septiembre 10, 2009

Palabras de Clausura Festicine Panamá 2009


El martes pasado, en pleno vuelo, escribí un poema:

Sobrevuelo el Darién
Nubes blancas de marfil
Sobre el verde monte de raíz
Infinito el horizonte
Sin fronteras

Desde el aire
Es de poco valor
La política que divide

Vamos en pos
De un cine que hermane

Es hora de que el Tiempo
Sea Arte

-Septiembre 1 de 2009-

Estos cinco días que han pasado desde entonces han sido una comprobación continua y constante de aquellas palabras. Nunca pensé que me iba a sentir tan reflejado en los rostros, miradas y gestos de todos ustedes, pero fue así. Y nos es gratuito: tenemos un origen común, más allá de las fronteras.

Razón tuvieron los patriarcas que consolidaron la Independencia de Panamá, pues no es difícil imaginar el estado de abandono al que Bogotá tenía condenada a “la provincia” de Panamá. Lamentablemente los encumbrados gobernantes de esa época nunca vieron el enorme valor estratégico que tenía esa “provincia de tierra caliente” como seguro la llamaron en su momento.

Hoy por hoy yo me atrevería a decir que es la ciudad más estratégica de América y la segunda ciudad global del continente, junto a Nueva York. Aquí he visto fugazmente que convive el mundo del sur con el del norte, el oriente con el occidente. No es difícil encontrar las mezquitas musulmanas, ni las pagodas budistas, ni las sinagogas judías, todas con numerosos fieles. Rascacielos inmensos de inmigrantes chinos y japoneses, situados al lado de edificios de inmigrantes españoles, colombianos o argentinos. Por citar tan solo unos pocos.

Panamá es lugar de encuentro, es cruce de caminos del mundo globalizado. Por eso creo que este Festival está destinado a ser el más importante de América, por su ubicación estratégica, por la infraestructura hotelera y aeroportuaria. Y, además, porque en Ciudad de Panamá se pueden practicar diversas formas del turismo: ecológico, de aventuras, de playa, de compras y de casino.

Todo esto ha surgido de la visión de una mujer entrañable y maravillosa, que, a pesar de su origen cubano, se siente la más panameña de todas las mujeres. Hablo de la ilustre guionista y cineasta Gloria Pedroso Garriga, a quien agradezco enormemente la invitación al Festival y para quien solicito un fuerte aplauso

A “la profe”, como le decimos cariñosamente, le debo el estreno de mi pasaporte, pues jamás había salido de mi país. Ahora, que he cruzado por primera vez la frontera. Ahora que las hojas de mi pasaporte han perdido su virginidad, puedo comprobar lo que intuía: que las banderas, los himnos y los escudos, están hechos para separar lo inseparable: somos el mismo pueblo de un lado y de otro. Todos venimos de la misma Matria, somos todos hijos de la Madre Tierra. Tarde o temprano las fronteras pasarán a hacer parte de la historia.

Antes, el Festival Interoceánico de Cine de Panamá habrá nacido de las entrañas del presente Festival Internacional de Cine y Video Documental “Imagen y Sonido Latino en Panamá”. Ya le tenemos el lema: “El camino entre dos mundos”, creado por el actor Toto Vega, presente esta semana en el Festival, junto a su esposa, la actriz Nórida Rodríguez. Gracias a Toto y Nórida por haber aceptado la invitación.

A los cineastas que enviaron sus trabajos, mis respetos. El privilegiado oficio de Jurado tiene ese sabor amargo de escoger sólo unos cuantos ganadores. Si por nosotros hubiera sido, los premiados habrían sido todos, porque cada película tiene su propio mérito; pero las reglas del juego no lo permitían. Sin embargo, les envío nuestra voz de aliento a quienes no ganaron esta vez para que sigan con su trabajo; y a los ganadores, nuestros abrazos y felicitaciones.

Gracias a la ilustre psicóloga y asesora de guiones Adriana Echavarría, Nana del Alma Mía, por su bella compañía que todo lo ilumina. Y por haber realizado una destacadísima labor como miembro del Jurado.

Ha sido un enorme placer haber estado entre todos ustedes esta semana. Y será hasta una próxima oportunidad. Acá estaremos siempre que lo requieran.

Viva el Cine. Viva Panamá.

julio 04, 2009

Michael, un thriller de primera comunión



La primera borrachera que me pegué fue tomando Pepsi. Tenía nueve años y celebrábamos la primera comunión de Gustavo Palacio en su casa de San Marcos. Un disco fue la sensación de la fiesta: Thriller de Michael Jackson. Recuerdo que lo rayamos el día del estreno, de tanto hacerlo sonar.

Es el primer recuerdo que tengo de ese gran artista que nos embrujó desde el principio con su música, su forma de cantar y – sobre todo – de bailar. De chicos, todos queríamos bailar como él, cantar como él, gritar como él, ser como él. No había otro modelo a seguir. La aventura pop de nuestras vidas había comenzado.

Era la época de los acetatos, del maestro aguja y los hermanos parlantes. Cursábamos cuarto de primaria en la Escuela de Nuestra Señora de Lourdes y todos estábamos enamorados de María Angélica, la hermana de Gustavo. Mi mejor amigo de esa época, Carlos Javier Gómez Gómez, era mi principal rival. En el amor y en la pista, también. En esa fiesta memorable ambos usábamos la misma pinta: zapatos negros de charol, pantalón negro, camisa blanca. Rematada con un pañuelo blanco para ofrecerle a Mayi cuando sudara.

Cuando recuerdo mi infancia, a menudo la relaciono con esa fiesta. Bailamos “Thriller” durante horas enteras. Sudábamos, jadeábamos, nos tirábamos al piso. Éramos de la próxima generación, sin duda. Y Michael nuestro ídolo.

