octubre 17, 2011

La Poesía es un paraíso en ruinas: Jairo Serna Rosales




El Poeta


Jairo Serna Rosales es conocido como productor de cine. Lo que no sospechábamos era que guardara - de manera silenciosa - a un poeta de tan honda inspiración, de esos que uno agradece descubrir por su mundo personal, su visión, por sus revelaciones.

Quizá Serna no nos había dejado disfrutar de sus versos, por eso que dice su amigo Enrique Serrano: “el poeta es de naturaleza vergonzante”; queriéndonos decir con esto que el poeta siempre anda oculto entre todos, temiendo que alguien se de cuenta de su desnudez existencial, de su despojamiento, de su profunda manera de sentir el mundo.

Debo decir acá que agradezco el descubrimiento al prodigioso azar. Una tarde de martes en la que caminaba cabizbajo y melancólico por el histórico sector de La Candelaria en Bogotá me lo topé, raudo y feliz, yendo hacia una cita. Me pidió que lo acompañara: iba a mostrarle su libro a otro poeta, ahora camuflado de decano de universidad. Acepté la invitación, pidiéndole que me dejara leer su ópera prima literaria. Me comentó entonces que el libro había sido escrito entre los 19 y los 27 años, producto de una ruptura amorosa que cambió el rumbo de su destino, por ello el título: “Se fue”.

Camino a la cita me contó que el libro lo había enviado – cuando vivía en Barcelona - a la agente literaria Carmen Balcells, quien le respondió que había pasado los tres filtros que su agencia establece para el proceso de examen y selección de autores nuevos, dictaminando lo siguiente: “La impresión que se desprende de dicho examen es que se trata de un poemario con indicios de cierta calidad. De todos modos, dado que la poesía es un género de difícil publicación, preferimos declinar su amable ofrecimiento. No obstante, tendríamos mucho interés en que nos permitiera considerar alguna obra de narrativa, a ser posible inédita”.

Recibir esta carta del 15 de abril de 1996 coincidió con dos decisiones en la vida de Jairo. La primera, el desvío en su carrera de escritor (a partir de entonces Serna Rosales escondió al poeta) y su viaje de regreso a Colombia. A partir de entonces se dedicó al cine, arte que le ha ofrecido satisfacciones e incertidumbres como todo buen arte le ofrece a su artista.

Pero es del Jairo poeta que quiero hablarles ahora. De este poemario titulado “Se fue” que tuve el privilegio de leer por vez primera en compañía de su autor por las coloniales callejuelas de La Candelaria, esa tarde de martes 12 de septiembre y que he vuelto a releer varias veces a partir de entonces.

El Libro


“Se fue” es una obra en tres movimientos: “Bogotá”, “Astrid” y “Mientras vuelve”. El primero de ellos, cuyo nombre es el de la ciudad en la cual el autor vive desde los 11 años, comienza con un epígrafe de Álvaro de Campos (heterónimo de Fernando Pessoa): “Otra vez vuelvo a verte – Lisboa y Tajo y todo -, transeúnte inútil de ti y de mi, extranjero aquí como en todas partes”. De inmediato el poeta se sitúa – y nos sitúa - en una condición de no pertenencia, nos enfrenta a la atmósfera de ningún lugar, al vacío. Su primer poema justamente aborda esta condición, una especie de ars poetica:

Mi oficio es mirar al vacío
rendirme ante personas
que parecen claras,
que no se embriagan
con el sueño, que habitan
en el pequeño y callado
jardín de lo seguro.

La voz poética está claramente identificada, es una voz insegura, plagada de preguntas, sin pretensión de encontrar respuestas, pues prefiere lo incierto a lo seguro.

En casa olían igual
las rosas y el agua
la carne y la alcoba.
Ahora no puedo retornar.

El poeta se ha lanzado a la calle, “a buscar el olor de las esquinas”. Parece decirnos que todo viaje comienza al salir de casa. Y es un acto constante, repetitivo, una invitación a dejar el infierno de lo conocido por el paraíso que se nos abre ante lo desconocido. En ello radica la búsqueda del poeta, pero también su pérdida.

Mi oficio es mirar al vacío
dejar que el iris de mi alma
se derrame.

