junio 24, 2014

Hacer música es escribir en el tiempo


I

Les contaré a groso modo.  Llegué a eso de las cinco al auditorio. Ya saben, para aprestarme al escenario, adecuarme al espacio, escoger el lugar en donde pondría mi silla, hacerme a una idea de la acústica del lugar y todas esas cosas de rigor.

David, mi compañero de dúo y quien me acompañaría en la segunda pate del recital, ya estaba en el lugar. Bajamos a los camerinos y David descorchó una botella de Michel Torino del 2011. Brindamos “por Una Gran Noche” y “por La Música”. Empezamos a tocar un poco para calentar las articulaciones, mientras el vino chorreaba y nos calentaba la sangre.

Decidimos estar tranquilos y disfrutar de todo lo que pasara: el público, La Música que tanto amamos, los imprevistos y desaciertos en la ejecución. A eso de las 6:30, media hora antes de salir, ya habíamos bebido lo suficiente para estar tranquilos; pero en lo que ha mí respecta, demasiado para mantenernos en control. Empecé a sentir esos efectos, y noté que mis ideas se revolvían y se confundían dentro de mí. Me había excedido, se me estaba olvidando La Música, las digitaciones y los matices. Decidí no tomar un sorbo más. Estuve tranquilo. Dieron las siete, ¡la hora había llegado! Esperé cinco minutos más. ¿Estará lloviendo?, me preguntaba. ¿Quiénes habrán venido?... David, me dio un abrazo y me dijo: “¡con toda, compadre!”.

II

Salí al escenario como flotando en nubes de vapor de vino. No reparé rostros, solo vi una masa uniforme de humanidad en las sillas. Como ver un rastrojo y no poder separar nada entre el barullo de hojas y ramas retorcidas. Ahí estarían amigos, compañeros guitarristas, extraños, familia, mi maestro, etc. Eso no lo supe hasta el final. Lo que pasó después no puedo precisarlo. Entré como en un limbo, una abstracción, un lugar distinto al escenario físico en donde me encontraba. Empecé con Bach (gran compromiso), luego Ponce, y una pieza mía (“El escarabajo de oro”) con la que cerraría la primera parte. Me levantaba entre piezas, los aplausos me golpeaban en la cara y dolían, pero yo quería que dolieran más. Ese maldito ego, siempre presente.

Yo sonreía, correspondiendo maquinalmente. Dentro de mí, las tripas se revolvían, y ráfagas de algo parecido al sentimiento que provocan las cosas bellas cuando se marchan por siempre, ascendían desde dentro y huían. Ese instante estaba pasando, era ese momento y eran todos los detalles que constituían ese poderoso y fugaz presente. Las cosas estaban pasando rápido, sin detalles, sin descubrimiento, solo se fugaban, y decían adiós para siempre. Lo que estaba pasando sería, de todas formas, eterno.

Luego del intermedio vino la segunda parte, más dinámica, con más sangre, más latina, más nuestra. David me arrojaba tempos rápidos, a velocidad relámpago. Yo intentaba mantenerme en control y alejar el vértigo. Aun así, no sentía, estaba presente, pero lejano, dentro de mí mismo. Con la última pieza, enérgica por cierto, el público se levantó y aplaudió con euforia. Sólo en ese momento sentí caer en aquel escenario de forma física y mental. Empecé a reconocer rostros, e intenté abrazar a aquellas personas con una sonrisa. Me oculté tras bambalinas y seguían aplaudiendo. Típico, quieren un bis. Salí y toqué el bis, un tanto despreocupado ya. Resuelto.

III

Lo que siguió fue otro caluroso aplauso y las personas subiendo a abrazarme y felicitarme. Yo sonreía y agradecía, y sonreía, y sonreía. Fotos, abrazos, más fotos, más sonrisas. Se me cansaron las mejillas de tanto reír, y si he sido serio y gruñón algunas veces, con todas esas sonrisas me he reivindicado con el mundo por los próximos diez años. Hoy, después de la conmoción de esa noche vertiginosa, veo todo con claridad. Los detalles emergen desde mi memoria. Lo recuerdo todo, hasta lo mínimo. Me recuerdo apasionado, esmerado, tratando de sacar las cosas adelante. Me recuerdo impreciso, indeciso, sensible, preocupado.

Me recuerdo, yo, humano.

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