noviembre 06, 2015

When the music's over, turn out the light


Aclaro de entrada que no he leído la novela de Andrés Caicedo, pero después de haber visto la tercera película de Carlos Moreno me dan muchas ganas de hacerlo.

No sólo por saber un poco más de esa Mona que me enamoró, sino por tener noticias de la implacable Mariangela y de una ciudad que me encoñó desde nuestro primer encuentro, Cali. No sé si son creadas en el guión, en la novela o en el rodaje, eso es lo de menos para mí. Lo que me interesa es su demoledora existencia en la cinta. Porque en una película veo lo que veo, escucho y siento, por encima de lo racional. Porque El Cine es una verdad en sí misma. Y una verdad animal. Intuitiva. Autónoma. Independiente del mundo que lo rodea.

Aunque debo confesar que la introducción me resultó angustiante, innecesaria. El Arte no debe explicar nada y el autor lo sabía. Esa secuencia de ubicación para menores de edad, sencillamente sobra. La película realmente comienza cuando Mona nos susurra por primera vez al oído... y desde ese momento no nos suelta esa angelita endemoniada. Tan bella. Tan triste. Tan perversa. Tan pura. Tan inocente. Tan puta. Tan sola. Tan Reina. Tan Diosa.


Porque, torpes machos cabríos, “Qué viva la Música” es una película sobre una Mujer. Qué digo, sobre una Hembra. Que no le teme a los límites. Que los hace explotar. Una Mujer que, aprendan niñas, no le dice que no a nada. Ni a nadie. Y no necesita hacerlo. Quiere explorar. La ciudad que habita no es fácil. El Mundo al que se enfrenta no es fácil. Nadie le va a echar carreta sobre lo que es la vida. Está decidida a comprobarlo por sí misma. Con sus manos. Con su boca. Con sus pies. Con sus ojos. Con su coño. 

Nadie le va a explicar lo que es el sexo, sus virtudes viciosas, sus vicios virtuosos. Nadie le va a contar lo que son las drogas, sus puertas de percepción, sus abismos sin retorno. Nadie le va a decir lo que es viajar hasta el fin del mundo para extrañar su Casa. Nadie le va a hablar de la calle, ella quiere comprobar lo que es el pavimento, lo que es caer, lo que es darse duro contra la pared de un sistema podrido. Tendrá que huir de la muerte, corriendo. Tendrá que enfrentarse a la estupidez machista, a la indiferencia paterna, a la cárcel de sus privilegios. Huirá de todo. Porque todo le quedará pequeño.

Insisto, no sé si esta Mona de la película tiene algo que ver con la Mona de Andrés. Pero lo sentí respirándome al lado mientras la veía. Como si el Cine lograra ese maravilloso prodigio: resucitar a los muertos. O enfrentarnos a una verdad superior que a muchos le puede resultar espeluznante: si dejas obra no existe la muerte. El flaco caleño lo supo desde muy temprano y decidió compartirnos su visión sobre el mundo. Ese mundo de sexo, drogas y rock and roll en el que creció y que decidió transformar en sexo, drogas y salsa. Allí está la grandeza de Caicedo. En su deseo de vivir sólo el esplendor. De no esperar la decadencia. De no dejarse culear por el sistema. Esa es la lucidez que no se ahoga.

Y es lo que sale a flote en la película. Ese espíritu. Esa atmósfera. Esas cuestiones fundamentales a las que todo adolescente debe enfrentarse. Allí está su mérito. Por ello la aplaudo. Y seguro se convertirá, como la novela que la inspiró, en una obra de culto. Porque Ella. Mona. Ella. Es La Música. Enhorabuena.


Cartagena de Indias, noviembre de 2015
Por Ensuncho De La Bárcena
@HombreHicotea

octubre 26, 2015

Pero sigue siendo el Rey


I

Conocí al Rey, como todos, mucho antes de conocerle.

Su nombre hizo parte de mi infancia. Estaba en los periódicos, en la radio, en la televisión. La sola mención suya era motivo de una inexplicable felicidad.

II

La primera vez que lo escuché fue en un casete prestado que circuló de mano en mano por toda la primaria del colegio de la señorita Ángela en San Marcos. El colegio era formalmente conocido como Nuestra Señora de Lourdes, pero mis paisanos nunca han sido muy partidarios de la formalidad y prefirieron llamarlo siempre apelando a la soltería de esta ilustre dama que educó varias generaciones con templanza y respeto.

En aquellos tiempos, el Rey le daba voz a “El Flecha”, mítico personaje de barriada a quien todo el mundo se preciaba de conocer personalmente. Ese triste boxeador, ese “bacán de fracaso”, nunca les ha envidiado nada a los personajes de la picaresca de estirpe ibérica. Es un personaje que sigue siendo encarnado una y otra vez en las tablas y en las tesis de grado de la literatura americana.

A nosotros, los de la generación de fin de siglo, nos enseñó a hablar, a reír, a caminar, a correr y a evitar peleas con altura. En resumidas cuentas “El Flecha” nos hizo conscientes de ser costeños, algo por lo que estaremos eternamente agradecidos. Además, me contagió algo peor: el deseo implacable de ser escritor.

III

Escuché “El Pachanga” en el pasacintas del carro de “El Chamaca”, viajando con mi familia a Coveñas. Estos viajes, casi épicos, tenían la particularidad de involucrar una parada en Lorica, para a saludar a los parientes. La tía Maruja Vélez, de voz áspera por el cigarrillo, lentes de marco grueso y vestidos que le llegaban debajo de los tobillos, seguía viviendo en la antigua casa de soltera de Juanita Isaza, mi abuela materna.

En uno de aquellos viajes de comienzos de año, mi padre nos contó que en esa misma casa había conocido al Rey, cuando este y él eran comensales de la tía. Incluso que le había dedicado, de puño y letra, su libro “¿Por qué me llevas al hospital en canoa, papá?”. Recuerdo nuestro escepticismo al escuchar semejante historia y me parece verlo reflejado en la cara de mis amigos cuando les refiero alguna de las mías. Esto de llamarse Ensuncho y ser tan aventurero es signo, para algunos, de fabulador. Y les doy la razón, por un impulso atávico: nuestras vidas no son fáciles de creer, a simple vista.

