enero 30, 2006

Confesiones de un escritor casado


Por Juan Ensuncho Bárcena

Cansado

Hace casi tres años, en Barranquilla, estaba muy aburrido. Era el último día de un caluroso marzo y me preparaba para asistir a mi primer día de trabajo.

La ropa, prestada por mi hermano, no podía verse más cómica en mi cuerpo: Camisa blanca, corbata roja, pantalón y zapatos negros. No aguantaba el dolor que me causaba la ampolla en el talón del pie derecho, producto de los días de inducción que tuve que soportar con los zapatos adecuados.

Después de una semana de lavado de cerebro para convencernos de que lo que haríamos no era vender cursos de inglés, sino prepararnos para ser gerentes, todos los tristes desempleados de entonces nos alistábamos para afrontar el reto con dignidad y altivez. Pero algo estaba muy mal en mi pie derecho y no alcancé a llegar a la esquina. Frente al teléfono público de la Carrera 58 con Calle 70, colgué mis intenciones de ser gerente. Para siempre.

De inmediato regresé al apartamento, muy molesto conmigo - por idiota - , con la vida – por injusta - y con el zapato derecho de mi hermano – por estrecho -. Todo se me juntaba: la frustración, la ampolla y para completar, volvía mi dolor de muelas. ¿Qué podía hacer…? Me senté a escribir. Creo que esos momentos en los que me siento “con el mundo en contra” son los de mayor lucidez y la escritura se me antoja la más satisfactoria de las actividades. Comencé entonces a redactar una declaración de principios o memorial de agravios mientras me quitaba la corbata, los zapatos, el pantalón negro, la camisa blanca y me quedaba en calzoncillos para disfrutar de la soledad del apartamento que compartía con mi hermano Ramiro, siempre bien vestido. El texto que titulé pomposamente “Decálogo de un escritor cansado” fue publicado el sábado siguiente en una reconocida revista de Internet, a dos días de cumplir mis 28. Al menos tenía la buena fortuna de burlarme de mí mismo.

Con sueldo

Hace casi dos años, en Cartagena, estaba muy alegre. Era el último día de un seco marzo y me preparaba para ir a mi primer día de oficina. La ropa era mía.

Había vuelto a un lugar del que nunca me fui, en el que nunca estuve, treinta meses después de mi partida. Todo ese tiempo había hablado mucho del lugar: de mis épocas de estudiante, de mis jornadas de ocio creativo. Eran casi tres años tratando de entender los dos que viví en el Hotel Bellavista. Ahora tenía un trabajo: estaba listo para ser un escritor serio. Por fin. Me senté a escribir a la luz de una lámpara, acariciado por la brisa del ventilador de techo, en la habitación-esquina de paredes azules, con una ventana por la que veía mi habitación de otros tiempos…

Esa primera noche supe que había llegado la hora de publicar mi primer libro. Que si por algo aceptaba trabajar para la burocracia cultural de la ciudad, era por la posibilidad muy cercana de dar a la luz “El Poeta en el Hotel”, proyecto en el que me había empeñado desde mediados de los noventa, con la escritura de retruécanos, grafittis, manifiestos, conjuros y demás juegos de palabras. Había llegado la hora, lo sentí esa noche en que mi hermana Erika cumplía 31.

Pero la alegría me duró poco. Al comenzar a trabajar en una oficina que más parecía una inspección de policía de corregimiento o “una ratonera” como la llamaría meses después uno de los miembros de la Junta Directiva; me di cuenta de inmediato que la cosa estaba patas arriba. Que una ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad no estaba siendo pensada correctamente desde el punto de vista cultural y que andaba en manos de un grupo de gente cuyo significado de cultura no iba más allá del que le dictara su concejal amigo.

Con el día a día de escritorio, formatos BPIN e informes a la contraloría, las cosas se me fueron mostrando tal cual eran. Pasé de la emoción a la desilusión rápidamente al constatar que la música favorita del director general era el vallenato y que el destino cultural de la ciudad era proyectado por un excelente jugador de dominó que no conocía la razón de ser de la UNESCO.

A pesar de todo ello, me conformé con mi sueldo de burócrata durante 16 meses, durante los cuales me divertí mucho, viví y comí bien, publiqué mi primer libro, me emborraché a menudo y escribí un texto muy regular sobre mi nueva vida, justificándome de una manera tan vil que aún hoy me da vergüenza leerlo. Lo titulé “Decálogo de un escritor con sueldo” y lo publicó la misma revista de Internet, en un merecido rincón de la edición de mayo. Ya no podía mirar a la cara a mis amigos – y lectores - sin bajarles la mirada.

