enero 30, 2006

Confesiones de un escritor casado


Por Juan Ensuncho Bárcena

Cansado

Hace casi tres años, en Barranquilla, estaba muy aburrido. Era el último día de un caluroso marzo y me preparaba para asistir a mi primer día de trabajo.

La ropa, prestada por mi hermano, no podía verse más cómica en mi cuerpo: Camisa blanca, corbata roja, pantalón y zapatos negros. No aguantaba el dolor que me causaba la ampolla en el talón del pie derecho, producto de los días de inducción que tuve que soportar con los zapatos adecuados.

Después de una semana de lavado de cerebro para convencernos de que lo que haríamos no era vender cursos de inglés, sino prepararnos para ser gerentes, todos los tristes desempleados de entonces nos alistábamos para afrontar el reto con dignidad y altivez. Pero algo estaba muy mal en mi pie derecho y no alcancé a llegar a la esquina. Frente al teléfono público de la Carrera 58 con Calle 70, colgué mis intenciones de ser gerente. Para siempre.

De inmediato regresé al apartamento, muy molesto conmigo - por idiota - , con la vida – por injusta - y con el zapato derecho de mi hermano – por estrecho -. Todo se me juntaba: la frustración, la ampolla y para completar, volvía mi dolor de muelas. ¿Qué podía hacer…? Me senté a escribir. Creo que esos momentos en los que me siento “con el mundo en contra” son los de mayor lucidez y la escritura se me antoja la más satisfactoria de las actividades. Comencé entonces a redactar una declaración de principios o memorial de agravios mientras me quitaba la corbata, los zapatos, el pantalón negro, la camisa blanca y me quedaba en calzoncillos para disfrutar de la soledad del apartamento que compartía con mi hermano Ramiro, siempre bien vestido. El texto que titulé pomposamente “Decálogo de un escritor cansado” fue publicado el sábado siguiente en una reconocida revista de Internet, a dos días de cumplir mis 28. Al menos tenía la buena fortuna de burlarme de mí mismo.

Con sueldo

Hace casi dos años, en Cartagena, estaba muy alegre. Era el último día de un seco marzo y me preparaba para ir a mi primer día de oficina. La ropa era mía.

Había vuelto a un lugar del que nunca me fui, en el que nunca estuve, treinta meses después de mi partida. Todo ese tiempo había hablado mucho del lugar: de mis épocas de estudiante, de mis jornadas de ocio creativo. Eran casi tres años tratando de entender los dos que viví en el Hotel Bellavista. Ahora tenía un trabajo: estaba listo para ser un escritor serio. Por fin. Me senté a escribir a la luz de una lámpara, acariciado por la brisa del ventilador de techo, en la habitación-esquina de paredes azules, con una ventana por la que veía mi habitación de otros tiempos…

Esa primera noche supe que había llegado la hora de publicar mi primer libro. Que si por algo aceptaba trabajar para la burocracia cultural de la ciudad, era por la posibilidad muy cercana de dar a la luz “El Poeta en el Hotel”, proyecto en el que me había empeñado desde mediados de los noventa, con la escritura de retruécanos, grafittis, manifiestos, conjuros y demás juegos de palabras. Había llegado la hora, lo sentí esa noche en que mi hermana Erika cumplía 31.

Pero la alegría me duró poco. Al comenzar a trabajar en una oficina que más parecía una inspección de policía de corregimiento o “una ratonera” como la llamaría meses después uno de los miembros de la Junta Directiva; me di cuenta de inmediato que la cosa estaba patas arriba. Que una ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad no estaba siendo pensada correctamente desde el punto de vista cultural y que andaba en manos de un grupo de gente cuyo significado de cultura no iba más allá del que le dictara su concejal amigo.

Con el día a día de escritorio, formatos BPIN e informes a la contraloría, las cosas se me fueron mostrando tal cual eran. Pasé de la emoción a la desilusión rápidamente al constatar que la música favorita del director general era el vallenato y que el destino cultural de la ciudad era proyectado por un excelente jugador de dominó que no conocía la razón de ser de la UNESCO.

