septiembre 23, 2013

Palabras de Don Álvaro Mutis al recibir el Premio Cervantes


 Majestades:

Este premio que me otorga España ha venido a despertar en dos sentidos las más antiguas y entrañables vetas de mi conciencia.

Debo explicar, en primer término, que mi relación con lo que he escrito ha estado siempre señalada por el rigor de una autocrítica implacable y la angustia de no haber alcanzado la plenitud y claridad de lo que he querido decir. Abrir un libro mío, ya sea de poesía o de narrativa, es una prueba que trato de evitar las más de las veces. Como jamás he vivido de mi vocación literaria y me he ganado el pan en oficios muy distantes de las letras, he tenido siempre la sensación de que mi obra caminaba desamparada por sendas ajenas a mi diaria rutina.

Hoy, España, al concederme este Premio, otorga a mi obra un lugar y un porvenir que, a tiempo de llenarme de felicidad, me la entrega identificada con mi propio destino. Que sea España quien lo haya hecho, es algo que viene a confirmar la relación esencial que he tenido toda la vida con la patria de mis antepasados gaditanos, siempre presentes en la diaria rutina de la vida. España, los españoles, las letras y las artes, la historia de esta nación, conforman las circunstancias de mi existencia, la materia siempre esencial de mis sueños y el apoyo que me rescata en los días de angustia y desconcierto. Creo que debo pedir aquí indulgencia por esta incursión en las confesiones personales, que corren el riesgo de caer en la cándida impertinencia. Pero debo reconocer que es para mí muy importante ponerme en orden frente a tan generosa y obligante distinción como ha sido este Premio Cervantes y quiero hacerlo ante tan egregios como calificados testigos.

También hay otro aspecto sobre el cual quiero dar fe por tratarse de algo que me ha marcado desde mi más temprana juventud. Se trata de mi veneración indeclinable y cada día más cálida por la persona y la obra de Don Miguel de Cervantes. Creo que es difícil encontrar en la historia de las letras de Occidente, un destino más adverso, más sembrado de injusticias, olvidos y amargos altibajos, que el que tuvo que padecer el entrañable autor de una obra literaria incomparable y luminosa.

Recuerdo muy bien cuando leí en mi adolescencia una nota biográfica de Cervantes en una edición escolar de El Quijote, tan expurgada y trunca que muy pobre idea podía tenerse de lo que sería el original. En cambio, ese parco resumen de su vida me dejó una impresión inolvidable. Al paso de los años la obra cervantina ha llegado a ser para mí un ejercicio y una compañía siempre lista a despertarme sorpresas y lecciones inagotables. Son varias las vidas de Cervantes que he leído, siempre con el mismo acongojado sentimiento de compasión y asombro. Cuando vuelvo a recorrer las páginas de El Quijote, de las Novelas ejemplares –por las que confieso tener una predilección muy particular-, de los Entremeses –que disfruto con gozo siempre intacto- y del Persiles y Segismunda –que sigue inquietándome como el primer día-, me intriga, y así será hasta el fin de mis días, que este hombre que he llegado a querer con afecto que me atrevo a llamar familiar, haya logrado una obra en donde el genio está presente en cada línea para mostrar, con lúcida evidencia, nuestro precario paso sobre la tierra.

Imposible no traer aquí este soneto de Borges, retrato absoluto de Don Miguel:

Un soldado de Urbina

Sospechándose indigno de otra hazaña
como aquella en el mar, este soldado,
A sórdidos oficios resignado,
Erraba oscuro por su dura España.

Para borrar o mitigar la saña
De lo real, buscaba lo soñado
Y le dieron un mágico pasado
Los ciclos de Rolando y de Bretaña.

Contemplaría, hundido el sol, el ancho
Campo en que dura un resplandor de cobre;
Se creía acabado, solo y pobre.

Sin saber de qué música era dueño;
Atravesando el fondo de algún sueño,
Por él ya andaban Don Quijote y Sancho.

Hoy, España, de mano de Su Majestad el Rey Nuestro Señor y por intermedio de Don Miguel de Cervantes Saavedra, reconoce mi obra y me honra con un galardón que no puede ser más precioso para mí y viene a poner orden y armonía en el discurrir tan a menudo ajeno e indescifrable de mi vida. Pienso en que mis ancestros gaditanos estarán ahora, donde quiera que Dios los tenga, atónitos y regocijados como yo lo estoy.

Muchas gracias,

Álvaro Mutis, abril de 2001

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