diciembre 12, 2008

La prehistoria de BAR



Por Juan Ensuncho Bárcena


Acababa de dejar la Universidad del Norte, Barranquilla y San Marcos. En ese orden. Era 1997.


Había llegado al puerto de Cartagena con la esperanza de que algo importante pasara en mi vida. Me inscribí en la Tadeo Lozano del Caribe gracias a Eva, mujer que me permitió conocer su Paraíso. En esos momentos yo era Adán en pleno uso de mis facultades. La ciudad era nueva para mi: cada balcón, cada esquina, cada callejuela a las cinco de la tarde era la cifra exacta de la felicidad.


El amanecer me encontraba, radiante, tomando café negro endulzado con caricias a cuatro pisos de altura sobre el Camellón de los Mártires. La voz de Tracy Chapman se me instauró en la piel y tuve miedo de no estar a la altura de la situación. Eva me llevaba 12 años y había dejado de creer en el amor. De cierta forma, venía de vuelta de todo. Yo apenas empezaba el camino y, por supuesto, me equivoqué al pensar que la vida se me iba de las manos y debía aprovecharla con cuanta gatica nocturna apareciera.


Como todo Adán que se respete fui expulsado del Edén y me quedé solo, desnudo en la ciudad, en la compañía fugaz de tres ángeles clandestinos que venían cada uno de su propia errancia: Hochiminh, Yair y Ciro. Nos sentíamos los niños terribles de una aldea con demasiadas pompas. Saboteadores por naturaleza, nos burlábamos en la cara de un grupo de artistas sin nombre que presumían de ser artistas renombrados.”Desechistas” nos hicimos llamar. Publicamos un plagiado manifiesto, en un video titulado “Tontumental Desechista”. Editamos una hoja suelta – La Calumnia – que vendimos a 200 pesos a la salida del Teatro Bucanero (Más piratas no pudimos ser). Realizamos un collage del “Ché” Guevara maquillado como mujer. Alcanzamos cierta celebridad local gracias a nuestra pobreza de solemnidad, más por compasión que por nuestra trasnochada rebeldía.


Una de esas tantas noches de humo y licores, sentados alrededor del pozo de la Plaza de San Diego, decidimos la suerte de nuestro movimiento. Por decisión unánime quisimos matarlo con el siglo. Más allá del 31 de diciembre del 99 elegimos no existir. Y así lo hicimos. Pero antes, recuerdo, les comenté la idea suelta de constituirnos en una banda de rock: Así por lo menos tendríamos una continuidad en el terreno movedizo de la expresión. Sin embargo, todos sabíamos que no teníamos plata ni para tomar el bus de esa noche. Ahí murió la idea.


Pero como no hay cabo que quede suelto en ninguna historia, el semestre siguiente me encontré con una sorpresa en la clase de Literatura: un grupo de tres locos había montado un performance de rock. En el estrecho salón de una casa vieja de la Calle Don Sancho, justo al frente de la Casa España, un gordito, bajo y de gafas, llamado Tomás; un flaco, alto y de mirada cínica a pesar de su corta edad, llamado Juan; y otro flaco, escuálido, sinvergüenza y legendario llamado Juvenal, literariamente se “tomaron” la clase.


Apagaron las luces, encendieron velas y tocaron una canción de Nirvana. La cosa no pasó a mayores pero sembró en mí un interés por estos tres dementes afortunados que no cesa hasta hoy. Luego del espectáculo me dirigí a mi compañero de clase, Tomás, el más abordable, y le pregunté si tenían una banda. Me respondió que sí. Intercambiamos palabras que no preciso, pero lo que está claro en mi memoria es que me invitó a un ensayo el siguiente fin de semana. Como vivíamos en el mismo barrio, no le vi ninguna dificultad económica.


Allí estuve el sábado por la tarde. Toqué el timbre y entré a “Villa Isabel”, una bella casa doble con patio coronado por sendos mangos y vigilado por dos perros caniches: “Mickey Mouse” y “Ché Guevara”. Entré con una sonrisa cómplice. Esa tarde era la despedida del cantante porque se iba a prestar el servicio militar y me preguntaron si yo quería cantar. La pregunta me paralizó por un momento, pero como suelo ser irresponsable, dije que sí. Sin preguntas. Los tiempos estaban cambiando. Aparte del gordo y del flaco que había visto en la universidad, completaba la nómina escandalosa otro flaco, también llamado Juan, en la batería. Así que ahora éramos tres “Juanes”. El cantante de la clase no era el mismo cantante de la banda, sino el único y más ferviente seguidor del grupo: Juvenal.


La idea del cambio de vocalista se les había ocurrido rápidamente porque tenían un compromiso la semana siguiente en una entidad educativa donde estudiaba Lemus, el baterista. Al final de la práctica-examen decidieron aceptarme. Había encontrado a otros más irresponsables que yo. La cosa iba a ser divertida, porque yo sólo había cantado para mí, en el baño. Pero bueno, el grupo se llamaba “Inodoro de Manzana”…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy interesante Juan, y dime si te dedicas a cantar profesionalmente tambien? Realmente he venido leyendo tu pagina, y me parece interesante todo lo que escribes. Te vez muy bien (con tu camisa blanca). Me encanta tu sonrisa.
Que estes bien.

Anónimo dijo...

Juan, gracias por publicar los comentarios que te envio, aunque casi siempre no tienen que ver con lo que escribes, sino relacionado a tu camisa o tu sonrisa..
Pero siempre te leo.
Una que te admira, en Philadelphia PA.