febrero 12, 2015

EMPAÑANDO VIDRIO POR SABINA


Hay gente que cree que todo está escrito. Sus vidas están predestinadas, pobladas de causalidades, designios celestes, incapaces de ser movidas por la voluntad; por lo general esta gente cree en Dioses, en Dios o en el Destino.

Hay otra que cree que nada está escrito; sus vidas son impredecibles, llenas de casualidades, maleables, dúctiles, susceptibles de ser moldeadas por la Voluntad; por lo general es gente que cree en el Caos, en el Azar, en el Deseo.

Yo me confieso en la mitad: A veces creyente, a veces escéptico, en algunas ocasiones místico, en otras, ateo, como la mayoría de los mortales. En todo esto pensaba esa tarde de miércoles, sentado en el lobby de un hotel de Bogotá, mientras esperaba a que el Poeta, su mujer y su agente, terminaran de almorzar.

Afectado por una gripe muy severa, el Poeta se levantaba a menudo al baño. Desde donde yo estaba lo veía con un cigarrillo en la boca, con su caminar curvo y desencantado. Vestía una chaqueta negra, ceñida al cuerpo, unos vaqueros desgastados con algunos rotos en las piernas. Una bufanda gris anudada al cuello delataba su estado de salud.  

Pensé entonces entrar al baño y proponerle la entrevista. A lo mejor mirándolo desde el espejo no me diría que no. Me contuve. Me imaginé en la misma situación y no me fue complicado insultar la inteligencia del proponente. Opté entonces por esperarlo en el pasillo entre el restaurante y el baño. Fingía mirar una pintura abstracta – como las que te gustan a ti, Alma Mía – me movía de un lado al otro del marco. Escuché entonces un grito al interior del baño, me pareció que se quejaba, la puerta se abrió y allí estábamos, frente a frente. Reparé en sus ojos delineados y profundos, en su gesto de sorpresa, en su chaqueta chorreada de blanco.

-       Poeta, ¿podemos conversar 5 minutos?

Hizo cara de niño disgustado.

-       Estoy comiendo. Me duele la garganta… ahora vienen a pincharme.

El agente llegó de inmediato, en su rescate. Lo tomó por el brazo.

-       Cuando usted necesite algo, me cuenta a mí primero. Así nos vamos entendiendo. ¿Bueno?

Entendí el mensaje. Pedí disculpas, no sin antes detenerme a pensar en la cara del tipo, en su aspecto frágil, en sus manos a los lados en actitud de infante al que le van a aplicar una inyección. Eso duele, de veras. Decidí regresar al lobby, a esperar al menos el autógrafo prometido a Juan Camilo, adolescente caleño que vino con dos amigos del colegio a escuchar al Poeta. Sentado de nuevo en el sillón, me pongo a pensar cómo llegué hasta aquí, hoy.


Entre las sábanas

Abro los ojos. El primer cuadro del día está compuesto de luz filtrada por las cortinas, el hombro izquierdo, la nuca y la negra cabellera de mi mujer. Ella, que siempre se da cuenta del momento en que me despierto, se da la vuelta. Nos damos un beso.

-       Buenos días, amor.
-       Buenos días, mi cielo.
-       Que Dios te bendiga hoy… y ¡qué te ganes la boleta!
-       Amén, mi cielo. Ponle la firma, seguro que vamos.

Aún no teníamos las entradas. Y no teníamos para comprarlas. La prioridad durante los últimos meses era instalarlos en nuestro nuevo apartamento con nuestros propios muebles, electrodomésticos y con algunas comodidades. Todo lo ganado se invertía en esa dirección. Habíamos hecho lo posible por comprar las entradas, sobre todo por Hugo, el empresario, a quien yo mismo le había dicho un año atrás que él era el único que podía traer al Poeta a Colombia. Cosa que el no creyó mucho, porque “es muy caro”.

