septiembre 01, 2006

Ella




El mismo día en que terminó mi infancia, Ella cumplió los 18.

Era un domingo 1 de septiembre y yo estaba jugando a “la cuarta” después de haber regresado de misa de seis y media. El juego consistía en tirar las monedas contra la pared y contar con cuartas de la mano hasta alcanzarlas. Las monedas eran grandes, de esas de a diez pesos que tenían el mapa de San Andrés por una de las caras. José, un muchacho que nos ayudaba en las labores de la casa, me iba ganando como cinco monedas. Yo hacía lo mío, pero no podía con sus grandes manos. De repente escuchamos un grito que venía de la calle.

Mi papá ingresó, con las manos en la cabeza, oliendo a alcohol, gritando desaforado: “Mataron a Juve, mataron a Juve”. Y no había otro Juve, era mi tío. Mi corazón saltó de pánico y las monedas que tenía en mi mano corrieron por el piso de la sala.

Yo había estado buscándolos a ellos, a mi papá y a mi tío, desde por la tarde en una bicicleta prestada a los vecinos. Mi mamá como que presentía algo porque no estaba tranquila después del almuerzo. Me pidió que los buscara. Hice el recorrido por algunas cantinas donde sabía que a mi papá le gustaba tomarse unas cervecitas los domingos. No los había encontrado. Entonces se me ocurrió buscarlos a las afueras del pueblo, por si acaso. Pero no alcancé a llegar al último bar. Me devolví, cansado. Entonces esa muerte tenía algo que ver conmigo. Me dolió mucho no seguir en mi búsqueda, pero ya no se podía hacer nada… durante muchos años cargué con esta culpa. Esa fecha quedó grabada en la memoria de la familia como una fecha sombría.

Ella no recuerda mucho lo que pasó ese día. Era un cumpleaños más y nunca le ha gustado mucho celebrarlo. Lo significativo es que ese domingo cumplía la mayoría de edad. Al fin dejaría de ser la niñita a las que todos mimaban y cuidaban y se convertiría en la mujer más importante y valiosa de cuantas haya conocido.

Recuerdo que hace un año, justo hoy hace un año, estaba en San Marcos. Encargué al párroco vecino que encomendara la eucaristía de la noche a la memoria de mi tío y a la de mi abuelo Leo, quien murió un 6 de septiembre. Algo me decía esa fecha, además de lo que conmemorábamos, pero aún no sabía qué. Sólo recuerdo la sensación que tuve de haber saldado una deuda con el Tiempo. Bastaron nueve días para que se empezara a resolver el enigma.

Ya he contado acá la manera prodigiosa en que por fin la encontré a Ella. Era la madrugada del 11 de septiembre, cuatro años depués del episodio de las Torres Gemelas. Era una cita que nos habíamos puesto desde el principio de los tiempos… y llegamos puntuales. Ahora les hablaré de lo que significa Ella para mí.

Ella es a quien estuve anhelando desde mis ensoñaciones cuando contemplaba las estrellas en San Marcos. Ella es a quien estaba buscando, perdido en el mundo de las sensaciones vacías. Ella es a quien estuve soñando, despierto, al atardecer. Ella es a quien estaba destinado por los Dioses. Ella es a quien estuve deseando desde mis primeras erecciones intrauterinas. Ella es lo que me hacía falta, desde siempre. Ella es lo que me hace levantar de la cama. Ella es lo que me hacía correr por los bosques, por las playas y sabanas. Ella es lo que me hace sonreír al caminar en la ciudad. Ella es la que me bendice las mañanas. Ella es la que me hace desear regresar a nuestro cuarto por las noches. Ellas es quien acaricia e interpreta mis sueños. Ella es la que me excita las ganas. Ella es la que me enciende la cama. Ella, mi Mujer, mi Amante, mi Juez, mi Cómplice, mi Amiga, mi Venus, mi Esposa.

Y es que si hay una MUJER valiosa, temeraria, desafiante, orgullosa de sí misma, hermosa, sensual, inteligente, atractiva, encantadora y poderosamente combatiente, es ELLA. Ella, quien me hizo entender que las fechas pueden adquirir nuevos significados…

¡Feliz Cumpleaños Amor!