De allí en adelante Jairo nos enseñará su Bogotá personal. Una ciudad signada por las múltiples pérdidas: la de la infancia (“la nueva casa se robará / las ventanas de mi cuarto / nada podré hacer para evitarlo”), la de la inocencia (“no hay ilusiones esta tarde / como la de jugar fútbol / contra el colegio de enfrente”), la de la tranquilidad (“¿qué queda y qué desaparece / cuando algo nace?”), una ciudad que es como una nueva casa construida por seres desconocidos:

Pronto veremos
otra gran obra
donde no vivirán
sus constructores
- estos hombres
de piel áspera, sin habla.
Los que esquivamos
cuando son transeúntes.
los que esta noche
se meterán una cerveza
hasta el alma -.

Ciudad que, a pesar de todo, es también mapa para el encuentro amoroso, con “Flavia”:

Aunque no conozcas
las cosas de mi mundo,
elogio nuestro encuentro.
Al fin y al cabo somos
habitantes del infierno.

La Bogotá de Serna es una ciudad de infinitos rostros, “al igual que esta época”. El poeta se siente un aventurero en la urbe, como lo enuncia en “Amigo Fausto”:

Sabes distinguir
lo permanente y lo fugaz.
Manejas un ajedrez de avispas
y se te nota algo de ternura.
Aunque te odien y te envidien
tus travesuras me hacen sentir
el poder de los extremos.

Para el autor, Bogotá es la ciudad de los poetas. Poetas que huyen como “Juan Arturo” quien

Aplazó la fama
para después de la muerte

Después de ahogar las palabras
se fue para la selva

Poetas marginales como Raúl Gómez Jattin, con quien el autor conversa:

habitas una orilla indescifrable
rompes el viento
rompes edificios.
Los conviertes en nubes
y esperas. Esperas que otro lea
el alma de la lluvia

Poetas jóvenes que se desploman mientras

la elegante muchedumbre
comenta el libro de un pájaro
que incendia rosas
Habla de su último suspiro.

Ciudad de poetas inéditos como Fernando quien se emociona

cuando inmortaliza
con su voz de trueno
palabras de alguien
que ya no existe.

Fernando, quien nos recuerda a su homónimo Pessoa cuando Jairo nos dice que no sufre

porque su obra
no le importe a nadie.

Aparece entonces el “Loco Agudelo” quien

Siempre tiene tiempo.
Para él la vida
sigue siendo un juego

no se asombra
por no haberle trabajado a nadie
repara su viejo taxi
pasea por la historia
acaricia el cielo.

La ciudad capital que le da oportunidades a todo el que llega, es la misma ciudad del joven sicario, quien sale de su casa en los tugurios:

a descubrir quién es su padre
a envidiar oficios que la suerte
no colocó en su camino

Con este verso triple Serna nos pone ante al problema de la violencia juvenil: el sicario siempre está al acecho de la esperanza, porque

sabe que nadie camina dos veces
por la misma calle

El joven asesino recorre la misma urbe del loco a quien el poeta ve en el pasado, pero siente cerca:

El esquizoide se estrelló
contra su cuerpo.
Sin embargo
los dos se buscaron
en lo más alto
de sus tempestades

El loco repta por las mismas calles del indigente, con quien también se identifica el poeta:

Camina hasta emborracharse
hasta olvidar
que el futuro existe.
No sabe que lo observo
Ni que es mi espejo.

Serna nos enseña el centro de la ciudad, le canta a su ambiente impreciso, a su soledad. Un centro en el que

no hay palomas en la Plaza
Ni agua. Ni nadie que me observe.

Nombra sus personajes, nos dibuja su rostro en los otros para al final confesarnos con desencanto:

Ahora entiendo mejor
que no soy el centro de la noche.

En la misma plaza del centro

una señora canosa grita al vacío

Esa señora, teme el poeta, es él mismo, transfigurado:

En los movimientos de su boca
alcanzo a leer el resto de mis años:
morir en el silencio del poema.

En el rostro de la anciana descubre el poeta que el gesto encierra una espera. La infructuosa espera del amor que se fue. La desesperanza surge cuando uno se ha cansado de esperar.


Con este sabor amargo en la boca nos adentramos en la segunda parte del libro en la que el poeta nos va a confesar el motivo de su angustia, al tiempo que nos revela su objeto amoroso: “Astrid”, es el nombre de la mujer que lo ha dejado y de este fragmento.

Comienza nuevamente el poeta con un epígrafe. Esta vez el turno es para León De Greiff: “¡Amor, deliciosa mentira / áspero amor, retorna, ven!”. Con ello Serna nos anuncia el tono del poemario, manifiesta una contradicción esencial, evidencia la lucha interna: está desencantado de amor, pero se sienta a esperar el regreso de la amada.

