enero 28, 2014

Por los caminos del Hombre Hicotea


























He sido encomendado para servirles de guía por el mágico País de las Aguas. Conocido en épocas prehispánicas como “Panzenú”, este sitio de navegación y encanto situado al norte de Colombia es llamado La Mojana en la actualidad. El País de Las Aguas es tierra de prodigios, también de infortunio, y le permite al visitante vivir episodios que nunca olvidará. Espero que el viaje les sea útil y fructífero. Bienvenidos.

San Marcos del Carate, comienza el camino

Vuelvo a mi pueblo natal tras 10 años de ausencia. Aunque nunca dejé de venir mínimo una vez al año, desde hace varias lunas estoy viviendo su cotidianidad, su día a día. Nací en este pueblo del caribe colombiano conocido en el mundo musical por ser la cuna de una gran familia de compositores e intérpretes entre los que se destaca el maestro Juan Piña. “Juancho”, como le decimos sus coterráneos, ha llenado de felicidad nuestras almas con sus triunfos. No hay paisano en el mundo que no tenga en su colección de música un casete, acetato, carpeta o memoria con música suya. ¿Cómo se identifica a un sanmarquero? Porque en algún momento de la fiesta hace sonar a Juan Piña. Y lo canta. Y lo baila. Así que lo primero que hay que decir sobre San Marcos es que aquí estamos hechos de música.

Mi pueblo también es identificado por tres monumentos que reciben al visitante cuando llega por tierra o por agua. El primero de ellos es de origen natural: un majestuoso árbol de caucho que se aprecia exactamente en el kilómetro 38 de la carretera que nos une a la Troncal de Occidente (El Viajano-San Marcos). Sembrado hace cincuenta años, “El caucho de San Marcos” tiene aproximadamente 30 metros de alto, la sombra que proyecta sobre el suelo de hojas secas tiene 80 metros de diámetro y recorrer su periferia nos toma más de 500 pasos. Sin duda es algo imponente. A diario recibe gentes de todo el mundo que vienen exclusivamente a conocerlo y abrazarlo. Su forma de hongo astronómico, montaña de hojas, es única. Se dice que su sombra puede albergar perfectamente a 400 personas. Disfrutando de esta inmensa red de ramas, troncos y raíces aéreas – este universo vegetal – vienen a mi mente las palabras del antropólogo y docente universitario Álvaro Baquero: “Cuando uno llega a San Marcos empieza a viajar”.











El segundo monumento que se ha convertido en símbolo sanmarquero es de origen estético: “El Hombre Hicotea”, una escultura realizada por el artista José Jorge Villegas Mier. Situada en el Puerto Real de la Ciénaga, esta obra nos recuerda nuestra condición anfibia. Condición que fue puesta en evidencia por el escritor y científico francés Luis Striffler (1816-1891) y por el sociólogo barranquillero Orlando Fals Borda (1925-2008). El primero en su libro “El Río San Jorge” (1880) y el segundo en el tercer tomo de su Historia Doble de la Costa, “Resistencia en el San Jorge” (1984).

En ambos libros, los autores se enfocan en la figura simbólica del río San Jorge: El Hombre Hicotea, “personificación del aguante y expresión casi totémica de la coraza del pueblo ante la acción hostil de la naturaleza y de los poderosos de la sociedad”, dice Fals Borda. Aquí somos hombres hicotea porque vivimos la mitad del año en ardiente sequía y la otra mitad en implacable inundación; pero también porque soportamos la crueldad de la corrupción política y el olvido del Estado.

A pesar de todo esto, bailamos. La resistencia nos ayuda a desarrollar la capacidad de creación y goce. Entre nosotros una mujer nos enseña constantemente que la vida es fiesta, porro, fandango. Su nombre es Bertha Piña y está siempre dispuesta a bailar. De lento andar y aspecto frágil, quien la ve de la mano de su inseparable nieto no se imagina el poder transformador que sobre ella ejercen las notas de una banda. Es como si su cuerpo, al hacer contacto con la bella música, se olvidara de que está próximo a cumplir cien años.