Justo ese año estábamos estrenando la luz eléctrica durante todo el día, regalo que nos había traído el Niño Dios en la Navidad de 1983. Así que ya veíamos los programas de la época por la tele a color. Ya no nos tocaba ir donde don Lucho Jatib, en la esquina, para que nos dejara ver su pequeña tele en blanco y negro conectada a la batería de su camión.

Eran los años en que la luz tenía otros colores y el aire otros sabores. Aún no hacíamos parte de esos seres extraños llamados “los grandes”. Ni hablábamos de esa cosa aburridora llamada “la política”. En conclusión, vivíamos en la eterna irresponsabilidad de la infancia. De esa tarde ha salido Michael, hace una semana, para decirnos adiós.

Antes se había ido Carlos Javier, claro. A quien una enfermedad de la sangre se lo llevó en julio de 1989 a los 14. Luego nuestro amigo Michel Abdala, quien murió a los 15, al despertar de 1990. A menudo sueño con ellos. Que aparecen una noche cualquiera en “el poli” - sitio de reunión de nuestra generación - y se ríen de lo viejos que estamos. Se burlan de nosotros por habernos hecho “grandes”, por hablar de esa cosa tan aburridora que sigue siendo la “política”. O sueño que vamos por una carretera, todos en bicicleta como solíamos ir, ellos se caen al asfalto y nosotros seguimos pedaleando, con tristeza, mirando hacia atrás.

Ahora Michael hace parte de ellos. Se ha ido con ellos. El niño de Indiana que se negó a crecer. El negro que se volvió blanco. El excéntrico. El que siempre huía en sus videos, el animal sensible, el genio, el inspirado, el conmovido.


El monstruo que baila en el más temible y divertido video de nuestra infancia.

junio 08, 2009

"Hay gente que emprende travesías muy largas sólo para encontrar silencio": Ciro Guerra


La película colombiana más esperada de los últimos tiempos por fin está en carteleras en el país suramericano. La próxima semana iniciará un recorrido que la llevará a lugares muy remotos. Su nombre es todo un presagio: "Los Viajes del Viento”, ese gran espíritu errante que visita cada uno de los rincones del planeta.

El pasado fin de semana, en el marco del Festival de la Leyenda Vallenata celebrado en la ciudad colombiana de Valledupar, fue estrenada la segunda película escrita y dirigida por el cineasta colombiano Ciro Guerra. La película cuenta con cincuenta copias distribuidas a lo largo y ancho del país y hace parte de la Selección Oficial del próximo Festival de Cannes, en la sección “Una cierta mirada”, que da inicio el 13 de mayo.

La Entrevista

El corresponsal en Colombia de Showbizcafe.com, Juan Ensuncho Bárcena, sostuvo un diálogo con Ciro Guerra en Bogotá, a propósito del estreno de su película.

Teniendo en cuenta que la película fue filmada enteramente y nos cuenta un viaje por distintos escenarios de la costa caribe colombiana, ¿qué tanto de local crees que contiene “Los Viajes del Viento”?

Ahora que lo pienso, yo diría que no hay nada que esté en la película que no sea local. Nos esforzamos mucho para que todo fuera local. El espíritu es universal, proviene de los mitos universales, pero todo lo que ves y oyes proviene del caribe. Creo que no hay nada impuesto, nada que hayamos llevado.

¿Qué tanto de universal contiene?

El espíritu, justamente. Es una historia que hace eco de muchas historias a lo largo de los tiempos y que son historias que se repiten en casi todas las culturas y que cada quien tiene su forma de narrar; pero la idea es que todo ese bagaje se escondiera detrás de una envoltura absolutamente local. En un color completamente auténtico.

La película me pareció absolutamente intimista, tanto en su desarrollo, como en la construcción de sus personajes. Veo algunas claves, por ejemplo el “Maestro Guerra” que es el dueño del acordeón que espera a que este sea devuelto. ¿De dónde el hecho de que sea Guerra, tu mismo apellido?

¿Sabes cuál era el verdadero nombre de “Francisco el Hombre” (personaje legendario que dio origen al folclor vallenato)?

Claro: Francisco Moscote…

…Guerra. Es una coincidencia extraña: muchos de los juglares de finales del diecinueve y principios del siglo veinte tenían ese apellido: Sebastián Guerra, El “Chiche” Guerra, Francisco Moscote Guerra… y resulta que es mi apellido…

Pero yo no creo que sea tan casual…

Él era un juglar de esos, pero la idea es que podía ser como cualquiera de ellos. Como que es un juglar que representa eso. Pero sí, la principal referencia es Francisco Moscote Guerra, pero volverlo “Moscote” ya hacía demasiado evidente lo de “Francisco el Hombre”. Y si, lo de la coincidencia conmigo, pues también es curioso. Es algo que pone a trabajar la mente del espectador y eso es chévere.

¿Podemos hablar ahora de tu padre? ¿Quién es? ¿De dónde viene?

Mi padre se llama Ciro Francisco Guerra Mieles, es de La Paz, Cesar, un pueblo cerca de Valledupar. Guerra es un apellido muy común allá. Es un hombre de una familia muy humilde que, como muchos niños en la costa caribe, creció descalzo, iba descalzo al colegio y a través de mucho estudio, de mucho esfuerzo y de mucho sacrificio logró hacer la carrera de abogado y tuvo una brillante carrera. Es muy querido y muy respetado en la región. Fue magistrado, fue procurador del departamento del Cesar… y actualmente vive en Bucaramanga. Es una referencia muy importante para mí. Su historia de vida me ata muy profundamente al caribe.

¿Cómo es tu relación con tu padre ahora mismo y cómo ha sido a través del tiempo?