El “Poema un poco clásico” da inicio al movimiento. Este díptico nos ubica en la intimidad de la alcoba. La vida en pareja. Los diversos descubrimientos. El poeta, se pregunta ante la mudez de su musa:

¿Por qué no lloras,
no ríes, no cantas?
¿Es un invento que somos
la misma melodía?

A pesar de lo extraño de las preguntas iniciales, la atmósfera del poema es de cercanía. Sin embargo, un verso presagia el naufragio:

Y siempre inútil esta batalla
sin rival determinado.

En la segunda parte del poema, el acento se pone en el anuncio de la pérdida, los amantes parecen condenados al olvido:

Resignados aceptamos
que nunca hemos vencido.
Nuestro tacto es ciego.
La noche lenta calla.

Si el primer movimiento, “Bogotá”, es la escenografía, el contexto en el que ocurre la poesía, el segundo movimiento, “Astrid”, es la lucha misma, el inhóspito y peligroso territorio en el que el poeta se pelea a muerte con las palabras para lograr el poema. A menudo resultan versos inolvidables, contundentes, definitivos, incontrovertibles, como en “Se fue la adolescencia”, que contiene una declaración de principios:

Abro los ojos
frente a tu risa y a tu sueño.
Entro tenso en la vigilia.
Me asusta el plan de los adultos:
sobrevivir con la cabeza abajo.

Cuando despiertes
dame la mano para no caernos,
recuérdame que las hojas
son las bocas del viento,
que reírse hasta de sí
es una buena manera
de esperar a la muerte.

El poeta sabe que la risa no le bastará para enfrentar a la muerte. Que debe armarse de algo más sólido que las palabras, porque se sabe inerme ante el olvido. Así nos lo dice en “Volver a verte”.

Sigo tu cuerpo
Por una calle que ya recorrimos.
Veo de nuevo tu pequeña espalda.
Las palabras se clavan en mi estómago.
Después de un rato la calle no existe,
Tu espalda no existe,
Lo que llamamos “lo nuestro” no existe.

El amor, otrora nave de sueños e inalcanzable nube, se ha hecho agua:

El azar colocó nuestros gestos
en una nube.
Era posible contemplarse
recónditos hechizos.

Al igual que todas las nubes,
la nuestra se hizo lluvia,
tiempo, trueno.
Caímos al abismo
De las cosas de la tierra.

Ahora sólo hay lugar para evocar el tiempo en que las palabras sobraban:

Ahora que soy un marginal oficinista
te recuerdo sacando fuego de mis labios.
recuerdo la constante sorpresa de tus ojos.

Eras el único ser que me enseñaba
el idioma de las cosas mudas.

En “Carta camino a Barcelona”, tras la pérdida del objeto amoroso, el poeta se resigna a la derrota:

Contemplo la luna de siempre.
Pero estoy demasiado donde estés.

Se marchan las voces de la radio.
La luna también se aleja.
Va camino a Barcelona.
Cierro los párpados,
palpo tus veinte cartas,
recupero la vida ancha,
me hago amigo de la muerte.

En “Las ventanas de mi cárcel”, primero escrito en Barcelona, aparece la negación de la realidad – dolorosa – por la posibilidad de reinventarse en otros a través de la literatura:

Me satisface caminar
por calles íntimas;
ser los personajes de este libro:
recordar la primera
y la última vez que te vi;
estar frente a un espejo roto
y dialogar con el amigo
que llevo dentro.

Luego del desdoblamiento, el objeto amoroso se enclava en el mundo y reaparece en “Declive”:

Aunque se fue tu cuerpo,
te encontraré en un pájaro anciano,
en un poco de tierra
levantada por el viento,
en un gato terco y desprevenido
como la infancia.

Cuando el poeta acepta la pérdida de la amada, inventa su propio paraíso en ruinas, de la mano de Juan José Arreola, en tono abiertamente franco:

Cuando cerré el libro comprendí que el poeta
escribe en corto sus batallas para quedar limpio,
que nuestro paraíso en ruinas es un invento mío.


“Mientras vuelve” es el título del tercer movimiento en el que advertimos que el poeta, como todo artista verdadero, se ha valido de su dolor para crear un mundo. Así es como da inicio al último fragmento del libro con un epígrafe del poeta Jorge Luis Borges: “Sólo me queda el goce de estar triste, / esa vana costumbre que me inclina / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.

Un tono críptico abre el poemario, Serna invoca lo hipnótico para expresar el mundo más allá del dolor. En “Sueño I” nuevamente aparecen la vejez y su consabida soledad:

Mientras la nave se hunde,
otro dado sentencia:
“El mar es el que elige,
no el hombre”

Sin embargo, en medio del naufragio aparece la salvación del poeta, tal como lo manifiesta en “Sueño II”:

Un niño quiere agarrar
lo que hay más allá de la ventana.

