mayo 12, 2006

¿A qué suena Bogotá?

Por Juan Ensuncho Bárcena

Según esa rama de la literatura fantástica que es la ciencia, los seres humanos percibimos sonidos que están en un umbral determinado de vibración, es decir, existe una frecuencia sonora fuera de la cual nada suena para nosotros.

El sonido de las esferas, que tanto trasnochó a los físicos y filósofos durante siglos, aquel que hacen los cuerpos errantes del universo – incluida la Tierra – es imperceptible para nuestro precario sistema auditivo. La longitud de onda que producen semejantes movimientos es tan enorme que resulta nulo para nosotros. De igual manera, el sonido de los pétalos de una flor al abrirse no lo podemos captar por su agudeza infinitesimal.

Con una ciudad – en este caso, Bogotá – pasa lo mismo: Hay sonidos tan graves y otros tan agudos que simplemente no captamos. El tema que me ocupa en el presente texto es el de los sonidos de la urbe en la que no todo es ruido, se los aseguro. A continuación les contaré a qué me suena Bogotá.

Vivo en el piso diez de un edificio del centro de la ciudad. Mi día comienza con una serenata de pájaros que poco a poco va trayendo la luz hacia nosotros. Fascinados, juntos, esperanzados, en las ramas de los árboles, cinco o seis pisos más abajo, ellos dan inicio a la jornada. Luego, el despertador, confirma lo anunciado: está amaneciendo. Me levanto de la cama, abro y cierro la puerta con cuidado para no despertar a mi esposa, enciendo la luz del baño, abro otra puerta, levanto la tapa del inodoro y escucho el sonido cantarín de un líquido en movimiento estrellándose con otro estático. Bajo la cisterna y comienza el día.

Entro de nuevo al cuarto, la despierto, la invito al baño. Escucho nuestros labios cuando se unen, agradecidos por el nuevo día, seguidos de las cobijas que protestan al ser retiradas del encantador contacto con su cuerpo. Entramos al espacio sagrado del baño, luego de correr la puerta. Este es quizá el momento más íntimo y pleno de la vida en pareja. Abro la ducha, primero en un tono frío, agudo, la cierro un poco y sale su voz grave de agua caliente. Conversamos, planeamos el día, tomamos decisiones, jugamos… Al regresar al cuarto escuchamos las primeras evidencias de que estamos en la selva de cemento. Los rugidos de un animal enorme se hacen sentir. Las aceleraciones y frenadas de un bus articulado del sistema masivo Transmilenio y las bocinas de los carros que espantan a las palomas, nos recuerdan dónde vivimos.

A medida que avanza el día se combinan los sonidos íntimos de la habitación, la infaltable pregunta “¿Qué me pongo?” y el spray del desodorante, con los pitos de policías que generan desespero callejero, gritos de llamado, advertencias o socorro, mezclados con el canto de uno que otro desubicado pajarito.

Me dirijo a la cocina. Abro la puerta de la nevera, saco las arepas, tomo el encendedor con mi mano derecha, con la izquierda giro la llave del gas y vivo el milagro del fuego, génesis de todo hogar. Me quedo contemplando la llama, siempre hipnótica. Elijo la cacerola a usar, la acaricio por dentro con un poco de mantequilla, observo el calentamiento gradual… suenan una a una las cáscaras de cuatro huevos que, al romperse, se convierten en un alba de soles revueltos. Abro el grifo del lavaplatos, escucho el agua llenar una ollita que pongo en otro fogón hasta que hierve copiosamente.

Mientras está cocinándose el desayuno, voy a la sala y enciendo la radio. Sintonizo una emisora no comercial, una de la buena radio universitaria que es la única que vale el goce en esta ciudad. Escucho las puertas del escaparate golpeando en uno y otro sentido. Ella enciende la tele para distraerse con el sonido y mirar la hora. Y los bobos de la caja boba creen que alguien los ve! Nuestro desayuno suena a concierto de la mañana. Es decir, a música clásica o barroca, bien temperada. Una vez concluido, ella recoge los platos y se encarga de lavarlos. En casa hay una regla universal: “Quien cocina no lava”. Luego vamos al baño, a lavarnos los dientes, otro de los sonidos más caseros que hay. Por fin estamos listos. Tomamos las chaquetas, las bufandas y el paraguas. Salimos del apartamento, pedimos el ascensor y escuchamos cómo viene venciendo la gravedad, piso tras piso. Abordamos. Salimos y oímos los “Buenos días” del portero, siempre sonriente. Abre la puerta y nos desea felicidad.

Nos topamos con la ciudad de frente. Suelas gastadas contra el pavimento, otros paseantes, estudiantes, am@s de casa, oficinistas y uno que otro mendigo. El rugido del dinosaurio se hace más cercano, pasamos por su territorio, unas máquinas trabajan su camino, los obreros en lo suyo, “creando el mundo”. Pero todo el ruido posible no logra ocultar el maravilloso canto de un ave lugareña, que durante muchos años ha sido mi referente sonoro de Bogotá. No sé cómo se llama, nunca lo he visto, pero siempre escucho su dulce y fragmentado canto. Varias cuadras después entramos al callejón del embudo, una de las calles más pintorescas de la ciudad. Estrecha, empedrada - a menudo me recuerda los caminos para subir a los pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta – esta conduce al emblemático Chorro de Quevedo, sitio de fundación de la Villa de Santa Fe. A esta hora la calle suena a tacones y a saludos cordiales, simplemente. Al mediodía, cuando estemos de vuelta, sus bares comenzarán a sonar músicas ochenteras, con sus caifanes, sus guns and roses, sus robis dracos, sus calamaros.

En La Candelaria siempre hay un bar que suena a Calamaro. Uno lo escucha en el fondo, porque a esta hora el sonido de la lluvia bajo el paraguas es gratificante. Es una sinfonía acuática que nos hace sumergir en otro tiempo, en otro nivel de percepción… las gotas que se estrellan con las piedras, las corrientes de agua que corren hechizadas, el agua fluyendo por los techos de las chicherías se funde con la voz de los vendedores de paraguas y “sombrillas”.

A la hora del almuerzo, la ciudad suena a noticias, a platos, a cubiertos y uno que otro sobrevuelo de aviones. Luego, la sagrada siesta de la tarde, que suena a besos, caricias y goce puro.

Pasa la tarde con su trasteo metálico de pulguero – si es sábado -. La noche nos sorprende con su piano de lluvia en las ventanas. Suena algún teléfono móvil o el fijo para concretar una salida. Si no lo decidimos, nos quedamos entre las cobijas, viendo algo del buen cine que pasa la televisión cultural o disfrutando de uno de los mejores sonidos que ofrece esta ciudad: el crepitar de unos leños secos, ardiendo en la chimenea. A esta hora, disfrutamos de la buena música, se tocan un par de copas, conversando. Afuera se escuchan los gritos de borrachos trasnochados, flautistas intemporales que nunca se sabe si se resisten a dejar ir la noche o pretenden hacer el nuevo día haciendo vibrar su aliento con el helado silencio de la madrugada.

Al final de la noche, la ciudad sólo suena a alarmas que impiden o denuncian robos, a sirenas de película policíaca y a cantos de perro abandonado.