Luego del desayuno, Nana se fue a la Universidad, no sin antes darme de nuevo la bendición y pedir que le avisara si obtenía las entradas. Yo la acompañé al ascensor, le di la bendición y me quedé escuchando la radio, sintonizada en la emisora de nuestros amaneceres que a esa hora estaba regalando entradas VIP para sus chateadores. Hábil con los recursos de la Internet, ingresé a la sala respectiva con la esperanza al 100. Si fue posible lo de Cerati, ¿por qué no sería lo de Sabina?, pensé. Precisamente el día anterior, vía e-mail, había sido informado por una amiga periodista de la rueda de prensa que tendría lugar a las once  de esa misma mañana en un hotel del norte de la ciudad. Con ganas inmensas de ir a conocer al Poeta, tenía pendiente la cita sin despegarme del Chat.


En total serían siete entradas con sus respectivos discos compactos del último álbum del artista. Ya habían sido entregados dos premios entre las noticias sobre el último escándalo político del país: el estrecho vínculo entre varios congresistas con miembros del grupo armado de las Autodefensas Unidas de Colombia, quienes también respondían al nombre de “paramilitares”; unido a la relación de este grupo armado con la dirigencia de la central de inteligencia del Estado colombiano. Todo esto habría ocurrido ante los ojos de los organismos de control. Las noticias comprometían a un ex-Fiscal General de la Nación, quien habría archivado los procesos en despacho. El exfuncionario había sido entrevistado por el conductor del programa y su mesa de trabajo, saliendo mal librado.

Yo, pendiente a todo lo que sucedía, con mis sentidos atentos a todo lo que ocurriera, veía cómo llegaba la hora de la rueda de prensa y seguía sin ganarme el anunciado premio. Entonces se me dio por llamar a la periodista organizadora para preguntarle si podía entrar, pero tenía su celular apagado, señal de que las cosas habían comenzado. Quedé en una disyuntiva: irme, sin boletas, a la rueda de prensa o esperar por el premio, sin asistir a la rueda de prensa. Opté por esta última, pues lo importante era el concierto.

Cinco minutos después, el director del programa anunció una entrega. Me dispuse con los dedos en el teclado, como un probable vaquero con sus manos en el arma ante un duelo. Éramos ciento ocho personas en el Chat así que el revólver debía tener en su manzana ciento siete balas, si quería triunfar. Comenzó entonces el conductor a hablar del escándalo de la anterior administración de la Fiscalía, del lío en el que estaban y describió físicamente a su protagonista, a quien habían entrevistado hacía por lo menos una hora. Yo tenía listo el dedo en el gatillo, así que cuando preguntó su nombre, en el acto escribí: “Luis Camilo Osorio” y pulsé enter. El locutor preguntó a la administradora del Chat el nombre del chateador que había respondido primero y dijo: Juan Kan Tsao. ¡Sí, el premio era mío! Ese era el seudónimo que usaba en el Chat, en remembranza de un heterónimo usado en mis épocas de universitario en Cartagena. 

Busqué de inmediato los teléfonos de la emisora en el directorio de páginas amarillas, llamé, pregunté por la administradora, pero me informaron que ella hace mucho no iba a los estudios, que estaba en otro país. Recordé entonces que la transmisión del programa era “transcontinental”, como lo dice una de sus promociones. Pregunté por la persona encargada de las llamadas del programa y me comunicaron. Respondió una chica, a quien le di mis datos respectivos para hacer el reclamo del premio. Me informó que podía pasar entre las 2 y las 5 de la tarde por una boleta VIP y un álbum doble que contenía su más reciente CD y un DVD con una entrevista con el Poeta. Pregunté si podía cambiar la boleta VIP por dos “normales”. Respondió que no. Colgué, al menos tenía la entrada asegurada, por la tarde haría lo posible por cambiarla por dos sencillas, después de todo era fácil de conseguir.

Con la seguridad de poder asistir esa noche, tomé camino a la rueda de prensa por el otro premio: una entrevista. "La vida no es un block cuadriculado, sino una golondrina en movimiento”, recordé y emprendí el vuelo. Llegué muy retrasado, tanto que lo único que vi de la rueda de prensa fue al poeta siendo llevado de la mano – como un niño – por su manager con cara de malas pulgas. Sólo alcancé a ver las gafas oscuras y anotar que era más alto de lo que yo imaginaba, me cruzaron por el frente al ritmo del solo de clarinete de “La canción de las noches perdidas” rumbo a su habitación, lejos del mundanal ruido de los periodistas, ante quien José Navarro – su manager – había dicho que o parecía sino un club de fans, debido a que todos llegaron con discos compactos, acetatos y libros para ser firmados por su artista favorito. Retomé el control de la realidad y me fui tras ellos, los alcancé justo cuando entraban al ascensor, pero no me fue posible entregarle mi libro que quedó entre las dos hojas de la puerta. Lo retiré antes de que cayera al piso, sin darme por vencido.