Realmente siempre hemos tenido una muy buena relación. Era un padre figura de autoridad. No era un padre “amigo” que tanta confusión puede generar en un muchacho sino que era una figura de autoridad y una persona muy recta, muy honesta que, de manera admirable, sorteó muchas de las tentaciones del dinero fácil en los años ochenta que corrompieron a mucha gente a su alrededor. Él se mantuvo siempre como una persona muy recta y, de alguna manera, siempre lo respeté y admiré mucho. Durante varios años no viví con él, entonces nuestra relación fue a la distancia, pero a él le debo el aprecio por la música, el aprecio por la cultura y esa mirada del hombre caribeño como un hombre serio, como un hombre recto, un hombre melancólico también. Entonces, como que a través de él y a través de todo su círculo tenía siempre claro de que el hombre caribeño no era todo lo fiestero y parrandero que se decía, sino que había algo más profundo ahí, siempre.

¿Por qué no visite con él algunos años?

Porque nos trasladamos a Bucaramanga a vivir y él siguió trabajando en Valledupar.

En la película hay una canción muy bella, que es casi como una canción de cuna, y es la canción que canta Ignacio en el Primer Festival de Valledupar, donde se nombra a Río de Oro, tu pueblo natal. ¿Esta canción es compuesta especialmente para la película por el compositor Iván Ocampo?

Es una canción de Tito Ocampo. Y yo la conozco hace mucho tiempo. Cuando pensé en la escena me di cuenta que era una muy buena canción para esa escena. Ahí fue donde empezó la vinculación de Tito con la música de la película, como que si él lograba con esa canción transmitir tanto de lo que yo quería, también podía extender ese matiz al resto de la música original. Esa canción existía desde antes y el resto de la música que él hizo se originó para la película.

Tú naciste en Río de Oro, un pueblo del Cesar, ¿creciste allí?

Yo nací allá y pasé primera infancia allá, luego nos trasladamos a Valledupar, donde pasé parte de la infancia también. Luego nos fuimos a Bucaramanga, pero Río de Oro es el lugar donde yo volvía siempre. Yo estudiaba en Bucaramanga, pero mi vida, mi familia, mis amigos estaban en Río de Oro, entonces pasaba allá todas las vacaciones, varios meses al año… y todavía. Es el lugar al que siempre vuelvo, paso uno o dos meses al año allá.

Tengo entendido que Río de Oro no cayó en ese círculo tenebroso de la guerra en el Cesar, que es un pueblo que se conservó inmune al conflicto. Hubo un momento incluso en que algunos jóvenes que tenían contacto con grupos armados (tanto de la guerrilla como de los paramilitares) fueron expulsados de allí. ¿Qué tan especial encuentras tú en este lugar del planeta? ¿Qué tanto te aporta como creador?
Río de Oro es el lugar de dónde soy y es el lugar al que siempre quiero volver. Es el lugar de mi infancia, mi lugar especial. Creo que todos tenemos un lugar al que siempre queremos volver y donde sentimos que están nuestras más fuertes raíces. Para mí es Río de Oro. Un lugar lleno de amigos, de recuerdos y de una geografía hermosa. Durante mucho tiempo tuve el sueño de filmar en Río de Oro y con esta película lo pude cumplir.

¿Es el lugar de la casa de “Nine”, hermano de Ignacio, quien le compone el acordeón luego haber sufrido una herida a machete?

Sí. Eso es a diez minutos de Río de Oro. Esas son las montañas de mi infancia, las montañas que siempre vi y donde siempre quise filmar.

En la película podemos apreciar un caribe interior, una luz variante, una diversidad no solamente en la riqueza del paisaje sino que también muestras la diferencia de culturas que hay. ¿Esto fue para ti muy claro en la escritura del guión mismo o como lo encontraste?

Es algo que yo siempre tuve claro, en el sentido en el que yo soy de Río de Oro y tenemos un acento diferente, un clima diferente, una geografía diferente; y, sin embargo pertenecemos a la región caribe. Yo tenía más o menos clara la diferencia, pero realmente fue hasta que inicié el proceso de investigación, a nivel profundo, que descubrí toda la diferencia, toda la riqueza que proviene de esas diferencias. Me pareció que era algo que había que marcar y que había de ser muy claro porque nos ayudaba a que la película tuviera un recorrido con cambios geográficos y que nada se repitiera, sino que todo estuviera siempre en transformación. Esa transformación del paisaje tanto geográfico como humano era muy estimulante para seguir la transformación de los personajes.

La siguiente es una pregunta-reflejo. ¿Qué hace que un chico de Río de Oro, nacido muy lejos de los circuitos del cine, se dedique, tome el camino de contar historias a través del cine?

A mí siempre me gustó la idea de contar historias. Y traté de hacerlo a través de la Literatura, de la cuentería, del comic, tenía diferentes maneras de aproximarme a la idea de contar una historia, pero el cine para mí siempre fue la manera máxima de contar una historia, porque es la única en la que puedes enganchar todos los sentidos del espectador y le puedes controlar el tiempo. Y es hermoso: tú lo sientas, le apagas la luz y le empiezas a susurrar. Es como una historia para dormir, es como un sueño. Luego se enciende la luz y nos queda una sensación al salir del cine que es muy parecida a la que tenemos al despertarnos de un sueño. Y esa me parece que es la mejor. Mejor dicho: no puedo imaginar un ambiente mejor para contar una historia que este.

Otro asunto capital que encuentro en LOS VIAJES DEL VIENTO es el valor que le da el personaje principal, Ignacio, a la familia. Ese hecho de andar de un lugar al otro, no teniéndola pero deseándola, y que es lo que lo motiva a emprender el viaje cuando muere su esposa. ¿Qué tanto valor le das tú a la familia?

Sí, eso es realmente una reflexión profunda sobre lo que es el oficio del artista. Eso sí es muy personal. Porque el oficio es un oficio que nos arrastra, que nos aleja de nuestra familia siempre. Entonces la familia es como algo que quisiéramos poder tener más y profundizar más, pero la vida del artista te aleja mucho de tu familia. Te conviertes en errante y en algún momento yo sentía que me daba mucho miedo llegar a ser un viejo que hubiera perdido a mi familia por la dedicación al arte. Ese es uno de mis aspectos principales que se reflejan en el personaje de Ignacio.

¿Tienes esposa, hijos?