Bertha Piña es nuestro tercer monumento, símbolo de goce. Bertha es la encarnación de un mando ancestral heredado, generación tras generación, de la Cacica Maruza que dio nombre al barrio en el que vive. Bertha es una matrona legendaria. Ejemplo de tenacidad, resiliencia, libertad. Ha sido madre feliz, abuela cómplice, cariñosa bisabuela y pronto será tatarabuela fandanguera. Conserva un sentido del humor que le permite burlarse de todo el mundo, incluso de la familia y de ella misma. No tiene pelos en la lengua para contar historias, cantar bolero o insultar a quien se le atraviese en la casa o en la memoria. En resumidas cuentas, dentro y fuera del escenario Bertha Piña es Reina. Su trono es una mecedora en la casa más antigua del barrio más viejo de “el pueblo más feliz del mundo”, como lo bautizó Striffler.


Atravesando caminos de agua

San Marcos del Carate es, en su propia geografía, un pueblo anfibio. Si tuviera cuerpo humano, diríamos que de la cabeza al ombligo es La Sabana y del ombligo a los pies es La Mojana. Los sanmarqueros somos mitad tierra seca y mitad tierra húmeda.

Saliendo del barrio Maruza, pasando por la Plaza de San José, llegamos a Los Tres Chorros, sector de pescadores afectado año tras año por las crecientes. En sus calles se siente el aroma a cieno y vegetación acuática. Se nota que estamos próximos al río. A dos kilómetros está el cruce. Lo primero que se ve al llegar a la orilla del Río San Jorge, conocido por los Zenúes como Jegú, son dos estructuras en forma de puente. Uno militar, desvencijado y “provisional” que lleva como 20 años instalado y está actualmente en uso. Y otro, civil, enorme que no está en funcionamiento porque el dueño del terreno donde está una de las cabeceras no ha querido llegar a un acuerdo económico con la entidad del gobierno que lo construyó. El asunto está en pleito. Y, mientras tanto, el bien particular primando sobre el público.


Una vez se cruza el puente sobre el Río San Jorge, situado en el antiguo paso de Los Chiqueros, ya estamos en el mítico dominio de La Mojana, hermosa mujer morena de cabellos largos que hechiza y captura a quien no sepa develar sus misterios. La vegetación acuática se hace presente a lado y lado de una estrecha carretera de asfalto que, al comienzo tiene un techo de robles que despliegan un colorido floral en épocas de sequía. Luego aparecen una serie de puentes de distinto tamaño que son la fascinación de las aguas y de inescrupulosos contratistas que no tienen problema en hacerlos deficientes con el objeto de adicionarles presupuesto o amarrar contratos a largo plazo sobre su reparación y/o reemplazo definitivo.

En estas tierras movedizas la política es uno de los indiscutibles factores que incrementan la pobreza y el atraso. Los niveles de corrupción son tan altos que ya parece algo natural robar dinero del Estado y quien lo hace es celebrado como digno de imitar. En esta zona del país es muy común que los ex alcaldes compren fincas, ganado, casas y camionetas de lujo, tan pronto salen de su cargo. Incluso hay uno que tiene varias fincas y cometió la desfachatez de nombrarlas de la misma forma, agregándoles un número al final para distinguirlas. “Describir un paisaje es también describir a su gente”, escribió el sabio francés.

A lo largo de esta carretera, el viajero se encuentra con la constante presencia del agua. En forma de caño, de ciénaga, de zapal. Y con ello la compañía de los tapones de taruya con su flor maravillosa de distintos tonos de lila hasta el violeta más intenso y el dorado en el centro de cada pétalo. El nombre latino de la taruya es “Eichhornia crassipes” y también se le conoce como “Jacinto de agua”, “Camalote”, “Lampazo”, “Violeta de agua” o “Buchón”. Es de la familia de las Pontederiáceas y tiene origen en los cursos de agua de la cuenca del Amazonas. Las raíces de la taruya son un refugio para los alevines, e incluso en ellas se desarrolla una microflora que sirve como alimento inicial para los mismos. Sin embargo, como consecuencia de su proliferación, está creando en ríos y lagos importantes problemas en canales de riego agrícolas y afecciones a los ecosistemas ribereños, porque cubre como una manta verde toda la superficie del río, por su fácil reproducción. Por tal motivo está considerada entre las 100 especies más invasoras según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.