“A este lo cojo cansado”, pensé. Y así fue. Me quedé una hora a la espera de su segunda aparición, luego de que saludé a algunos amigos periodistas, al empresario, a sus asistentes, a los empleados del hotel, a los mensajeros que entraban y salían, a los huéspedes y, por supuesto, al grupo de fanáticos que no se quisieron ir por quedarse esperando la foto con el Maestro.


Era un grupo muy variado. Desde adolescentes, como Juan Camilo e Isabella, venidos de Cali con sus papás de quienes habían heredado la afición, hasta empresarios del comercio electrónico como un simpático bumangués llamado Juan Carlos Ortiz, quien tenía dos bolsas llenas de acetatos – todos firmados por Sabina – y algunos libros de letras del autor más importante de la canción española desde hace décadas. La nómina de fanáticos la integraba también una familia con una niña de escasos siete años quien se sabía todas las canciones del andaluz (¿quién enamorará a esta niña cuando tenga 15 años?). Como la cosa era de paciencia nos salimos a fumar. Allí fue donde me enteré de la historia de los colegiales caleños, para quienes no hay otro poeta en el mundo hispano más importante que el ubetense. “En casa tenemos todos los discos, yo lo escucho desde que aprendí a hablar”, me confesó Isabella. Yo, al verla pensé que el deseo del flaco se haría realidad esa noche: “Que se coman a besos las colegialas a los artistas” (Esta noche contigo). Aprovechando nuestro descuido de fumadores, los encargados de la seguridad del hotel cerraron las puertas y nos dejaron por fuera. Era la orden de “Berry”, el manager, quien bajó con el Poeta y se perdieron por un pasillo al fondo. Nosotros nos quedamos con los crespos hechos… de humo.

Al parecer la orden era que no nos dejaran entrar más, entonces se me ocurrió ir al baño, le comenté al portero, ante lo cual me advirtió que una vez saliera del baño debía salir del hotel. Dispuesto a incumplir mi promesa me dirigí al WC, lo usé y salí al Lobby. Me integré al grupo de fans mayores de 30 que estaban sentados cómodamente haciendo la siesta, después de haber almorzado en el hotel. Llegué saludando, con confianza y actitud adecuadas. Ellos estaban más relajados que los fan adolescentes, quienes a estas alturas estaban, como lo dijo uno de ellos, “empañando el vidrio” de la puerta. Allí mismo me di cuenta que ese sería el título de esta crónica.

Joaquín Sabina es uno de los escritores de canciones en español más heterodoxos y lúcidos que existen. Alguien capaz de aunar en su repertorio temas en clave rock que enganchan a aquellos jóvenes a quienes la vida no ha conseguido aún desencantar, y baladas que logran conmover a un público maduro crítico y sensible que sabe apreciar en sus textos el talento literario de un aventajado discípulo de Quevedo, cuya espada es la suma de una afilada lengua y preclara cabeza. 

Han pasado 29 años y 18 discos* desde la aparición en 1978 de Inventario, su primer álbum, y ahí están sus canciones. Música popular. Volcado en su actividad literaria y poética, hacía cinco años que Joaquín Sabina no grababa material inédito, desde que en 2002 publicó “Dímelo en la calle”. En cada nuevo álbum de Joaquín Sabina, se encuentran tesoros y se descubren cosas, pero sobre todo se reconocen cosas, se encuentran palabras que nos explican, llaves que abren nuestras propias puertas, mapas hacia nosotros mismos o hacia lo que nos gustaría ser.


Reseña del concierto

Una banda de barco toca “y nos dieron las diez”. Suena la sirena de un barco. Entran los músicos. Todos vestidos de manera diferente. Cada uno de un personaje distinto. Pancho Varona, de turco. El baterista, de marinero. Antonio García de Diego de viajero elegante (con sombrero incluido), Olguita Román de dama de Cabaret, el otro guitarrista de pirata. Y el Poeta de traje gris, con sombrero hongo y bastón.