IV

La primera producción colombiana que recuerdo haber visto en la televisión fue escrita por él. ¿Quién no peleó de mentiras con los vecinos? ¿Quién no se enamoró de “La Niña Mencha Lavalle? ¿Quién no odió al Fercho Durango? ¿Quién no se burló del Papi Juliao? ¿Quién no lanzó puños al aire imitando a “Gallito Ramírez”?

Hasta ese momento el cantante y actor samario Carlos Vives era un pelao sonriente y algo tímido que veíamos en un programa infantil de las hermanas Mallarino llamado “Pequeños Gigantes”. Fue “Gallito Ramírez”, esa versión extendida de “El Flecha”, quien lo lanzó a una celebridad que aún no cesa.

De paso, “Gallito Ramírez” me enseñó sin darme cuenta que era posible contar nuestras historias en el fabuloso formato de las imágenes en movimiento. De cierta manera, incubó en mí el deseo de ser un cineasta.

V

A “Abraham Al Humor” lo escuché una tarde memorable en la que mi padre nos llevó un casete recién comprado en el mercado de Montería. Abrimos la tapa. Sacamos la cinta de Julio Iglesias que mi madre solía escuchar por esos días. Conectamos la grabadora al tomacorriente y hundimos “Play”.

Del único parlante salió la voz del Rey, que esta vez encarnó en un viejo árabe (me lo imaginé de inmediato muy parecido a los Janna, a los Jaller, o a los Jatib) cuya escasa comprensión de la lengua española y de la cultura caribe le hacían evocar su lejana tierra con excesiva ternura.

Fue la primera vez que sentí eso que algunos libros y canciones llamaban “nostalgia”. Y me di cuenta de que era la misma extraña sensación que mi madre denominaba “guayabo”.

VI

La carrera literaria del Rey siguió cosechando éxitos. Le siguieron la adaptación televisiva de una novela premiada con el prestigioso “Plaza y Janés” en la que el actor Carlos Muñoz hacía el papel de Adán Corona, alter ego del autor. Con esta novela aprovechó para rendir sentido tributo a sus años mozos, llenos de canciones rancheras, héroes a caballo y a su México lindo y querido que lo acogió algunos años, muy importantes para su vida de escritor.

Siguió escribiendo, viajando mucho (su otra gran pasión) y exaltando los valores de la identidad iberoamericana. Hasta que lo picó, vía diplomática, el implacable bicho de la política y concentró sus notables esfuerzos en enriquecer el contacto de los colombianos con culturas tan distantes y fascinantes como la India y la Egipcia. El escritor dio paso al Embajador.

Mientras tanto, para nadie es un secreto, su imagen se fue desdibujando entre los ires y venires de la política, cabeza de mil demonios. No en vano nuestro sistema de gobierno es llamado “Demo-cracia”.

VII

Algunos años después, terminados mis estudios en Periodismo, recibo una llamada de mi padre a mi recién estrenado celular. “Quiero que vengas al lanzamiento del libro del Padre Lau en Sincelejo. Te mando los pasajes”. En ese momento yo vivía en Barranquilla y, la verdad sea dicha, no era un lector de la columna dominical del Padre Laureano Ordosgoitia. Pero el sacerdote había sido Párroco en la Santísima Trinidad y siempre se sintió, en nuestra casa de San Marcos, como en la suya. Lo que me ponía ante un ineludible compromiso familiar.

Tomé el taxi colectivo. A media mañana llegué a la capital de Sucre, ciudad medio deprimente por su carácter en exceso burocrática y corrupta. Llamé a mi viejo. Nos encontramos. Me mostró la tarjeta de invitación y, sorpresa, el presentador del libro era él. Al fin tendría la oportunidad de conocerle. Estaba real mente emocionado.

VIII

Vestía una guayabera blanca, visiblemente elegante. Pantalón de lino. Zapatos impecablemente lustrados. Imponente. Sentado en la mesa principal, junto al autor y a uno de esos gobernadores cuyas fotos, publicadas años después en alguna revista bogotana, causan vergüenza.

Se dirigió a la audiencia con una gracia sin igual, bíblica capacidad de narración y entereza intelectual que, dos horas después, seguían causando carcajadas reflexivas a los cientos que poblábamos el patio del Club Campestre. Al final, los viejos comensales de la casa de Maruja Vélez se reencontraron y se dieron un fuerte abrazo.

-          “Te presento a mi hijo. Es Periodista”.
-          Mucho gusto, Maestro. Juan Carlos.
-          ¿En serio? ¿Y dónde vive?
-          “En Barranquilla”, dijimos al unísono.
-          Buen lugar, para comenzar.

A solicitud de Su Majestad intercambiamos números y convinimos un encuentro en la ciudad de los robles en flor.

IX

Algunos meses después recibí la muy esperada llamada. Me pidió que lo acompañara a hacer unas vueltas. Recuerdo que visitamos las instalaciones de El Tiempo Caribe, en el Barrio Abajo. El editor, el mismo Rafael Salcedo Castañeda del poeta Raúl Gómez Jattin, nos recibió en su despacho. Tomamos tinto, agua y, en la medida de lo posible, rajamos de muchos de nuestros mandatarios, siempre propensos a la burla y al hazmerreír.

De ese segundo encuentro surgió una complicidad inacabable que aún me causa sonrisas en soledad. De vuelta en el apartahotel en el que se hospedaba me puso contra las cuerdas:

-          Entonces quieres ser escritor.
-          Si, Maestro.
-          Entonces debes reconocer tres cosas: que eres flojo (tu trabajo es pensar), que estás loco (esto no te va a ser multimillonario) y que te gusta fumar (ningún escritor respetable está lejos de este vicio virtuoso).

Aceptadas las tres, casi como en un ritual de iniciación, me sirvió un whisky doble y brindó.

-          ¡A la Salud de los Parientes!
-          ¡Salud, Maestro!

X

De ahí en adelante me volví su pupilo, discípulo, algunas veces confidente. Nos veíamos cada vez que iba a La Arenosa.

“La cosa en la costa se jodió, querido Juan Carlos, cuando Álvaro “el Nene” Cepeda aceptó ser empleado de Julio Mario Santodomingo”. Sus conceptos eran vehementes. Cierta vez, hablando del malestar que nos producía la clase política, lanzó una expresión que aún me produce carcajadas: “Colombia cayó en la olla desde que los turcos se dieron cuenta de que la política era más rentable que las telas”.

