enero 09, 2011

Así es la corraleja… desde afuera



Por Juan Carlos Ensuncho Bárcena

Es el último día de las fiestas y el primero del año laboral. El pueblo está poco a poco recuperando su ritmo cotidiano. Las calles se prestan para saludar y desear prosperidad a los vecinos.

Los empleados han regresado a sus oficinas, luego de celebrar el fin de año. Es un momento propicio para que los abuelos se sienten a leer a la sombra de un árbol, en la puerta de la casa. Lo sabe bien Santander Suárez, quien hoy está leyendo “Bocetos de música y corraleja en el pueblo más feliz del mundo”, del sociólogo Henry Huertas Arrieta.



Mientras Santander lee en la silenciosa compañía de su familia, en los alrededores de la corraleja Eleazar Hoyos, más conocido como “Huguito”, vende jugo de naranjas. Él trabaja todos los días cerca del monumento a la Virgen de la Calle Larga, pero aprovecha los días de corralejas para vender el doble. Trabaja en esto desde que tenía 25, han pasado 17 años desde entonces. No tiene hijos ni mujer, pero con su trabajo ayuda a sostener a sus padres y a dos hermanas. Sus naranjas las hace traer desde Sincelejo, donde llegan procedentes de Medellín. Al preguntársele si las fiestas son algo especial para él, contesta sin titubeos: “Pa mí es la misma cosa”.



Al lado del puesto de Eleazar, Juvenal Martínez espera paciente la llegada de algún comprador de pan. Nació hace 52 años en Chinú, Córdoba. Comenzó en éste trabajo hace poco y lo dejó durante tres años “porque estaba aburrido”. Pero después volvió. De eso hace ya tres años. Hace algunos días llegó al pueblo procedente de Sampués. “De aquí arranco pa Caimito”, hace alusión a las corralejas de este pueblo vecino que comienzan al día siguiente. Juvenal no tiene hijos, no se ha casado. En su familia son diecisiete hermanos, de los cuales él le ayuda a una hermana. Él compra en San Marcos los panes y los multiplica en su mesa, poniéndolos a la venta. Vende panocha, pan largo y bocadillos. “Todo a mil”, recuerda.



Frente a la mesa de Juvenal se encuentra Rodrigo Ricardo, sanmarquero de veintidós años. Lleva cuatro en el negocio. Él es un andante con moto, es decir, un mototaxista. De los cuales hay un grupo grande a lado y lado del camino, organizados como en calle de honor. “Competencia sí tenemos, pero siempre se rebusca uno para sobrevivir”. Tiene un hijo de dos años, llamado Rafael Rodrigo. “Me robé a la mamá de mi hijo hace 6 meses. Tuve que ir hasta Ciénaga Nueva a buscarla en la moto”. Luce en la cabeza una gorra de New York y un rosario blanco en el pecho. Al lado suyo, un compañero de trabajo, Abel Bueno, precisa lo del rapto: “La mujer de él es hermana de un mototaxista. Él se la sacó de su casa”. Abel habla sobre un suceso que ocurrió la noche del 27: “Dicen que mataron a un hombre que estaba en un picó. Que le dieron cuatro balazos. Dicen”. En esas está cuando recibe un papel que le regala un hombre que trabaja repartiendo volantes sobre una academia de seguridad que promociona cursos de escolta y manejo de armas. Invita a la población de ambos sexos a no perderse esta oportunidad.



Mientras Abel conversa con Rodrigo sobre los sucesos más recientes de la comarca, María Segura bate la masa del producto que vende. Ella nació en Planeta Rica, Córdoba, hace 39 años. Tiene 3 hijos, el menor de ellos con Manuel González, su compañero de lucha, día a día. Ambos han llegado desde Montelíbano y también siguen para Caimito. Él comenzó en el negocio, ella se le unió. Ahora tienen un hijo de 7 años llamado Elías. ¿Y qué es lo que venden? Un producto indispensable en cualquier corraleja: “El propio muslo de pollo”.  De salchicha, queso y de bocadillo, es uno de los manjares que deleitan el paladar de los espectadores de la faena.



Mientras Manuel y María atienden a un cliente que ha llegado hambriento, Jairo Enamorado echa la carne en la brasa. Nacido en Pueblo Nuevo hace 56 años, lleva a su pueblo de fiesta en fiesta en la “Llanera Pueblo Nuevo” donde trabaja desde hace 20. Tiene dos hijos y 3 nietas. “Uno se dedica solamente a trabajar. A uno no le da tiempo de gozar la fiesta. Solamente salimos a trabajar. Si la fiesta se acaba hoy, ya mañana coge camino uno pa la casa”. Jairo trabajó el 31 de diciembre, por lo tanto tiene derecho a unos días de descanso mientras carga baterías para ir a las fiestas del 20 de enero en Sincelejo.

Henry Huertas Arrieta, autor del libro de marras, considera que este renglón de la economía informal puede estar moviendo una cifra que oscila entre 80 y 120 millones de pesos, durante cada temporada. "Aproximadamente 300 personas obtienen su sustento de este negocio”, dice el sociólogo.



Al lado de la llanera de Jairo, un hombre corneado en la pierna es sostenido por dos de sus amigos. “Esa herida está para trabajarla”, dice Henry. Y se refiere a la posibilidad que tiene este hombre de sacarle provecho a su herida. Quizá suba más tarde a los palcos para pedir dinero a los piadosos que han pagado para verlo sufrir. Y con el dinero recogido a lo mejor le dará beneficio a su familia.



Ese hombre y sus dos amigos pasan cerca de Antonio Medina, el vendedor de sombreros. Tiene 43 años, nació en Apartadó (Antioquia), donde tiene a su mujer y una hija de 6 años a quienes ve una vez al mes. “Estoy en San Marcos desde el 17 de diciembre. Es difícil estar fuera de casa tanto tiempo, pero lo hago porque quiero que mi hija estudie y sea profesional. Es lo que aspira uno. Vea donde trabaja el papá por no haber estudiado”, afirma. Los sombreros que vende los compra en Medellín, Santa Rosa, Aguadas, Tuluá y, por supuesto, en Tuchín.



Al lado de Antonio está Dagoberto Pérez, también de 43. Llegó de Sincelejo, su patria chica. Lleva más de 20 años en su negocio de vendedor de gafas. “Uno tiene que trabajar en esto, porque esto está malo”, dice al referirse a la situación económica del país. Vive en Sincelejo con su señora y 3 hijos pequeños. Pero tiene uno de diecinueve que vive en Medellín. “Llegué el 27 a San Marcos, mañana me voy para Sincelejo. Allí espero las fiestas del Dulce Nombre”, asegura.



Dagoberto es observado por Henry, autor de dos libros y profesor de secundaria en el pueblo. En la actualidad cursa una Maestría en Desarrollo Social en la Universidad del Norte. El profesor Huertas bien sabe lo que dice cuando afirma: “Una corraleja es un lugar donde se juega y se gana la Vida”.

Y ahora entiendo por qué la Plaza de Madrid se llama Las Ventas.


Publicada en El Heraldo de Barranquilla, el domingo 9 de enero de 2011: http://www.elheraldo.co/region/asi-es-la-corraleja-desde-afuera

1 comentario:

Dulcamarum dijo...

Excelente, mi hermano. ¡Felicitaciones!
Aaah, si me das permiso, coloco un link de blog en el mío.
Un abrazo.