A medida que el viajero avanza (en camioneta 4x4 o en moto), se encuentra con viviendas improvisadas a la orilla de la carretera, producto de la más reciente emergencia invernal. De vez en cuando se tropieza con un caserío, con un árbol sin hojas, con un potrero de ganado. Los cultivos de arroz son más bien escasos: las inundaciones parecen haber acabado con la siembra de arroz, tan presente en esta zona en décadas anteriores. El asfalto llega hasta unos kilómetros antes del Caño Rabón, importante eje del Gran Sistema Hidráulico Zenú del cual se conservan algunos vestigios, a lado y lado de la carretera. Este Sistema Hidráulico, el más extenso y complejo de la historia de la Humanidad, abarcaba más de 750 mil hectáreas entre los valles del San Jorge y del Sinú. Y funcionaba perfectamente hasta hace más de 1000 años. Dicen los estudiosos que, inexplicablemente, dejó de funcionar alrededor del siglo XII o XIII de nuestra era. Cuando llegaron los españoles, solo quedaban vestigios. Mucho más que ahora, claro, cuando todo es potrero y cerca de púas.

En la parte sin asfalto de la carretera se ven obreros trabajando, maquinaria pesada, el bullicio humano que muchos insisten en llamar “progreso”. Sin embargo, al tiempo se ven algunos jinetes a lomo de mula haciéndose preguntas sobre su futuro, sobre el futuro de La Mojana. De momento, cualquier lluvia fuerte hace casi imposible de transitar. La carretera se convierte en camino, en trocha llena de barro, huecos y enfadados rostros en los motociclistas. Pasa entonces el viajero por Las Chispas, donde un puente a medio terminar es el signo que identifica el lugar. Solo existen las cabeceras del mismo. El cuerpo, a lo mejor aparece entregado en los informes que reportan los constructores a la entidad respectiva. Pero bien se sabe en La Mojana que unos millones seducen hasta a los funcionarios más escrupulosos, a menudo sentados en cómodas oficinas de la capital de la República.


Unos kilómetros después de Las Chispas reaparece el asfalto. Y unas destacables arboledas a lado y lado de la vía hacen creer al viajero que se encuentra en otro país. El conductor aprovecha para recuperar el tiempo perdido y acelera la velocidad. Un aguacero parece tomarse la vía. Ahora disminuye la velocidad: el asfalto mojado es como una pista deslizante. El agua induce en el paisaje un aura de misterio. Cada kilómetro andado el viaje se adentra en la espesura de un alma indómita y poco conocida. El aire se hace más puro. Ahora el espejo al que nos tenía acostumbrado el agua de las ciénagas toma posesión del asfalto. Es como si todo quisiera reflejarnos. Pasa una pareja ataviada con ropa de lluvia, a bordo de una motocicleta. Y ya no estamos entonces en Colombia, sino en algún remoto rincón del norte del planeta.

Cesa la lluvia. El paisaje parece advertirnos que nos aproximamos a un lugar de leyenda: La Sierpe. Conocida en el mundo entero por sus brujas y brujos, en ella habita un médico que está emparentado con el mito: Donato Díaz, heredero de un curioso mestizaje para curar todas las enfermedades del cuerpo y del alma, en particular las que produce la mordedura de culebra. De momento pasamos de largo. Solo divisamos una estación de gasolina abasteciendo algunas motocicletas, entre las que se destaca una que sirve de vehículo a un hombre joven que luce un sombrero Zenú, mal llamado “vueltiao”. Llama la atención que encima del cojín de la moto, el jinete ha puesto un pellón. A orilla de la carretera, en la desviación que entra a La Sierpe, un trío de niños juega a “la vejez”, vieja ronda que consiste en subirse a un poste, una ventana o un árbol en el preciso momento en el que pasa una moto o un carro por el frente de uno. En este caso, a falta de postes y ventanas se suben a la barra metálica que impide que los carros se salgan de la carretera.