Sus padres dicen inseguros:
“Lo de afuera es intocable.
¿Por qué no oyes el granizo?”

Aparecen unas máquinas.
Demuestran que Todo está cercado
y que es imposible abrir ventanas.

El niño salta, corre,
siente que él es el granizo.

El ruido me levanta
y el mundo sigue siendo ajeno.
Menos mal el sudor de la infancia
me persigue.

Superado el dolor, al menos poéticamente, Serna se adentra ahora en el territorio del mito: su infancia en Cúcuta, a la que encuentra distante, pero al acecho, como lo plantea en “Regreso a Cúcuta”:

Perdí el hábito de escuchar
los árboles y el viento
a la hora de la siesta
de elevar cometa en Cristorrey
- el balcón de Cúcuta –
de ver gente y carros
desde el balcón de mi casa,
de robar mangos
en las casas del barrio.

Ya no evoco a mi padre tierno,
bravo, serio y sudoroso.
A mi madre consentidora,
cantante y llorona.

Ya no hablo los domingos
con los ojos idos y azules
de la Nona Carmen.

No leo a Cote, Gaitán Durán,
Méndez y Bonells.
Ni sueño despierto junto a ti.

A pesar de estas ruinas
regreso al olor de Cúcuta
cuando me saludas
como si no conocieras mi pasado.

Ha vuelto el poeta a su origen, gracias a la exploración que surgió una vez estuvo solo. Esa aventura enorme que es conocerse a sí mismo. Sin embargo, Serna sabe que ha llegado “Otro fin”. Y descubre un rayo de luz al final de la oscuridad.

Ha llegado otro fin,
pero el Universo
sigue dando tumbos.
Sentirlo
es mi única pertenencia.

Al final del camino, a lo Borges, Serna descubre que todo le ha servido al poeta para tramar su Literatura, ha dado el giro al Cine. La Palabra se ha hecho Imagen:

Pronto salió de casa.
En la puerta
prometió recordar
el fantasma de su cuarto.
En la primera esquina
tropezó con mentes afiladas.
En un funicular
supo que lo más común
es el declive.

Ahora es pasajero de un avión.
La novia pecosa de la infancia,
las calles y la casa
son una escena que se funde.
Cierra los párpados.
Sus brazos lo señalan:
siempre
en el mismo punto.

Datos Biográficos

Jairo Serna Rosales nació en Cúcuta (Colombia) el 7 de enero de 1968. Jugó fútbol en Millonarios e hizo parte de la Selección Colombia en las categorías infantil y juvenil. Estudió Comunicación Social-Periodismo en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y Audiovisuales, Publicidad y Guión de Cine y Televisión en la Universidad Autónoma de Barcelona (España).

Fue periodista en su país y en Europa. Autor de los libros: “Se fue – Treinta poemas sobre el desamor” y “Cartas y poemas a mujeres lejanas”. En varias universidades ha realizado el taller “Cómo hacer una película con las uñas, el cerebro y el corazón”.

Filmografía


Guionista, director asistente y productor en América del documental “Ciénaga Grande” (1996-1997), filme coproducido por Colombia, Francia, Bélgica y España. Adquirido por Discovery Channel, Canal 5 de Francia y otros canales de televisión del mundo.

Productor General, ejecutivo y creativo de los largometrajes “Diástole y Sístole, los Movimientos del Corazón” (2000) y “Colombianos: un acto de fe” (2004). Codirige y produce los largometrajes de docuficción “Cien por minuto” y “Parchesoft”.

“Diástole y Sístole” es el rodaje de más bajo presupuesto en la historia del cine (U$5.000) y una de las cintas colombianas de mayor éxito en los últimos años: seis meses en las salas de cine, varios premios (Mejor actor, mejor actriz y premio del público a mejor película en el Festival de Cine de Cartagena) y exhibición en México, Venezuela y varios festivales del mundo (Cannes, Toronto, Chicago, Miami, Mar del Plata, Lima, Calcuta, entre otros).

“Diástole y Sístole” y “Colombianos: un acto de fe” son distribuidas por Venevision Internacional en DirecTV, SKY, Univision y en DVD y VHS en 2000 tiendas de Blockbuster de todo Estados Unidos. Son las primeras películas colombianas en alcanzar tal penetración en el mercado norteamericano.

