octubre 28, 2014

SE VENDE UN ESCAPARATE - Fotografías de La Habana, Cuba


“Europa es un barco que se hunde. En América apenas están construyendo el barco. Cuba es el mascarón de proa”, dice el cantautor, poeta, cineasta y artista plástico español Luis Eduardo Aute. Con esa misma convicción me he propuesto organizar la presente exposición, con el objetivo de servir de puente entre la Isla y el Continente.

Las fotografías surgieron del primer viaje que hice, en Semana Santa de 2012, a La Habana. Experiencia tan deslumbrante e inspiradora que decidí compartirla a través de este Arte, al que siempre había admirado y que hasta ahora decido hacerlo propio.



Bienvenid@s,



Ensuncho De La Bárcena
@CineastaRural




Cartagena de Indias, Getsemaní,
Calle del Espíritu Santo 29-140, Ciudad Móvil.
Octubre 31 – Noviembre 30, 2014. Entrada Libre.
Contacto: +573207640302. ensuncho@hotmail.com
TODAS LAS FOTOS ESTÁN A LA VENTA

octubre 25, 2014

Colombia, mala patria

Nana, Vallejo y yo. Agosto de 2009.

A México llegué el 25 de febrero de 1971, vale decir hace 36 años largos, más de la mitad de mi vida, a los que hay que sumarles un año que viví antes en Nueva York. ¿Y por qué no estaba en Colombia durante todo ese tiempo? Porque Colombia me cerró las puertas para que me ganara la vida de una forma decente que no fuera en el gobierno ni en la política a los que desprecio y me puso a dormir en la calle tapándome con periódicos y junto a los desarrapados de la Carrera Séptima y a los perros abandonados, que desde entonces considero mis hermanos.

Me fui a Nueva York a tratar de hacer cine, que es lo que había estudiado, y de allá me vine a México y en pocos años conseguí que Conacite 2, una de las tres compañías cinematográficas del Estado mexicano, me financiara mi primera película, Crónica roja, de tema colombiano. Entonces regresé a Bogotá a tratar de filmarla con el dinero mexicano. ¡Imposible! Ahí estaba el Incomex para impedirme importar el negativo y los equipos; la Dirección de Tránsito para no darme los permisos que necesitaba para filmar en las calles; el Ministerio de Relaciones Exteriores para no darme las visas de los técnicos que tenía que traer de México; la policía para no darme su protección durante el rodaje y el permiso de que mis actores usaran uniformes como los suyos y pistolas de utilería pues había policías en mi historia... Y así, un largo etcétera de cuando menos veinte dependencias burocráticas con que tuve que tratar y que lo más que me dieron fue un tinto después de ponerme a hacer antesalas durante horas.

Entonces resolví filmarla en México reconstruyendo a Colombia. En Jalapa, la capital del Estado de Veracruz, por ejemplo, encontré calles que se parecían a las de los barrios de Belén y de la Candelaria de Bogotá y allí filmé algunas secuencias. Con actores y técnicos mexicanos, con dinero mexicano e infinidad de tropiezos logré hacer en México mi película colombiana a la que Colombia se oponía, soñando que la iban a ver mis paisanos en los teatros colombianos. ¿Saben entonces qué pasó? Que mi mezquina patria la prohibió aduciendo que era una apología al delito. Una apología al delito que se basaba en hechos reales que en su momento la opinión pública conoció y que salió en todos los periódicos, la del final de los dos hermanos Barragán, unos muchachitos a los que la policía masacró en un barrio del sur de Bogotá. A cuantas instancias burocráticas apelé, empezando por la Junta de Censura y acabando en el Consejo de Estado, la prohibieron. Nadie en Colombia, ni una sola persona, levantó su voz para protestar por el atropello, que no era sólo a mí sino al sueño de todos los cineastas colombianos, quienes por lo demás, sea dicho de paso, también guardaron silencio.