A pesar de todo ello, me conformé con mi sueldo de burócrata durante 16 meses, durante los cuales me divertí mucho, viví y comí bien, publiqué mi primer libro, me emborraché a menudo y escribí un texto muy regular sobre mi nueva vida, justificándome de una manera tan vil que aún hoy me da vergüenza leerlo. Lo titulé “Decálogo de un escritor con sueldo” y lo publicó la misma revista de Internet, en un merecido rincón de la edición de mayo. Ya no podía mirar a la cara a mis amigos – y lectores - sin bajarles la mirada.

Casado

Hace casi un año sonó el teléfono de la casa de mi hermano Leonardo, en San Marcos. Era el domingo anterior al cumpleaños 28 de mi hermana Noris. La voz del otro lado de la línea preguntó: “¿Esa es la casa del celibato?” A lo que mi cuñada Claudia no supo qué responder. Hasta ahí la cosa parecía una confusión, pero los días venideros se encargarían de demostrar lo contrario.

La pregunta hacía referencia a un artículo mío publicado en las páginas editoriales de El Universal, periódico local de Cartagena de Indias, Mulatas y Negras. El texto en mención, titulado “Arriba el Celibato” me había puesto en la palestra de los comentarios de tienda, esquina y de corrillo. La polémica columna provocó una divertida y airada reacción de lectoras y lectores en el buzón del periódico pidiendo que me suspendieran el espacio por mi falta de veracidad, seriedad y hasta de respeto con mi propia madre. La cosa fue así durante toda la semana, hasta que un lector neoyorkino puso el “tatequieto” al decir que no me habían entendido el sentido del humor. Bueno, pero esta carta de respaldo no le dio motivos suficientes al director o al gerente, porque la verdad es que nunca me volvieron a publicar mis opiniones. La situación llegó a ser tan hilarante que hasta una afectada profesora de Derecho de una universidad privada se ofendió tanto que escribió – y publicó – un artículo haciendo un análisis de mi indefenso texto a la luz de la “Teoría de la argumentación”. La única verdad es que me quedé sin argumentos.

Gracias a que “no tengo la lengua en viaje”, como dice mi tía Alsacia, me metí en un problema con algunas vecinas que me quitaron el saludo, otras me miraban de reojo para verme alguna caída y otras simplemente me decían que mi divulgado celibato era una estrategia más para conseguir víctimas. La vaina llegó al extremo de que una estudiante de una reconocida universidad pública de la ciudad me invitó a defender mi punto de vista frente a un auditorio copado por 300 mujeres iracundas que se sentían menospreciadas por mis palabras. Acudí a la cita, no sin miedo, pero por fortuna conté con la ayuda de Hermes y pude inclinar la balanza a mi favor. En vez de piedras, insultos y madrazos me despidieron con sonrisas, invitaciones y guiños: al menos dos de ellas querían poner a prueba mi celibato. Yo, por supuesto, no se los permití.

Pasaron algunos meses en los que me aburría demasiado con el mismo tema siempre: que el celibato, que por qué, que cómo así. Me empezaba a fastidiar de la ciudad. Entonces recordé las palabras de un amigo editor: “siento que estás preso en la costa, vente para Bogotá”. Y le hice caso. Pero antes de instalarme en la capital, la vida me había reservado una sorpresa, en una de esas noches de Cartagena, que fascinan.

Era una noche de sábado, de esas en las que sientes que alguien te está esperando en algún lugar. Y la intuición no me falló. Ella estaba sentada en una infranqueable mesa de sólo mujeres bajo el afiche de The Beatles en Quiebra Canto, mi lugar preferido. Intercambiamos miradas, me levanté a bailar, cerré los ojos y cuando los abrí allí estaba ella, preguntándome: “¿Por qué bailas solo?” –“Porque no estoy contigo”, respondí. Extendí mi brazo izquierdo, le tomé su mano derecha y nos entregamos al son de Compay Segundo y Buenavista Social Club.

