junio 16, 2012

“A punta de Marihuana”, Sarabia Canto prepara su quinto libro


I

El poeta Josse Sarabia Canto está en todas partes. Según el sociólogo Édgar Rey Sinning, posee el don de la ubicuidad. En una misma mañana le pueden ver en Sincelejo, Valledupar y Mompox. Otros, más osados, afirman que lo han visto en Bangkok, París y Mozambique en un mismo día. Él, sentado en una banca del Parque Bolívar de Cartagena,  simplemente sonríe. “Eso lo dicen porque vivo como las putas, de hotel en hotel”, explica.

II

Flaco y barbado, su aspecto es el de un monje en camino de santidad. Sin embargo, esconde un cuchillo en su mochila. “Lo compré en reemplazo del celular, porque sólo recibía llamadas problemáticas”, afirma. La verdad es que el poeta no necesita teléfonos porque se le llama con tan sólo pensar en él. Allí estaba, en el Carmen de Bolívar, en primera fila y vestido de blanco, en el centenario del maestro Lucho Bermúdez, el pasado 25 de enero. “No encontré hotel, pero ya me conseguí una sábana para dormir en el parque”, contó sin problemas. Por fortuna halló habitación esa noche. “Al día siguiente me desperté enguayabado, en pueblo ajeno y sin plata pal pasaje. Gracias a Dios y al notario que me invitó a desayunar y me dio pa venirme pa Cartagena”, relata.

III

La vida del poeta está hecha de leyenda. Nació en 1949 en el Callejón de las Palmas de Getsemaní, Cartagena de Indias. Creció en el barrio Olaya Herrera, donde probó la marihuana a los once años. Comenzaban los años sesenta, el mundo estaba cambiando, y la juventud recién empezaba a existir. Años después se embarcó en un buque a recorrer el mundo. Conoció los mares, que son uno solo; conoció los amores, que son uno solo; conoció las vidas, que son una sola, y desembarcó en Cartagena, nuevamente. “Al bajar de los buques mi preocupación era tener hijos y comencé a buscar una mujer que me ayudara a ser padre”, asegura.



IV

Ha publicado cuatro libros. Prepara el quinto, que se titulará “A punta de marihuana”. Un gobernador del caribe quiere publicarlo, pero le pidió que le cambiara el título. Sarabia Canto le respondió: “Para describir lo que ocurre en la calle todos los días, como en mi caso, hay que estar borracho o trabado”. Un poeta andino estuvo de acuerdo con él: “Si le quitas el título te lo tiras”, le sugirió. El libro tiene 170 cuartillas pero va a seleccionar 120. “A punta de marihuana” canta su vida en el Bajo Manhattan.  Que bien podría ser Nueva York o Magangué.

V

“Es el Walt Whitman del Caribe” dice otro reconocido poeta, mientras que él afirma, emputado como una campana, “Nosotros somos los profetas, somos los últimos que traemos la palabra, no hacemos nada más, sino vivir de la Poesía. No somos profesores, ni médicos, ni abogados, ni tenemos esposas embajadoras, nosotros, los poetas”. Al lado suyo, dos de sus amigos, Ángela Mogollón Percy e Iván Barboza Barboza, sonríen.

VI

Cartagena de Indias ha sido cuna de importantes poetas a lo largo de su historia. Sin embargo, la “caterva de vencejos” que la gobierna es implacable con ellos. Los casos más conocidos son los de Luis Carlos López y Raúl Gómez Jattin, que fueron marginados en su momento. Pero en cada atardecer nace un poeta. Como nace la yerba entre el pavimento de las calles. “En esta ciudad el arte, la poesía, brota agreste”, dice Josse, “como la maleza”, dice Ángela. Iván, por su parte, sobre la obra de su cofrade, asegura “transmuta lo popular en canto, sostiene una empatía con la calle, es trascendente. Josse es un verdadero poeta”.



VII

Probablemente en las universidades y academias no sepan, aún, quién es el poeta Josse Sarabia Canto. Pero en las calles de su ciudad lo reconocen como tal. Al igual que a su entrañable vecino de toda la vida, Pedro Blas Julio Romero, son los únicos que reciben el saludo de “Poeta” por donde quiera que anden. Y lo merecen, sus vidas no han sido fáciles. La decisión de dedicarse a las musas les ha conducido por caminos a menudo plagados de vicisitud. “¿Por qué tienen que vivir en esas condiciones tan precarias?”, se pregunta Ángela. Josse responde, citando a Julio Flórez: “En Colombia, la Cultura se arrastra por el suelo”.

VIII

A pesar de su confeso uso de alucinógenos y de su título a punto de salir, en los años ochenta Sarabia recorrió el departamento de Bolívar compartiendo su Poesía y desarrollando una campaña de prevención contra las drogas. Sin embargo, él no ve en ello una contradicción. “La droga es una peste, pero no ha podido conmigo. La he exprimido para producir el jugo de la Poesía”, afirma. Tiene dos hijos, José y Antonio, y ante la posibilidad de que ellos tomen su mismo camino, advierte “Fácilmente pueden decir que no necesitan drogas porque ya su padre se metió, por ellos, toda la que se tenían que meter”. Sarabia es honesto, no necesita máscaras. La droga, en él, bien parece medicina para soportar la enfermedad del mundo. Hace unos días escribió en una pared de la casa de su madre, con un dedo ensangrentado: “Estamos asistiendo al sepelio de nosotros mismos”.

IX

A la muerte la mira de soslayo, pero sin temores. “La siento cerca, por eso ando armado. A veces me dan ganas de cortarme una oreja, porque la tengo ahí detrás”, asevera. Pero el poeta ya ha vivido una de las etapas de la muerte. Durante meses durmió en un ataúd en un salón parroquial del Pie de la Popa, barrio señorial de la ciudad. “Me trababa, quedaba relajado y me dormía, desde entonces pienso que la muerte debe ser una bacanería”, dice sin preocupación. Sabe que en el Empíreo, “cielo de los santos y los poetas”, se va a encontrar con los artistas que han marcado sus días. “Quiero morirme en cualquier parte, menos en Magangué, donde le rinden honor al sicario cuando muere”, sentencia.



X

Reza todos los días. Todos los días va a misa, quizá para paliar el influjo fantasmal de la ciudad o para estar a tono con él. “Yo creo en la transmigración de las almas. Mi nombre de pila es Benjamín, pero me lo cambié en Barcelona (España) gracias a una amante. Luego supe que José Sarabia había sido un poeta español del siglo XVII”, afirma.

XI

Ha perdido siete maletas en los últimos años, las ha dejado abandonadas en igual número de hoteles a lo largo y ancho del caribe, porque no ha tenido con qué pagar la cuenta. “Estoy casi seguro de que a mis papás les gustaba ‘hacer casita’ en un hotel, fruto de una de esas jornadas vine al mundo”, así justifica su afición por esa casa móvil que lo espera en todos lados.

XII

Se quiere ir del mundo en medio de una fiesta. “Cuando muera, si hay plata ese día, que me cremen y lancen mis cenizas al mar - que fue mi tierra - en medio de un concierto de Jazz”, afirma con un libro de Juan Rulfo entre las manos.



Cartagena de Indias, febrero de 2012
Fotos de Javier García Salcedo

3 comentarios:

EUSEBIO DAZA dijo...

Excelente escrito, excelente poeta. ¿Sabes si su libro ya nació?

EUSEBIO DAZA dijo...

Excelente artículo, genio el poeta. ¿sabes si ya publicó?

Carlos Sarabia dijo...

mi poeta mi padre y mi todo ...

att: arturo del mar