julio 29, 2011

García Márquez: Tres encuentros cartageneros


I
Plaza de San Diego, agosto de 1998
Es viernes por la noche. La plaza está llena. La mayoría somos aspirantes a músicos, artistas o actores de Bellas Artes, o futuros filósofos, economistas o abogados de la Universidad de Cartagena. Abundan la cerveza, los cigarrillos y el vino de caja. Hace un par de meses, mis amigos y yo decidimos crear un “movimiento literario y artístico” para cambiar el aburrido panorama de la literatura y las artes de Cartagena. Bautizamos nuestro movimiento “desechismo” porque creemos que lo que más ha producido el siglo XX es basura. Solemos reunirnos bajo los arcos de la fachada de la escuela de Bellas Artes, donde algunos meses atrás el poeta Raúl Gómez Jattin durmió sus últimos meses de vida.

Esta noche discutimos sobre el tal realismo mágico, esa forma tan rimbombante de llamar la realidad más común de nuestra geografía caribe. Todos nos confesamos admiradores de García Márquez, pero estamos hastiados de su omnipresencia y de las cualidades de rey o, lo que es más divertido, de papa, que le han atribuido muchos académicos, críticos y lectores. Ya existen expertos “gabólogos”, “gabistas”, “gabiteros” e incluso ha surgido una manía de última hora: la “gabomanía”. Los desechistas nos sentimos muy lejos de todas esas categorías. Creemos que el tipo escribe bien, pero ése es su deber. Como el nuestro. Creemos que de él no nos diferencia nada más que el monto en nuestra cuenta y el número de lectores –sí, claro, lo sabemos, somos jóvenes, ilusos y un poco idiotas–.

En medio de la discusión sobre “gabología”, nos percatamos de que el hombre de marras está saliendo de Fellini, un restaurante italiano frente a la plaza. Los desechistas no sabemos qué hacer, pero un bailarín amigo, defensor de Gabo en la discusión, sí lo sabe: saca un libro de su morral y emprende la persecución. Lo seguimos a través de la calle y lo vemos abordar al Nobel:

–Maestro, regáleme un autógrafo.

El hombre se detiene, se da vuelta, le pide a sus acompañantes que continúen. Examina el libro.

–Esta edición es pirata.

–Estamos en Cartagena, Nobel.

–Te la valgo.

Abre el ejemplar de Noticia de un secuestro, que losdesechistas nos hemos rehusado a leer por la excesiva publicidad que ha tenido y porque no pasa de ser material periodístico, cosa deleznable para nosotros. El Nobel estampa su reconocida firma, con flor y dedicatoria: “Para Fornier”.

Rafa, el pintor, le transmite a García Márquez nuestra idea de que él no ha inventado nada, que eso de realismo mágico no existe.

–Tienes razón, eso fue un invento de los franceses, que tienen la manía de ponerle nombre a todo lo que no entienden.

Rafa queda desarmado ante la respuesta. Guardaba la esperanza de que el Nobel le diera pie a su reto. Los demás empiezan a retirarse mientras García Márquez le devuelve el libro al bailarín.

–Maestro, que si puede ir a tomarse una foto con un señor que vino de México, en aquella mesa –le dice una mesera.

–Dígale a ese señor que respete, que venga él. Mucho me he roto yo el culo como para tener que ir hasta su mesa.

–Bueno, maestro. Muchas gracias.

–Dígale que venga, que con mucho gusto me tomo la foto con él.

Pero el señor no viene. García Márquez se queda solo, visiblemente afectado por la escena. Yo, que hasta el momento solo he tenido el papel de observador, decido intervenir.

–Saludos le mandó su hermana Carmen Rosa, maestro.

Dirige su mirada hacia mí.

– ¿Y tú cómo sabes de ella? –pregunta sorprendido.

–Es que yo soy de San Marcos.

–¿Y cómo está? ¿Cómo sigue del corazón?

–Estable. Pero aún no se ha querido operar. Le da miedo.

–Una vez le teníamos el quirófano listo en Bogotá, con el mejor cardiólogo, en la mejor clínica. Pero no quiso.

–Sí, ella me contó que le habían dado cuatro meses de vida si no se operaba. Y de eso han pasado ya cuatro años.

–Ella tiene una salud de acero. Yo la recuerdo mucho.

–¿De la época de Sucre?

–Sí, especialmente de esa época, la más feliz de la familia. Recuerdo que cuando llegué de Barranquilla en esas vaca-ciones me fue a recibir al puerto.

Se ha puesto nostálgico. Su mano derecha está sobre mi hombro izquierdo. Siento su energía poderosa, su entrañable afecto por la familia, su forma de decir cosas aun desde el silencio. Me siento como hablando con don Uriel de la Ossa , mi vecino de toda la vida en San Marcos, gran narrador y dueño de un humor extraordinario.

–Bueno, ¿pero cómo es que sabes tanto de ella?

–Es que siempre la he conocido en el pueblo como la señora Carmen. Solo hace dos años me enteré de que era hermana suya. Y como estoy estudiando periodismo comencé a visitarla para conocerla mejor.