Amigo del comentario irónico, del sarcasmo y de una admirable dignidad, el Maestro era capaz de ir muy lejos en cuanto a sus opiniones. Como aquella vez que, sentados en un Parque de Cartagena, se refirió a un reconocido locutor cordobés: “Es el colombiano que mejor esconde su indignidad”, dijo.

Era su lado quizá más lúcido e inspirador. El que le hizo acarrear muchos enemigos, incluso entre los amigos, que no soportaban su noble condición.

XI

Era febrero de 2004. Las flores hacían las maravillas de Barranquilla, llevadas de la mano de la brisa loca de los tiempos de carnaval. Una llamada suya me propuso integrarme, cámara en mano, a una travesía por varios pueblos de Córdoba, incluyendo a Lorica. El objeto: filmar un documental de su retorno al origen de sus historias. Al contacto con los personajes que le dieron nombre a su voz. Acepté de inmediato, reconociendo el enorme privilegio.

Nos pusimos a la tarea de armar el equipo, el itinerario y las condiciones de producción. Zarpé de La Puerta de Oro de Colombia con muchas ilusiones en las manos y la cabeza llena de ideas locas, como todas las ideas que no han encontrado asidero real.

Juntos recorrimos amaneceres, mercados, cementerios, licores, plazas, crepúsculos, corralejas, casas de familia, colegios, noches, cigarrillos, nostalgias, canciones, madrugadas y risas, sobre todo risas. Durante quince inolvidables días en los que tuve la certeza de presenciar un acontecimiento único, irrepetible y extraordinario.

Un verdadero regalo de los dioses que me fue permitido filmar. La justa coronación de un Monarca de las manos del pueblo que lo vio nacer.

XII

El Rey murió en febrero de 2011. Casi diez años después de aquella filmación, me acabo de topar de frente con estos casetes. Y están intactos. Sobrevivieron al naufragio de los tiempos. Casi como un milagro. El milagro de David. ¡Qué viva el Rey!

Por Ensuncho De La Bárcena
Valle del Sinú, junio 4 de 2013

octubre 18, 2015

Contra la democracia

Hace unos treinta años se comenzó a gestar en Colombia la elección popular de alcaldes y gobernadores. Los optimistas calculaban que con esa medida el poder iba a ser distribuido, por fin, de manera sensata, equilibrada y justa. Con una elección en la mira, el autor comparte algunas reflexiones sobre este sistema de gobierno para nada satisfactorio.


I

En un lugar de Macondo, de cuyo nombre no quiero acordarme, el fin de semana anterior a las elecciones fue elegido por los aspiradores a la alcaldía para hacer, del cierre de sus campañas, un festival vallenato. Pretendían de esa manera, los negociantes del voto, que sus potenciales electores decidieran brindarles apoyo en los próximos comicios. “Pan y circo”, dicen los entendidos que era la peor manera en que los romanos mantenían contento a su pueblo. Dos mil años después la fórmula sigue vigente.

II

El vallenato, ya lo sabemos, fue la estrategia política de un funesto candidato bogotano para llegar a la presidencia. Fue el primer gobernador de un recién creado departamento y con ello consiguió que el electorado de Macondo lo apoyara. Se prestaron para ello unos periodistas bogotanos (uno apellido Santos, otro apellido Samper), un escritor bananero que obtendría el premio Nobel de Literatura, otro escritor más brillante (pero empleado del principal grupo económico del país) y una cacica electorera de Valledupar. El vallenato se posicionó, gracias a aquella contundente estrategia, como la música de la res pública. No es raro que sea, desde entonces, la música del narcotráfico, la violencia y el realismo mágico.

III

El pueblo tiene 90 mil habitantes. La campaña de uno de los tres aspiradores a la alcaldía invertirá 9 mil millones de pesos para conseguir quedarse con el manejo de la finca durante cuatro años. Si el aspirador resulta elegido, necesitará 20 períodos para recuperar esa inversión con su salario mensual. Pero no se llega al poder para regalar el sueldo. La campaña habrá invertido 100 mil pesos por habitante. Esa es la cotización del voto, que los compradores tienen estipulada. El próximo domingo, 25 de octubre, algunos de los hombres de confianza de cada bandidato estarán -tula en mano- convenciendo a cada elector con dos billetes de 50 mil. Una vez electo, su trabajo consistirá en robar mucho en el menor tiempo posible. Todo el mundo lo sabe. Todo el mundo lo acepta. Nadie irá a la cárcel. En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando, ni pasará nunca.

IV

Hace unas décadas un contrabandista de cigarrillos y narcotraficante llegó a ser senador de la república. La estrategia del entonces candidato era contratar a los grupos vallenatos de la época para que lo acompañaran en cada encuentro con sus electores. “Bueno, gente, yo no vine a hablar. ¡Qué suene el acordeón!”, era todo su discurso. Fue elegido con una alta votación. Y su nombre resuena, estruendosamente, en más de una canción vallenata.

V

En estos tiempos, es bien conocida la danza de los millones en torno a la candidatura de la esposa de uno de los principales gamonales electorales de Macondo. Cuentan algunas fuentes consultadas que el dinero se maneja en sacos de billetes de 50 mil. Y que cada día en su casa, el señor feudal del voto, puede despachar fácilmente 3 mil o 4 mil millones de pesos por todo el departamento. Como en las mejores épocas de la mafia. Y nadie irá preso porque ese dinero terminará comprando a la rama judicial y, también, a la prensa capitalina.


VI

El “gobierno de las mayorías” le llaman a la democracia. La abstención histórica en esta republiqueta, gobernada por hampones desde sus inicios, alcanza casi el 70% de la población apta para votar. Dicho de otro modo, una minoría (solo el 30% de los colombianos), decide por el resto. ¿Por qué jamás ha sido tenida en cuenta la inconformidad del que no vota? ¿Será porque no cree en este corrupto sistema de gobierno? ¿Acaso les asusta a los señores burgueses ese explícito cuestionamiento?