Algunos kilómetros después de La Sierpe vuelve la lluvia. Caen gotas inmensas sobre el asfalto. El paisaje adquiere un leve aspecto de neblina. Atravesamos la lluvia como atravesamos el tiempo. Pasan unos cinco minutos y volvemos al camino seco. Encontramos un grupo de vacas transitando por la misma carretera. Reducimos la velocidad. Es una escena recurrente. En La Mojana los ganaderos usan la carretera como caminos entre una estación y otra de la hacienda.


Y así siguen siendo las cosas acá. Como en las remotas épocas de la Colonia. Unos cuantos patrones, herederos de los conquistadores, son los dueños del territorio. Los descendientes de los Zenúes ahora son campesinos, jornaleros, pescadores. Ya no hay tierras comunales o colectivas. En unas pocas manos está el antiguo Panzenú. La clase pudiente asumió la independencia americana como un gran negocio. Heredó la democracia como un feudo. Y convierte el voto en una herramienta de dominación. A los electores se les trata como ganado. Y las alcaldías de la zona son fincas para comprar, aunque toque hipotecar una que otra propiedad para invertir el dinero en la campaña. La ética política del mojanero es tan mercantilista (del lado del patrono) como subyugante (del lado del trabajador).

Pasados los 20 minutos de asfalto que comenzaron después de Las Chispas, reaparece la carretera destapada. Ahora son 40 largos minutos de calor y sequedad, que nos conducirán por terrenos desolados en los que de vez en cuando aparece un caserío tras una nube polvo, con sus estudiantes en bicicleta, animales domésticos, motociclistas, caminantes y tiendas. Este trayecto tiene una gigantesca ceiba que vale la pena detenerse a apreciar.


Majagual, capital de La Mojana

Entonces aparece el Caño que le da nombre a la región entera, el Caño Mojana. Curiosamente la zona no es conocida con el nombre de la corriente principal que la circunda, el Río San Jorge (368 kilómetros), sino por el de un afluente menor en extensión pero mayor en leyenda. Cruzado el rudimentario puente de una sola vía, se llega a Majagual, pueblo que el imaginario colectivo relaciona con el cultivo del arroz. Lugar de calles estrechas y alma noble tal como lo indican la quinta estrofa y el corro de su himno: Tus mujeres son portento de amor, de abnegación y de lealtad, son música sublime en el silencio… y tus hombres: ejemplo de trabajo, de dignidad, de honor y de bondad. Oh, Majagual amado y luminoso, de tardes doradas siempre te engalanas, feraz despensa agrícola de América, riqueza ganadera de Colombia, leal ciudad capital de la Mojana.

Sea esta la ocasión para dilucidar el nombre de la zona. Formada por los municipios de Majagual, Sucre y Guaranda, en el sur oriente de lo que ahora es el departamento de Sucre, La Mojana pertenece a la Depresión Momposina y posee una extensión de 2.400 kilómetros cuadrados aproximadamente. Para algunos estudiosos, su nombre significa “La tierra del Mohán”, dios que según la leyenda tenía su hábitat en las grandes extensiones de agua, en las que desaparece a los jóvenes irrespetuosos y a los niños desobedientes. Otros consideran que La Mojana es la diosa del Mohán, con características similares en su actuar; la diferencia es que ella los enamora. Esta es la más aceptada por los pobladores de la zona.