–¿Y qué piensas hacer con eso?

–Pues no sé. Algo saldrá. De momento, he descubierto un documento que le puede interesar.

–¿Ajá?

–Un artículo de prensa que publicó su papá, Gabriel Eligio, en el periódico La Juventud de San Marcos en 1922. Es un perfil de dos señores de la aldea, en ocasión de la posesión del general Ospina.

–¡Qué vaina! ¿Y dónde encontraste eso?

–Aquí en Cartagena, en el Archivo Histórico, pero no lo pude fotocopiar, el ejemplar está casi deshecho. Lo transcribí a mano.

–Ajá. Con que siguiéndole la pista al viejo.

No son más de cinco minutos de charla, pero me sirven para corroborar algunos datos que me había contado Carmen Rosa. Como esa noche en que ella se anudó un largo cordel al dedo gordo del pie y llevó el extremo al antejardín, para que cuando Gabito llegara en la madrugada, ella pudiera enterarse y abrirle sin que el viejo o Luisa se dieran cuenta. Ríe al recordar esa noche, como el niño que entonces era.

Entre el viejo Gabo que estoy viendo y el Gabito del que ahora hablamos, recuerdo las palabras con las que semanas atrás marqué un ejemplar de mi revista, para entregarlo al Nobel: “¿Qué le diría al joven que usted fue si se lo encontrara por la calle?”, escribí en la primera página de la primera edición deCiclo. Me acerqué tímidamente. El vigilante de la enorme casa del centro se limitó a decir: “Déjasela por ahí”. Deslicé la revista bajo la puerta del garaje y no supe nada más de ella, hasta este momento.

–¿Recibió la revista que le dejé hace unas semanas en su casa?

–¿Cuál sería?

–Ciclo.


–Claro. La leí toda. Me divertí haciéndolo. Sobre todo el artículo sobre la silla de plástico y el suero dietético. ¿Y qué quieren hacer con la revista?

–Pues seguirla publicando, maestro. Ése es nuestro interés.

–Bueno, pues pa’lante. Yo me la pasaba en ésas cuando tenía tu edad. Inventando revistas y periódicos por todos lados. Es una satisfacción sin igual.

–Bueno, no le quito más tiempo, maestro. Gracias, que tenga feliz noche.

–Ningún maestro, mijo. Gracias a ti por la información que me has dado. Mañana mismo llamo al Archivo. Hasta mañana.

–Hasta mañana.

Sus acompañantes aún lo esperan. Entre ellos, una mujer alta, gorda, blanca, de cabello canoso y corto, que al mismo tiempo parece catalana y matrona del sur de Sucre. Mis compañeros me reciben intrigados, no tienen idea de qué me quedé hablando con el tipo. Creo que me ven como una especie de traidor a la causa desechista. Aguantando las ganas de contarles, me voy a la tienda de la esquina, compro una cerveza, enciendo un cigarrillo y vuelvo con ellos.
II 
Claustro de San Francisco, agosto de 1999
Un grupo de estudiantes con morral al hombro atraviesa el patio y los corredores. El viejo edificio ya no es la sede de inquisidores, sino de anticuarios, tiendas de artesanías, galerías y una universidad. En el centro del patio, que evoca tiempos coloniales, hay una fuente hecha en piedra de mar. Aquí estoy. Aquí trabajo.

Mis jefes son los coreógrafos Álvaro Restrepo y Marie-FranceDelieuvin, quienes se han propuesto realizar un Festival Internacional de las Artes con todo el rigor que sus viajes por el mundo les han permitido conocer. Me han escogido para ser el jefe de prensa de la segunda versión del festival. Llegué a este trabajo, el primero de mi vida, en noviembre de 1998, tres meses después de mi primer encuentro con don Gabriel.Fornier, el bailarín que pidió el autógrafo aquella noche, es uno de los discípulos de Restrepo y Delieuvin.

Ha pasado un año desde el primer festival. En aquella ocasión, don Gabriel aportó un cheque de diez mil dólares como colaboración, luego de una visita que le hicieron los coreógrafos al hotel donde acostumbra a jugar tenis. La noticia nos la dieron tan pronto llegaron a la oficina:

–Nos dijo que de inmediato iba a llamar a Carmen Balcellspara que autorice el cheque –nos contó en ese momento Álvaro con los ojos brillantes de emoción.

Salgo al otro patio a fumar. Contemplo los enormes almendros. El Nobel ha venido aquí en repetidas ocasiones a ver las instalaciones y a saludar a los pequeños bailarines del Grupo Piloto Experimental de El Colegio del Cuerpo, tal como ocurre esta tarde.

Lo veo aparecer acompañado de otros invitados y de su esposa. Esta vez no va de blanco. Tiene una camisa con cuatro bolsillos y un pantalón, un vestido azul de Prusia. Yo tenía uno igual cuando era niño. Al verlo, me veo a mí mismo el día que cumplí siete años. A su lado va doña Mercedes, quien según algunos es la culpable de buena parte de la obra de su esposo. Es más alta y robusta de lo que yo pensaba, incluso más alta que él.