VII

La Aristocracia fue considerada, en sus orígenes, como el gobierno de los mejores. Ser Noble era estar sintonizado con su destino, formarse para ello. El Noble se encargaba de administrar el poder, por lo tanto debía ser conciente de las necesidades del Pueblo. El asunto era de Honor y Dignidad. Era un real Privilegio poder servir. Hace unos siglos surgió en Europa la clase burguesa que acabó masacrando a la Nobleza en un vergonzoso acto de violencia extrema que muchos aún consideran heroico. Ocurrió el 14 de julio de 1789, en París. La burguesía ocupó las sillas de la Nobleza y se inventó la democracia moderna como forma de sustento. Los señores burgueses crearon el voto como mecanismo de acceder al poder, en reemplazo de la guillotina.

VIII

En 1988 se dio en la res pública del narco la primera elección popular de alcaldes y gobernadores. Los billetes comenzaron a tener un valor de cambio con respecto al voto. La fórmula no ha cambiado. Es el dinero (o la promesa de un empleo) el que termina eligiendo a los gobernantes. “Sociedad de Mercado” le llaman algunos autodefensores.

IX

Cuentan que hace casi dos mil años, por aquel tiempo del “pan y circo”, un representante del poder imperial romano puso a elegir al pueblo entre dos opciones: El Rey o el delincuente. El pueblo eligió, sin dudarlo, al delincuente. Al Rey lo mandó a crucificción. Desde entonces la democracia ha sido una estrategia para lavarse las manos. Mejor dicho: una barrabasada.

X

Aquel señor de las tinieblas que llegó al poder, gracias al vallenato y a la mafia, está próximo a ser honrado (por fin) con una imagen suya en el billete de 20 mil. Y no es de extrañarse. En este paisito de quinta, alias Macondo, por lo general se le rinde tributo a los delincuentes. Una nueva acepción de democracia, a la colombiana, podría ser “el gobierno de los demonios”. En todo caso, nadie estará en desacuerdo en que es, sencillamente, el gobierno de los peores.

Por eso yo no voto.


Por Ensuncho De La Bárcena
Valle del Sinú, octubre de 2015
@HombreHicotea

octubre 05, 2015

El trabajo



Por Luis Tejada*

En todas las mitologías el trabajo es considerado como una maldición del cielo.

El hombre, desde las edades remotas, ha simbolizado su ideal de vida en una quimérica palabra: Paraíso. Pero la primera condición que se requiere siempre para que ese Paraíso sea verdaderamente Paraíso, es que no haya necesidad de trabajar en él. Nadie se figura que en el Paraíso se pueda cargar piedra en zurrones, o llevar contabilidades, o manejar maquinarias. No. Los que están en el Paraíso han de ser, ante todo, unos seres ociosos que viven extendidos sobre la grama o sentados bajo los árboles, con las frutas al alcance de las manos y llenas de paz las almas. La humanidad ha concentrado en esa bella fábula todo su sueño de felicidad, felicidad que debe ser la única perdurable y completa puesto que está basada en la pereza, el instinto más firme, noble e indestructible en el hombre.

Los tipos de perfección suma que la imaginación concibe —los dioses— son personalidades eminentemente perezosas que, o permanecen estáticas en sus tronos de nubes, o se divierten entregadas a juegos ociosos o a placeres sibaritas. Entonces la pereza es en cierto modo una virtud esencialmente divina; pero ¿qué son los dioses? Son, simplemente, hombres perfectos en su sentido ideal. Por eso, entre el tipo terrestre, el más puro, el más elevado, el que más se acerca a esa perfección, es el que tiene más arraigada y frecuente la virtud de la pereza. El vagabundo, el gitano, el mendigo voluntario y algunos aristócratas de pura sangre, constituyen dentro del mundo actual los últimos conservadores de la gran dignidad humana y de la tradición del ocio como cualidad suprema, que nos dejó la civilización antigua.

Yo sé que trabajar es necesario, según el orden de cosas que se ha creado y que se hace desgraciadamente cada vez más indestructible. Pero eso no quiere decir que trabajar no sea una mala costumbre, una de las peores costumbres que pueden adquirirse. Ante todo, trabajar no es bello ni digno, ni siquiera conveniente. Al mismo tiempo que hasta en una aceptación mística significa humillación y relajamiento del orgullo viril, el trabajo constituye el gran elemento degenerador de las razas.

De las fábricas, de las oficinas, de las minas, de los laboratorios, de los bufetes salen las legiones de neurasténicos, de miopes, de tuberculosos, de mancos, de locos, de raquíticos, de melancólicos, de histéricos, de tantas categorías de enfermos que llenan las ciudades modernas. Sin embargo, esta capacidad exterminadora no es realmente un argumento en contra del trabajo, como la muerte de los soldados no lo es en contra de la guerra. La diferencia esencial que hay entre el trabajo y la guerra, es que el trabajo es una actividad oscura y forzosa, algo en que hay que encorvarse y sufrir para alcanzar al fin objetos innobles y mezquinos: alimentarse, vestirse, acaparar oro. La guerra, en cambio, puede hacerse o no hacerse y esa libertad de elegir deja a salvo la dignidad humana. Además, la guerra es más bella y más viril mientras tenga menor razón de ser y menos objetivos persiga, porque así evidencia simplemente un capricho, un arrebato de la voluntad soberana del hombre.

Yo confío en que el porvenir que se anuncia traerá para los trabajadores una disminución gradual de trabajo y un aumento proporcionado de paz y de divina ociosidad. Hasta ahora se ha trabajado mucho en un afán insensato de acumular millones. Pero en una forma todavía vaga, está llegando a las gentes el convencimiento de que tener demasiados millones es una circunstancia no sólo inútil, sino evidentemente peligrosa. Hay que esperar en que al fin llegará al mundo una saludable cordura. Todos nos convenceremos de que lo más espiritual, lo más hermoso y noble será luchar apenas lo estrictamente necesario para llevar una existencia modesta y sobria. 

Entonces nos aficionaremos un poco al delicado placer de no hacer nada y nos convenceremos de que, en realidad, no se debe perder el tiempo trabajando tanto.







*Luis Tejada Cano (Barbosa, 7 de febrero de 1898 - Girardot, 17 de septiembre de 1924) fue periodista y cronista. Considerado uno de los mejores cronistas colombianos.

octubre 02, 2015

Vuelve El Miniman a San Marcos

Cortesía: http://www.elperiodicko.com/

Esta visita me recuerda una pequeña historia que me contó el gran David Sánchez Juliao.