Sí, mi compañera es Cristina, la productora de la película, y tenemos un hijo llamado Emiliano.

¿Se llama Emiliano, como Zuleta, uno de los juglares más conocidos del folclor vallenato? No es casual. ¿Hay una admiración tuya por el viejo Emiliano?

Es un nombre muy colombiano, muy tradicional, es un nombre fuerte, con personalidad. Y es un nombre que nos pareció muy hermoso y que nos remitía a cosas… es un nombre resonante y evocador. Sí hay admiración por el maestro Emiliano, pero no lo veo como una razón para haberle puesto el nombre. Conozco a muchos Emilianos más que me producen también admiración.

¿Qué edad tiene Emiliano?

Cumplió 6 años el día del estreno de la película, el pasado 30 de abril.

¿Fue planeado el estreno de la película para su cumpleaños?

Pareciera como una cosa cabalística. Como que todo estaba en su lugar: el festival vallenato, el puente del primero de mayo, una semana después de recibir la noticia del Festival de Cannes… como que todo se juntó ahí y es como un plus para hacerlo en esa fecha, pero no fue algo premeditado.

El 30 de abril es una fecha clave para el festival que se realiza en Valledupar. En 1987 fue el primer festival “Rey de Reyes” cuando el maestro Alejo Durán se eliminó él mismo ante el público porque pulsó mal una tecla del acordeón. “Los Viajes del Viento” la siento como un tributo a lo que ocurrió antes de que fuera instaurado este festival, que aparece como un elemento más en la película. Siento en ti una valoración profunda por esa época de los juglares anteriores al Festival…

Sí. La razón principal de la decisión de que todo ocurriera en el año 1968, aparte de que es un año que tiene mucha simbología para la humanidad del siglo veinte, es un año que marca el declive de esa época de los juglares, y al mismo tiempo – al ser el primer año de la leyenda vallenata - marca el inicio de una nueva época dentro de la música. Es el final de esta época del juglar que andaba en burro, de pueblo en pueblo, por estos lugares que estaban completamente incomunicados y que él era el único que podía llevar las noticias, el paso a una modernidad que aparece con la llegada de la industria discográfica, de la radio, de la comercialización de la música, los grandes artistas, las estrellas, los conciertos masivos. Es como un punto de enlace entre dos épocas. Por eso era importante para mí que todo transcurriera en ese año.

¿Reconoces que hay una ruptura, una transformación, en este folclor a partir de esta época?

Sí, esa es la razón de la ubicación temporal de la película.

Hablando del Tiempo, hace unos 7 años en el Festival de Cine de Cartagena de 2002 se presentó una película titulada “El acordeón del diablo” en la cual encuentro un referente de “Los Viajes del Viento”. ¿Viste esa película?

Sí, yo la vi.

¿Qué sensación te produjo? ¿Qué opinión te merece ahora que has hecho una película sobre el mismo tema? ¿Te marcó? ¿La consideraste importante?

En ese momento ya tenía la idea de “Los Viajes del Viento” y pensaba que era un título posible “El acordeón del diablo”. Era un título que había barajado para mi película. Cuando la vi ya sabía que no iba a tener ese título. Me pareció muy bellamente fotografiada y con una investigación muy valiosa y con escenas muy buenas alrededor de la música, como que sí era algo que podía utilizar como referencia de trabajo visual interesante con la luz y la gente de la región. Me pareció que igual era hecha por un alemán y se notaba: tenías a Pacho Rada ya senil diciendo que él era Francisco El Hombre, pues un alemán no tiene manera de saber que eso no es así. En general es una película que cayó en muchos errores porque era hecha por un extranjero. Y, a pesar de ser un documental con mucha calidad, tiene algo de mirada turística paternalista. Y eso era algo de lo que me quería alejar completamente.

¿Es decir que la veías distanciada y justamente tú quisiste hacer algo distinto a esa distancia?

Sí, quería algo que surgiera desde adentro y no algo de alguien que viene y visita, sino algo que surgiera desde las entrañas de la cultura.

Beto Rada, que aparece cantando en tu película en la secuencia del Festival, ¿es el hijo de Francisco Rada?

Sí, igual son bastantes hijos de Francisco Rada. Hay gente que dice que son más de 70. Es toda una dinastía y Beto es uno de sus principales exponentes.

La figura de Francisco “Pacho” Rada, protagonista de “El acordeón del diablo” ¿A ti te llama la atención? ¿Qué opinión te merece?

A mí me encanta su figura, su manera de tocar el acordeón, su canto. Me parece que es de los grandes músicos, de los grandes juglares. Es una figura también para investigar, me encanta sobre todo el sonido de su acordeón. El tenía un nota profunda, una nota – hay un nombre para esa nota – no es sabanera, sino que cargaba todo eso del Magdalena, del Banco, de toda esa región de Loba. Su nota era una nota viajera, errante, muy bonita. Su música me encanta, su voz me parece maravillosa. Yo quería que el juglar de esta película lograra algo de eso. Para el personaje de Ignacio, Pacho Rada es un referente. Al igual que Juancho Polo Valencia, al igual que Alejo Durán, al igual que Francisco Moscote Guerra, que Chico Bolaño y los juglares antiguos. El personaje toma mucho de todos esos referentes.

Hay un pequeñísimo ruido que a mí personalmente me causó la película en cuanto al tema de los juglares. Hay como una conciencia sobre la palabra juglar que está en algunos campesinos, en algún momento alguien le dice a Ignacio: “el juglar”. No sé qué tan preciso sea el hecho de que ya fuera una palabra popular para esta época, que los músicos fueran designados como “juglares”. Fue un interrogante que me surgió y que quiero que me lo aclares, porque la palabra “juglar”, entiendo que no procede de las culturas campesinas sino que es más una elaboración que viene de afuera. ¿Te fijaste en eso? ¿Investigaste sobre el tema? Es decir, ¿si era tan común la palabra “juglar” en ese momento?