Conocedor del interés que suscitan en García Márquez las pequeñas historias, Álvaro le cuenta a don Gabriel y sus acompañantes que uno de los vigilantes del lugar fuesorprendido alquilando los pasillos del segundo piso como residencia para amores de paso.

–Imagínese, maestro, lo que es la urgencia venérea.

–Ajá, ¿y quién te manda a ponerle “El Colegio del Cuerpo”? –responde el maestro y todos estallan en risas celebratorias.

En la pequeña sala de ensayo, los bailarines están a la expectativa. Los invitados se acomodan en sus sillas y comienza la función. De vez en cuando observo al Nobel. Aratos atento y otras veces cabeceando en su silla, parece uno de esos abuelos que toman la brisa de la tarde en una mecedora dispuesta en la terraza de alguna casa del Caribe. Esa misma sensación de indefensión, de camino andado, de nostalgia.

Al terminar la obra, el merecido aplauso de los asistentes saca a don Gabriel de su cabeceo con un sobresalto. Se encienden las luces y los organizadores piden su opinión al exclusivo grupo de invitados. El director de la compañía, mi jefe, presenta a cada uno de los bailarines y al equipo de trabajo del festival, incluyéndome.

Don Gabriel felicita a los bailarines por su desempeño y tenacidad. Uno de ellos, el más lanzado, pregunta:

–¿Cómo nos ve en relación con la vez pasada?

–Mucho peor –dice bromeando.

Todo el mundo suelta la carcajada.

–Y eso te pasa por preguntón –remata.

Álvaro agradece a los presentes, en especial a don Gabriel y a doña Mercedes. Y le pregunta si les podría firmar unos libros a los bailarines.

–Mientras no sean piratas, con mucho gusto.

Otra carcajada revienta en el recinto. Los chicos hacen fila, cada uno con dos y hasta tres ejemplares. Me voy corriendo a mi escritorio a sacar el ejemplar que estoy leyendo de El amor en los tiempos del cólera. 

–¿A quién se lo firmo?

–A Teresa, una amiga catalana que vive en el Portal de los Escribanos.

–¿Cómo va a ser eso?

–Así es.

“Para Teresa, en Cartagena”, firma con flor y todo. Meses después, al devolverle el libro a su dueña, tendré que explicarle que la firma es auténtica y la veré, conmovida, soltarse en un llanto inconsolable.

–Maestro, ¿recuerda la revista Ciclo?

–Claro, ¿en qué va eso?

–Ya salió la segunda edición. Del todo independiente.

–Si es independiente es mala.

Una vez finalizada la firma de libros, se despide de todos, muy agradecido por la ocasión. Cuando está por salir de la sala de ensayos lo abordo de nuevo.

–Maestro, ¿será que le puedo hacer una pregunta para un programa de la Alianza Francesa ?

–Ven acá –me dice tomándome del brazo–. ¿Tú te imaginas que yo le dijera que sí a todo el que quiere entrevistarme? No tendría vida.

–Lo entiendo, maestro. Muchas gracias.

–Ningún maestro, Gabriel.
III
Claustro de Santo Domingo, noviembre de 2004
Dos años después de la muerte de su hermana Carmen Rosa, me encontré de nuevo con don Gabriel. La ocasión fue el lanzamiento de la biografía del magnate venezolano Gustavo Cisneros. En ese momento yo trabajaba en la librería Ábaco, organizadora del lanzamiento, y era el encargado de atender la mesa de bienvenida, recibir a los invitados y obsequiarles el libro de Cisneros. La prensa había anunciado que García Márquez estaba en la ciudad y que quizás asistiría al evento.

La duda se disipó cuando vi aparecer una nube de periodistas en busca de una declaración. Don Gabriel, halado por doña Mercedes, intentaba seguirle el paso y hacerles el quite a los colegas.

–¿Por qué no entienden que él no es la estrella? Entrevisten a Gustavo –dijo ella visiblemente molesta.

–Buenas tardes, doña Mercedes.

–Buenas tardes, mijo.

Al terminar el evento, luego de la lectura del prólogo a cargo de Carlos Fuentes y de una conversación con el autor y el biografiado, los organizadores ofrecieron un coctel. A pesar de parecer muy sapo, quería aprovechar la ocasión para regalarle El poeta en el hotel, mi primer libro, que había publicado la misma semana en que salió su Memoria de mis putas tristes.

García Márquez estaba conversando con Carlos Fuentes y Tomás Eloy Martínez. Me acerqué a ellos. Saqué de la bolsa un par de libros y rápidamente repartí ejemplares firmados.

–Maestros, quiero regalarles mi primer libro –les dije.

–Muchas gracias –dijo don Gabriel.

–¡Qué bello título, Juan! –comentó Fuentes.

–Gracias. Espero que no solo el título le parezca bello.

–Eso espero yo también.

Don Gabriel recibió su ejemplar y observó la portada con nostalgia. No era el mismo. No hizo ningún comentario. Estaba como en otro sitio, en otro tiempo

–¿Se acuerda de mí? –le pregunté–. Yo escribí un reportaje sobre su hermana Carmen Rosa. A propósito, lo siento mucho.

