julio 25, 2005

Soy adicto a...



Por Ensuncho De La Bárcena

Ya lo sabes. Tu vida puede ser medida con base en qué tipo de adicciones tengas. Puedes ser adicto a la tele, al sexo, a la rumba, al amor, a las drogas, al desamor, a lo que quieras, lo importante es admitirlo. Ser fiel a tus adicciones cualquier que sean. Alimentarlas.

De momento yo admito mi adicción a un plato sin igual en la variada oferta gastronómica de Cartagena, ciudad llena de buenos restaurantes para empezar la noche. Mi adicción confesa es por el Ceviche Caliente. “Camarones en salsa de mango y maracuyá, mantequilla con ajo, queso mozzarella y vino blanco”. Eso dice la carta, pero un ceviche caliente es mucho más que eso.

Es un plato que arranca – como toda buena odisea – con la elección de la embarcación. Mi preferida es una blanca, en forma de kayak, canoa o cayuco en la que la tripulación es de carácter “mediano”. Una capa de queso derretido está en la superficie, dejando ver los camarones siempre dispuestos a complacer las fantasías de tu paladar. Su color está entre el amarillo intenso y el dorado como el sol a las cuatro de la tarde frente a las murallas del barrio San Diego. Su aroma es el mismo que anuncia las grandes pasiones, como bien sabe hacerlo el ajo cuando lo mezclas con la salsa apropiada.

Salsa es lo que provoca bailar esta obsesión del gusto, esta especie de “mala compañía” de las que tanto hacen bien al cuerpo. Para la salsa no hay mejor pista que La Cevichería, lugar único del centro histórico en el que el placer de los sentidos está siempre permitido.

Al describir un sabor siempre caigo en la tentación de darle cualidades insospechadas. Cómo no recurrir a la sinestesia cuando trato de contarte a qué sabe un Ceviche Caliente. Te podría decir que sabe a muslo de muchacha en flor. Que morder los camarones te transmite la misma sensación húmeda y gozosa de la aproximación a la pista de aterrizaje de tu lengua, cuando te entregas al amar. Es como si tus manos descubrieran palmo a palmo el olor que encierran todas las estrellas que tiene tu amante sembradas por su cuerpo… Su temperatura es la misma que esa que te gustaría provocar en una bella chica que acabas de ver por vez primera y está sentada en la barra o en la mesa de al lado.

Es tanta mi afición por este ceviche que trataré de convencer al Ceviche Man, dueño y señor de los terrenos del paladar, que le cambie el nombre al plato por Ceviche Ensuncho, ¿será que he hecho méritos al confesarme?

Finalmente, debo advertirte que sería mejor que no probaras este platillo, porque puedes volverte adicto también. No sólo a su sabor sino también al sitio. Porque cenar en La Cevichería es una buena señal de que la noche está hecha a tu medida, como los vicios, como los buenos vicios.

julio 07, 2005

Contra el vallenato

Por Juan Ensuncho Bárcena

Una música cuyo nombre sea producto de un error ortográfico no puede ser buena. “El ballenato es el hijo de la ballena”. Así lo dijo muy claro el músico y compositor Francisco “Pacho” Rada hace unos años en Cartagena. Y podría parecerles a los lectores no colombianos una boutade, pero no lo es.

Resulta que “vallenato” es el nombre de una musiquilla de a tres pesos, perdón de tres “instrumentos” (acordeón, caja y guacharaca) originaria de una subregión de la Costa Caribe de este país. Y no es más que una sarta de canciones mediocres que infecta los oídos de los colombianos desde hace varias décadas. Pero bueno, ¿qué esperar de una “música” que se hace con un instrumento de rasgar y otro de aporrear? ¿Será que algo llamado “guacharaca” puede producir verdadera música? Hay que decirlo hasta la saciedad: El vallenato es la victoria del facilismo.

“La victoria del facilismo”. Parece el título de un ensayo sobre la vida contemporánea en Colombia. Debo aclarar que la expresión es ajena. Pertenece a esa colección de perlas con las que el psicólogo educativo Reinaldo Niebles suele deleitar a sus amistades. Reinaldo es el Jefe de Educación de un Zoológico y sabe mucho de animales, por eso habla tan bien del ballenato (¿vallenato?). Pero no es el único: el juicio del musicólogo alemán Alberto Assa, fundador del concierto del mes en el Teatro Amira de la Rosa de Barranquilla, no era menos rotundo: “El vallenato no es más que el sonajero de una nación en pañales”. Por su parte, el maestro Juancho Sierra, investigador y músico: “Sin letra el vallenato es un sonsonete: sin preludio, intermedio ni final”. El escritor David Sánchez Juliao se plantea una pregunta: ¿Por qué el vallenato ha puesto tantos ministros, como ninguna otra música colombiana?