Nada hay más serio en el mundo que una pareja que baila. Y sobre todo si sabe bailar salsa. Somos todos libres de bailar lo que queramos, como queramos. La vida es una continua danza al borde del abismo. Sabemos que podemos caer, que un día vamos a caer, y sin embargo bailamos. Nos entregamos a la música, al movimiento, al roce de los cuerpos, aún sabiendo que nos espera el silencio, el estallido contra el suelo, la quietud, la muerte. Cada cual elige su forma de bailar. La mía es la palabra. La pista es el papel. Mis pies son dos esferos. La tinta es el licor que me alienta a dejarme llevar, el combustible con el que me desplazo para intentar no comprender, sólo fluir con los silencios de la memoria, con los sonidos de la imaginación.

Después de esa noche nada fue igual. Comenzó una nueva época en nuestras vidas, los mejores tiempos, la edad dorada. Atrás habían quedado los días de soledad, de angustia, de tristeza. Todo fue tan sincrónico esa noche de sábado que parece el primer capítulo de una historia de amor. Todo es tan íntimo, tan único, pero al mismo tiempo tan universal, que vale la magia de ser contado.

- Busco una mujer sin nombre, sin pasado, sin futuro, que sólo quiera vivir el presente, sin máscaras.
- …
- ¿Cómo quieres que me llame?
- Guille
- Tú serás para mí, Gitana
- Así me llama mi madre
- Buena señal

De la mesa donde estaban sus amigas sentía que todas las miradas se dirigían a nosotros. Una de ellas nos hacía fotos. Seguíamos bailando cada vez más unidos, más pegados, más uno solo.

- Tus amigas nos hacen fotos
- Están extrañadas, yo nunca hago esto
- Quédate conmigo
- Tengo un vuelo mañana a las seis
- Yo te llevo al aeropuerto
- No puedo, tengo un compromiso

Alguien la llamó desde su mesa. Me quedé contemplando su rítmico caminar. Habló algo con ellas. Tomó un trago de un vaso. Regresó a la pista, nos abrazamos y seguimos bailando. Una a una fueron yéndose sus amigas, algunas escépticas, otras nerviosas, le daban consejos, pero todas le daban un abrazo que yo sentía como de despedida. Era inevitable, la dejaban en brazos del hombre de su vida. No había nada que hacer. Al final, la última en despedirse fue Mónica, quien la abrazó fuertemente y le dijo: “Te quiero mucho, amiga”. Se dirigió a mi y me dijo: “Quiérela mucho, que es mi hermana”. “Tranquila, que eso haré”, le respondí abrazándola.

Al día siguiente yo no era Guille, ni ella era Gitana. Éramos Juan y Adriana, con nombre propio, pasado y futuro, pero aún nuestra fe seguía siendo vivir el presente, sin máscaras. No hay otra manera de concretar el amor que el día a día, el baño, el desayuno compartido, la noche bajo las mismas cobijas. El ancho mundo a nuestros pies.

¿Y qué hemos hecho desde entonces? Amarnos, cuidarnos, apoyarnos en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, en la alegría y en la tristeza. “Quédate conmigo”, le propuse. Y ella lo hizo. Desde ese fin de semana estamos juntos, sin permiso de nadie, sin firma de contrato, sin la aprobación de su familia, sin importar los daños a terceros. Porque así es el Amor, cuando llega, nada ni nadie puede detenerlo. Como ese Dios que mantiene unidos a los átomos, a los planetas en órbita y a los seres, vivos.

enero 23, 2006

Martinis para un día seco



Encuentros y desencuentros con Maqroll el Gaviero
1.

La primera vez que supe de él fue en Barranquilla. Era por esa época estudiante de periodismo en la Universidad del Norte y, la pura verdad, sólo aprendía en la Biblioteca. Pasaba las tardes buscando en los libros lo que no encontraba en las aulas ni en la vida social de esa ciudad condenada al olvido.

Lo hallé en un libro dedicado a Alejandro Obregón que contenía artículos, crítica, cuentos, fotografías y láminas de su Obra. Entre todos los textos del bello ejemplar, uno en especial me llamó la atención: aquel que refiere los sucesivos encuentros entre Maqroll y el alucinado catalán del Caribe. De inmediato quedé fascinado por la aterradora certeza de que realidad y ficción eran la misma vaina, las dos caras de una misma moneda encontrada en la calle. Recuerdo que salí como poseído de la sala de lectura y tomé rumbo a la pensión donde vivía. Al llegar, ya era de noche y sólo me esperaba una fría cena acompañada del periódico local que anunciaba entre un mar de información inútil el estreno de la película Ilona llega con la lluvia para ese mismo día. Algo me decía ese título. Algo indescifrable me llamaba desde el fondo de esa fotografía. Algo me invitaba, otra vez, a dejarme llevar por el azar. Le hice caso, era viernes.