–Gracias, mijo. Gracias por escribirlo.

–Gracias a ella. Y a usted, por leerlo, maestro.

–Ningún maestro, Gabriel.

–Gracias, don Gabriel.

–Gracias a ti, mijo.

Tres años antes de ese encuentro, cuando entregué mi tesis de grado titulada “La hija mayor del telegrafista”, decidí darle a conocer el reportaje a Jaime García Márquez, hermano del Nobel y en aquel entonces coordinador de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Don Jaime no solo leyó el texto completo sino que, emocionado, se lo envió a don Gabriel, vía fax, a México. Él lo recibió, página a página, del otro lado.

–¿Y cómo le pareció?

–Me hizo prometerle que no te contaría nada.

–¿Por qué?

–Porque si su opinión es favorable, te creces. Y si es desfavorable, te desinflas. Me pidió que te dijera que siguieras trabajando. Que siguieras escribiendo.

Eso recordaba yo aquella noche de noviembre. Y esperaba que don Gabriel dijera algo. Pero no. Ni una sola palabra. Carlos Fuentes y Tomás Eloy Martínez no entendían lo que pasaba. Les pedí permiso y me dirigí a la mesa. Había que seguir trabajando. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

Publicado originalmente en El Malpensante

julio 19, 2011

Última visita de Facundo Cabral a Bogotá


I

Mayo 20 de 2009. El profesor Gustavo Moncayo ingresa emocionado al ascensor del Hotel. Tiene cara de niño, a pesar de las cadenas con las que ha decidido andar por el mundo desde hace varios años. Su hijo Pablo Emilio aún está secuestrado, pero él está dichoso porque va a reencontrarse con uno de sus ídolos: el poeta y cantautor argentino Facundo Cabral.

II

Es mediodía apenas y ya el profe ya ha visitado tres embajadas (Venezuela, Brasil y Francia) en busca de la solidaridad de otros gobiernos con su causa por el acuerdo humanitario, que permita la liberación de los secuestrados a cargo de la guerrilla de las Farc, mediante una negociación puntual con el gobierno de Álvaro Uribe. La situación es difícil. Tensa. No se sabe mucho sobre Pablo Emilio, pero él ha querido convertir su lucha en la lucha por la libertad de todos. Lo acompañan su hija Yury Tatiana, su abogado y un amigo de confianza que hace las veces de fotógrafo. Todos van en el ascensor.

III

Al llegar al piso 17 el profe sale de primero, es recibido por el encargado del “Centro Ejecutivo”, quien lo saluda cortésmente y le solicita sentarse en un elegante sofá de cuero. El hombre saluda al resto de la comitiva, de la que también hacemos parte Adriana y yo. Ya acomodados,  llega a la pequeña sala el manager del maestro Facundo, quien saluda de mano a todos y dice: “Ya le aviso a Facundo”.

IV

El profesor Moncayo lleva puesta una chaqueta de explorador de color café, pantalones beige y zapatos tenis. Lo acompaña, además de las cadenas, un bastón de mando tipo indígena con algunas cintas. Yury Tatiana viste de beige, con una mochila de las kankuamas. Bromea con el abogado Julio Romero, vestido de paño negro y corbata roja, mientras hablan de un té de coca que le han traído al maestro Cabral. En la mesa de la sala hay un florero con rosas rosadas.

-          “Hoy ha sido un día muy fructífero”, dice el profe
-          “Llevamos apenas mediodía y ya tres embajadas”, dice Adriana
-          “Cuatro embajadas”, corrige el amigo fotógrafo, “con ésta”.
-          “¿Cuál ha sido la más receptiva de todas?”, pregunto.
-          “Venezuela”, responde el profe
-          “Pero eso no lo montes en YouTube”, dice sonriendo Yury Tatiana.
-          … “porque la temática con ellos da un poquito más de amplitud, en el sentido de que ya se venía trabajando un proyecto. Y hablar en sí del proyecto con el Embajador es muy diferente a hablar con un secretario o secretaria.”, aclara el profe.

Se sienten unos pasos. Todos volteamos a mirar a la puerta. Llega el encargado de la sala, seguido por el manager y por el Maestro.

V

Viste de jean, camiseta azul turquí, chaqueta de cuero café y sus reconocidas gafas redondas, color rojo oscuro. Su barba y pelo visten de blanco.

-          “¿Qué tal, viejo?”, saluda él.
-          “Buenas tardes, Maestro”, respondo.
-          “¿Dónde están?”, pregunta él, con problemas de ceguera.
-          “Hola, ¿cómo está?”, saluda Yury
-          “¿Qué tal?”, dice estrechando la mano del profe que sonríe encantado y no sabe qué decirle. “¿Tú estabas en el hotel?”, pregunta.
-          “No, no estábamos”, articula el profe. “Estábamos en las embajadas”
-          “¿Dónde se encontraron en Argentina”, ayuda el manager
-          “En el hotel, sí”, dicen el profe y su hija
-          “Tú vivías en el hotel donde yo vivo”, afirma Facundo
-          “Sí, ahí fuimos a visitarlo”, dice Yury. Él estrecha su mano.
-          “Si, me acuerdo. ¿Qué pasó? ¿No apareció el muchacho?”, pregunta
-          “No, todavía no”, responde el profe y lo invita a sentarse.