En el año 68 sí. De pronto en años anteriores no. Pero en ese momento sí era la manera de referirse a este tipo de músico andariego. No estamos hablando de la época primigenia de este folclor, sino que estamos hablando de un género con más de 80 años a cuestas en ese momento. Entonces, sí era un término común. De hecho hablé con gente de la época y todo el mundo se refería a él como “el juglar”. No era una palabra extranjera. ¿De qué otra manera piensas que se podía haber referido?

No sé, es que justamente la palabra es tan diciente, tan precisa, que me surgió la inquietud de que ya estuviera en el habla popular de la época.

Sí, “juglar” es una palabra que se utilizaba en la época. “Trovador” sería una palabra extranjera y realmente en la mayoría de culturas a este personaje se le conoce como “el trovador”, pero esa es una palabra que allá jamás se usa.

Ha contado en distintas entrevistas Marciano Martínez, el actor que representa a Ignacio Carrillo en “Los Viajes del Viento” cómo llegó al personaje. Que fue producto del azar, si es que puede existir tal cosa, que iba caminando por Valledupar y se encontró con un amigo que le dijo que lo acompañara, que estaban haciendo unas pruebas para una película. ¿Recuerdas el primer contacto que tuviste con Marciano? ¿El primer abordaje?

Yo revisaba los registros del casting y quería que mi primer contacto con los actores no fuera con ellos físicamente sino con su imagen. Entonces veía esas horas de registro y registro y registro y tan pronto apareció Marciano no estaba claro de entrada que era él, pero sí estaba claro que reunía muchos de los requisitos. Su registro es fuertísimo, su registro era impresionante. A medida que repasábamos y repasábamos estaba muy claro que tenía a otra persona. De acuerdo al primer casting que había visto para el personaje de Ignacio, pensaba que iba ser alguien físicamente cercano a “Nine”, era posible. Pero cuando apareció Marciano despejó todas las dudas… y surgió otra posibilidad. Era un casting demasiado difícil porque encontrar a alguien que reuniera todas esas condiciones era casi imposible. Por un lado la presencia física, por otro lado la capacidad de actuar – la voz – la capacidad de cantar, de improvisar, esa relación profunda con la música, ser capaz de tocar el acordeón… era un personaje casi imposible de lograr. Como que había demasiado y era imposible lograrlo todo. Y con Marciano lo logramos todo.

Es decir, tu primer encuentro fue con la imagen de Marciano. ¿En ese momento sabías quién era Marciano Martínez? ¿Sabías que ese que tú veías en la imagen era compositor, cantante, intérprete del acordeón, un juglar? ¿Cómo fue tu descubrimiento de Marciano?

No, realmente no. No era conciente de la fama de Marciano. Ni era conciente de todo lo que había escrito (más de 300 canciones), porque también hablamos con muchos compositores que habían escrito canciones muy famosas, pero yo me he mantenido muy al margen del vallenato moderno. Entonces cuando descubrí a Marciano y empecé a trabajar con él y conocí un poco toda su historia, aprendí que él es un puente entre ese vallenato campesino puro, de antaño, y el vallenato comercial de hoy. Y bueno, pasamos mucho tiempo juntos, compartimos muchas cosas, parrandeamos mucho por allá en su finca en La Junta (Guajira), pasamos mucho tiempo solos ensayando, mucho tiempo solos construyendo este personaje en parajes muy alejados, con mucho silencio… y en ese tiempo quedó claro que no sólo reunía todas las condiciones, sino que tenía a Ignacio muy profundamente. Ese personaje habitaba dentro de él de una manera muy profunda. Y él es muy dicharachero, muy alegre de entrada, pero en su ser, en su fuero interno, es muy cercano al personaje. Entonces el proceso de creación del personaje fue aprender a profundizar. Enseñarle a profundizar dentro de sí mismo para sacar de ahí este personaje que vemos en la pantalla.

Y que es un personaje silencioso. Un personaje que está constantemente pensando antes de hablar… Me gustaría que habláramos ahora del silencio, porque lo considero fundamental dentro de la película, en la manera en que está narrada. Es decir, el valor que le das al silencio lo veo de cierta manera contrastado con la imagen que hay habitualmente sobre lo que es el hombre del caribe, que se relaciona con la música, el jolgorio, la bulla, el ruido. ¿Qué valor le das tú al silencio?

Creo que nuestra vida cotidiana está llena de ruido, por todos lados. Y son muy pocos espacios en la vida los que nos brindan silencio. Hay gente que emprende travesías muy largas sólo para encontrar silencio y es algo que nos hace falta. En ese silencio se encuentra algo profundo: el ser humano. En la película realmente silencio total no hay. Cuando hablamos de silencio hablamos de falta de diálogo y de mundanal ruido, pero la película está llena de sonido ambiente, del viento, de los pájaros, porque esa es la materia prima de la música, la materia prima de los compositores… por eso también la película está filmada de esa manera, para darle prelación a ese espacio que es el que inspira y el que produce esos sonidos que dan lugar a la Música. Estaba claro que no iba a ver más música en la película que la que se tocara en vivo y que no íbamos a meter música “sentimental” para decirle al espectador qué sentir, sino que queríamos que el espectador pudiera sentir de dónde viene toda esa música y de dónde viene todo eso… y ese silencio también hace honor a la manera de ser del hombre campesino. La gente habla mucho del caribe ruidoso, pero tú vas al caribe profundo y la gente es silenciosa, la gente es calmada. La gente vive a otro ritmo. Esa cosa de estar medio congelados en el Tiempo es porque se vive a un ritmo particular y a la película tratamos de darle ese ritmo del campesino, del hombre que se levanta a trabajar muy temprano y que tiene una relación profunda con todos los elementos de la Naturaleza a lo largo de su día… que sabe de qué es el árbol que tiene al lado y para qué le sirve… y el silencio permite expresar eso. Esa necesidad constante del diálogo ha amarrado demasiado el Cine a la Literatura y al Teatro y es hora de que el silencio sea una vía de escape para que el Cine encuentre su propia expresividad.