Una vez devorada la sencilla cena, que en realidad era almuerzo atrasado, compuesta de frijoles con tocino, arroz blanco, ensalada y jugo, me dirigí a la sala de cine. Iba caminando pues estaba tan cerca como para no tomar un bus y tenía tanta plata como para no tomar un taxi. Llegué justo a tiempo para ver los títulos. Al salir, una lluvia menuda me hizo acelerar el paso hasta la casa. En el camino pensaba en el trashumante destino de vidas inciertas como la de Ilona. Esa noche, poco antes de dormir, me pregunté si ese destino alguna vez se tropezaría con el mío.

2.

Al año siguiente, cansado del carnaval, el guandú y los almendros amargos, llegué al puerto libre de Cartagena de Indias, en busca de un ambiente donde pudiera andar sin andadores. Recorrí una y otra vez las calles del centro de la ciudad, esperando encontrar al Gaviero para entregarle una carta que le enviaba una amiga suya de pocas palabras y cabellera elocuente. Pasé un fin de semana entero tratando de hallarle. “Lo último que escuché de él es que está viviendo en La Boquilla” me dijo una de sus cómplices. Hasta allá fui en su búsqueda, pero como lo sabe nuestro amigo, lo que importa es el viaje así que no me molestó no dar con su paradero en aquel barrio negro frente al mar, porque me distraje con los alcatraces y las gaviotas de la playa. De La Boquilla volví al centro y, esta vez, alguien que no recuerdo me contó en la Plaza de Bellas Artes que lo había visto la noche anterior en un prostíbulo cercano al puerto. “Me dijo que hoy se embarcaba en una pequeña lancha del Sinú a visitar a un amigo”. “¿En lancha? Pero sí se pudo ir por tierra”, reaccioné, pero enseguida caí en la cuenta de que hablábamos de un viejo terco, enamorado de la navegación. Al final de ese día, con la llegada de las primeras estrellas, comprendí que no estaba escrito que lo viera en ese atribulado momento de su vida. Entonces violé la correspondencia para saber de lo que se había perdido.

3.

Tres meses después, un amigo librero ahora exiliado en Costa Rica me lo presentó. Había nacido él mismo en tierra caliente cerca de Coello, donde la lluvia hace henchir los ríos que gimen con su carga de lodos vegetales, lo que les daba cierto grado de familiaridad. Diego lo conocía de su época de camionero en un viaje por los Llanos Orientales, en el que practicaron todas las formas del sexo con dos antioqueñas que raptaron de un burdel en San Martín, Meta. Desde entonces eran grandes compinches y se encontraban periódicamente en los antros de la Media Luna o de la Calle Segunda de Badillo en Cartagena. Precisamente en uno de ellos, en “Obseciones”, coincidimos una noche de sábado. “Este es Maqroll”, dijo mi amigo. Se levantó de la mesa con gesto cordial y estrechó mi mano. Su mirada de lobo marino parece salir desde el fondo de sí mismo, como sólo te mira quien está destinado a brindarte su amistad a prueba de todo. De inmediato pasamos a brindar “por nuestras obsesiones”, como propuso el poeta Pedro Blas, quien se había desembarcado con el Gaviero esa misma tarde de un buque alemán con destino a Valparaíso. Sólo tenían esa noche en la ciudad y había que aprovecharla así que hablamos y libamos hasta la exaltación extrema de los afectos y pasiones, para luego entregarnos al histórico destino de tener una mujer desnuda tendida entre las sábanas de un ardiente aposento.

4.

El lunes siguiente por la tarde, tal como quedamos, pasaría por la Librería Bitácora a recoger un ejemplar de Tríptico de mar y tierra que me había dejado su autor. ¿Qué se estaría tramando ahora nuestro amigo? La sorpresa estaba en una nota misteriosa: Saludos a Ilona. “¿Nada más?”, pregunté a la encargada. “Nada más”, respondió con el mismo tono.