Él se apoya en su bastón color miel, da unos pasos y se sienta. El profe le pregunta si se conoce con el resto de la comitiva que lo acompaña. Saluda al abogado, luego dice “A ella sí” y saluda a Adriana. Me presento, estrecho su mano, luego el amigo fotógrafo. Se ayuda con el bastón, acomoda su chaqueta y se sienta.

-          “¿Y cómo le ha ido en el viaje?”, pregunta el profe.
-          “Bien, ya es el último viaje”, responde él. “Ya me retiro. Estoy muy afectado de salud. Los médicos no son muy optimistas.”
-          “Esto es buenísimo”, dice el Profe tomando la bolsa con el té de coca.
-          “No, pero ya no tomo nada”, lo interrumpe el Maestro. “Te agradezco, sabés por qué. Porque se siente con mucha claridad cuando se termina esto. Y yo estoy muy preparado para eso. Ya no tomo nada”, afirma con certeza.
-          “Es un producto colombiano”, insiste el Profe
-          “Te agradezco, pero no”, dice él.



VI

-          Té de coca
-          ¿Qué?
-          Té de coca se llama
-          ¿Para qué es?
-          Esto tiene muchos usos, por ejemplo para el soroche o mal de altura.
-          ¿Sabes que ahora me afecta en la vejez? Siempre que vengo tengo mucho mareo y sensación de que voy a empezar a tener fiebre
-          Eso es soroche
-          ¿Y con esto se va?
-         
-          ¿Esto es indígena?
-         
-          Una vez me trajo una señora algo que tomaba y me sacó eso. Tengo una sensación de fiebre acá en Bogotá, en Quito, en La Paz -que es altísimo-, en la Ciudad de México y en Toluca… yo pensaba que era otra cosa, gracias.
-          Y estas son galletas de coca.
-          ¿Galletas de coca?
-          Sí. Es un producto netamente indígena.
-          ¿Y esto cómo lo tomás?
-          En infusión, como el té.
-          ¿Es una bolsita?
-          Sí.
-          Gracias, yo pensaba que era un remedio.
-          Estos son obsequios para usted.
-          Gracias, eh. Muy amable.

VII

-          “Muchos recuerdos de mi esposa, de María Estela”, dice el profe.
-          “¿No es ella?”, dice él señalando a Adriana.
-          “No”, dice el profe. Todos reímos por la confusión. “Mi esposa vive en Sandoná. ¿Recuerda que usted le dio una serenata por celular?”
-          “Sí”, responde.
-          “Usted le cantó esa vez ‘No soy de aquí, ni soy de allá’”, recuerda el profe
-          “Ah sí”, recuerda él.
-          “Que muchos recuerdos…”
-          “Sí. ¿Cuánto lleva lo de tu hijo?”, pregunta preocupado.
-          “Ya once años y cinco meses, los cumple mañana”, responde el profe mientras se saca un celular del bolsillo de la chaqueta.
-          “¡Qué bárbaro!”, dice angustiado. “Es de las cosas que te dejan sin ningún tipo de comentario. Es tan terrible apropiarse…”, afirma con su mano izquierda sobre el mango del bastón.
-          “Mañana es una fecha muy significativa, porque nosotros cumplimos 31 años de casados”, dice el profe esperando que su esposa le conteste al celular. “Estelita, te voy a pasar a un amigo mío”, afirma.
-          “Cuando nosotros recordamos”, dice el Maestro al celular, “es cuando realmente estamos con el otro. Porque por ejemplo, mi hija y mi mujer murieron en el 78 y siguen estando. Están más presente conmigo que la gente que tengo alrededor en los aviones…eh”
-          “María Estela”, dice el profe
-          “No sé por qué le digo esto, señora, pero creo que es así. Porque claro lo mío fue más… bueno, fue una muerte natural, un accidente. Yo sé que lo suyo es más incomprensible, pero…”, hace una pausa, escuchando a la esposa del profe. “Y más para usted, para la madre. Nosotros nunca vamos a sentir tanto como siente una madre… Sí. Yo cuando me encuentro con la madre de mi mujer, ella habla de la hija como si estuviera presente y del 78 acá pasaron… 31 años. Y para mi es igual, yo le sigo escribiendo canciones. Yo le sigo escribiendo canciones. El amor es eterno, nosotros dejamos de ver, no de sentir. Yo no lo veo a Jesús, lo siento permanentemente en cualquier acto. Yo no lo veo a Dios y lo siento en todas las cosas que están alrededor…”. El profe sonríe, complacido, mientras echa azúcar en el café que ha traído una empleada del hotel. “Los ojos son sólo para ver, el sentimiento es Vida”, continúa el Maestro. “Los ojos están de paso, porque son un hecho físico. Y el sentimiento es eterno, porque no tiene forma física…”, hace una pausa. “Bueno, le mando un abrazo, señora… Gracias”, le pasa el celular al profe. Voltea a preguntar: “¿Y usté a qué se dedica?”
-          “Yo soy abogado y soy músico”, dice el señor Julio Romero. “Hago música colombiana, folclórica”
-          “Somos músicos, después hablamos”, dice él como si nadie lo supiera.
-          “A mi si me pusieron a estudiar Derecho, no me dejaron ser sólo músico”, reprocha el abogado
-          “Hacer Música es una manera de orar”, dice el Maestro. “La Música me lleva fácilmente a Dios, me pone en otro estado, me hace mejor persona.”
-          “Por eso Juan XXII dijo que por todo el mundo hay que rezar, pero por los músicos había que orar”, entona el abogado.
-          “¿Quién dijo eso”, pregunta él
-          “Juan XXIII”, precisa el abogado.
-          “Tagore decía que cuando el hombre trabaja, Dios lo respeta, pero cuando el hombre canta, Dios lo ama. En la India dicen que una canción vale por dos oraciones… Sí, yo canto esta noche en el Teatro y es una vibración que se siente en todo el esqueleto y en toda la gente.”

