enero 17, 2011

Desde San Andrés de Sotavento



Visitando a los Reyes de la Educación

Por Juan Carlos Ensuncho Bárcena

El pueblo de calles apacibles, gente buena, está radiante. La luz del seis de enero lo rodea de una atmósfera bienaventurada. El tiempo pareciera estar detenido hace siglos. Sin embargo, en una de sus esquinas hay una casa con una familia en su interior.

“La educación es una carrera ingrata”, dice don José Miguel, sentado en una mecedora. “Los adultos muchas veces desconocen las labores del maestro. Hay jóvenes que pasan por donde uno y ni siquiera lo saludan. Hay que ser grato”. Tiene 84 años y fundó, hace más de medio siglo, el Instituto San Andrés, “colegio particular” en el que se formaron dos generaciones de ciudadanos. Junto a Rosa María Pérez tuvo 4 hijos que le dieron 8 nietos que, a su vez, le han dado dos biznietos.



Tiene la voz de un patriarca, habla pausado, destella sabiduría. “Un colegio sin auxilios no funciona bien. Y en mi caso tuve mucho auxilio nacional y departamental. Casi todos los senadores del departamento me ayudaron, porque la mayoría de los estudiantes eran becados”.

San Andrés de Sotavento es de origen indígena y se cree que el primer poblado fue fundado por el cacique Mexión, esposo de Manexca, los padres mitológicos de la etnia Zenú. El territorio era habitado por indígenas Zenú venidos de Betancí, quienes fueron organizados en sucesivas encomiendas por Rodrigo Méndez de Montalvo y su hijo Andrés, quien lo bautizó como San Andrés de Picchirroy el 30 de noviembre de 1600. El marqués Andrés Méndez de Montalvo tuvo una hija a la que llamó Ana y esta a su vez tuvo dentro de su descendencia al Marqués de Villa Alta quien conformó el Resguardo Indígena de San Andrés de Sotavento, autorizado por la Real Corona en 1773.



Según el más reciente censo, el municipio tiene 38.368 habitantes (Zona urbana: 8.541 y Zona Rural: 29.827). El Instituto San Andrés ya no existe, pero en la actualidad ocupan su lugar 12 Colegios en los que hay 10.426 estudiantes oficiales. San Andrés de Sotavento está situado en las sabanas de Córdoba, a salvo de cualquier inundación. Al contrario, por estos lados escasea el agua. Para gozar del bendito líquido, cada casa debe tener una alberca y tanques almacenadores para distribuirlo por los baños y la cocina. Tal como la casa paterna de los Montes Álvarez que Don José Miguel visita a menudo, tras haber enviudado en marzo de 2006, después de 52 años de matrimonio.

Allí se encuentra con su hermano Medardo y con sus hermanas María Auxiliadora, Bella y María Micaela, esta última conocida familiarmente como “Calo”. Su hermano Julio pasa de vez en vez a saludarles, también. El hogar de los Montes Álvarez ha sido ejemplo para los sanandresanos. Producto del amor y de la fe, Doña Emérita Álvarez y Don Dionisio Montes tuvieron en total ocho hijos, de los cuales les sobreviven seis. “Tuvimos una hermana que murió a los dos meses de nacida y un hermano llamado Dionisio que murió hace algunos años”, dice don  Medardo sentado en su mecedora.



Dueño de un humor estupendo, don Medardo está muy feliz por estos días gracias a la visita de su hija Dalis que vive en Bogotá. Familiarmente conocida como “la nena”, vino a pasar el fin de año con su padre. Su esposo Víctor estuvo en su casa paterna de Tunja pasando el fin de año y llegó hace unos días a San Andrés, en compañía de un primo.

Ahora están todos sentados en la sala, despidiendo la navidad, conversando de recuerdos gratos y dando gracias por el nuevo año. Mientras tanto, María Auxiliadora está pendiente del almacén. De baja estatura y mirada transparente, Mayo es la mayor de todos. Nació el 3 de noviembre de 1924 y trabajó más de veinte años en el Instituto San Andrés de su hermano José. Se jubiló en 1973. “Desde entonces estoy dedicada al hogar de la casa, ayudando a los sobrinos y a todos. Yo auxilio a los desamparados”, dice con humildad.



Su generosidad infinita ha sido premiada con una vejez tranquila, feliz y sonriente. Además con buen salud. “Tuve una fractura de cadera hace 4 años en Cartagena. Estuve dos meses hospitalizada porque me operaron dos veces. Me tuvieron que traer en ambulancia, pero ya estoy recuperada. Gracias a Dios y a la Virgen. Y al médico que me dijo: “No se enchoche en la casa, porque ahí se tulle”. Por eso voy a la Iglesia y ando por todas partes, sin problema”.



Como ahora que se levanta a atender a una clienta que compra algunos artículos para matrimonio. El “Almacén Bella” está situado justo al lado de la casa y se comunica con esta por medio de dos puertas. Es propiedad de su hermana Bella, pero María Auxiliadora lo atiende desde hace tres días porque Bella está en Montería. Pero hoy viene, también. “Ella es la que compra. La que hace sus pedidos a los viajeros. Yo no pido. Yo vendo”. Mira por la puerta y recuerda a su madre, quien comenzó en el negocio con una miscelánea de víveres y abarrotes.  Las tres hijas de Doña Emérita han dedicado sus vidas a la educación, al almacén familiar y a los sobrinos, porque – a diferencia de sus hermanos - nunca se casaron.

En la sala, en un pesebre blanco de porcelana, la presencia de los Reyes Magos bendice el día. Y el siglo. 

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