diciembre 04, 2012

Receta de Mujer


Las muy feas que me perdonen
Pero la belleza es fundamental. Es preciso
Que haya algo de flor en todo eso
Algo de danza
algo de Alta Costura
En todo eso (O entonces
Que la mujer se socialice
elegantemente en azul,
como en la República Popular China).

No hay término medio posible. Es preciso
Que todo eso sea bello. Es preciso
que de súbito se tenga la
impresión de ver una
garza apenas posada y que un rostro
adquiera de vez en cuando ese color sólo
encontrable en el tercer minuto de la aurora.

Es preciso que todo eso sea sin ser, pero
que se refleje y florezca
En el mirar de los hombres. Es preciso,
es absolutamente preciso
Que todo eso sea bello e inesperado. Es preciso que
unos párpados cerrados
Recuerden un verso de Eluard y que se acaricie en unos brazos
Algo más allá de la carne: que se los toque
Como el ámbar de una tarde. Ah, déjenme decir
Que es preciso que la mujer que está allí como la corola ante el pájaro
Sea bella o tenga por lo menos un rostro que recuerde un templo y
Sea leve como un resto de nube: pero que sea una nube
Con ojos y nalgas. Las nalgas son importantísimas. De los ojos, entonces
Ni decirlo: que miren con cierta maldad inocente. Una boca
Fresca (nunca húmeda) es también de extrema pertinencia.
Es preciso que las extremidades sean flacas; que unos huesos
Sobresalgan, sobre todo la rótula en el cruzar de piernas,
y las puntas pélvicas
Al enlazar de una cintura semoviente.

Más grave aún es el problema de las clavículas:
una mujer sin clavículas
Es como un río sin puentes. Indispensable.
Que haya una hipótesis de barriguita, y en seguida
La mujer se alce en cáliz, y que sus senos
Sean una expresión greco-romana, más que gótica o barroca
Y puedan iluminar lo oscuro con una capacidad mínima de cinco velas.

Muy pertinente que la calavera y columna vertebral
Se muestren levemente; ¡y que exista un gran latifundio dorsal!
Los miembros que terminen como tallos, pero que haya un cierto volumen de
muslos
Y que sean lisos, lisos como pétalo y cubiertos de suavísima
pelusa
Sin embargo, sensibles a la caricia en sentido contrario.

Es aconsejable en la axila una dulce hierba con aroma propio
Apenas perceptible (¡un mínimo de productos
farmacéuticos!)
Preferibles sin duda los pescuezos largos
De modo que la cabeza dé a veces la impresión
De tener nada que ver con el cuerpo, y la mujer no recuerde
Flores sin misterio. Pies y manos deben contener elementos góticos
Discretos. La piel debe ser fresca en las manos, en los brazos, en el dorso y en la
cara
Pero que en las concavidades y los huecos tenga una temperatura nunca
inferior
A 37 grados centígrados, pudiendo eventualmente provocar quemaduras
De primer grado. Los ojos, que sean de preferencia grandes
Y de rotación por lo menos tan lenta como la de la tierra; y
Que se pongan siempre más allá de un invisible muro de pasión
Que es preciso traspasar. Que la mujer sea en principio alta
O, si acaso baja, que tenga la actitud mental de las altas cumbres.

Ah, que la mujer dé siempre la impresión de que, si cerráramos los ojos
Al abrirlos ella no estará más presente
Con su sonrisa y sus tramas. Que ella surja, no que venga; que parta, no que vaya
Y que posea una cierta capacidad de enmudecer súbitamente y hacernos
beber
La hiel de la duda. Oh, sobre todo
Que ella no pierda nunca, no importa en qué mundo
No importa en qué circunstancias, su infinita volubilidad
De pájaro; y que acariciada en el fondo de sí misma
Se transforme en fiera sin perder su gracia de ave; y que exhale siempre
El imposible perfume; y destile siempre
La embriagante miel; y cante siempre el inaudible canto
De su combustión; y no deje de ser nunca la eterna bailarina.
de lo efímero; y en su incalculable imperfección
Constituya la cosa más bella y más perfecta de toda la creación innumerable.

Vinicius de Moraes
(Río de Janeiro, 19 de octubre de 1913 – 9 de julio de 1980)
Traducción: Juan Carlos Ensuncho-Bárcena

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