Abre con voz ronca, casi al filo, cantando “Aves de paso” del disco “Yo, mi, me, contigo” de 1996: “A las peligrosas rubias de bote / que en el relicario de sus escotes / perfumaron mi juventud // Al milagro de los besos robados / que en el diccionario de mis pecados / guardaron su pétalo azul // A la impúdica niñera madura / que, en el mapamundi de su cintura / al niño que fui espabiló // A la flor de lis de las peluqueras / que me trajo el tren de la primavera / y el tren del invierno me arrebató //. A las flores de un día, que no duraban, que no dolían, que te besaban, que se perdían. Damas de noche que en el asiento de atrás de un coche no preguntaban si las querías. Aves de paso, como pañuelos cura fracasos.

Luego le sigue “Ahora que…”, del álbum “19 días y 500 noches” de 1999: “Ahora que los sentidos sienten sin miedo, ahora que me despido pero me quedo, ahora que tocan los ojos, que miran las bocas, que gritan los dedos, ahora que no hay vacunas ni letanías, ahora que está en la luna la policía, ahora que explotan los coches, que sueño de noche, que duermo de día, ahora que no te escribo cuando me voy, ahora que estoy más vivo de lo que estoy, ahora que nada es urgente, que todo es presente, que hay pan para hoy, ahora que no te pido lo que me das, ahora que no me mido con los demás, ahora que todos los cuentos parecen el cuento de nunca empezar”.

Poco a poco le mejoraba la voz, haciendo uso de ella, como todo un músculo que mientras más se ejercita más funciona. Continuó con: “Esta noche contigo” del disco “Esta boca es mía” de 1994: “Que no arranquen los coches, que se detengan todas las factorías, que la ciudad se llene de largas noches y calles frías. Que se enciendan las velas, que cierren los teatros y los hoteles, que se queden dormidos los centinelas en los cuarteles. Que se mojen las balas, que se borren las fotos de las revistas, que se coman a besos las colegialas a los artistas. Que se toque la gente, que no lleguen los trenes a la frontera, que sean cariñosas con los clientes las camareras. Porque voy a salir esta noche contigo, se quedarán sin beatos las catedrales y seremos dos gatos al abrigo de los portales”.

Entonces, el poeta, saludó, gritando:

-       Buenas noches Santa Fe. Buenas noches Bogotá. Buenas noches Colombia. ¡Tan trágicamente dulce!

Agradeció al cantautor que lo antecedió en el escenario.

-       Gracias a Roberto Camargo, que ha hecho este trabajo amargo de cantar antes de mi. Yo mismo lo hice muchas veces y se lo agradezco plenamente.

Después vinieron las “Mentiras piadosas” del álbum del mismo nombre de 1990: “Yo le quería decir que el azar se parece al deseo, que un beso es sólo un asalto y la cama es un ring de boxeo, que las caricias que mojan la piel y la sangre amotinan, se marchitan cuando las toca la sucia rutina. Yo le quería decir la verdad por amarga que fuera, contarle que el Universo era más ancho que sus caderas, le dibujaba un mundo real, no uno color de rosa, pero ella prefería escuchar mentiras piadosas. Y cuando por la quinta cerveza le hablé de esa chica que me hizo perder la cabeza, estalló: ¿Vas a callarte de una vez, por favor? Y así fue como aprendí que en historias de dos conviene a veces mentir, que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor”.


Después de esa confesión – a medias – continuó el maestro preguntándose “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, presente en su disco “El hombre del traje gris” de 1988: “En la posada del fracaso, donde no hay consuelo ni ascensor, el desamparo y la humedad comparten colchón y cuando por la calle pasa la vida por un huracán, el hombre del traje gris saca un sucio calendario del bolsillo y grita ¿quién me ha robado el mes de abril? ¿Cómo pudo sucederme a mí? Pero ¿quién me ha robado el mes de abril? Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón.