Extrañado por el insólito hecho me dirigí al bar La Galerna a tomar algo que me permitiera despejar la bruma del mensaje en clave y arrancar de una vez por todas con el prometedor libro. No me pregunté más por la nota, ordené un tequila y entré fluidamente en la lectura. A dos párrafos del final de Cita en Bergen apareció mi antiguo profesor de Literatura, Wenceslao Triana, con el mismo libro bajo el brazo. Al verlo no pude evitar sonreír ante la doble coincidencia. “Veo en tus ojos que ya has conocido al Gaviero”, dijo. Me levanté de la silla y le ofrecí un trago. Estuvimos conversando sobre nuestro amigo por lo menos durante dos horas, él, por supuesto lo conocía mucho más, desde cuando estuvo en Singapur investigando la azarosa vida de Abdul Bashur. A pesar de los cincuenta años transcurridos, aún conservaba en la memoria cada detalle de ese primer encuentro. Respecto a la misteriosa frase del lúcido marinero, sentenció al despedirse: “Si él te lo dice, por algo es”.

Esa misma noche estuve en el elegante Hotel Santa María del Darién en el cóctel de lanzamiento de un crucero por el Caribe. Allí conocí a Dominique Restrepo, quien había leído algunos textos míos publicados en la prensa local. Monsieur Restrepo, a pesar de su apellido hispano, era en realidad argelino nacionalizado en Francia. Por esa época se encontraba en Cartagena preparando su más reciente obra de alquimista: un Festival de la Memoria y la Imaginación. Conocedor de mi interés en los temas de la Magia, me propuso ser su agente de prensa. Acepté sin reparos, ya que mis provisiones llegaban a su fin, pero sin tener muy claro lo que iba a hacer. Antes de empezar con mis labores, tuve que sortear otro encuentro furtivo con nuestro amigo el navegante.

5.

Ocurrió en el marco de un congreso naviero al cual le había correspondido venir. El lugar del evento le produjo nostalgia porque había sido construido sobre las ruinas del antiguo mercado público de Getsemaní, sitio muy visitado por Maqroll en sus años moceriles. Tan ensimismado estaba que el primer día sólo hablamos por teléfono ya que no salió del hotel en el que lo hospedaron sino a la instalación del evento. Lo noté distante, frío, circunspecto. “Lo siento, pero hoy no estoy en condiciones de ver a nadie, veámonos mañana”, fueron sus palabras antes de colgar. Estaba atravesando no sé qué tribulación de esas a las que lo tiene acostumbrado el destino.

Al día siguiente, aún no del todo recuperado de la noche, lo llamé desde el Bar. Había estado pensando, desde la precisa hora en que los pájaros saludan al sol, en el título de ese libro suyo desconocido por mí. Hay algo en ese título que nos remonta a un tiempo remoto hacia adelante en el que no seremos más que polvo de olvido. Algo de resignación a vivir como se puede, mientras se pueda. Algo de sabiduría al comprender que todas las guerras son guerras perdidas porque el tiempo es jamás vencido. En esas estaba, con una cerveza en la mano, perdido en semejantes elucubraciones más propias de la resaca que de la filosofía, cuando apareció presuroso, con pasos tímidos. Después de darle el abrazo respectivo no aguanté: “Qué nombre más precioso para una novela que Los elementos del desastre”. A lo que me respondió: “Qué imbécil yo que se lo puse a un libro de poemas, ¿no?”… Al preguntarle por su aflicción del día anterior me contó que había salido triunfante, de la mano de un par de martinis secos y de una vibrante jamaiquina que conoció en su penúltima visita. “Ruby me hizo olvidar todos mis males, los reales y los ficticios”, me dijo con picardía.

6.