A partir de estos comentarios apropiados para la causa, podemos hacer un análisis del estado en el que nos encontramos como “nación”: corrupción, narcotráfico, guerra. Y los tres tienen que ver con el vallenato. Hay estrechas relaciones entre el vallenato y la corrupción, entre el vallenato y el narcotráfico, entre el vallenato y la guerra. Trataré de demostrarlo a continuación.

El vallenato y la corrupción

El expresidente de la Res-pública (sic) Alfonso López Michelsen promovió la creación del departamento del Cesar en 1966 repartiendo 500 acordeones por toda la provincia, con el objeto de ser nombrado su primer gobernador. En esta “labor política” lo apoyaron una serie de “intelectuales” entre los que se cuentan un Premio Nóbel y el director del principal diario del país. Por otro lado - ¿o el mismo? - el hoy extraditado “hombre marlboro” hacía sus campañas al Honorable Congreso de la República sin esbozar una sola propuesta: sólo ofrecía una parranda en las plazas públicas con los grupos más famosos de este “género musical”. Y así un montón de perlas más.

El vallenato y el narcotráfico

Después de los acordeones regalados por López hubo una horda de compositores e intérpretes que necesitaban comer. Entonces llegaron los patrones “marimberos” que no eran otra cosa que sembradores de marihuana en los alrededores de la Sierra Nevada de Santa Marta, quienes apoyaron decididamente esta naciente expresión popular. Y de ahí en adelante siempre fue muy frecuente encontrar que los narcotraficantes colombianos hallaban en el vallenato su razón de ser, su frecuencia, su esencia, sus historias, su “música”. Hasta el punto que muchas de estas canciones mediocres saludan a los “honorables” patrones de la mafia colombiana.

El vallenato y la guerra

Hace algunos meses un destacado grupo vallenato participó en una parranda (juerga silvestre) en un pueblecito perdido de la geografía colombiana. Hasta aquí la cosa es inofensiva, pero lo que alcanzó a ser noticia nacional fue el hecho de que saludaran al comandante paramilitar de la zona; es decir, al jefe de las “autodefensas” encargadas de reemplazar al estado en las tareas de imponer el orden y eliminar a la guerrilla (a mi juicio, ninguno de los dos, porque acá tanto la guerra como la política son grandes negocios asociados con el narcotráfico). Entonces vemos que el vallenato toma partido en esta guerra fratricida. Está del lado de los más fuertes, de los hacendados, de los “patrones”, de los “dueños”, de los “duros”. ¿No es esto un contrasentido, siendo supuestamente una “expresión popular”?

Por todo esto propongo la creación del FRAVA (Frente Anti-Vallenato) que no es más que un frente pacifista que esté en contra de la excesiva difusión del vallenato por las emisoras y mentes colombianas; un grupo de gente anónima que manifieste su aborrecimiento de esta musiquilla con camisetas, pancartas, vallas, cruzacalles, afiches, volantes, calcomanías, etc. Para ver si así por lo menos logramos ser tenidos en cuenta y dejamos testimonio de que hubo gente a la cual no le caló jamás esta vaina. Pensemos en los siglos que vendrán, cuando ya no exista corrupción, narcotráfico, ni guerra (ni por tanto vallenato) y nos daremos cuenta que los hijos del siglo XX seremos señalados en la historia como “los que oían vallenato”, cosa terrible. Me avergonzaré ante mis tataranietos si no dejo testimonio de que mis oídos jamás aceptaron tal cosa. Por eso te invito que hagas parte del FRAVA.

Finalmente, hay que tener en cuenta que no hay fiesta en la costa (¿o en Colombia?) donde no se oigan vallenatos; quizá por eso no me gustan las fiestas. En todo caso, confieso haber ido a algunas parrandas, escucho a menudo a Alejandro Durán, quien me parece el principal exponente de la “música parrandera” como le llamaba el viejo Pacho Rada, tengo el disco de “Los Clásicos de La Provincia” de Carlos Vives. Y aclaro acá que escucho y aprecio a Vives como rockero, que lo suyo es una estrategia de marketing cuando habla de Valledupar porque estoy seguro que jamás grabaría con tipos que cantan canciones tituladas “No aguanto”, “Vivo en el limbo” o “Pin Pon Pan”. Porque él sabe bien eso que mi amigo Alex Polo – amante del vallenato – explica de una manera sencilla: “Cuando uno está borracho todo lo escucha y lo ve bonito”.