Casado

Hace casi un año sonó el teléfono de la casa de mi hermano Leonardo, en San Marcos. Era el domingo anterior al cumpleaños 28 de mi hermana Noris. La voz del otro lado de la línea preguntó: “¿Esa es la casa del celibato?” A lo que mi cuñada Claudia no supo qué responder. Hasta ahí la cosa parecía una confusión, pero los días venideros se encargarían de demostrar lo contrario.

La pregunta hacía referencia a un artículo mío publicado en las páginas editoriales de El Universal, periódico local de Cartagena de Indias, Mulatas y Negras. El texto en mención, titulado “Arriba el Celibato” me había puesto en la palestra de los comentarios de tienda, esquina y de corrillo. La polémica columna provocó una divertida y airada reacción de lectoras y lectores en el buzón del periódico pidiendo que me suspendieran el espacio por mi falta de veracidad, seriedad y hasta de respeto con mi propia madre. La cosa fue así durante toda la semana, hasta que un lector neoyorkino puso el “tatequieto” al decir que no me habían entendido el sentido del humor. Bueno, pero esta carta de respaldo no le dio motivos suficientes al director o al gerente, porque la verdad es que nunca me volvieron a publicar mis opiniones. La situación llegó a ser tan hilarante que hasta una afectada profesora de Derecho de una universidad privada se ofendió tanto que escribió – y publicó – un artículo haciendo un análisis de mi indefenso texto a la luz de la “Teoría de la argumentación”. La única verdad es que me quedé sin argumentos.

Gracias a que “no tengo la lengua en viaje”, como dice mi tía Alsacia, me metí en un problema con algunas vecinas que me quitaron el saludo, otras me miraban de reojo para verme alguna caída y otras simplemente me decían que mi divulgado celibato era una estrategia más para conseguir víctimas. La vaina llegó al extremo de que una estudiante de una reconocida universidad pública de la ciudad me invitó a defender mi punto de vista frente a un auditorio copado por 300 mujeres iracundas que se sentían menospreciadas por mis palabras. Acudí a la cita, no sin miedo, pero por fortuna conté con la ayuda de Hermes y pude inclinar la balanza a mi favor. En vez de piedras, insultos y madrazos me despidieron con sonrisas, invitaciones y guiños: al menos dos de ellas querían poner a prueba mi celibato. Yo, por supuesto, no se los permití.

Pasaron algunos meses en los que me aburría demasiado con el mismo tema siempre: que el celibato, que por qué, que cómo así. Me empezaba a fastidiar de la ciudad. Entonces recordé las palabras de un amigo editor: “siento que estás preso en la costa, vente para Bogotá”. Y le hice caso. Pero antes de instalarme en la capital, la vida me había reservado una sorpresa, en una de esas noches de Cartagena, que fascinan.

Era una noche de sábado, de esas en las que sientes que alguien te está esperando en algún lugar. Y la intuición no me falló. Ella estaba sentada en una infranqueable mesa de sólo mujeres bajo el afiche de The Beatles en Quiebra Canto, mi lugar preferido. Intercambiamos miradas, me levanté a bailar, cerré los ojos y cuando los abrí allí estaba ella, preguntándome: “¿Por qué bailas solo?” –“Porque no estoy contigo”, respondí. Extendí mi brazo izquierdo, le tomé su mano derecha y nos entregamos al son de Compay Segundo y Buenavista Social Club.

Nada hay más serio en el mundo que una pareja que baila. Y sobre todo si sabe bailar salsa. Somos todos libres de bailar lo que queramos, como queramos. La vida es una continua danza al borde del abismo. Sabemos que podemos caer, que un día vamos a caer, y sin embargo bailamos. Nos entregamos a la música, al movimiento, al roce de los cuerpos, aún sabiendo que nos espera el silencio, el estallido contra el suelo, la quietud, la muerte. Cada cual elige su forma de bailar. La mía es la palabra. La pista es el papel. Mis pies son dos esferos. La tinta es el licor que me alienta a dejarme llevar, el combustible con el que me desplazo para intentar no comprender, sólo fluir con los silencios de la memoria, con los sonidos de la imaginación.

Después de esa noche nada fue igual. Comenzó una nueva época en nuestras vidas, los mejores tiempos, la edad dorada. Atrás habían quedado los días de soledad, de angustia, de tristeza. Todo fue tan sincrónico esa noche de sábado que parece el primer capítulo de una historia de amor. Todo es tan íntimo, tan único, pero al mismo tiempo tan universal, que vale la magia de ser contado.

- Busco una mujer sin nombre, sin pasado, sin futuro, que sólo quiera vivir el presente, sin máscaras.
- …
- ¿Cómo quieres que me llame?
- Guille
- Tú serás para mí, Gitana
- Así me llama mi madre
- Buena señal

De la mesa donde estaban sus amigas sentía que todas las miradas se dirigían a nosotros. Una de ellas nos hacía fotos. Seguíamos bailando cada vez más unidos, más pegados, más uno solo.