Siento a “Los Viajes del Viento” como el inicio de una nueva narrativa cinematográfica en Colombia. Tomando distancia, ¿Crees que hace falta esta manera de narrar en cinematografías como la nuestra, tan jóvenes, que confíe más en el poder de lo profundo, del silencio que permite escuchar otras voces? ¿Dónde ubicas tu película en el panorama histórico del cine colombiano?

Me es muy difícil porque no creo que sea algo que me corresponda. Pero si siento que el cine colombiano estaba en una encrucijada falsa de que sólo podíamos hacer películas de comedia o sólo podíamos hacer películas de la tragedia nacional y que no había más opciones. Y siento que concebimos esta película como la búsqueda de otra opción, de una opción que explore ese país profundo y que explore toda esa riqueza que hay. Me parece vergonzoso que sea la primera película que se filme en la Alta Guajira, es como si ninguna película argentina se hubiera filmado en la Patagonia, eso es absurdo. Y así como hacía falta filmar La Guajira, falta filmar el Chocó, falta filmar el Pacífico, falta filmar la Amazonía, la Orinoquía, los Llanos, los Santanderes, Nariño, Boyacá… lo que quieras. Este es un país que tiene miles de cosas por contar y no me refiero sólo a paisaje geográfico, sino a paisaje espiritual, a paisaje humano. Y creo que ese es un camino que puede enriquecer al cine colombiano, que lo puede renovar. Siento que cada historia exige sus condiciones, hay historias silenciosas y hay historias ruidosas. Hay historias que exigen un ritmo pausado y otras que exigen un ritmo frenético, pero lo importante es ser fiel a eso. Ser honesto con eso.

¿Qué diferencia sientes como director a la manera como fue acogida tu primera película “La Sombra del Caminante” con relación a “Los Viajes del Viento”?

No sé porque realmente hasta ahora estamos empezando a sentir la acogida de la película. La primera diferencia es que “La Sombra” es una película que se vio primero fuera del país que en Colombia. Mientras que “Los Viajes” hace el camino opuesto: para nosotros era muy importante que el primer país donde se viera fuera Colombia. Es una película que va a tener un recorrido internacional muy importante, pero queríamos que los colombianos fueran los primeros en verla y estamos tratando de evaluar su reacción, todavía no lo sabemos, es demasiado pronto. Además tienen en común que son dos películas que no están hechas para el efecto inmediato, de hecho no tuve claro cómo había sido recibida “La Sombra” sino hasta mucho tiempo después de haber sido estrenada, porque son películas que aspiran a tener impactos profundos en la gente, impactos que no se miden en las cifras o en las reacciones iniciales sino en el largo plazo. Veo ambas películas como corredores de fondo, no de pique.

Hablando de tu lenguaje propio como cineasta, encuentro relación entre tus dos largometrajes en el hecho de que son películas construidas sobre dos personajes, hombres, que van en busca de algo y que en esa búsqueda encuentran cosas… ¿es casual el hecho o fue algo premeditado? Es decir, ¿A ti te interesa ahondar en el tema de la amistad, por ejemplo, o de cómo alguien encuentra en su semejante apoyo para su propio camino?

No es algo que yo me plantee así. Lo único que es conciente es la idea de contar historias colombianas que ocurran en Colombia y que nos ayuden a mirar más profundamente nuestra Alma como sociedad, como país. Eso es lo único que puedo decirte que es conciente, lo otro es algo que sale. Y sí, tienen esas particularidades. No me lo planteé, pero sí son dos películas que hablan de la necesidad del otro. Siento que son dos películas que en los aspectos superficiales son totalmente opuestas, pero que en los aspectos profundos tienen muchos enlaces, mucho en común. En los aspectos que no son tan importantes como el presupuesto, el formato de rodaje, el color, las condiciones de producción… son completamente diferentes. Pero lo profundo, lo importante es que siento que ambas están contadas por la misma persona, básicamente. Entonces es la misma voz contando la historia y tiene que haber elementos en común. Ninguna de las dos películas es de encargo, porque ambas surgen de lo más profundo de mí.

¿Qué viene ahora? Es decir, viajan a Cannes dentro de una semana… ¿cómo recibes el hecho de que hubiera sido seleccionada en “Una cierta mirada”?

Es un reconocimiento al trabajo de un equipo maravilloso que dio su vida, su alma y su corazón a este proyecto. Es un equipo al que yo tengo el privilegio de hacer parte. Es un gran honor volver, después de tanto tiempo, a la selección oficial de Cannes, con una película colombiana; y es un honor y una responsabilidad abrumadora también que sea la única película de América Latina en la selección oficial. Que seamos nosotros los que tengamos que representar a todo el continente es abrumador. Todo parece indicar que la película va a tener un recorrido muy bueno, se va a ver en muchos países y se va a estrenar en muchos lugares… pero sigue siendo muy importante para mí la manera en que la reciba el público colombiano, porque siento que está hecha sobre todo para el público de acá.

Viajas con Cristina por todas partes… ¿y qué pasa con Emiliano? ¿Lo llevan con ustedes?

A veces llevamos a Emiliano, a veces lo dejamos con alguna de las abuelas, a quienes siempre les gusta la oportunidad de pasar tiempo con él. A veces viaja ella o a veces viajo yo. Y no sabemos cómo vaya a ser de ahora en adelante…

Bogotá, DC, mayo 6 de 2009

febrero 11, 2009

Lo demás vale mondá


A la Vampi

Por Juan Ensuncho Bárcena

Llegué al Teatro a las nueve en punto. Me puse la máscara de la muerte y busqué la fila para entrar. Tropecé y casi me caigo. Alguien se rió.

Esa tarde de viernes había tomado un taxi desde Cartagena para ir a ver a Antonio Morales en un espectáculo llamado “La Prohibida”. Como soy un experto en nada pensé que era un performance de Toño, quien tiene acostumbrados a sus amigos a sus impecables y divertidas representaciones escénicas.