Para el año 1787, la población de Majagual estaba conformada por 60 casas aproximadamente, constituida por autoridades civiles y eclesiásticas, entre las que se destacaba el padre Joseph Palacios de la Vega. El pueblo ha tenido durante siglos presencia de líderes religiosos como el padre José Gavaldá y la religiosa Laura Montoya Upegui (la recientemente canonizada Madre Laura), quienes con la ayuda de los misioneros iniciaron sus trabajos en Majagual en el año 1927. El gran momento del padre José Gavaldá, su mayor responsabilidad histórica, ocurrió en 1938 a raíz de la fuerte sequía del río Cauca. La boca del caño Caribeña se empezó a secar a causa de los sedimentos dejados por las dragas traídas de las minas en las regiones de Antioquia. Este proceso afectó el agua y la salud de los majagualeros. El padre Gavaldá reunió a la mayoría del pueblo, con quien se dispuso a abrir la boca del caño y dejar pasar la corriente; permitiéndole así a Majagual tener agua y ser puerto fluvial. En recompensa, la comunidad nombró un corregimiento del vecino pueblo de Guaranda con su apellido.

La zona rural de Majagual es considerada como una de las más importantes de la costa caribe, a lo que se suma la gran fertilidad de su subsuelo. Entre la red hidrográfica que rodea la población, hecha de caños, arroyuelos y ciénagas, destaca el Caño Mojana que nace en la Boca del Cura (sobre el rio Cauca) y pasa por los municipios de Guaranda, Majagual y Sucre en un recorrido de 90 kilómetros hasta la Boca de San Antonio (sobre el río San Jorge). Esta compleja red hidrográfica se convierte en la única alternativa vial de la zona en tiempos de lluvia. Majagual posee un potencial para la explotación de la piscicultura o pesca de cautiverio, habilitando las ciénagas como estanques. La actividad pesquera en el municipio es de sustento familiar, artesanal y en época de lluvias. Las especies más comunes son el bocachico, el moncholo, la mojarra, el blanquillo y el viejito. Últimamente la actividad pesquera ha disminuido por la presencia de mercurio en las aguas, producto de la explotación aurífera indiscriminada en las cercanas zonas de Antioquia.


Una vez el viajero se encuentra en La Mojana, tan pronto conoce el Caño que le da el nombre, arde en deseos de navegarlo. Entonces toma una lancha de veinte pasajeros que sale del puerto de Majagual rumbo a Sucre. El viaje se hace en menos de una hora y es un recorrido fascinante por aguas del color de la tierra en las que se pueden ver garzas de todos los colores, árboles de todos los tamaños y reptiles de todas las especies. No es nada raro que en la lancha vaya a bordo un Obispo, un Presidente de la República, una reina mora, una princesa africana o un hermano de Gabriel García Márquez.

A la orilla del caño se pueden apreciar, durante  todo el recorrido, viviendas de bahareque y techo de palma, con cocoteros en el patio y sus respectivos puertos para pequeñas canoas. Todas esas familias son las que padecen cuando el agua se mete en sus casas y los obliga a salir de ellas o a vivir prácticamente en el techo. Como sucedió en 2010 cuando toda esta zona que ahora recorremos estuvo siete meses literalmente bajo el agua. Muchos pensaron que había llegado el fin del mundo… pero de nuevo llegó el verano y las aguas bajaron.


Pequeños bosques de bijao, enormes campanos, pueblos con casas de concreto donde se le rinde tributo a Santa Tabla y San Riñón, puentes colgantes, descomunales árboles de Suán, torres de telefonía móvil, pequeñas islas de taruya, reses nadando en grupo, ceibas colosales, cercas que pierden sus funciones en épocas de inundación cuando la tierra desaparece bajo el agua… todo esto indica al viajero que está aproximándose a un lugar mítico. Lo que no sospecha es que estas tierras de leyenda han sido capaces de germinar gran Literatura. Pronto lo descubrirá.


Sucre, dulce para las historias

Lo primero que se siente al desembarcar en este pueblo es que algo grande está a punto de suceder. Luego ve uno que se baja el Señor Obispo, en persona, que venía bien camuflado bajo un fino sombrero Zenú y un poncho antioqueño. Da la mano a los presentes en el puerto, lo saludan con reverencia a pesar del atuendo poco usual. Entonces uno se percata del nombre del puerto y algo adentro se estremece.



