agosto 05, 2011

Un café con Germán Espinosa*





Quiero hablarles esta tarde de algo que nunca hice. Si, ya sé que todos acá recordamos este magnífico verso del maestro Joaquín Sabina: “No hay nostalgia peor/ que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Esto me pasa en estos días. Vengo hablarles de algo que jamás hice: tomarme un café con Germán Espinosa.

Y no lo hice porque le faltaran ganas a este aprendiz de escritor o por la negativa del maestro. No es eso. Lo que pasó es que preferí verlo de lejos. Verlo andar con sus lentos pasos por el barrio. Verlo por la ventana de un café en la calle 19. Me gustaba simplemente contemplarlo mientras fumaba o sorbía su café.

Como aquella tarde gris – para variar – en que Nana y yo lo vimos caminar desde nuestro apartamento en un piso 10, apoyándose en su compañero bastón, atravesando el eje ambiental hasta guarecerse bajos los aleros de un edificio vecino debido a una impertinente lluvia. Allí estuvo, absorto en las gotas, contemplando el paso del tiempo –quizá- sin notar que desde arriba le detallábamos los gestos. La lluvia cesó y el maestro continúo su camino, probablemente hacia este café “Buscando América” tan cercano a sus afectos.

¿Y qué era lo que transmitía Espinosa al verlo? Intentaré describirlo. Sus ademanes elegantes, de hombre recio pero tierno, lo hacían ver de un sentido del humor envidiable y de una erudición escasa entre nuestros escritores del Caribe. Sólo podría citar acá a la de Héctor Rojas Herazo, ese otro gran exiliado de la nación Caribe en el altiplano.

Quienes lo conocieron de cerca –varios de ustedes- pueden afirmar mejor que yo el vasto conocimiento que el maestro Germán tenía de Occidente. De sus increíbles hallazgos en el Arte Europeo, en la Música, en el Cine y, por supuesto en la Literatura, su pasión motora. Yo no tuve la fortuna, pero me basta con citar ese verso hermoso de Julio Cortázar al referirse al Che: “Yo tuve un hermano/ no nos vimos nunca pero no importaba”…

Aunque, a decir verdad, estuve en una conferencia suya en el claustro de la Merced de su entrañable Cartagena de Indias cuando era estudiante de periodismo. Allí estuvo el maestro, vestido de guayabera, con su elegante esposa Josefina Torres y su infaltable bastón, hablándonos de sus autores predilectos quizá – ya no recuerdo- pero conservo intacta la imagen del hombre elegante que camina del brazo de su amada y es capaz de atender a estudiantes ignaros que solicitan sus palabras. Ahí va Espinosa bajando las escaleras de mármol del Claustro, rodeado de jóvenes, de sus sobrinas y de Josefina, ahora atravesando el patio colonial, con su andar de sabio, su barba de sabio, sus gafas de sabio. Ahí va con el viento peinándole el cabello, de la mano con su Amada.

Bueno, la nostalgia se ha apoderado del texto, nostalgia sí, precisamente la “pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos” como nos dice el diccionario. Y a pesar de que no soy su pariente, de que nunca fui su amigo, su partida me causa nostalgia. Como si se hubiera marchado un ser entrañable, como si de repente ya no pudiera oír su voz dándome consejos. Como si hubiera cesado con él una de las mentes prodigiosas de la Literatura en habla hispana. Alguien sólo comparable a Borges.

Habría que crear el Premio Germán Espinosa a lo más destacado de la Literatura Americana, así como crear el Premio Jorge Luis Borges a lo más destacado de la Literatura Mundial para desbancar de una buena vez y para siempre el Premio Alfred Nobel, ese sospechoso reconocimiento ligado a la invención de la dinamita. Exhorto desde aquí a los encargados de dar premios para que acojan la idea.





¿Quién era Germán Espinosa?

Para quienes lo desconocen, Espinosa nació el 30 de abril de 1938 en la Clínica de Manga en Cartagena de Indias, a lo largo de su prolífica vida de escritor –que acaba de terminar- publicó unos cuarenta libros de poesía, novela, cuento, ensayo y biografía.

Aunque inició temprano su carrera literaria –a los 16 años- con un tomo de poemas de corte clásico (“Letanías del crepúsculo”,1954), a partir de  1961 empezó a darse a conocer con relatos cortos de tendencia principalmente fantástica, sazonados casi siempre con finos rasgos psicológicos, recogidos cuatro años más tarde en el volumen titulado “La noche de la Trapa”,1965. En éste, eludiendo en forma notoria todo costumbrismo o pintoresquismo, se preocupó por situar sus narraciones en ámbitos universales, sin por ello soslayar los temas nacionales. Dentro de ese marco escribió en 1966 su primera novela, “La lluvia en el rastrojo”, publicada sólo años después, en la cual satiriza ciertas costumbres de la clase alta bogotana y cuyo desenlace fantástico no la priva de crudos matices realistas.

