julio 12, 2012

Yo vi a Mick en Cartagena




Fue a principios del año dos mil, en un hotel del centro de la ciudad.

Esa noche había una función de danza contemporánea en la capilla del antiguo claustro y yo estaba a cargo de la organización. La cosa había sido así porque el director artístico de la compañía se había ido de urgencia para Santa Marta, donde acababa de fallecer una hermana suya en un accidente de tránsito.

El objetivo de la función era recaudar fondos para una amiga que había caído en coma, a causa de un aneurisma cerebral. La situación era confusa, tensa, triste, pero había algo de esperanza en el ambiente: pensábamos que aún tenía posibilidades.

Eran las ocho y el público apenas comenzaba a llegar. A mi lado estaba David, el hermano de Natalie, con cara de preocupación, pues la cuenta del hospital era casi de siete ceros.

-       Tranquilo David, tranquilo. Ya verás que va a venir mucha gente, no te preocupes.

Sumada a la comprensible preocupación por el número de asistentes, tenía otra: aún no estaban listos los programas de mano que debíamos repartir. Entonces se me ocurrió ir a pedir ayuda al conserje y dejé a cargo de la entrada a una amiga que colaboraba con la función especial.

En la conserjería, el encargado entendió la urgencia y envió a un auxiliar para que me llevara al centro de fotocopiado del hotel, donde en cuestión de minutos resolvieron el problema. Regresé a darle las gracias al conserje por su gesto amable y me topé con un grupo de personas que, cerca de la gran puerta de entrada, parecían estar esperando a alguien.

Lo que en principio llamó mi atención fue que la elegante jefa de relaciones públicas del hotel, en persona, estuviera al frente de la misión. Gato encerrado. Y me quedé unos instantes más allí, apreciando el bello telar de Olga de Amaral, cuando algo extraño, que aún no sé explicar, me indicó que diera vuelta a la cabeza.



A este señor lo he visto antes, pensé. Era un anciano de aspecto y pinta juvenil que acababa de ingresar al hotel y estaba siendo saludado por todo el mundo. Qué tipo tan arrugado, reí. Un momento, este señor se me hace muy conocido. Es... ¿Mick Jagger? ¿Mick Jagger en Cartagena? ¿Qué hace aquí? Si en esta ciudad bajaron a gritos a Fito Páez de un escenario para pedir que subiera Diomedes Díaz...

El rey del rock británico en persona, no lo podía creer. Reparé en su pinta: camisa de jean roja, desteñida; pantalón de jean negro, también desteñido; sandalias, morral en la espalda agarrado con la mano derecha. Hello Mick, Welcome to Cartagena, me dieron ganas de decir. Pero pensé que a lo mejor él quería pasar de incógnito en la ciudad y yo no le iba a ocasionar una molestia.

Entonces miró hacia donde yo estaba. No niego que también consideré oportuno pedirle un autógrafo, pero me pareció un gesto ridículo. Y afloró el ególatra: ¿Qué tiene él que no tenga yo? En esos tiempos yo también era el líder de una banda de rock...

Cuando Mick posó su mirada sobre la dama que lo recibía se le iluminaron los ojos, se le dilataron las pupilas y ustedes imagínense lo que se le pasaría por la cabeza. Por la mía pasaron videos, frases de canciones, noticias de escándalos. Pensé en Andrés Caicedo, ¡cómo le habría gustado estar en mi lugar! Con discreción, pregunté al conserje:

-       ¿Ese que acaba de llegar es Mick Jagger?
-       , es el señor Jagger, todos estábamos a la espera.

Un grupo de acompañantes y el comité de recepción lo rodearon y se lo llevaron a su habitación. Yo me dirigí a mis asuntos, como si nada hubiera pasado. Al llegar a la entrada de la capilla llamé aparte a David y a May Xué, una amiga rockera.

-       ¿A que no adivinan a quién acabo de ver en el lobby?
-       Ni idea. ¿A quién?
-       A Mick Jagger.
-       “No jodas, no seas embustero”, dijo él con cara de serio.
-       Sí señor, a Mick Jagger.
-       “¿Por qué eres tan mentiroso?”, dijo ella.
-       Se los juro. Es más, si quieren verlo vayan a la recepción que debe estar haciendo el registro.

Acto seguido David y May Xué se fueron volando, papel y lápiz en mano. Volvieron dos minutos después con cara de tristeza y el rabo entre las piernas: Mick ya había subido a la suite presidencial. Nada que hacer.

Un poco más tarde, otro comando especial fue enviado a la suite. La misión: obtener la firma de la celebridad en el exclusivo libro de huéspedes ilustres. Llamaron a su habitación, él abrió vestido de bata. Uno de los empleados le habló en inglés, pidió disculpas, otro explicó la situación y le extendió una pluma de oro de 24 kilates. Él se limitó a asentir, puso cara de travieso y estampó su firma. Dio las gracias por tan noble gesto y cerró la puerta de la habitación. Cuando los empleados revisaron la firma, exaltados, se llevaron una sorpresa. Con una caligrafía impecable decía:

“Con mucho gusto, Juan Pérez”.

La función de danza fue un éxito y la taquilla produjo buenos frutos que ayudaron a Natalie a empezar su proceso de recuperación; necesitó un año de tratamiento en Francia, de donde regresó milagrosamente bien. En la actualidad puede hablar, caminar y ha recuperado su vida cotidiana.

Aquella noche de enero de 2000, al salir del hotel, encontré a algunos periodistas amigos sentados en una esquina tomando cerveza. Les hablé sobre el gran acontecimiento. Uno de ellos, corresponsal del diario más leído de la costa, atinó a preguntar:

¿Y quién carajos es Mick Jagger?



Por Ensuncho De La Bárcena

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Juan,
Que buena historia!
Me entretuve mucho.

Ensuncho de la Bárcena dijo...

Muchas gracias, anónimo lector. Abrazo.