Al ingresar al Amira de la Rosa pude ver a algunos personajes del carnaval en las escaleras, en el foyer, en el auditorio. Una escena bastante bizarra. A cambio de un performance a lo Morales, me topé con que “La Prohibida” era una travesti española famosa por su música. Salió al escenario luciendo traje verde, rubia peluca enorme y buenas piernas.

La entrevista fue divertida, el personaje resultó ser inteligente, con algunos chispazos bacanos. Lo que no pude soportar fue su espectáculo: me pareció triste y decadente. Aparte, desafinado. El hecho de que sea travesti por sí solo no es meritorio en el mundo de la música: tiene que saber cantar, al menos. Pero bueno, la cuestión es que me salí, aburrido. Tenía algo de hambre y fui a la cafetería por algo de comer. Allí me encontré con algunos amigos y amigas del mundo intelectual barranquillero, a quienes no veía hace algún tiempo. Ante la pregunta de “¿qué te habías hecho?” respondía cada vez algo diferente, como acostumbro. Me gusta despistar, simplemente.

En esas andaba cuando te vi y te saludé. Salías de la platea y te di abrazo y beso, como me gusta hacerlo. Me presentaste a tu amiga, a quien saludé de beso, también. Me preguntaste si quería llevar mi equipaje a tu casa y estuve de acuerdo. Del parqueadero de tu edificio nos fuimos a comer algo y luego al “rancho currambero” donde asistimos a una noche ecléctica, popular, hilarante. Salimos a buscar a tu hija adolescente, que había terminado la rumba también. Llegamos a tu apartamento luego de dejar a tu amiga en el suyo y le dijiste a tu hija que me quedaría con ustedes. Ella asintió y se fue a su cuarto. Nos tomamos el último trago de la noche en la sala, conversando de cine y actuación. Planeamos ir a la piscina al a mañana siguiente, en vez de ir al Teatro porque se nos antojó flojo el evento. Nos deseamos buenas noches al borde del amanecer.

Me desperté como a las 11 y fui a la cocina por un poco de agua. Tu empleada me ofreció desayuno y yo acepté. Le pregunté por ti y me dijo que ya habías desayunado. Saliste de tu cuarto, en pijama de seda, con el pelo mojado. Te sentaste a acompañarme, hablamos de la rumba anterior y practicamos nuestro deporte favorito: la ironía.

Fuimos por tu amiga, pasamos por el súper y volvimos a almorzar. Sacaste tus bolsas de disfraces y nos dejaste buscar la pinta adecuada para esa tarde. Tú luciste una peluca azul - de diva francesa - un sombrero de ala corta y una bufanda de plumas de colores; tu amiga escogió una peluca fucsia de plumas y una bufanda negra de plumas; yo simplemente escogí una peluca afro y gafas oscuras, claro.

Esa radiante tarde asistimos al recital del poeta William Ospina, con posterior entrevista del poeta Miguel Iriarte. Una conversación de poeta a poeta, bien llevada, sensata, sensible, con momentos muy lúcidos e inspiradores. Luego vendría algo menos divertido para mí: una charla con un señor italiano de quien no sabía nada, respondiéndole a otro señor acartonado, sobre el papel del juego en la sociedad. Habías salido a ver a tu hija, tu amiga quedó encantada con el señor italiano, yo jugué a huir.

En un evento de esta categoría son muy enriquecedores los intermedios entre un espectáculo y otro. Te encuentras con gente afín, preocupada de los mismos temas, gente sensible, inteligente, gente bella. Y en Barranquilla, ingrediente adicional: gente fresca, cool, encantadora. Aprovecho acá para decir que lo que hace a este Carnaval de las Artes realmente único es esa combinación justa entre disfraz, risa, cultura popular y reflexión. Además que no es un evento cerrado ni excluyente, al contrario: abierto a todo aquel que se disfrace o se ponga una máscara. Ese simple hecho convoca, conmueve, es digno de admiración.

A propósito de todo lo dicho, llegó el momento para una conversación muy concurrida, la del profesor inglés Gerald Martin con el escritor Enrique Dávila. Del primero sabía que es el “biógrafo tolerado” de Gabriel García Márquez, a quien había visto de paso y sin mucho interés en una entrevista reciente, en un evento similar, pero torpemente excluyente y algo soso. Del señor Dávila no había leído nada, pero me pareció un hombre inteligente, sagaz, elegante y directo. Las anécdotas sobre el Premio Nobel colombiano no podían faltar, fueron como un aderezo magnífico para la charla entre estos dos buenos conversadores. La entrevista estuvo salpicada de fino humor inglés y fino humor Caribe.

Una vez terminada la conversa, nos dedicamos a tomar fotos. Había que aprovechar la presencia de los personajes del carnaval, presentes en el foyer, en las escaleras y los pasillos. También apreciamos las obras de Gonzalo Fuenmayor, Mario Zabaleta y Mauro Evangelista. Bien seleccionadas para la ocasión.

Acto seguido, un fascinante espectáculo musical, protagonizado por el cantautor camerunés residente en París, Blick Bassy. Acompañado por su paisano Hervé Lebongo y por el bajista barranquillero Eduard Molinares, brindaron un recital nostálgico y conmovedor. La entrevista inicial del crítico musical Ángel Perea fue impecable, especialmente cuando reconoció que África es actual potencia musical del mundo.

Después del evento público, fuimos a cenar a una bella casona del Viejo Prado, propiedad de una de las compañías auspiciantes. La entrada de cerdo frito envuelto en hojas de plátano, le dio un detalle exquisito a la mesa, muy bien decorada con motivos de carnaval. Entre ellos una cabeza de jaguar que me quedó al pelo para una foto memorable. La cena estuvo algo acartonada, me sentía como en un “quinceañero”. Por fortuna el licor hizo lo suyo y alguien propuso ir de remate a “La Troja”, tradicional y popular sitio de salsa de todos los calibres. A tu amiga no le gustó demasiado el plan y prefirió irse a una disco gay donde se presentaría “La Prohibida”, a quien tenía ganas de ver “como hombre”.