La publicación en 1970 de la segunda de sus novelas, “Los cortejos del diablo”, lanzada simultáneamente en Montevideo y en Caracas, atrajo hacia Espinosa la atención de Hispanoamérica, ante todo por los elogios que recibió de la crítica argentina y del escritor peruano Mario Vargas Llosa y, más tarde, de comentaristas italianos al ser vertida a esa lengua. Se ocupa esta obra de los tiempos en que Cartagena de Indias fue sede del Tribunal de la Inquisición y de la cacería de brujos desatada por el Inquisidor General Juan de Mañozga, que en la ficción aspira a ser el Torquemada de las Indias. El trasfondo histórico se encuentra en ella inmensamente contaminado de ficción y, a ratos, de fantasía arrebatada, razón por la cual cierta crítica —rectificada luego con creces— intentó clasificar al autor dentro del llamado realismo mágico, del cual él a conciencia deseaba apartarse. La ocurrencia de la acción en el siglo XVII determina a Espinosa a emplear un lenguaje de resonancias barrocas, salpimentado de arcaísmos, con giros que por momentos evocan la prosa o el verso satírico de Francisco de Quevedo.

Entre ésta y la que habría de ser su novela cumbre, “La Tejedora de Coronas” (1982), Espinosa dio a luz una tercera: “El magnicidio”, publicada en1979, en la cual criticó con dureza las tendencias, por él consideradas dogmáticas y fanáticas, del comunismo del decenio de 1970. Asimismo, un nuevo libro de relatos breves (Los doce infiernos, 1976), que preserva la inclinación fantástica y psicológica, y algunos de poesía, ahora vertida hacia una lírica introspectiva y moderna, aunque siempre musical.

En un comienzo, “La Tejedora de Coronas” fue recibida con cierta frialdad, debida acaso a la sintaxis heterodoxa que proponía. Fue ante todo su versión francesa, saludada con entusiasmo por críticos famosos como Alain Bosquet y Bernard Pivot, la que acabó por canonizarla e hizo a la vez que el gobierno de París elevara al novelista a la condición de Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras de Francia.

“La Tejedora de Coronas” trata de un recorrido casi centenario, que va del instante en que Cartagena de Indias es sitiada por la flota del rey Luis XIV de Francia en 1697 hasta muy avanzada la segunda mitad del siglo XVIII, durante el cual la protagonista y narradora, una criolla culta y sensual de nombre Genoveva Alcocer, experimenta tanto en América como en Europa el turbión incontenible de las ideas iluministas y enciclopedistas que habrían de desembocar en la Revolución Francesa y en la Independencia hispanoamericana. De la mano con los grandes impulsores de la Ilustración, Genoveva —que es como los ojos de América— vive una vida de aventura, sobresalto y sensualismo, nutrida por ideales libertarios, científicos y filosóficos. Escrita en un lenguaje de gran exaltación poética, “La Tejedora de Coronas” alcanza dimensiones épicas en la narración del sitio de Cartagena por los franceses y matices de bello erotismo en la de los amores de la protagonista con el joven astrónomo Federico Goltar. En una prosa esplendente, Espinosa nos recrea un período histórico crucial para el porvenir del continente americano.

La labor novelística de Germán Espinosa se ha prolongado en obras polémicas, siempre de corte estilístico irreprochable, como “El signo del pez” (1987), inspirada en la vida de Paulo de Tarso, en la cual encarece las raíces no sólo hebreas, sino también estoicas, neoplatónicas y gnósticas del cristianismo, o “Los ojos del basilisco” (1992), que muestra los graves conflictos sociales de Colombia en el siglo XIX. En “Sinfonía desde el Nuevo Mundo” (1990) recrea los años de la Independencia y en “La tragedia de Belinda Elsner” (1991) –próxima a ser llevada al cine por Libia Stella Gómez- incursiona en el género detectivesco, que lo fascinó desde joven.