Suyos son los proyectos: “Tokyo Music”, “La puerta de los sueños”, “Julio Muelas: el indígena que llegó al Real Madrid” “¿Para qué enemigos?”, “Camilo, puntos de vista” y “Nos vemos en Burundi”.

octubre 09, 2011

Un hombre de caza



Estaba en la universidad, un poco aburrido, sentado en una de las mesas de la cafetería. Bajo la sombra de unos árboles inmensos y antiguos. Leía algo de poesía, con mi walkman puesto. En ese entonces La Tadeo quedaba en el viejo Claustro de la Merced, en pleno centro de Cartagena de Indias.

Era a finales de los 90, tenía el pelo largo, jeans y botas rotas.  Era polen disponible para cualquier abejita reina. Ese día no me había puesto interior, en clara actitud de caza. En esas estaba, distraído en mi lectura, cuando la vi.

Estaba sentada, sola, tomando un jugo con pitillo. Jugó con su lengua alrededor de la punta, me miró y siguió sorbiendo. Era una mulata, caderas anchas, baile al andar. La había visto en una discoteca de la Calle del Arsenal. Me había gustado su culo, recuerdo.

Me miró, yo le piqué el ojo. Cerré el libro de poesía (un robado ejemplar de Baudelaire). No me quitaba la vista de encima, pero había algo de ingenuidad. Algo de chica llegada de provincia que me seducía por esa época. Yo tenía 23, ella a lo sumo 18. Me levanté de la mesa, fui caminando. En mi casette sonaba “Riders on the storm” de “The Doors”. Fui caminando hacia ella. No me quitaba la mirada, sorprendida.

Llegué a su mesa, la tomé de la mano. Ella se levantó. La tomé del brazo. Cruzamos el patio de la universidad, salimos del claustro sin decirnos nada. Pasamos por el frente del Teatro Heredia, caminamos por la Calle Don Sancho. Tomamos rumbo a la Calle de La Soledad. “The Doors” seguía sonando. “L.A. Woman”. En la esquina de los jugos, al frente de la universidad, otra chica quiso saludarme pero seguí de largo.

Íbamos agarrados de la mano, riéndonos. Nerviosos, pero riéndonos. Llegamos a un pequeño hotel de la Calle Segunda de Badillo. Subimos las escaleras hasta el segundo piso. La encargada nos abrió la puerta, me dijo cuánto era la tarifa. Entramos a la habitación.

Me quitó el walkman y comenzó a besarme. Me desnudó por completo, de pie. Me tiró en la cama, de espaldas. Se dedicó con pericia a mi instrumento, como Miles Davis con su trompeta. Hasta sacarme toda la música.

Seguía vestida. Me levanté. La desnudé. La puse en cuatro, mirándole el culo. Y entré como quien entra en el mar, bañándome en su enorme playa de mulata. Le di palmadas, muchas palmadas, tantas que parecían palmeras ondeándose al viento.

Cantaba con gemidos parecidos a los del bolero. La tomé por el cabello y me hundí. Gemía, ardiendo en sudores. Le di la vuelta. Puse sus piernas hacia el cielo. Las abrí en un ángulo de 90 grados, como la temperatura de su adentro. Me clavé en ella como dándome un chapuzón en mitad del verano. Una y otra vez.

Al final, luego de sus cantos y de mis gritos de toro, fuimos a la ducha. La bañé toda en jabones de lujuria. Ella me tomó en sus manos, como quien usa bolas chinas. Se relajó. Usé un poco de jabón para engrasarla. Y entré por dónde no lo esperaba. Soltó un dolorido grito de placer. Me dijo su nombre, en medio de sollozos. Se volteó y, por primera vez, me besó en la boca.

Nos sacamos el jabón, fuimos a la cama, fumamos, cantamos, lo hicimos tres veces más. Hasta que el calor del mediodía se tomó la ciudad. El sudor nos estaba matando. El bullicio de las oficinistas que salen a almorzar invadió la habitación. Tomamos otra ducha, nos vestimos, pagué. Salimos del hotel y, en la puerta, besé su mano diciendo mi nombre. Ella tomó su camino y yo el mío.

Nos vimos un par de veces más en la universidad. Luego se mudó al hotel donde yo vivía. Nos seguimos consintiendo, sin “The Doors”. Hasta que se graduó y se fue a vivir a una isla del caribe.

Hace poco la vi. Su cuerpo creció, también ella. Seguía con aquella misma mirada. Hablamos, me contó de su vida en la isla, yo le conté de mi vida en la montaña. Pero no hubo ningún tipo de atracción. El tiempo había hecho trizas el deseo.