amor que solo a mí me corresponde.

-Me parece -respondió él fríamente-, que estoy en todo mi derecho, máxime cuando llevas tanto tiempo engañándome de un modo tan desvergonzado.

-¿Engañarte yo? ¿Con quién, si puede saberse?

-¿Crees que ignoro las citas que mantienes con Colás, el molinero, uno de los más viles de mis vasallos?

-Yo no podría rebajarme hasta tal punto. Estás loco. No sé de qué me hablas. Te desafío a que lo demuestres, si es que puedes -respondió ella con arrogancia.

-Siendo sincero, eso me va a resultar un poco difícil, ya que acabo de lanzar al foso a ese miserable que mancillaba mi honor, de modo que no podrás volver a verlo nunca más.

-Esposo mío -replicó la castellana con descaro inusitado- si a causa de tus celos desvariados has ordenado lanzar a algún desdichado al agua, serás culpable de una terrible injusticia, porque como te he dicho, el molinero no ha venido jamás al castillo a visitarme.

-¡Pero bueno! Al final voy a pensar que estoy loco...

-Pues nada más sencillo para aclarar este enredo. Que venga ese vasallo del que estás tan ridículamente celoso. Que vaya Jeannette a buscarlo, y ya veremos lo que ocurre.

La doncella, que estaba sobre aviso, obedeció en seguida y trajo al molinero. Al señor de Longeville le costó creer lo que veía, y ordenó que fueran a averiguar quién era, en ese caso, el arrojado al foso. Pronto trajeron un cadáver, el de la desdichada Louison.

-¡Cielos! Es la mano de la providencia la causante de todo esto, pero no me lamentaré ni indagaré más. Sin embargo, algo te voy a pedir: ya que has logrado quitarte de en medio a la causante de tu desasosiego, desembaracémonos también de quien me inquieta a mi. Que el molinero abandone la comarca para siempre ¿Trato hecho?

-Sí, estoy de acuerdo. Que la paz y el amor renazcan entre nosotros, para que nada pueda distanciarnos nunca más.

Colás desapareció para siempre, Louison fue enterrada y desde entonces no se ha visto en toda Francia otro matrimonio más unido que el de los Longeville.


Por Marqués de Sade (junio 2 de 1740 - diciembre 2 de 1814)