En pleno dominio del paramilitarismo en Córdoba, durante la presidencia de este sujeto, el Maestro vio a la esposa del Miniman haciendo una fila en la caja de un supermercado, en Montería.

Alguien, detrás de él, comentó: "Ella anda sin escoltas". A lo que David, con su célebre ingenio, respondió: "No los necesita. Acá todo el mundo es escolta suyo".

Por Ensuncho de la Bárcena
@HombreHicotea

septiembre 24, 2015

Charly está enfermo




Charly está enfermo
se le ve en la cara
está esperando la salida
con un pequeño morral a los pies.

Vienen por él
lo suben a la nevera
con un concierto de
costumbre y cariño.

Sentado, adentro
detalla sus esposas
y se pregunta, de nuevo
cómo llegó allí.

La respuesta nunca llegará.

Charly está cansado
se le ve en el alma
es probable que sea
la última vez que respire
Libertad.



A Fabiola Acosta y
Gabrio Mendoza

septiembre 11, 2015

SEPTIEMBRE 11: ALLENDE POR GALEANO, NERUDA Y GARCÍA MÁRQUEZ

Hace 42 años, en un dramático combate por el asalto a La Moneda, el Palacio Presidencial de Chile, murió el Presidente Salvador Allende. Las fuerzas golpistas entregaron al General Augusto Pinochet un escueto informe: “Misión cumplida. Moneda tomada, presidente muerto”. Poco después se conformó la Junta de Gobierno. La Unidad Popular y su presidente habían sido aniquilados, iniciándose diecisiete años de dictadura militar. Tres grandes escritores de Nuestra América describen esos sucesos, con los que queremos rendir homenaje al Presidente socialista chileno.



La Trampa


Por Eduardo Galeano

Por valija diplomática llegan los verdes billetes que financian huelgas y sabotajes y cataratas de mentiras. Los empresarios paralizan a Chile y le niegan alimentos. No hay más mercado que el mercado negro. Largas colas hace la gente en busca de un paquete de cigarrillos o un kilo de azúcar; conseguir carne o aceite requiere un milagro de la Virgen María Santísima.

La Democracia Cristiana y el diario «El Mercurio» dicen pestes del gobierno y exigen a gritos el cuartelazo redentor, que ya es hora de acabar con esta tiranía roja; les hacen eco otros diarios y revistas y radios y canales de televisión. Al gobierno le cuesta moverse; jueces y parlamentarios le ponen palos en las ruedas, mientras conspiran en los cuarteles los jefes militares que Allende cree leales.

En estos tiempos difíciles, los trabajadores están descubriendo los secretos de la economía. Están aprendiendo que no es imposible producir sin patrones, ni abastecerse sin mercaderes. Pero la multitud obrera marcha sin armas, vacías las manos, por este camino de su libertad. Desde el horizonte vienen unos cuantos buques de guerra de los Estados Unidos, y se exhiben ante las costas chilenas. Y el golpe militar, tan anunciado, ocurre.

Le gusta la buena vida. Varias veces ha dicho que no tiene pasta de apóstol ni condiciones para mártir. Pero también ha dicho que vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no vale la pena vivir.

Los generales alzados le exigen la renuncia. Le ofrecen un avión para que se vaya de Chile. Le advierten que el palacio presidencial será bombardeado por tierra y aire. Junto a un puñado de hombres, Salvador Allende escucha las noticias. Los militares se han apoderado de todo el país. Allende se pone un casco y prepara su fusil. Resuena el estruendo de las primeras bombas. El presidente habla por radio, por última vez: —Yo no voy a renunciar… Una gran nube negra se eleva desde el palacio en llamas. El presidente Allende muere en su sitio. Los militares matan de a miles por todo Chile.

El Registro Civil no anota las defunciones, porque no caben en los libros, pero el general Tomás Opazo Santander afirma que las víctimas no suman más que el 0,01 por 100 de la población, lo que no es un alto costo social, y el director de la CIA, William Colby, explica en Washington que gracias a los fusilamientos Chile está evitando una guerra civil. La señora Pinochet declara que el llanto de las madres redimirá al país. Ocupa el poder, todo el poder, una Junta Militar de cuatro miembros, formados en la Escuela de las Américas en Panamá. Los encabeza el general Augusto Pinochet, profesor de Geopolítica. Suena música marcial sobre un fondo de explosiones y metralla: las radios emiten bandos y proclamas que prometen más sangre, mientras el precio del cobre se multiplica por tres, súbitamente, en el mercado mundial.

El poeta Pablo Neruda, moribundo, pide noticias del terror. De a ratos consigue dormir y dormido delira. La vigilia y el sueño son una única pesadilla. Desde que escuchó por radio las palabras de Salvador Allende, su digno adiós, el poeta ha entrado en agonía.



“Mi pueblo ha sido el más traicionado de este tiempo”


[Desde Isla negra, su residencia en Chile, el 14 de septiembre de 1973, Pablo Neruda escribió su dramático testimonio del 11-S latinoamericano. Luego, el 23, fallece de cáncer. Todos dicen que murió de pena.]

Por Pablo Neruda

De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón, de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende, para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras.

Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno. Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo.

Aquí en Chile se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la Constitución y la ley, la democracia y la esperanza. Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados.

Unos u otros daban vueltas en el carrusel del despecho. Iban tomados de la mano el fascista Jarpa con sus sobrinos de “Patria y Libertad”, dispuestos a romperles la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperar la gran hacienda que ellos llamaban Chile. Junto con ellos, para amenizar la farándula, danzaba un gran banquero y bailarín, algo manchado de sangre; era el campeón de rumba González Videla, que rumbeando entregó hace tiempo su partido a los enemigos del pueblo. Ahora era Frei quien ofrecía su partido demócrata – cristiano a los mismos enemigos del pueblo, y bailaba además con el ex coronel Viaux, de cuya fechoría fue cómplice.

Estos eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los viveros del acaparamiento, los “miguelitos”, los garrotes y las mismas balas que ayer hicieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquil, en Salvador, en Puerto Montt, en la José Maria Caro, en Frutillar, en Puente Alto y en tantos otros lugares. Los asesinos de Hernán Mery bailaban con naturalidad santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos “pequeños detalles”.

Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia. Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera.

Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras. Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.

En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos “aristócratas”. Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores.

Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante sé vio rodeado de enemigos. Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo.

El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como iluminado, como un soñador: un sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión del salitre: para los extranjeros, la propiedad y las concesiones; para los criollos las coimas.

Recibidos los treinta dineros todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la City de Londres.

Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabia de que se trataba.

Allende era dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra de que realizó en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aun, es la más importante en la historia de Chile.

Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica, y muchos objetivos más se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva. Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación.

El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del Palacio de Gobierno; uno evoca la Blitz Krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante siglos fue el centro de la vida civil del país.

Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte de mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver.

La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras de visible suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A reglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el Presidente de la Republica de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su corazón, envuelto en humo y llamas.

Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque nunca renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en si misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las metralletas de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.”



La verdadera muerte de un presidente



Por Gabriel García Márquez

La contradicción más dramática de su vida fue ser al mismo tiempo, enemigo congénito de la violencia y revolucionario apasionado, y él creía haberla resuelto con la hipótesis de que las condiciones de Chile permitían una evolución pacífica hacia el socialismo dentro de la legalidad burguesa. La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder.

Esa comprobación tardía debió ser la fuerza que lo impulsó a resistir hasta la muerte en los escombros en llamas de una casa que ni siquiera era la suya, una mansión sombría que un arquitecto italiano construyó para fábrica de dinero y terminó convertida en el refugio de un Presidente sin poder.

Resistió durante seis horas con una metralleta que le había regalado Fidel Castro y que fue la primera arma de fuego que Salvador Allende disparó jamás. El periodista Augusto Olivares que resistió a su lado hasta el final, fue herido varias veces y murió desangrándose en la asistencia pública.

Hacia las cuatro de la tarde el general de división Javier Palacios, logró llegar hasta el segundo piso, con su ayudante el capitán Gallardo y un grupo de oficiales. Allí entre las falsas poltronas Luis XV y los floreros de Dragones Chinos y los cuadros de Rugendas del salón rojo, Salvador Allende los estaba esperando. Llevaba en la cabeza un casco de minero y estaba en mangas de camisa, sin corbata y con la ropa sucia de sangre. Tenía la metralleta en la mano. Allende conocía al general Palacios. Pocos días antes le había dicho a Augusto Olivares que aquel era un hombre peligroso, que mantenía contactos estrechos con la Embajada de los EE.UU. Tan pronto como lo vio aparecer en la escalera, Allende le gritó: Traidor y lo hirió en la mano.

Allende murió en un intercambio de disparos con esa patrulla. Luego todos los oficiales en un rito de casta, dispararon sobre el cuerpo. Por último un oficial le destrozó la cara con la culata del fusil. La foto existe: la hizo el fotógrafo Juan Enrique Lira, del periódico El Mercurio, el único a quien se permitió retratar el cadáver. Estaba tan desfigurado, que la Sra. Hortencia Allende, su esposa, le mostraron el cuerpo en el ataúd, pero no permitieron que le descubriera la cara.

Había cumplido 64 en el julio anterior y era un Leo perfecto: tenaz, decidido e imprevisible. Lo que piensa Allende sólo lo sabe Allende, me había dicho uno de sus ministros. Amaba la vida, amaba las flores y los perros, y era de una galantería un poco a la antigua, con esquela perfumadas y encuentros furtivos.

Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de los partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que el se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.

El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo, que se quedó en nuestras vidas para siempre.

Septiembre de 2003, al cumplirse 30 años del golpe militar de 1973 en Chile.



Cortesía: CUBADEBATE.CU

septiembre 04, 2015

Sueño con Poetas




Para Ángela Mogollón Percy,
Duquesa de Jegua y Periquital


Cuando era niño
veía cruceros
en mitad del Río
y me despertaba, sorprendido.

En mi adolescencia
los autos surcaban la Mar
como el pan de cada día
y recordaba, sonriente.

Ahora, en la juventud,
veo esos cruceros
en algunos versos de Álvaro Mutis
veo esos carros
en algunas fotos de Cuba
y Sueño con Poetas.

Pedro Blas llega al 3_6
en la madrugada y me despierta
la risa de su diálogo con la Duquesa
“¿Eres tú o tu fantasma?”, le pregunto.
“Soy yo”, me dice. Y suelta
su inmensa carcajada.

Miguel Iriarte me invita
a un almuerzo en su Casa
y, de repente, toda mi Familia
se encuentra allí, a la Mesa.

El Poeta sube al escenario
dispuesto en mitad de la Sala
y ahora es el cantante de una
banda de rock que mestiza
Tradición con Vanguardia.

De esa descomunal Fiesta
en la que todos estamos:
Los de Antes, los de Ahora, los de Siempre
emerge un niño que recita versos.

William Ospina queda maravillado
con la voz del Niño
y le da la mano, diciendo:
“Cuando yo tenía tu edad hacía lo mismo”.

Sentado con ella en la Mesa
del apartamento sincero
disfrutando el primer café de la mañana
-el día de su cumpleaños-
sé que ese Niño
Soy Yo.







Edificio Imperial,
Cartagena de Indias,
Septiembre 4 de 2015.

agosto 27, 2015

Atardecer en el Valle del San Jorge


Este río me nombra
cada gota de su agua
es sangre de mi Sangre.

Cada paso de sus pasos
es paisaje de mi vista
cada recodo en su ribera
conoce mis canciones.

Este río me nombra
esta Luz me aclara
esta sombra es mi Sombra.

Desde épocas remotas y futuras
mi Familia viene a contemplarse
en su fluir inacabable.
Sus aves conocen mi Cielo.
Sus peces navegan mi Tierra.

Este río me nombra
cada gota de su agua
es sangre de mi Sangre.

Cada instante de su día
es mi Tiempo.












Por Ensuncho De La Bárcena
Día de la Serpiente Lunar Roja

julio 31, 2015

Para que bajen los pájaros



Acabo de ver “La Tierra y la Sombra”, la premiada ópera prima de César Acevedo. Y me encantó, aunque también me incomodó. Por varias razones y sinrazones que espero develar en este texto.