De esa honda y triste pregunta saltó el poeta a cantar “Por el bulevar de los sueños rotos”, canción dedicada a su querida Chavela Vargas, del álbum “Esta boca es mía” de 1994: “Por el bulevar de los sueños rotos desconsolados van los devotos de San Antonio pidiendo besos. Ponme la mano aquí, Macorina, rezan tus fieles por las cantinas, paloma negra de los excesos. Por el bulevar de los sueños rotos moja una lágrima antiguas fotos y una canción se burla del miedo. Las amarguras no son amargas cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo. Se escapó de una cárcel de amor, de un delirio de alcohol, de mil noches en vela. Se dejó el corazón en Madrid, ¡quién supiera reír como llora Chavela!

A estas alturas del concierto, todos estábamos a la espera de sus nuevas canciones. Y la espera llegó a su fin con “Resumiendo”, una bella canción de “Alivio de Luto” de 2005 que dedicó a sus amigos de Bogotá, un tal Daniel y una tal Juanita: “Resumiendo, esto no es un arreglo floral por tu santo, sólo sombras que en noches de insomnio me alfombran el canto, sobre nuestras cabezas a silbaban calumnias, payolas, mano a mano las fuimos driblando a< puertita gayola. Hace siglos que quiero enviarte palomas de humo, antes de que carcoma el invierno la culpa que asumo, ten a bien recibir de mi parte un abrazo de amigo, cuando estalle la guerra estaré en la trinchera contigo. Resumiendo, sin voto y sin voz, resumiendo que se pasa el arroz, resumiendo dos bises y amén. Resumiendo que tengo un cajón de la firma Pandora…

Ese cajón de la firma Pandora, bien Sabinesco, ¿quién duda que lo tiene este poeta-cantautor dueño de una lucidez lacerante?, dio paso a una canción-himno de uno de sus discos más celebrados “Física y Química” de 1992, se trata de “Conductores suicidas”: “No voy a negarte que has marcado estilo, que has patentado un modo de andar sin despeinarte por el agudísimo filo de la navaja de esta espídica ciudad. Sabías hacer turismo al borde del abismo, pero creo que de un tiempo a esta parte te has deslizado al lado marrón, tú que eras un maestro en el difícil arte de no mojarte bajo un chaparrón. Buscando en la basura un gramo de locura, dime que es falso que ya nunca escribes, que has empeñado el reloj de Raquel, que tu corazón no halla quien lo motive, que has perdido siete quilos en un mes. ¿Cómo te has dejado llevar a un callejón sin salida, el mejor dotado de los conductores suicidas?


Luego de esta demostración de coraje, sus cómplices totales Olguita Román, Pancho Varona y Antonio García de Diego hicieron un homenaje a Marilyn Monroe. Pancho agradeció al Bar Café Cinema, al que consideró “el mejor bar del mundo” donde se habían sentido en casa y felices por tanta acogida. Acto seguido Olguita Román comenzó a cantar esa dulcísimo y lacrimosa canción titulada “Y sin embargo te quiero” seguida por la canción más visceral y honesta del flaco de Úbeda: “Y sin embargo”, presente en “Yo, mi, me contigo” del 96: “De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera, por ti la vida entera; y sin embargo un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera. Ni tan arrepentido ni encantado, de haberme conocido, lo confieso. Tú que tanto has besado, tú que me has enseñado, tú que me has enseñado, sabes mejor que yo que hasta los huesos, sólo calan los besos que no has dado, los labios del pecado. Porque una casa sin ti es una emboscada, el pasillo de un tren de madrugada, un laberinto sin luz ni vino tinto, un velo de alquitrán en la mirada. Y me envenenan los besos que voy dando y sin embargo, cuando duermo sin ti contigo sueño y con todas si duermes a mi lado y si te vas me voy por los tejados como un gato sin dueño, perdido en el pañuelo de amargura que empaña, sin mancharla, tu hermosura”

Después continúo el primer recital de Sabina en Bogotá con “Calle Melancolía” de su segundo álbum “Malas compañías” publicado en 1980 y “Pájaros de Portugal” de “Alivio de luto” de 2005, para dar paso a una de las canciones más bellas del poeta andaluz: “Una canción para la Magdalena”, dedicada a las putas y publicada en “19 días y 500 noches”: “Si a medianoche, por la carretera que te conté, detrás de una gasolinera donde llené, te hacen un guiño unas bombillas azules, rojas y amarillas, pórtate bien y frena. Y si la Magdalena pide un trago, tú la invitas a cien que yo los pago. Acércate a su puerta y llama si te mueres de sed, si ya no juegas a las damas ni con tu mujer. Sólo te pido que me escribas contándome si sigue viva la virgen del pecado, la novia de la flor de la saliva, el sexo con amor de los casados. Dueña de un corazón tan cinco estrellas que hasta el hijo de un Dios, una vez que la vio, se fue con ella. Y nunca le cobró la Magdalena