Da la vuelta para seguir observando a los viajeros y ve a alguien completamente vestido de blanco, del cabello hasta los pies. “Invasión a Mongo”, dice sonriendo. Baja la rampa de acceso al puerto y se acerca a una de sus acompañantes. “Está usted en Sucre. Mi tierra. Mi tierra”, dice, dándose palmadas en el pecho. Abre y cierra la mano derecha, diciendo: “El corazón me hace así: saca tusa, mata tusa, saca tusa, mata tusa. Tengo ganas de llorar. Estoy emocionado” Hace una pausa y remata: “Con los años uno se va volviendo como maricón”.

-          ¿Y eso por qué?
-          Porque se va volviendo como sensible, muy sentimental, llora por todo.
-          ¿Se va volviendo como poeta?
-          No. Como hijo e poeta más bien.


Es Jaime García Márquez, uno de los menores de la estirpe del telegrafista de Aracataca. Ha venido a visitar su tierra natal. “Vengo cada vez que puedo”, dice con nostalgia. En ningún otro lugar fue tan feliz la familia García Márquez. En eso siempre estuvieron de acuerdo, todos. Vivieron en Sucre durante la década de 1940. Justo en ese año nació, dos meses antes de lo previsto, este señor vestido de blanco del cabello hasta los pies. A su lado un hombre de cabello largo, mochila arhuaca y gafas de montura negra toma la palabra:

“Bienvenidos nuevamente al País de las Aguas. Ahora estamos en el corazón del Universo Macondo. Estamos en el puerto de la mala hora. Plasmado por nuestro Nobel de Literatura en “La mala hora”, “El coronel no tiene quien le escriba” y en “Crónica de una muerte anunciada”. Es el mismo puerto en donde aquella vez no desembarcó el Obispo. Para nosotros sí desembarcó, para comerse las crestas de gallo y las agallas de los pescados de La Mojana. En la ficción no llegó, pero hoy, en la realidad sí. Bienvenidos a Sucre, Sucre”.


Es Isidro Álvarez Jaraba, escritor y docente. Autor del libro “El País de las Aguas” que describe detalladamente los encuentros entre realidad mojanera y ficción garciamarquiana en la obra del Nobel. Isidro es un apasionado del tema y acostumbra a servir de guía a los visitantes interesados en conocer la historia real detrás de la fantasía literaria. Álvarez Jaraba cuenta que a este mismo puerto llegó Joseph Palacios de la Vega en 1779, en los inicios fundacionales del pueblo, que en un principio se llamó “Sapo”, conformado por nueve casas y unas pocas familias indígenas. “Es el mismo puerto de la panela de hojita, porque nuestro pueblo se caracterizó por ser el pueblo más rico de la región. Así como La Perla del San Jorge es San Marcos, Sucre es La Perla de La Mojana, gracias a la gran producción de panela. A este mismo puerto llegó la familia García Márquez en noviembre de 1939. Les invito a introducirse en este mundo mágico. Bienvenidos”.


La guianza del profesor Isidro lleva durante dos horas al viajero por los sitios definitivos, los personajes míticos y los episodios reales que vivió un adolescente que más tarde se convertiría en uno de los mejores escritores de su tiempo. Las estaciones de “La Ruta Mágica de Macondo” son una muestra palpable de que el caribe colombiano es un inagotable universo de historias que conmueven al mundo por su carácter inaudito, particular y tenaz. “Los García Márquez reconocen a Sucre como el pueblo abierto a la Libertad en el que vivieron los momentos más felices de su vida. Así lo registran en varias entrevistas. Y su salida del pueblo se vio motivada por el infame asesinato de su vecino y amigo Cayetano Gentile, por cuestiones de honor, el 22 de enero de 1951. La suerte de Cayetano inspiró la creación del tristemente célebre Santiago Nassar, acuchillado en la puerta de su casa por los hermanos de Ángela Vicario”.