Después de aquel día, no volví a saber de él sino a través de las esporádicas cartas que el poeta Pedro Blas le enviaba a Diego, en las que cada vez más se refería al Gaviero como a un ser enajenado, como a un ente de razón. En una de las misivas llegó a referir el poeta que Maqroll había hecho desviar una bandada de alcatraces en una playa de Tenerife. Y que, incluso, tenía “la mirada perdida en un cuadro de Obregón”. Descripción que no me tomó por sorpresa, porque bien acostumbrados nos tenía el Gaviero a sus episodios líricos. Ya estaba entonces trabajando como Jefe de Prensa de la Memoria y la Imaginación, cuando se le ocurrió al director del Festival precisamente invitar a nuestro amigo para que inaugurara el certamen con una lectura de sus aventuras de ultramar, a bordo de una réplica de galeón bucanero del siglo XVIII anclado en la Bahía de las Ánimas. Pues la idea le llamó la atención del Gaviero, quien por los días estaría a bordo de un pesquero en aguas del caribe. “Acepto encantado”, dijo. Pero el azar movió sus fichas otra vez y, justo el día antes de desembarcar en Cartagena, se presentó una epidemia a bordo y las autoridades sanitarias del puerto no permitieron el desembarque. Nos quedamos con las inmensas ganas de escucharlo. Sin embargo, hizo llegar a nuestras oficinas un paquete con varios folios en los que relataba los últimos sucesos vividos al lado de Ilona. El sobre contenía también unas instrucciones precisas sobre la persona encargada de reemplazarlo en su lectura: Flor Estévez, a quien encontraríamos alojada en el Hotel Bellavista.

7.

Al llegar esa noche al Hotel, pregunté a Enrique Sedo, dueño plenipotenciario, por la amiga de Maqroll. “¿Flor Estévez?”, preguntó. “Sí”, le respondí. “Ah, la gavia... la 67”, remató. Quedé sorprendido, pues yo vivía hacía varios meses en la habitación 68 del Hotel y no había conocido a semejante mujer. Desde luego me pareció natural que se hospedara allí.

El Hotel Bellavista es, en realidad, un buque sin bandera anclado en las playas de Marbella. Todos vivimos allí como tripulantes o pasajeros. No hay habitaciones, sino camarotes de los que de vez en cuando salimos a cubierta a apreciar el atardecer. El capitán Sedo, como buen navegante, no tiene hijos sino tres docenas de gatos de todas las edades y razas. De barba descuidada y aspecto legendario, Enrique maneja casi todas las lenguas del mundo: Cualquier miembro nuevo a bordo, venga de donde venga, se puede entender con él.

Volviendo al tema que nos trae, decidí ir a mi habitación, a descargar algunas compras antes de buscar a Flor. Entré al baño, lavé mi cara, alisté el paquete y procedí a cumplir con mi misión. Di dos golpes decentes a la mencionada puerta. Nada. Otros cuatro golpecitos de amante nocturno. Nada. Tres golpes fuertes de encargado del mantenimiento. Nada. Sólo entonces me percaté de que el candado estaba puesto. Recordé unos pasos que escuché al momento de lavarme la cara. Corrí a la recepción, supongo que llegué con cara de asustado porque José, el nochero, interrumpió abruptamente su duermevela. “Acaba de salir”, fue lo único que dijo. Me senté a ver una de esas películas que sólo pasan para distraer vigilantes, guardias de oficina y viajeros desubicados. La esperé toda la noche. No llegó nunca. Pero poco me importó, porque al amanecer llegaron dos parisinas que había conocido el día anterior en la playa. Venían a bordo de un barco ebrio haciendo señales para llegar a puerto. Atracaron justo en mi habitación.

8.

Pasados los días y, en vista de que Flor Estévez no aparecía, Enrique dio la orden de abrir la habitación. Encontraron una nota escrita en francés para una tal Larissa y un número telefónico. En ella le pedía que le cuidara sus cosas mientras regresaba de un corto viaje a Panamá. Deudas no había dejado en el hotel, porque iba pagando día a día así que lo único que debíamos hacer – a estas alturas ya estaba involucrado en la situación – era llamar a Larissa y entregarle el paquete con sus cosas. El delegado para hacer la llamada y concretar la cita fui yo, debido a mi amistad con el navegante. Marqué el número repetidas veces desde la recepción y nadie contestó. En esas estaba cuando se presentó el mismo Maqroll con una expresión que yo llamaría impune. “¿Dónde te habías metido?”, me preguntó. Venía abrazado a una esbelta trigueña de cabellos lacios y ojos sonrientes... “Mucho gusto, Larissa”, me extendió su mano. “No lo puedo creer, te estaba llamando”, le dije. “Pues aquí estoy, a tus órdenes”, coqueteó. Al día siguiente, viernes, era la inauguración del Festival, pero no salimos de mi habitación hasta el domingo en la tarde, cuando se nos ocurrió la idea de almorzar. A esas alturas, el Gaviero había perdido un amigo y yo, un trabajo. No me preocupé porque “cuando una puerta se cierra, otra se abre”.