VIII

-          Mañana se cumplen once años y cinco meses del secuestro de Pablo Emilio y 31 años del matrimonio con mi esposa.
-          Es decir que fue el mismo día.
-          No, por fecha, fue también un 21. El 21 es un número muy significativo para nosotros. El 21 de diciembre de 1997 secuestraron a Pablo Emilio y el 21 de mayo de 1978, la pareja conformada por Gustavo Moncayo Rincón y María Estela Cabrera celebró las nupcias. Nos casamos un día sábado.
-          Pero no tienen ningún dato de dónde está.
-          No. Se sabe que las Farc liberan a Pablo Emilio unilateralmente.
-          ¿Cómo?
-          Lo van a liberar unilateralmente.
-          ¿Cómo unilateralmente?
-          Pues la guerrilla dice que va a liberar a Pablo Emilio, pero si estamos presentes la senadora Piedad Córdoba y yo. Y el gobierno dice que sólo autoriza que estén presentes la Cruz Roja Internacional y la Iglesia.
-          Es increíble además que imponen condiciones. Eso es increíble.
-          “Por una parte se imponen condiciones y por otra parte hay una negligencia total”, interviene el abogado.
-          Es muy difícil la liberación por cuanto el gobierno da la orden de rescate militar. Entonces todo el Ejército está avanzando, están bombardeando. Van por tierra, van por agua y van por aire. Entonces, al sacar a Pablo Emilio no lo pueden entregar en cualquier población. Y la guerrilla, para curarse en salud, dice que lo van a entregar a una comisión integrada por la senadora Piedad Córdoba y por mi, eso es lo que están pidiendo ellos. El gobierno dice que no acepta que vayan ellos, que vaya únicamente Cruz Roja Internacional y la Iglesia.
-          ¿Su hijo es militar?
-          Sí, él es militar. En ese problema estamos en el momento. Interpusimos una acción de tutela por la violación del Derecho a la Vida y la Igualdad.
-          Si, pero si quisieran soltarlo, ya lo habrían hecho. Están dando muchas vueltas, es la verdad. No tendrían por qué poner tantas condiciones.
-          Pero es muy difícil.
-          Bueno, les deseo lo mejor. Que lo liberen pronto a su hijo. Encantado de verlos. Los espero esta noche en el concierto.
-          Muchas gracias, Maestro.
-          Gracias a ustedes.

IX

Esa noche, entre el auditorio repleto, estaban el padre y una de las hermanas de Pablo Emilio. Deseando que él estuviera presente escuchando al Maestro Facundo Cabral. Él, como acostumbraba, con sus inseparables cadenas. Ella, emocionada de escuchar al cantautor. Ambos celebraron sus canciones, sus divertidos y sabios comentarios entre un tema y otro. Fue el último recital que el maestro argentino ofreció en Bogotá. Al final del concierto, fueron nuevamente a saludarle y agradecerle por su conversación del mediodía.

X

Exactamente diez meses y diez días después, fue liberado Pablo Emilio en medio del júbilo nacional. Pero esa historia, ya se conoce.

julio 12, 2011

Desnuda



Desnuda eres tan simple
Como una de tus manos
Lisa
Terrestre
Mínima
Redonda
Transparente
Tienes líneas de luna
Caminos de manzana

Desnuda
Eres delgada
Como el trigo desnudo

Desnuda eres azul
Como la noche en Cuba
Tienes enredareras y estrellas
En el pelo

Desnuda eres enorme
Y amarilla
Como el verano
En una Iglesia de Oro

Desnuda eres pequeña
Como una de tus uñas
Curva
Sutil
Rosada

Hasta que nace el día
Y te metes en el largo subterráneo del mundo
Como en un largo túnel de trajes y trabajos