Llegamos a La Troja en compañía de un combo de actores y luchadores. La cosa no podía estar más divertida y variopinta. Allí nos topamos con el poeta William Ospina y un señor muy conocido de gafas enormes, entrados en licores. A esa hora todos estábamos ebrios así que nadie se fija en nadie. Mejor dicho: todo se goza. Hasta las cosas que podrían repugnarte a la mañana siguiente, acá las ves y te importan un carajo. Ese es el estado de la felicidad. De la bacanería, que llaman. Además el lugar, adornado por guirnaldas de papel publicitario de una cerveza popular, la música, los bailarines y sentados… todo resplandece.

De ahí nos echaron a las cuatro de la mañana después de que todo el mundo quiso hacerse fotos contigo y muchos lo consiguieran. Incluso tú misma pediste a un fotógrafo de polaroid que nos hiciera una. Quedó una imagen que resume el frenesí de estos días. Foto inolvidable y mítica. De La Troja nos fuimos para el Parque de los Músicos. Hasta me olvidé de mi aversión por el vallenato, imagínate. Total, a última hora nadie es exigente.

Nos fuimos a dormir como a las 5 del amanecer. Me quedé solo en tu sala, con ganas de ver salir el sol tras la Sierra Nevada, desde tu balcón, pero me ganó el sueño. Amanecí dormido con la cerveza caliente puesta sobre la mesa. Corrí al cuarto de huéspedes para que nadie se diera cuenta. Me acosté y de inmediato comencé a soñar… Desperté al mediodía, listo para el último día.

Almorzamos arroz chino porque tu empleada no va los domingos. Llegó nuestra amiga, en compañía de un amigo. Nos arreglamos y emprendimos el viaje hasta el Teatro. Nuestra cita era a las 3pm con el maestro Jairo Aníbal Niño, pero llegamos tarde, ya casi al final de su lectura de cuentos, donde, por cierto, parecía tener todo en contra: su compañero de escenario, los organizadores, la policía militar. Niño fue irrespetado varias veces en distintos tonos, qué vergüenza.

A las cuatro nos fuimos a ver al humorista argentino Daniel Rabinovich (integrante de la célebre banda Les Luthiers) entrevistado por Daniel Samper Pizano. Aunque nos tocó esperar una hora, valió la pena. Semejante demostración de habilidad verbal y sentido del humor, rara vez se aprecia en estas tierras. Al final saliste a buscar a tu hija, la trajiste al Teatro, para que poco a poco se nutra de la savia milenaria de las Artes y la habladera. Juntas se hicieron más fotos y entraron al siguiente espectáculo, pero no se quedaron mucho tiempo. Fui por mis cosas a tu auto y nos despedimos. Me quedé muy triste.

Me entretuve viendo a los “Reyes del cuadrilátero”, un grupo de luchadores y boxeadores, hablando del valor y el miedo. Conducidos magistralmente por Alberto Salcedo Ramos, Ultiminio “Sugar” Ramos, El Santo, Blue Demon, Gabriel Rodríguez, Orlando Jiménez y Jorge Dávila, hicieron gala de su capacidad narrativa y reflexiva. Especialmente el “champion” Ultiminio, quien dijo que no es que haya matado a dos tipos en el ring, sino que él siempre salía a “arrancá cabeza”.

Con la última sonrisa y un estado de incomodidad producto de lo alargada que terminó siendo la jornada, salimos a esperar el siguiente show: Cabas por Cabas. Eduardo y Andrés, padre e hijo, hablando el uno del otro. Entrevistados brevemente por Andrés Felipe Solano, un man más bien insípido para la ocasión. El esperado espectáculo de los Cabas dividió al auditorio por el estado de ebriedad en el que se presentó el hijo. Para unos, signo de irrespeto, para otros de libertad. En fin, la especie humana que nunca está de acuerdo. Lo cierto es que hizo versiones estrictamente íntimas de sus éxitos y logró mal que bien interpretar algunas canciones con su padre. Asunto clausurado. Nuestra amiga se fue a casa.

A las 11 de la noche, con dos horas de retraso comenzó el acto de clausura: “Manual sonoro de la música cubana”, presentación de Lázaro Valdés, Changuito y Mundito González, conducidos por Juan Carlos Garay, orquestados por Hugo Molinares. De lo cual sólo me animé a ver el inicio, pero me aburrió el acartonamiento (que confunden con seriedad) del entrevistador. Preferí ir a comer algo y en la cafetería me topé con una chica que te había dicho un piropo bello la noche anterior. Me puse a conversar con ella y se me pasó el tiempo. Al final sólo llegué cuando Fiorillo estaba terminando sus sentidas palabras. Ovasión cerrada. ¡Chapeau!

La cena de clausura sería en La Cueva, donde una calle cerrada, con guirnaldas de colores representaba una verbena típica del carnaval. Escena maravillosa con la brisa loca sacándole música al viento. La cena exquisita, a cargo de los hermanos Salgado Escaf (Picho y el Gordo) y de Martha Daza. La Gran Orquesta del Carnaval afilando sus porros, cumbias, merecumbés y otros ritmos. La Gran Familia de La Cueva, toda bailando dichosa. En el cielo, la luna llena, celebrando su triunfo.

Aunque me hacías falta, Vampi, al final de la noche una bella rubia se sentó a la mesa en la que estaba. La saqué a bailar y fue la dicha. Una exquisita pareja monteriana, bella, elegante y muy divertida, fue mi compañía esa noche inolvidable que acabó como a las 6 de la tarde del lunes.

A lo mejor ha sido el fin de semana más excitante de todos los que he vivido en Barranquilla. Y sin sexo. Increíble en mí.