El hambre nos hizo llegar al Café Marea restaurante contiguo al Hotel, donde la comida resultó exquisita y abundante, en medio de un ambiente plácido gracias a la música y a la gente presente. Allí conocimos a Ulla, una cándida alemana que nos habló de los motivos de su viaje a Colombia con tal pasión que me pareció estar hablando de otro país. También se hospedaba en el Bellavista así que una vez terminado el almuerzo, nos dirigimos al hotel para seguir conversando. La oportunidad fue propicia para que Maqroll practicara su alemán aprendido en Hamburgo a fuerza de necesidad. Mientras tanto, Larissa jugueteaba con un gato, ojeándome con intriga. Enrique, quien estaba sentado en la mesa principal del patio, se acercó a la nuestra a hablar con el gato en el regazo de Larissa y logró desviar su atención. De una habitación contigua salió Juancho - el marino del altiplano - con un cigarrillo en la boca y una botella de ron añejo, como buscando cómplices. Saludó a todos cortésmente, coqueteó con las chicas y le invité a sentarse. Destapó la botella y nos sumimos todos en el fragor de una tarde de domingo que, a la sombra de los cauchos fue llegando a su fin. Terminada la botella, Juancho nos invitó a contemplar el ocaso. Cruzamos la avenida que separa el hotel de la playa y nos sentamos en la arena. Nubes de todos los colores, pincelazos sublimes, nos trajeron el silencio. Juntos, callados, como en un trance místico, apreciamos el ardiente interés del sol por bucear en las faldas de la mar. Entre el crepúsculo y la noche, la conversación fue decayendo lentamente hasta que todos entendimos que era hora de estar a solas. Cada uno tomó su llave y se despidió a su manera. Ulla me lanzó una mirada de complicidad de esa que sólo se dan los buenos amantes. “Está bien”, respondí con mis ojos. Regresamos al hotel, fui a mi habitación, hurgué en mi mesa de noche y salí de inmediato. Toqué su puerta, abrió, la tomé de la mano. Volvimos a la playa, atravesamos la noche, sumergiéndonos en el agua plena de estrellas.

Pasaron tres meses en los que no volví a saber nada de Maqroll, ni de Larissa, pero de Ulla recibía noticias todas las semanas, gracias al correo electrónico. En sus mensajes me hablaba de su novio, un tal Miguel, español y aventurero, para más señas. Me dijo que se iban a casar y que vendrían a Cartagena de luna de miel. “Está bien”, respondí. “Si es lo que quieres para ti, te auguro los mejores deseos”. Estaba claro lo que pasó entre nosotros y eso me tranquilizaba.

9.

Por esos días fui contratado en un noticiero de televisión local para cubrir cultura y hacer reportería. Con toda seguridad iba a ser el encargado de informar sobre el Festival de Cine que comenzaría el fin de semana. No me equivoqué porque el director me encomendó esa misión, al decir: “Cada cual en lo suyo, ¿cierto Ensuncho?”. Entonces comprendí que algo bueno estaba a punto de ocurrir. El mismo día de la inauguración, fecha escogida para inscribir a la Prensa, estaba solicitando mi credencial, cuando el intonso Jefe de esa división me espetó: “¿Con qué cuento vienes ahora?”. “Conmigo”, lo desarmó el director del noticiero. Había ganado otra batalla.