Antes de salir de Sucre el grupo de visitantes, del que hacen parte algunos funcionarios del gobierno central, se tropieza con el poeta Antonio González que, luego de presentarse, decide compartir unos versos:

Soy monte, soy valle
Soy río y hasta sabana
Pero soy muy grande y querida
Soy la Majestuosa Mojana

Soy sufrimiento, soy lucha
Soy alegre y soberana
Indomable y misteriosa
Soy la Majestuosa Mojana

Soy buena a las buenas
Soy libre y soberana
Soy altiva y altanera
Soy la Región Mojana

Lucha contra injusticia
En mi vida cotidiana
Aunque me olviden todos
Soy muy grande, Soy Mojana

Soy la solución de ellos
De la región Sabana
Y sin mí no serían nada
Soy hermosa y sufrida

¡Soy la alegre Mojana!


Pasando por Jegua

Así como la entrada de La Mojana es San Marcos, la salida es Magangué. De Sucre salen varias lanchas durante la mañana hasta después de almuerzo. El viaje tarda un poco más de una hora en el que el apacible paisaje se confabula con el monótono sonido del motor fuera de borda para lograr un estado de ensoñación muy parecido a la lucidez.


En esas circunstancias puede uno jurar que ve, a lado y lado del caño Mojana, pequeños grupos de indígenas Zenúes vestidos a la usanza antigua, pescando con caña flecha, sembrando yuca o maíz, o simplemente contemplando la majestuosidad del país de las aguas. La ensoñación permanece hasta que el motor se apaga, por cuestiones de navegabilidad. Entonces el viajero se percata del lamentable nombre que le han puesto a un bello poblado situado en la ribera izquierda: “El congreso”. Alguien en la lancha hace un comentario impublicable, todos sueltan la carcajada y la lancha sigue su curso. Llegamos a la Boca de San Antonio, donde el caño tributa sus aguas al río San Jorge.

Se navega un tramo del río al que los antiguos llamaron Jegú, en el que destaca la pequeña iglesia del pueblo de Jegua, importante lugar en el que Orlando Fals Borda encontró a un pescador que, para resumir las dos actividades esenciales del ser humano, inventó la palabra “sentipensante”, muy celebrada por el gran escritor uruguayo Eduardo Galeano. Luego de este antiguo poblado la lancha se ve obligada a apagar motores nuevamente para entrar en una ciénaga. Lo insólito del episodio es que en el lugar en el que río y ciénaga se conectan hay un hombre solitario, a bordo de una canoa, que hace las veces de peaje. El hombre estira la mano para recibir el pago, impertérrito, sin decir una sola palabra.


La ciénaga sirve de contacto con el gran Río Magdalena, eje del desarrollo económico, social y cultural de la nación colombiana. Nuestra arteria fluvial más importante, nace al sur occidente del país y tras un recorrido de más de 1500 kilómetros vierte sus aguas al mar Caribe en un lugar conocido como Bocas de Ceniza, a las afueras de Barranquilla.

El Magdalena es imponente. En este tramo puede tener casi 200 metros de una orilla a otra. El punto de contacto con las sabanas es el puerto de Magangué que se vio beneficiado luego de que el río abandonara, de manera caprichosa, el paso por la gloriosa Santa Cruz de Mompox, cuna de la independencia neogranadina. Pero esa es otra historia.


De momento, Magangué recibe al viajero con su hermosa Catedral de Nuestra Señora de La Candelaria. El viaje por los caminos del Hombre Hicotea ha terminado. El desembarco se produce en silencio. Cada uno se hace consciente de las bellas, sufridas y legendarias estaciones que le ha correspondido visitar. Una vez el viajero ingresa a la blanca Catedral, lo primero que va a hacer es dar gracias a la virgen morena por tan inolvidable recorrido.

Y quizá le pida que, un día no muy lejano, le permita volver.



Al maestro Benjamín Puche Villadiego
In Memoriam



Por Ensuncho de la Bárcena
@HombreHicotea

NOTA: Esta crónica hace parte del libro "Entre caminos de tierra" publicado por la Corporación Latinoamericana Misión Rural y el Instituto Colombiano de Desarrollo Rural -INCODER- en diciembre de 2013. Acá se puede leer una versión PDF del libro: http://www.misionrural.net/misionimg/1.%20Entre%20caminos%20de%20tierra.pdf