Tu claridad se apaga
Se viste
Se deshoja
Y, otra vez, vuelve a ser
Una mano

Desnuda

Pablo Neruda (1904-1973)

julio 09, 2011

Gracias al Maestro Facundo Cabral


A propósito del vil asesinato del gran maestro de la canción Facundo Cabral, ocurrido hoy en Guatemala, comparto con ustedes tres textos de su bello libro “Los papeles de Facundo Cabral 1” y cinco fotos de su último recital en Bogotá, ocurrido el 20 de mayo de 2009:



No hay mejor liberal que un socialista tímido, ni hombre más inteligente que el marxista que dejó de serlo. Un marxista, sin la limitación del dogma, tiene más información intelectual que cualquiera, por eso nunca gana (en una sociedad de consumo, a la victoria la decide la estadística, no la inteligencia. Y los inteligentes son pocos, por eso se escucha a Michael Jackson, no a Debusssy, por eso yo trabajo más que Yupanqui).

No hay que pensar, porque el que piensa, a lo sumo, llega segundo (Fellini nunca llevará tanta gente como Stallone). No hay que pensar, sólo hay que madrugar, por eso los hermanos judíos nos llevan ventaja en todo. Hasta empiezan el año antes que nosotros.

Yo me crié con judíos, por lo menos intelectualmente, es más, soy un verdadero judío errante. Admiro su capacidad de trabajo, su inteligencia, su sentido de la comunidad, pero hay una cosa que jamás les perdonaré: la injusticia de que un hombre tan feo como Woody Allen le haya hecho un hijo a una mujer tan bella como Mia Farrow.


Yo vengo de todo el mundo
Vengo de toda la gente
De la magia del pasado
Y la furia del presente

Yo vengo de la alegría
Vengo de la libertad
Del hijo del carpintero
Y del padre de la mar

En mi corazón cristiano
Suenan voces musulmanas
Hay budistas y judíos
En mi sangre y en mi alma

Mi sombrero es cordobés
Y mis botas son tejanas
Mi guitarra es japonesa
Y mi canción mexicana

Todo lo que te sucede
Pasa por mi corazón
Vos y yo somos lo mismo
Todas las cosas son Dios

Una vez estuve cerca
Y otras veces me perdí
No es casual que me suceda
Lo que te sucede a ti

Para arriba y para abajo
Caminé por tu país
Bella tierna y bella gente
Con la que yo soy feliz

Te traigo buenas noticias
Por eso vengo a tu pueblo
Dios espera que en la Tierra
Los hombres nos encontremos



-          ¿Qué es lo más desdichado?, le pregunté al derviche en las afueras de Teherán
-          No encontrarle sentido a la vida, me dijo
-          ¿Qué hace el hombre maduro?
-          Aceptar que todo termine siendo una monotonía, pero también gozar la diversidad de las reiteraciones. El hombre maduro, ante todo, espera. Privilegio del que ha superado a la ansiedad.
-          ¿A dónde le gusta vivir?
-          Por ahora aquí, no podemos ser descorteses con el ahora y aquí que nos eligió Dios. Sería bueno que mañana quiera vivir donde esté, al fin y al cabo el mundo está en uno.
-          ¿Qué le gusta pensar?
-          Que siempre habrá otra oportunidad.
-          ¿Qué es lo que más le agrada?
-          Ver cómo se renueva la Naturaleza, que no pierde tiempo con la cultura que se le opone, que hace trampas para evitarla.


julio 03, 2011

Jiovanna Osorio Jácome: La Maravillosa Realidad del Tal Vez

Rain

I

Érase una vez una princesita que toma un pincel en la mano a los tres años. Está en la guardería “La Pulguita” de Manga. Huele a témpera. Sus papás la llevaron allí por necia.  En la guardería la ponen a jugar al Príncipe y a la Princesa. “De ahí viene el trauma”, dice ella ahora, entre carcajadas. Ella nunca fue la Princesa, pero le gustaba el niño que hacía de Príncipe. Se llamaba Benjamín.


Violet Kiss

II

Lo del Príncipe y la Princesa ha estado desde siempre en su vida. Desde que comenzó a escribir, también. De niña le gustaban los cuentos y películas, porque sus papás tenían una tienda de alquiler de video. Especialmente las de Pedrito Fernández y los musicales. A los seis años su mamá, Merly Jácome, la llevó a cine. “Salsa” fue la escogida. Allí, en medio de las butacas y la oscuridad, se dio cuenta que sería bailarina.

Chicken Face

III

“Muñequita linda, de cabellos de oro, de dientes de perla, y labios de rubí. Yo te quiero a ti”, le cantaba su abuelito Abel en la hamaca, para dormirla cuando llegaba de la escuela. “Siempre iba disfrazada donde mi abuelo, le pedía plata para comprar Barbie´s. Tenía muchas. Incluso una vez hice un matrimonio de la Barbie con Kent e invité a todas mis amigas del salón. Todo el mundo llegó con su regalo”, narra con picardía infantil.