La Visión del Cine es Real. En cambio, la de los medios masivos de comunicación es una visión a medias. Mediada por el miedo. En estos tiempos futuros en los que se grita por parlantes ensordecedores el triunfo final del egoísmo, de la mano del capital, el Cine nos habla desde el silencio. Nos ayuda a contemplar la vida en vivo, desde el corazón que la percibe efímera. Esa es la gracia de “La Tierra y La Sombra”. Nos ayuda a ver que todos somos moribundos.

El Cine hace evidente lo que las otras Artes apenas intuyen. La historia de la película, hija de la Literatura al fin y al cabo, es conmovedora. Un hombre mayor vuelve a Casa con la ilusión de remendar su Mundo. Sólo el Tiempo dirá lo que ocurre. En ese camino, los personajes de la Casa inteactúan con el recién llegado, comparten de cierta forma su limitado entusiasmo. Es un abuelo que, a pesar del cansancio, no ha sido derrotado por los años. Aún tiene Tiempo para dar lo mejor a su nieto. Para sembrar la dulzura. En un mundo hostil, amenazado por la burocracia, el capital y la desidia. Mundo en el que incluso la muerte es un simple trámite, una recolección de cadáveres, un intercambio de papeles.

El Cine es un Arte que va mucho más lejos en las profundidades del alma. Más allá que la Literatura, la Pintura y el Teatro, aunque haga uso de estos instrumentos para componer su Obra. Con “La Tierra y La Sombra” Acevedo y equipo logran acercarnos al privilegiado universo de la Música, de la Poesía. Entendiendo la Poesía como aquel trino de pájaros que no logramos ver, pero que sabemos reales.

Debo decir también que hay tres cosas que me incomodan de la película. Una. Su carácter burocrático. El que sea apoyada por muchas instituciones. Varias de ellas cuestionables, incluso. El Cine, como todo Arte, es un acto libertario. El triunfo del Individuo sobre las instituciones. Dos. Me preocupa que se pueda convertir en una fórmula festivalera la escasez de diálogos, la preeminencia de lo contemplativo, el ritmo zen del montaje. Para mi cada película debe encontrar su propia forma de expresión y no debe sujetarse a ninguna otra. Tres. Si bien el Cine es hijo de la Fotografía y esta, a su vez, de la Pintura, es un Lenguaje otro. El Cine es otra forma de ver el mundo. Y no necesariamente debe ser una réplica de la Pintura porque corremos el riesgo de filmar únicamente naturaleza muerta.

Por último, una plegaria. Qué Los Dioses le permitan a Cesar seguir filmando desde el centro de su CoRazón. Y que le hagan cada vez más radical. Más libre. Más conciente. ¡Salud, Poeta!

Por Ensuncho De La Bárcena
@HombreHicotea

julio 25, 2015

Contra el celular

Hace unos veinte años un artículo publicado en la revista italiana L’Espresso causó revuelo. Hablaba contra un aparato recién salido al mercado y que alcanzaba una aceptación inmediata y masiva: el teléfono celular. El autor del presente texto lleva medio año sin usar celular y, haciendo Eco de aquellas palabras, va más lejos.

Iris e Irie (de la serie Iris en la ciudad)

I

“Solo cuatro categorías de personas pueden usar celular sin resultar ridículas: los incapacitados físicos, los cirujanos de órganos, los periodistas y los cónyuges con amante”, así lo escribió el escritor italiano Umberto Eco. En aquel momento yo era un simple estudiante de Comunicación y había leído “El nombre de la Rosa” y un par de ensayos del autor en mi clase de Semiótica. El asunto me produjo mucha risa, porque el teléfono celular se había convertido en un símbolo de estatus, poder, snobismo. Muy por el contrario, las contundentes palabras de Eco, indican lo contrario. “Para el resto, el celular constituye un signo de inferioridad social, pues el auténtico hombre de poder no contesta nunca el teléfono. Por tanto aquel que lo utiliza es un pobre diablo, un yes-man que debe siempre estar pendiente de la llamada del patrón o del banco”.

Hace veinte años, en el entorno universitario, tener un celular era un asunto claramente diferenciador. Varias chicas guapas de la Universidad donde estudiaba – justo al lado de un cementerio – me resultaban inalcanzables solo por el hecho de que tenían celular. Un estudiante de provincia, como yo, no estaba a su altura. Mientras ellas lucían sus relucientes y mágicos aparatos que les permitían hablar desde cualquier lugar, yo lucía mis abarcas tres puntá que hablaban siempre desde el mismo lugar. “Se trata de un curioso fenómeno de masas, en el que todo el mundo se empeña en demostrar su inferioridad social, eso es también 'snobismo' puro”, decía Eco.

Reticente a caer tan bajo, para tener mi primer celular tuve que ver pasar casi una década. Mi hermano Ramiro me lo regaló, cuando ya no era tan exclusivo. Para entonces, las chicas guapas de la Universidad – en la que no se sabe si los muertos están de un lado o del otro – ya se habían casado. Y tenían hijos, con celular. Por supuesto.

Ana, Iris y Mel (de la serie Iris en la ciudad)

II

Hace unos meses Umberto Eco arremetió contra las redes sociales, esas hijas del celular. Considera que le dan espacio a legiones de idiotas. “Herramientas como Twitter y Facebook permiten que la opinión de los necios consiga tener la misma relevancia que la de un premio Nobel”, dijo.

Bloguero desde 2005, facebookero desde 2007 y tuitero desde 2009, las palabras de Eco esta vez no me causaron tanta risa. El asunto me tocó las pelotas porque alguien como yo, aristócrata y marginal por decisión propia, encontró en las redes un lugar en el mundo, una herramienta de expresión, una casa propia. Por fuera de las convenciones de los medios, la academia y el establecimiento. Por lo tanto, para mi las redes – al contrario que para Eco - son el último recodo de la libertad en estos tiempos, tan cínicos y esclavistas.

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que solo hablaban en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente. Pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”, comentó el Premio Príncipe de Asturias, en declaraciones recogidas por el diario "La Stampa".