En Festicine pasó lo de siempre: entrevistas por aquí, preguntas por allá, imágenes de esto, imágenes de aquello, en fin, la misma rutina macabra del espectáculo. En esas andaba, en el lobby del hotel sede, cuando fui sorprendido por un golpe en la cabeza. “¿Desde cuándo eres un lagarto?”, preguntó la inconfundible voz. Esta vez nuestro amigo lucía como lo vi en la película de Ilona: con los cabellos un poco largos y la expresión maliciosa de quien acostumbra retar al destino. Aproveché para sacarle unas cuantas palabras para la televisión. Terminada la entrevista, despaché al camarógrafo con información precisa sobre lo que debía hacer con el material. Ya libre, invité a Maqroll a un trago. “¡Claro viejo!”, aceptó. Camino al bar de la piscina nos topamos con un par de bikinis puestos en sendas actrices españolas invitadas al festival. Maqroll les saludó con galantería y lujuria combinadas. Ellas respondieron, halagadas y dispuestas. Sentados al borde del azul, con un par de martinis en la mesa, me contó que el director de Ilona llega con la lluvia lo había invitado a pasar unos días en la ciudad por su cuenta como recompensa por haber permitido que filmara parte de su vida. “Así son las cosas del cine”, dijo. Le pregunté por Ilona y me habló de la última vez que la había visto en La Habana, en compañía de Larissa. “Iba a venir también, pero se le presentó no sé qué inconveniente con su pasaporte”, explicó. “No te preocupes, ya se verán, algún día.” Se levantó de la mesa, habló algo con el barman, caminó hasta la mesa contigua y volvió a saludar a las actrices invitadas. Me pidió que fuera hasta allí, me levanté, me presenté de besos y tomé asiento. Al instante llegó el barman con cuatro martinis más. Las chicas sonrieron, dieron las gracias y nos entregamos a los designios de la noche.

Desperté al lado de mi amante fortuita, contemplé su cuerpo tantas veces deseado en la pantalla, acaricié su rostro delicado y triste, besé sus labios y abrió los ojos. Ya no eran azules, como la noche anterior, sino oscuros. Me miró con curiosidad, casi como preguntándome “¿qué coño haces aquí?”. Antes de que lo hiciera tomé el teléfono y pedí una llamada. La quebrada voz de mujer al otro lado de la línea me dijo: “No sé tío, no me di cuenta en qué momento se fue”. Desde entonces no lo he visto. Pero poco me importa dónde esté, sé que está bien, si es que puede estarlo alguien que puede ver más allá de toda apariencia.

10.

El mismo día que zarpó su barco se soltó un aguacero de esos cuyo poder de exterminio sólo el trópico conoce. Extemporáneo, por cierto, teniendo en cuenta que estábamos a principios de marzo. Esa noche, como consecuencia de la lluvia vespertina, no había mucha gente en el Centro de Convenciones. Yo estaba esperando a que abrieran las puertas, cuando ocurrió lo previsto.

De un taxi se bajó una delgada mujer que, al principio, no identifiqué. Al reponerse del pequeño salto que dio para evitar mojarse el vestido, la reconocí: Era ella, Ilona. La misma que me había anunciado el agua. Cuando pasó por mi lado quedé mudo, no pude siquiera responderle su saludo cordial. Estaba petrificado. Era aún más hermosa de lo que había descrito el Gaviero muchas veces. Dueña de un discreto encanto al andar, se complacía en las palabras que le prodigaban sus compañeros de pasillo. Yo iba detrás de ella, sin articular palabra, contemplando sus caderas. Entró a la sala de proyecciones y se extravió. “No hay problema, cuando se enciendan las luces la busco”, me consolé. Pero la película no logró capturarme y decidí salirme antes de tiempo. Me dirigí a la puerta.

Al aproximarme noté a alguien de pie, en la penumbra. Lenta e inesperadamente se abalanzó sobre mí. Me asió por el cuello con su suave mano derecha. Sentí su aroma vegetal de hembra recién bañada, su aliento casi virgen, su voz de angustia al preguntar: “¿Por dónde salgo?” No fui capaz siquiera de sacar fuerzas para hablar. Sólo me atreví a levantar el brazo izquierdo y señalar la puerta. Salió del recinto, la seguí por los pasillos, llegó al punto inicial, tomó otro taxi y se fue.

Esa es la única vez que he visto a Ilona, pero espero que no sea la última. Al fin y al cabo, confío en poderle dar los saludos del Gaviero. Sé que sus palabras esconden situaciones que de momento no me son dadas revelar.