Autorretrato


IV

Ingresó a la academia de Betty Taylor. Hacían presentaciones todos los años en el Centro de Convenciones. Casi todo era baile flamenco. “Todavía uso esa música cuando estoy pintando. Taconeo y todo”. Siempre fue inquieta: pintaba, bailaba, jugaba básquetbol. Le encantó ver “Flash Dance”. La vio muchas veces. Se ponía a bailar frente a la tele. Poco tiempo después comenzó a escribir obras de teatro y musicales, mientras estudiaba el bachillerato en el Colegio Eucarístico.


En la entrada de Minimal Arte

V

A los once años una vecina diseñadora de modas la convenció de participar en un desfile en la zona social del edificio en el que vivía. Le pagó ochenta mil pesos. “Era flaca y alta, por eso me escogieron. Mido 1.70 desde esa edad”, cuenta con un poco de nostalgia porque los chicos de su edad no la sacaban a bailar. Incluso se medían con ella, para confirmar lo evidente.

A otro lugar


VI

Fue modelo durante todo el bachillerato. Faltaba a clases, sin que eso representara un problema para su familia. Padre y Madre la entendían, la patrocinaban, la complacían. En ese período también hizo gimnasia olímpica, danza con cintas y patinaje. La pintura siempre fue un goce para ella, al igual que escribir. Ella y su amiga Mónica Ropaín se sentaban a hacerles las cartas de amor a sus amigas enamoradas. Muchos de los destinatarios nunca lo supieron. Hasta hoy.


Golondrina

VII

Al terminar el bachillerato tenía muchas posibilidades para escoger. Eso la mantuvo indecisa algún tiempo, pero seguía trabajando. Dos días antes de cumplir los 20 años conoció el amor, en forma de hombre. Con él se reunían a pintar. Jugando hacían cuadros “para adornar la casa”. La gente a su alrededor se comenzó a antojar y a pedirle cuadros. Ingresó a estudiar Comunicación Social en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Seguía de Modelo y comenzó a hacer Fotografía y Dirección de Arte. Trabajó con Antonio Flores, Roberto Granger y otros fotógrafos de la ciudad. Se compró una cámara y comenzó haciendo books para otras modelos. En sus fotos se encargaba del vestuario, maquillaje y locaciones. Pero sentía que, para seguir avanzando, debía irse a Bogotá. Dejó la universidad. Y dio el salto.

La Dama Rosa

VIII

Llegó a la capital siendo modelo de pasarela. Alcanzó a modelar con Hernán Zajar, pero no le gustó el ambiente. Estaba acostumbrada a una vida muy sana y provinciana en su ciudad natal. Y en Bogotá descubrió que no todo el mundo tenía buenas intenciones con las modelos. El novio la fue a buscar y la trajo de vuelta a Cartagena. Volvió a los estudios, pero sobre todo aprendió con él. Se volvió casi arquitecta. Era feliz, pero volvió a sentir ganas de abandonar la ciudad. Y se fue a Bogotá, de nuevo.

Septiembre


IX

Nunca ha mandado una hoja de vida, pero siempre ha tenido trabajos como freelance. Tiene su propio portafolio como fotógrafa, maquilladora y directora de arte. Abandonó el modelaje por hacer su proyecto personal de artista. Sus obras las ha trabajado en el tiempo real en el que le suceden sus propias historias. “La idea de esto es hacer tangible lo intangible”, afirma. Hace tres años comenzó a investigar sobre los videos, música y telenovelas de los años ochenta y noventa. A buscar su estética personal en esos años. Y descubrió que Robi Draco Rosa es uno de sus amores platónicos desde pequeña. Desde que lo vio bailando en aquella remota película de la infancia: “Salsa”.

Sábado

X

Pinta para hacer realidad el sueño. Su más reciente exposición se titula “La Maravillosa Realidad del Tal Vez” y se puede ver en la Galería Minimal de Bogotá (Calle 57 Cra 4 Esquina) hasta el 22 de julio. “Yo quise comprobarme mi propio sueño. Saber que se puede. Trato de llevar mis pasiones a los pulmones. Que sean mi propia respiración. Por eso escribo, también. Esta es mi película”.

Los Dos Lados de Mi Cama


XI

Su obra más reciente está inspirada en sus historias de amor. “No te estoy hablando de un tipo. En casa me enseñaron el amor por las personas, pero también por las plantas y los animales. Por la vida. Todos los hombres que he conocido, para mí han sido Príncipes…”, dice, tomando una bocanada de humo. “… aunque ellos no lo sepan”, concluye. Se ve dentro de diez años escribiendo un libro, en Cartagena, frente a la playa. “Me estoy viendo ahora como me vi hace algún tiempo. Los sueños se hacen realidad”

Rebeka

Futuro Indicativo
(Texto que acompaña a “Rebeka”)

Y me dije a mi misma: mí misma
Si no han de servir los hombres
Para que el presente sea perfecto
Conjugarlos de cuando en cuando
En presentes simples
Ayudaría a convertirlos
En pasado pluscuamperfecto
Y así, servirán al conjugar
El futuro indicativo

El futuro indicativo se usa para:
-Describir acciones futuras
-Formar preguntas retóricas y de probabilidad en el presente
-Indicar determinación o seguridad en el futuro