Debe ser que el escritor italiano está envejeciendo -como todos sus lectores- y no alcanza a percibir los matices. Si bien es cierto que la mayoría de usuarios de las redes –víctimas de la sociedad de consumo- sólo tuitean, comparten y postean estupideces, también hay casos en los que la profundidad, el pensamiento y la sensibilidad le dan espacio a la genialidad, la expresión y a aquello tan peligroso por lo que eran perseguidos los monjes de la primera novela de Eco: la risa. No es gratuito que, sólo para hablar de nuestra lengua, existan varios portales de internet -con importante presencia y difusión en las redes- que se dedican a producir noticias falsas en clave de ironía, con el claro objeto de poner en cuestión la realidad política, económica y estética de nuestro tiempo. Se trata de: Actualidad Panamericana, El Deforma y El Mundo Today. Sin el desarrollo de las redes sociales probablemente esta genial forma de antiperiodismo no hubiera tenido repercusión.

Cabe destacar, además, que Eco manifestó también que las redes sociales eran un instrumento peligroso porque no permiten conocer quién está hablando. “La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”, sostuvo. ¿Quién es el legítimo portador de la verdad, señor Eco? ¿El científico, el señor feudal o el cura?

Con todo el respeto, profesor, padece usted de una honda preocupación medieval.

Iris y El Abrazo (de la serie Iris en la ciudad)

III

Hace unas semanas me reconcilié con Eco. Gracias a una hilarante columna titulada El teléfono celular y la reina malvada. Yo, que muy pocas veces al año leo la prensa, encontré este texto ideal para comenzar una conversación en el bar, después de un vaso de vino. “Recientemente, estaba caminando por la acerca cuando vi a una mujer que se acercaba a mí. Su rostro estaba pegado a su teléfono celular y no veía por dónde iba. Si yo no me hacía a un lado, chocaríamos. Como soy en secreto una persona malvada, me detuve repentinamente y me di la vuelta. La dama chocó con mi espalda, dejando caer su teléfono. Rápidamente se dio cuenta de que había topado con alguien que no podía haberla visto y que ella debería haber sido quien se apartara. Balbuceó una excusa, mientras yo amablemente le decía que no se preocupara porque estas cosas pasan todo el tiempo en estos días. Espero que el teléfono de la mujer se rompiera cuando lo dejó caer y aconsejo a quienes se encuentren en situaciones similares que se comporten como yo lo hice”: Eco.

Todos los días la gran masa se queja del robo de celulares, de la caída de los celulares, del impertinente uso de los celulares en el entorno privado. Pero nadie hace nada. Ríos de tinta han corrido desde la masificación del whatsapp: que desnaturaliza la conversación, que genera ausencias en el diálogo, que irrespeta al interlocutor. Yo mismo perdí la amistad de un maestro, carpintero además, por el uso del maldito aparato y su famosa aplicación.

Fue en San Marcos. Estaba haciéndole visita, con un amigo, también discípulo suyo. Fuimos al patio de su casa, a hablar de libros y a burlarnos de los políticos, como siempre. Pero en una pausa de la conversación, tanto Julio como yo, recurrimos a nuestros teléfonos para ver qué estaba ocurriendo en el whatsapp y en las redes. De inmediato Don Carlos enfureció. “¡Qué falta de respeto es esta, por Dios!. Si vienen a visitar al menos disimulen su falta de interés. ¿Se imaginan si yo fuera el paciente y ustedes los médicos? ¿Cómo me sentiría en este momento?” Naturalmente nos desarmó y nos vimos moralmente obligados a enfundar nuestros celulares. Pero, a pesar de nuestras disculpas, Don Carlos siguió ofendido. “Cómo se nota que la universidad no pasó por ustedes. Me han decepcionado. ¡Son un simple par de perratas!”, fue lo último que dijo al tirarnos la puerta en las narices.

Y tenía toda la razón. Julio y yo fuimos a comer, en un sitio cercano. Le sacamos un rato de risa al asunto, pero nos sentíamos culpables. Don Carlos tenía toda la razón. Y estábamos muy arrepentidos. Sin embargo, esas disculpas no podían manifestarse rápido, porque la ofensa había sido mayúscula. Se nos antojaron muchas maneras de pedirle perdón al Maestro, pero ninguna nos pareció tan oportuna ni tan digna del gran humor de Don Carlos. Pero como Los Dioses son tan grandes y misericordiosos, a principios de este año se me dañó mi celular. Lo mandé a reparar tres veces en tres ciudades distintas. Pero el daño era irreparable. Yo mismo intenté resolverlo, pero lo empeoré. Y, como tenía tanto dinero para comprarme uno nuevo, desistí de la idea de usar celular por un tiempo.

“Apenas sostenemos ya conversaciones cara a cara; ni reflexionamos sobre los temas apremiantes de la vida y la muerte, o siquiera vemos hacia el campo cuando pasa frente a nuestra ventanilla. En vez de ello, hablamos obsesivamente en nuestros teléfonos celulares, rara vez sobre algo particularmente urgente, mientras malgastamos la vida en un diálogo con alguien a quien ni siquiera podemos ver”, nos dice Eco en su reciente columna.

Les confieso que durante estos seis meses sin celular siento que he vivido con mayor intensidad el único tiempo disponible: el presente. Porque si algo detestan las compañías celulares, a pesar de que vociferen lo contrario, es el tiempo real. El celular, bien sea por una llamada, por un texto o por una imagen, te hace evadir el tiempo presente. Te somete a la tenebrosa dictadura del futuro o a la infame burocracia del pasado. A pesar de que, vía celular, se puede compartir una foto que alguien acabó de tomar al otro lado del mundo, esa foto no es el presente. Sino el pasado, acabando de pasar. Pero nos da la peligrosa idea de que es el presente, asunto inasble que solo es real si uno suelta de una buena vez el celular y contempla el atardecer que tiene en frente. O se detiene, mejor aún, en el sol reflejado en los ojos de quien le está hablando.

Sólo espero que ahora, tras seis meses de reflexión, belleza, humor, tristeza, placer, angustia y libertad; seis meses en los que no he tenido trabajo; seis meses en los que he sido el soberano de mi tiempo; seis meses en los que he tomado miles de fotos con mi cámara real; seis meses en los que que podido –incluso- filmar mi primer largometraje; por fin mi querido maestro, Don Carlos Benítez De La Ossa, me considere digno de recibir en su casa.

Por Ensuncho De La Bárcena
@HombreHicotea