febrero 17, 2013

Cara a cara con Rojas Herazo



Esta noche de jueves Cartagena de Indias está agitada. El centro de la ciudad, acostumbrado al incesante fluir de propios y extraños, es visitado por un gigante. La Universidad y otras instituciones han organizado la celebración de los sesenta años de vida artística del poeta, novelista y pintor Héctor Rojas Herazo.

Nacido frente al mar caribe de Tolú a principios de los años veinte, Rojas Herazo ha hecho lo que le ha dado la gana con la vida. La ha moldeado a su antojo, la ha esculpido, dibujado, fotografiado, trazado, soñado, cantado, imaginado, narrado. Y ella, materia dispuesta, ha sabido brillar en sus manos de creador incansable. Las manos, esos “mágicos instrumentos de la creación y el deseo”, como bien supo decir.

Hace un rato hemos presentado el primer número de la revisa CICLO con unos colegas estudiantes. En el acto de lanzamiento hubo grupo de rock, bolis y aplausos. Tan pronto terminó he venido corriendo hasta la Biblioteca Pública para saludarlo.

Este hombre que está sentado hoy en el centro del escenario, este animal de monte hecho Poesía, nos ha dejado versos inigualables, escenas prodigiosas, delirantes páginas que nadie más ha sabido capturar, desde el patio de su casa. “De aquí somos y esto somos. Lo demás es tristeza, ruido de nadie, mundo”. El mismo poeta que había leído en esa misma Biblioteca, años atrás. El mismo que guarda silencio y observa a quienes le rinden tributo. Místico y escéptico, al tiempo. Ahí está, asediado. Fotografiado. Espero a que se despeje la marea y, revista en mano, me lanzo al agua.

“Maestro, aquí puede leer una columna suya publicada hace 50 años, exactamente el 21 mayo de 1948”, le digo. La recibe. La observa, acaricia su portada. La abre. “Ese día se publicó la primera columna de su amigo Gabriel, en El Universal. Y la fecha coincide con una carta enviada por Miguel de Cervantes al Rey de España, solicitándole un trabajo en Cartagena. Su Majestad respondió negativamente”.


Sonríe. Sus ojos se clavan en los míos. “Este hombre es un huracán”, pienso. Un toro de lidia. Lo siento resollar. En cualquier momento, con una simple embestida, con un batir de alas, puede destruir la Biblioteca, la Ciudad, el Continente. Pero no dice nada, solo me observa con ternura. Le doy las gracias. Estrecho su mano. Vuelve a sonreír. Jorge García Usta, mi profesor de crónica, toma una foto. “Esta te la cobro. Y cara”, advierte cómplice.

No lo volví a ver. Pero tuve el privilegio de estrechar sus manos de gigante. A él, quizá el hombre más grande que haya visto. Cabeza de gigante, ojos de gigante, cuerpo de gigante. El mismo que anotó, en su carnet de escritor, una de las frases más contundentes que he leído: “Ninguna idea justifica un cadáver”.

Héctor es un guerrero de los símbolos. Su pintura sabe mestizar la vanguardia de Altamira con la antigüedad de la urbe. Es un animal que no cesa de inspirarme cada día. Especialmente cuando siento que uno puede hacer con su vida lo que le venga en gana. Sin importar si somos reconocidos. Sin importar si algún estudiante, cincuenta años después, va a recordar lo que escribimos.

Tiempo después de aquel encuentro se nos fue el Maestro, en pleno abril. Su viaje final lo emprendió desde Bogotá, a comienzos de este siglo. En 2005 se nos fue también el profesor García Usta, en medio de la fiesta. Era diciembre.

Nunca vi esa foto.

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