Como yo soy muy terco volví a repetir el intento con mi segunda película colombiana, En la tormenta, sobre el enfrentamiento criminal entre conservadores y liberales en el campo cuando la época llamada de la Violencia con mayúscula, y con igual resultado: no me la dejaron filmar, la tuve que hacer en México y me la prohibieron, aduciendo que el momento era muy delicado para permitir una película así. Como yo sólo quería hacer cine colombiano y no mexicano, ni italiano, ni japonés, ni marciano, desistí del intento. En alguno de mis libros, aunque ya no me acuerdo en cuál, conté todo esto pero con más detalle: los camiones de escalera y los pueblitos colombianos que tuve que construir, los platanares y cafetales que tuve que sembrar en las afueras de la ciudad de México, los ríos quietos como el Papaloapan que tuve que mover para que arrastraran los cadáveres de los asesinados con la ira del río Cauca, la utilería que tuve que mandar a hacer o traer de Colombia a México, como las placas de los carros y las botellas de cerveza... Nunca acabaría de contarte cosas. Te lo resumo en una sola frase: Colombia, la mala patria que me cupo en suerte, acabó con mis sueños de cineasta.

Entonces me puse a escribir y durante diez años investigué, día tras día tras día, en un país o en otro o en otro, en bibliotecas y hemerotecas de muchos lados, sobre la vida de Barba Jacob, mi paisano, el poeta de Antioquia, que durante tantos años vivió en México y que aquí murió, y acabada mi investigación de diez años en uno más la escribí y me puse a buscar quién la editara. Se acercaba el año 1983, el del centenario del nacimiento de Barba Jacob, y el Congreso colombiano se interesaba en ello. No creían lo que yo les contaba del poeta ni los años que llevaba siguiéndole sus huellas. Me pidieron que les mandara pruebas y les mandé entonces fotos e infinidad de documentos. Nada de eso me devolvieron, con todo se quedaron y el libro lo pensaban publicar en mimeógrafo. Les contesté que eso no sólo no era digno de Barba Jacob, un gran poeta, sino de ellos mismos, unos aprovechadores públicos que se designaban como el Honorable Congreso de la República. Que se respetaran. Entonces publiqué mi biografía Barba Jacob el mensajero en México con dinero de amigos mexicanos.

Cuantas veces me ha podido atropellar Colombia me ha atropellado. Hace un año me quería meter preso por un artículo que escribí en la revista SoHo señalando las contradicciones y las ridiculeces de los Evangelios. Eso dizque era un agravio a la religión y me demandaron. ¡Agravios a la religión en el país de la impunidad! En que los asesinos y genocidas andan libres por las calles, como es el caso de los paramilitares, con la bendición de su cómplice el sinvergüenza de Álvaro Uribe que han reelegido en la presidencia. Desde niño sabía que Colombia era un país asesino, el más asesino de la tierra, encabezando año tras año, imbatible, las estadísticas de la infamia. Después, por experiencia propia, fui entendiendo que además de asesino era atropellador y mezquino. Y cuando reeligieron a Uribe descubrí que era un país imbécil. Entonces solicité mi nacionalización en México, que me dieron la semana pasada. Así que quede claro: esa mala patria de Colombia ya no es la mía y no quiero volver a saber de ella. Lo que me reste de vida lo quiero vivir en México y aquí me pienso morir. 

Fernando Vallejo, 
México, mayo 6 de 2007

octubre 17, 2014

En la 148 hay un bar donde Sammy toca el contrabajo


Era porque siempre había estado solo. Porque la soledad le había atado las manos a la larga línea de madera de los bares. Y aun en medio de la gente, en el centro de ese tumulto quieto, lleno de otras soledades quizá más profundas que la de él, siempre estaba solo. Se abría paso en el silencio pesado, contenido, casi negro, trabajosamente, pues su soledad era demasiado pequeña y se perdía entre esas soledades tan antiguas y gastadas contra las paredes de las cantinas. Y él no lo sabía. Él estaba solo. Solo con su soledad que todavía era demasiado pequeña para llenarle el cuerpo alto y delgado.