“La balada del pajarillo” (2000), juzgada por algunos críticos tan afortunada como “La Tejedora de Coronas”, es un relato de suspenso psicológico que ahonda en las fantasías paranoicas de un personaje devastado por el alcohol y la droga heroica. En sus novelas más recientes, “Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón” (2003), “Cuando besan las sombras” (2004) y “Aitana” (2007) –inspirada en su Amada, muerta-, Espinosa ha acusado una tendencia hacia temas esotéricos que señala en él, al parecer, una preocupación por la necesidad de que el ser humano regrese al espiritualismo, aunque libre de ataduras religiosas.

Por otro lado, sus sucesivas colecciones de relatos cortos, “Noticias de un convento frente al mar” (1988), que incluye, con ese título, una pequeña joya de la narración erótica, “El naipe negro” (1998) y “Romanza para murciélagos” (1999), insisten en lo fantástico y lo psicológico, pero asimismo en señalar con mirada crítica ciertos aspectos de la vida latinoamericana, especialmente del mundo político y literario.

En forma paralela a su narrativa, Germán Espinosa dio a luz libros de ensayos literarios y filosóficos como “Luis C. López” (1989), “Guillermo Valencia” (1989), “La liebre en la luna” (1900), “La elipse de la codorniz” (2000) y “El sueño ético en Atenas y otras prosas” (2003), en los cuales encara con admirable erudición temas del pasado o del presente. Su obra “La aventura del lenguaje” (1992) constituye un itinerario asombroso por los secretos históricos y estructurales del lenguaje humano, en tanto “La vida misteriosa de los sueños” (2005) lo es por los océanos de esa segunda vida conformada por las experiencias oníricas. A su vez, el maestro Espinosa fue biógrafo de algunos personajes colombianos y universales, como “Torquemada, el fraile diabólico”,  2005.

En cuanto al verso, sostuvo el tono lírico, introspectivo, en obras como “Libro de conjuros” (1991) o “Quien se aleja soy yo” (2001). En 2003, publicó un tomo de memorias titulado “La verdad sea dicha”, donde denuncia aspectos de la historia de su país y hace memoria de amistades literarias y artísticas.




En su vida personal, Espinosa fue también brillante cronista, periodista, catedrático y diplomático. Quedan en su bibliografía constancias del primero de esos desempeños: “Crónicas de un caballero andante” (1999) y “Los oficios y los años” (2002), este último una colección de artículos de fondo. Numerosos comentaristas han elogiado su capacidad de desplegar ante el lector una vasta erudición sin caer jamás en el exceso o en la pedantería.

Espinosa murió el pasado miércoles 17 de octubre, víctima de un paro respiratorio; había sido internado de urgencias en una clínica al norte de Bogotá debido a una neumonía que lo aquejaba desde hacía varias semanas. Paradójicamente, desde hace meses padecía de un cáncer en la lengua -órgano del cual hizo afortunado- que prácticamente le impedía hablar.

En un artículo para la revista SOHO, antes de la muerte de su esposa, que lleva por título "Que no me falte Josefina", escribió estas frases que anticiparon la congoja que vivió en los últimos dos años de vida:

“Varias veces nos hemos preguntado, en la vigilia, que hará el sobreviviente el día en que uno de nosotros fallezca. Tal interrogante es una llaga en pleno espíritu. Dudo mucho que el impacto de tal ocurrencia pueda llegar a ser mitigado por el tiempo”.

En su última entrevista, mostrándose resignado, incluso más que sus propios médicos, decía Espinosa con un cigarrillo puesto en la boca: “Tengo un cáncer en la lengua y los médicos tratan de mejorarme. Creo que lo que tengo es la somatización de esto que me ha pasado”. Justo la semana anterior a su muerte la Editorial Alfaguara publicó sus “Cuentos Completos”.

En la poesía, de corte modernista y deliberadamente anacrónica, la muerte siempre fue un tema recurrente. En su “Proemial” de 1970 escribió así la partida de un personaje que acaso era él mismo:

"Serás nocturno cuando el día te arrulle / Diurno cuando la noche te señale / Crecerán en tus ojos madrepóricos arrecifes y el viento irá contigo / Y el viento irá contigo".

Ahora sí, permítanme tomar este café, en honor del Maestro Espinosa. Paz en su tumba.

Muchas Gracias.

* Texto leído el sábado 20 de Octubre de 2007 en el Café “Buscando América” de Bogotá.

2 comentarios:

fenixis dijo...

Hola Juanca,que agradable café literario en la pluma de del modesto "aprendiz" que eres.
Sutil cronología de la obra de este cartagenero.

fenixis dijo...

Hola Juanca,que agradable café literario en la pluma de del modesto "aprendiz" que eres.
Sutil cronología de la obra de este cartagenero.