julio 12, 2007

Calle Buenos Aires



Allí nací. Allí crecí. Allí vivo. Sobre una calle que va de la ciénaga al playón, del playón a la ciénaga. Formando un túnel de viento, de Buenos Aires que mantienen fresca la memoria. Calle Buenos Aires, casa de mis abuelos con su patio habitado de frutos, palomas y Tiempo; casa de mis padres con su amplia terraza que recibe amigos y los multiplica; solar vecino - casa de nísperos, lagartos y un pozo artesanal lleno de escombros.

Calle Buenos Aires, línea que atraviesa mi pueblo. Poblada de casas – lugares- como puntos infinitos... La Plaza de Porras un día es corraleja y otro campo deportivo, una noche es circo milenario y la otra es ciudad de hierro; La Ciénaga con sus puertos legendarios que en lejanos días recibieran ferris, champanes, hidroaviones, vaporetos mercantiles como el correo del San Jorge. Ciénaga infante en la que aprendí a nadar en brazos de mis hermanos, ciénaga adolescente en la que aprendí a bogar en canoas de pescadores sin nombre, ciénaga joven en la que aprendí a mirar en los ojos de una mujer, ciénaga grande en la que aprendí a amar el cambio de las estaciones: desde la sequía del crepúsculo y las islas de hierbas flotantes ancladas en la playa, hasta las nubes que hacen las tempestades en la mitad del trueno.

Calle Buenos Aires, llena de Luz al mediodía, momento preciso para evocar a mi abuelo Leonardo sentado en su escritorio de madera, leyendo y escribiendo. Papa Leo me enseñó las Letras, me ayudó a descifrar sus misterios mientras descansaba de su oficio de abogado y consejero. Papa Leo le decíamos sus nietos, Papa Leo le decimos todavía, aunque haya muerto. La mujer de su vida fue mi abuela Juanita, tanto la amó que él no le sobrevivió siquiera un año y murió de tristeza. Mama Lita me enseñó las oraciones, me ayudó a valorar sus misterios mientras descansaba de su oficio de señora de la casa y legionaria de la Virgen. Mama Lita le decíamos sus nietos, Mama Lita le decimos todavía, aunque haya muerto.

Casa de mis abuelos en la que viví la infancia junto a mi Madre y mis hermanos mientras mi Padre viajaba por el Mundo - que está más allá de El Viajano - y volvía cargado de regalos, cada fin de mes, cada viernes, cada vez que podía. Casa de palma y de bahareque que se llevaron los años a un lugar sagrado, a salvo del olvido. Casa que alguien fotografió el día del sepelio de mi abuelo y dejó marcada para siempre la soledad que comenzaba. Casa que lloré cuando supe que la iban a vender y pregunté la razón a mi Madre, en la cocina. Casa que lloró mi Madre al no tener una respuesta. Casa que una noche de tormenta se vino fachada abajo, sobre la Calle Buenos Aires que mi Madre no cruzó por algún tiempo; ya vivíamos entonces en la nueva Casa, la nuestra, moderna, con techo de asbesto y paredes de concreto sobre la misma calle que nos vio nacer.

En esta Casa hemos sido felices, aunque también hemos llorado la muerte del tío Juve, hemos sentido angustia esa noche que mi Padre hizo maletas para nunca irse, hemos bailado con nuestras amistades y familiares en los días finales de diciembre, hemos orado para conjurar los malos tiempos, hemos reído sentados en la terraza “echando cuentos” por la noche, hemos amado nuestra vidas juntos, hemos extrañado cuando algunos de nosotros está de viaje. En estas Casas de la Calle Baires hemos conocido el Paraíso.

Buenos Aires, ritmo de tango que bailó mi abuela, nostalgia del futuro, algún día iré hasta ti que me llamas, me deseas, me nombras. Al ver pasar a la gente de mi pueblo en bicicleta, a pie, a caballo, he visto pasar a Lugones, a Borges, a Bioy, a Cortázar, en la terraza de la Casa nueva leí mi primera novela “Don Segundo… ” de Güiraldes, bajo la Sombra de los pimientos, lugar sagrado para leer al mediodía, cuando todo parece detenerse. Luego vino Lugones con su poema de una garza que pasa preguntando, después Bioy y Borges me ofrecieron “Cuentos breves y extraordinarios” que encendieron mi Espíritu hasta el punto que fue mi único libro por muchos años. Cortázar me habló desde que leí sobre él en una remota clase de Literatura pero le sonreía con pánico, de lejos… hasta que al fin entendí que un hombre es su destino y lo que sepa hacer con él, entonces llegó Julio con su prosa contundente a convidarme a jugar Rayuela en el patio, yo acepté feliz entre saltos de piedra que llevan al Cielo; Adolfito murió un día de mudanza en Cartagena, pensar en la inmortalidad me acercó a Jorge Luis. Borges nació cien años antes de que lo leyera por primera vez con juicio en un ritual digno de su palabra: escuchando a Piazzola bajo la luna cortada por la mitad, como por una puñalada - esa noche la Luna fue un espejo -.

Calle Buenos Aires, Calle Sacra, vas del Agua a la Brisa, de norte a sur atraviesas San Marcos como el meridiano de mis días. Cuando vaya a Buenos Aires escucharé los viejos porros de esa banda que tanto me gusta, hablaré de ti, de tus presagios, tus colores y sonidos. En Buenos Aires escribiré una crónica a la Calle San Marcos, que seguro existe allí y me espera.

Calle Buenos Aires, aquí nací, aquí crecí, aquí vivo, aquí estaré siempre, aunque me encuentre lejos de mi Ciénaga, de mi Pueblo, de mi Gente. Sobre una sola Calle.

A Perla Vásquez y Linares


Por Ensuncho De La Bárcena
@HombreHicotea