Las veía, a lo largo del bar. Y podía nombrarlas con nombres de mujeres y de hombres. Pero eran solamente soledades. Sammy, Sam Carlton con su gran soledad yendo más allá del tamaño de su pequeño cuerpo, honda, llena de blues y de recuerdos que comenzaban en algún pueblo de Georgia, negra y cada día más y más simple y desesperante. Sammy creía que podía dejar su soledad atada a cualquier bar e irse a Inglaterra. ¿Quién le habría dicho a Sam Carlton que Inglaterra era como Suramérica? ¿Quién cantaría los blues detrás del contrabajo, más alto que él, y frente a la bola plateada del micrófono en L-Bar? Sammy no había hablado con nadie de esto: él lo adivinó, el muchacho alto y delgado, el de la pequeña soledad.

Y Penny Shannon, con su vientre llano donde había fracasado su hijo mulato, diciendo las palabras, nada más las palabras, de los spirituals. Y, sin saberlo, él comenzó a hacer más grande su soledad y la de Penny Shannon.

Y Ritta, alta, dura, fumando unos cigarrillos extraños, que nadie había comprado antes, que ni siquiera comprarían porque nunca le habían preguntado de qué clase eran. Ella simplemente tiraba el paquete plateado, con pequeñas letras azules que nadie sabía qué decían porque no se habían detenido a leerlas, a ponerlas juntas y decir en alta voz el sonido de ellas, no de cada una separadamente sino de todas, unas detrás de otras. Ritta ni siquiera jugaba con el paquete, como hacen todos los fumadores; simplemente, iba sacando uno a uno los cigarrillos, iguales a cualesquiera otros, saliendo iguales de un paquete que era diferente. Sacándolos uno a uno y fumándolos lentamente, demasiado lentamente quizás, y llenando los pequeños ceniceros de colillas iguales, incoloras.

La voz de Sammy venía del back-room, a través de la puerta cerrada. Pero Ritta estaba sentada entre la voz y él, la soledad de Ritta entre la voz de Sammy y la soledad pequeña del muchacho. Y Ritta no dejaba que la voz fuera oída por nadie más que por ella. La perseguía desesperada y aun los más pequeños sonidos los retenía y no dejaba que nadie los oyera. Pero él sabía que Sammy estaba cantando y podía ver las palabras, verlas, no oírlas, pues Ritta se quedaba con todo el sonido. Pero él veía las palabras. Largas, casi informes, pero largas, lentamente largas. Lentas, casi tan lentas como Ritta. Palabras largas y lentas que Sam Carlton había aprendido en Georgia. Algunas de ellas negras. Otras blancas. Pero siempre largas y lentas. Y él veía estas palabras venir desde la soledad de Sammy y no podía comprender por qué eran siempre iguales, las mismas palabras, iguales, invariables, como si Sammy no supiera otra canción. Tal vez no sonaran iguales, pero esto no lo podía decir él, pues Ritta era la dueña de la música. Tal vez para Ritta eran diferentes palabras cada noche. Esto no podía saberlo nunca. Tampoco le interesaba saberlo. Él se quedaba allí, al lado de Ritta, viendo las palabras iguales que Sammy decía frente al micrófono en el back-room, y sientiendo que Ritta trataba de llenar su soledad con la música que Sammy ponía sobre las palabras de las canciones. Pero era tan ancha y tan sola, que ni aun la música podía llenarla. Esto lo había imaginado el muchacho alto y delgado, el de la soledad pequeña. Pero no podría decirlo por seguro. Apenas lo había imaginado. Y luego olvidado otra vez. Como ya había comenzado a olvidar todo.

Por Álvaro Cepeda Samudio  
(30 de marzo de 1926 – 12 de octubre de 1972)

Nota: Favor escuchar esto, al leerlo.