diciembre 03, 2010

Huele a Piña




Por Juan Carlos Ensuncho Bárcena


En el pueblo de San Marcos del Carate, en el caribe colombiano, nos reconocemos por la música que oímos.

A la inmensa mayoría nos gusta la música popular, la amamos y defendemos. Encabeza el amplio listado de géneros, El Porro, Nuestro Rey, del cual disfrutamos desde antes de nacer. Otra importante mayoría gustan de la música de acordeón y de su mamá, La Cumbia. Otros, pocos, disfrutamos de los placeres de la música comúnmente conocida como clásica que no es otra que la música académica o formal.

Hemos dicho en otras ocasiones que, incluso somos cuna del porro sin temor a equivocarnos. A pesar de que el pueblo de San Pelayo, se ha autodenominado de esa forma, igual derecho tenemos los hijos de San Marcos del Carate, de llamarnos así; habida cuenta de que es precisamente un escritor sanmarquero nacido en Alsacia (Francia), Luis Striffler, el encargado de nombrar por vez primera nuestras fiestas en corralejas en honor de Santa Bárbara, celebradas el 4 de diciembre de cada año desde principios del siglo XIX. Y, justamente esta tradición festiva, heredada de la península ibérica, es la tierra fértil en la que nace El Porro, tal como lo conocemos hoy día.

Cuenta la tradición que primero fueron los instrumentos indígenas Zenú los que sirvieron de herramienta al Porro, pero que, al aparecer el ruedo vernáculo se hacía necesaria una mayor proyección sonora; por lo cual los músicos de entonces decidieron emplear los instrumentos propios de las bandas marciales, tan presentes en nuestra historia decimonónica. Este es el origen de la banda de vientos que conocemos hoy en nuestros pueblos.

En los albores del siglo XX, llegó a San Marcos, motivado por el progreso que irradiaba como puerto fluvial, un maestro de música momposino, con la intención de formar una banda. Tal proyecto lo llevó a consultar entre los hacendados del pueblo, quienes se mostraron muy complacidos con la idea y de inmediato lo apoyaron con recursos para comprar una nueva instrumentación, digna de sus enseñanzas. Fue así como nació la legendaria Banda San José, que tuvo entre sus alumnos más destacados al maestro Juan de la Cruz Piña.

Hablar de Juan de la Cruz Piña es hablar de un patriarca musical como ningún otro en la historia musical del caribe colombiano. Luego de aprender del momposino, el maestro Juan de la Cruz decide formar con sus hijos su propio proyecto: “Juan Piña y sus muchachos” que dio a luz en 1962 un disco titulado “Abran Rueda”, grabado en la legendaria disquera Fuentes de Medellín. En ese disco podemos escuchar la primigenia voz de un niño que, mucho tiempo después, daría mucho de qué bailar y gozar al pueblo colombiano: Juan Piña. A la edad de 8 años entraba de la mano de su propio padre en el mundo discográfico.

Hoy, casi cincuenta años después, seguimos celebrando ese primer disco y su larga trayectoria como intérprete vocal de decenas de temas que hacen parte del cancionero tropical latinoamericano: El Emigrante Latino, La Patizamba, La Rama del Tamarindo, La Canillona, La Luna de Barranquilla, El Emigrante Latino, El Machín, Golero Desconfiao, La Tumbacatre, El Amor Amor, El Polvorete, Graciela, Baila Simón y otras tantas que hacen a cualquier sanmarquero del mundo llenar su pecho y gritar, hondamente: ¡Qué viva mi pueblo! ¡Viva San Marcos!

Por esta y otras tantas razones, celebramos la aparición del libro de Fausto Pérez Villarreal: “Juan Piña, al fondo de su alma”. Porque nadie como Juancho logra unirnos alrededor de nuestra propia y alegre nostalgia.

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