- Tus amigas nos hacen fotos
- Están extrañadas, yo nunca hago esto
- Quédate conmigo
- Tengo un vuelo mañana a las seis
- Yo te llevo al aeropuerto
- No puedo, tengo un compromiso

Alguien la llamó desde su mesa. Me quedé contemplando su rítmico caminar. Habló algo con ellas. Tomó un trago de un vaso. Regresó a la pista, nos abrazamos y seguimos bailando. Una a una fueron yéndose sus amigas, algunas escépticas, otras nerviosas, le daban consejos, pero todas le daban un abrazo que yo sentía como de despedida. Era inevitable, la dejaban en brazos del hombre de su vida. No había nada que hacer. Al final, la última en despedirse fue Mónica, quien la abrazó fuertemente y le dijo: “Te quiero mucho, amiga”. Se dirigió a mi y me dijo: “Quiérela mucho, que es mi hermana”. “Tranquila, que eso haré”, le respondí abrazándola.

Al día siguiente yo no era Guille, ni ella era Gitana. Éramos Juan y Adriana, con nombre propio, pasado y futuro, pero aún nuestra fe seguía siendo vivir el presente, sin máscaras. No hay otra manera de concretar el amor que el día a día, el baño, el desayuno compartido, la noche bajo las mismas cobijas. El ancho mundo a nuestros pies.

¿Y qué hemos hecho desde entonces? Amarnos, cuidarnos, apoyarnos en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, en la alegría y en la tristeza. “Quédate conmigo”, le propuse. Y ella lo hizo. Desde ese fin de semana estamos juntos, sin permiso de nadie, sin firma de contrato, sin la aprobación de su familia, sin importar los daños a terceros. Porque así es el Amor, cuando llega, nada ni nadie puede detenerlo. Como ese Dios que mantiene unidos a los átomos, a los planetas en órbita y a los seres, vivos.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

tierna historia, casi lloro!
Parece un poco ficticia, pero bueno, cada quien con su cuento!
Minninad

Luis Augusto dijo...

Una vez más me he bebido el con-sentido de sus palabras hechas magia. De manera anónima fui personaje, sin estarlo, estando.
Excelente suena como acartonado. Sencillamente un viaje con alquimia.
Bravoooo!!
Luis Augusto

MariangelicaFrancoFrias dijo...

Hola Adriana y Juan:

Aparte de felicitarlos por su decision de compartir juntos este devenir en el que estamos inmersos, les digo, en mi calidad de ex victima del sistema educativo del Opus Dei: NO LE PAREN BOLAS A NADIE!! Lo importante es lo que uno siente y si se actua conforme a las propias convicciones, tengan la plena seguridad que todas las acciones que realizamos seran las mas asertivas. Quiero compartir con ustedes algo curioso, que me genera una especie de teoria:
En el año 2000 me declare: TOMM (Totally out of the Meat market), similar a cuando Juan se declaro celibe hasta nueva orden. Parece que cuando se tira la toalla, cuando ya se esta mamado de sufrir, el amor de verdad aparece. Tambien, pese a los juicios errados y los malos augurios ajenos, encontre a la persona que ocupa mi corazon per secula seculorum: Jorge Arturo.
ASI QUE: PA´LANTE! A ratos no es facil, pero el mejor regalo que Dios, o el Universo, o como lo quieran llamar, puede brindarnos es el amor. Ustedes cuentan con la gran fortuna de tenerse el uno al otro. Sean felices y a los que no les guste que lo sufran...
Gracias por incluir mi blog en la lista de Naufragos Urbanos. Los invito a leer la nueva entrada.
Chao, Un abrazo.
MARIA ANGELICA

Elpelicanociego dijo...

Hombre, qué gusto saber de usted, señor Ensucho. La última vez que lo vi era usted un muchacho que emulaba a Chayanne. Simpre fue usted un mal músico, un pesimo poeta (la palabra sobra), y ahora, gracias a su última entrada, tambien veo que un garabatajo infecto de escritor.

Nunca, amigo mio, nunca había visto tantos errores juntos. Por favor siga sin tomarse el trabajo de editar lo que escribe.

Santaigo Buendía.

Juan Ensuncho Bárcena dijo...

Hombre señor Buendía: La verdad es que me he perdido del privilegio de verle, no tengo ni reverenda idea de quién carajos es. Pero bueno, veo que me da usted una importancia tal como para crear un blog con una identidad falsa. Vainas de la tecnología que no sabe manejar un "delegado de la asociación de la embajada colombiana" en París. Jejeje