Luego vino el “Ruido”, compuesto por el cantautor canario Pedro Guerra, grabada en “Esta boca es mía” del 94 y “Peor para el sol”, del álbum “Física y Química” del 92: “Al llegar al portal nos buscamos como dos estudiantes en celo, un piso antes del séptimo cielo se abrió el ascensor. Nos sirvió para el último gramo el cristal de su foto de boda, no faltó ni el desfile de moda de ropa interior. “En mi casa no hay nada prohibido, pero no vayas a enamorarte, con el alba tendrás que marcharte para no volver, olvidando que me has conocido, que una vez estuviste en mi cama, hay caprichos de amor que una dama no debe tener”. Peor para el sol que se mete a las siete en la cuna del mar a roncar, mientras un servidor le levanta la falda a la luna”.

Volvimos entonces a “Yo, mi, me, contigo” con una declaración de principios del cantautor: “Contigo” y luego a “Física y Química” del 92 con “El Pirata Cojo”, un estupendo rocanrol en el que el escritor explora todas aquellas vidas que puede visitar en la fantasía: “Al Capone en Chicago, legionario en Melilla, pintor en Montparnasse, mercader en Damasco, costalero en Sevilla, negro en Nueva Orleáns, viejo verde en Sodoma, deportado en Liberia, sultán en un harén, ¿policía? Ni en broma, triunfador de la feria, gitanito en Jerez, tahúr en Montecarlo, cigarrillo en tu boca, taxista en Nueva York, el más chulo del barrio, tiro porque me toca, suspenso en religión, confesor de la reina, banderillero en Cádiz, tabernero en Dublín, comunista en Las Vegas, ahogado en el Titanic, flautista en Hamelin… Pero si me dan a elegir entre todas las vidas, yo escojo la del Pirata Cojo, con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo, el viejo truhán capitán de un barco que tuviera por bandera un par de tibias y una calavera”.

El recital siguió dándole paso a Antonio García de Diego al piano acompañando una versión intimista de “A la orilla de la chimenea” del disco “Física y Química” que se nos quedó muy adentro. A continuación, el cantautor realizó una versión solista de la muy popular “Llueve sobre mojado” de su álbum “Enemigos Íntimos” de 1998 que realizó en compañía del argentino Fito Páez.


Dejó a un lado lo pop para dedicarse, recta final del concierto, a alguna de sus canciones más conocidas “Camas vacías” de “Dímelo en la calle” del 2002: “Yo, en cambio, no he sabido ir a favor del viento, que muerde las esquinas de esta ciudad impía, pobre aprendiz de brujo que escupe al firmamento desde un hotel de lujo con dos camas vacías. ¿Quién hará mi trabajo debajo de tu falda?, la boca que era mía ¿de qué boca será?, el roto de tu ombligo ya no me da la espalda, cuando pierdo contigo lo que gano al billar”. La infaltable rumbita gitana “19 días y 500 noches” que le da título al álbum de 1999 y, para cerrar, “Noche de Bodas / Y nos dieron las diez”, grabada en el 99 también en la hermosa y triste voz de Chavela Vargas: “Que las verdades no tengan complejos, que las mentiras parezcan mentira, que no te den la razón los espejos, que te aproveche mirar lo que miras. Que no se ocupe de ti el desamparo, que cada cena sea tu última cena, que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena. Que no te compren por menos de nada, que no te vendan amor sin espinas, que no te duerman con cuentos de hadas, que no te cierren el bar de la esquina. Que el corazón no se pase de moda, que los otoños te doren la piel, que cada noche sea noche de bodas, que no se ponga la luna de miel”.

Se encienden las luces. Comienza a sonar “Pastillas para no soñar”.

Por Ensuncho De La Bárcena
@CineastaRural


*Este artículo fue publicado originalmente, en este blog, el 17 de noviembre de 2007.

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