octubre 09, 2011

Un hombre de caza



Estaba en la universidad, un poco aburrido, sentado en una de las mesas de la cafetería. Bajo la sombra de unos árboles inmensos y antiguos. Leía algo de poesía, con mi walkman puesto. En ese entonces La Tadeo quedaba en el viejo Claustro de la Merced, en pleno centro de Cartagena de Indias.

Era a finales de los 90, tenía el pelo largo, jeans y botas rotas.  Era polen disponible para cualquier abejita reina. Ese día no me había puesto interior, en clara actitud de caza. En esas estaba, distraído en mi lectura, cuando la vi.

Estaba sentada, sola, tomando un jugo con pitillo. Jugó con su lengua alrededor de la punta, me miró y siguió sorbiendo. Era una mulata, caderas anchas, baile al andar. La había visto en una discoteca de la Calle del Arsenal. Me había gustado su culo, recuerdo.

Me miró, yo le piqué el ojo. Cerré el libro de poesía (un robado ejemplar de Baudelaire). No me quitaba la vista de encima, pero había algo de ingenuidad. Algo de chica llegada de provincia que me seducía por esa época. Yo tenía 23, ella a lo sumo 18. Me levanté de la mesa, fui caminando. En mi casette sonaba “Riders on the storm” de “The Doors”. Fui caminando hacia ella. No me quitaba la mirada, sorprendida.

Llegué a su mesa, la tomé de la mano. Ella se levantó. La tomé del brazo. Cruzamos el patio de la universidad, salimos del claustro sin decirnos nada. Pasamos por el frente del Teatro Heredia, caminamos por la Calle Don Sancho. Tomamos rumbo a la Calle de La Soledad. “The Doors” seguía sonando. “L.A. Woman”. En la esquina de los jugos, al frente de la universidad, otra chica quiso saludarme pero seguí de largo.

Íbamos agarrados de la mano, riéndonos. Nerviosos, pero riéndonos. Llegamos a un pequeño hotel de la Calle Segunda de Badillo. Subimos las escaleras hasta el segundo piso. La encargada nos abrió la puerta, me dijo cuánto era la tarifa. Entramos a la habitación.

Me quitó el walkman y comenzó a besarme. Me desnudó por completo, de pie. Me tiró en la cama, de espaldas. Se dedicó con pericia a mi instrumento, como Miles Davis con su trompeta. Hasta sacarme toda la música.

Seguía vestida. Me levanté. La desnudé. La puse en cuatro, mirándole el culo. Y entré como quien entra en el mar, bañándome en su enorme playa de mulata. Le di palmadas, muchas palmadas, tantas que parecían palmeras ondeándose al viento.

Cantaba con gemidos parecidos a los del bolero. La tomé por el cabello y me hundí. Gemía, ardiendo en sudores. Le di la vuelta. Puse sus piernas hacia el cielo. Las abrí en un ángulo de 90 grados, como la temperatura de su adentro. Me clavé en ella como dándome un chapuzón en mitad del verano. Una y otra vez.

Al final, luego de sus cantos y de mis gritos de toro, fuimos a la ducha. La bañé toda en jabones de lujuria. Ella me tomó en sus manos, como quien usa bolas chinas. Se relajó. Usé un poco de jabón para engrasarla. Y entré por dónde no lo esperaba. Soltó un dolorido grito de placer. Me dijo su nombre, en medio de sollozos. Se volteó y, por primera vez, me besó en la boca.

Nos sacamos el jabón, fuimos a la cama, fumamos, cantamos, lo hicimos tres veces más. Hasta que el calor del mediodía se tomó la ciudad. El sudor nos estaba matando. El bullicio de las oficinistas que salen a almorzar invadió la habitación. Tomamos otra ducha, nos vestimos, pagué. Salimos del hotel y, en la puerta, besé su mano diciendo mi nombre. Ella tomó su camino y yo el mío.

Nos vimos un par de veces más en la universidad. Luego se mudó al hotel donde yo vivía. Nos seguimos consintiendo, sin “The Doors”. Hasta que se graduó y se fue a vivir a una isla del caribe.

Hace poco la vi. Su cuerpo creció, también ella. Seguía con aquella misma mirada. Hablamos, me contó de su vida en la isla, yo le conté de mi vida en la montaña. Pero no hubo ningún tipo de atracción. El tiempo había hecho trizas el deseo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Exitante Relato.