mayo 24, 2005

Un colombiano harto de fe

Por Juan Ensuncho Bárcena

Somos bien primarios. Así lo expresan los colores de nuestra bandera. Sí, primarios. Materia prima para hacer, de un territorio hermoso y rico en culturas, este matadero de a tres pesos en que hemos convertido el sueño de los próceres.

Quizá ese mismo sueño no pasó de ser una mascarada que les permitió llegar a ocupar posiciones privilegiadas para las que estaban vetados. Mezquinos para los afectos, proclives al soborno, torpes para entender los beneficios de la democracia, hemos dado vigencia a un sistema político putrefacto al que llamo “Anarcocracia”.

El gobierno del caos, del desgobierno, del chanchullo (palabra típicamente colombiana), el imperio del desorden, de las leyes escritas con pobreza poética y aplicadas a los más débiles. Aquí, entre nosotros, pareciera que la corrupción es la única ley que se cumple a cabalidad. Ni siquiera el Principio Universal de la Gravedad es eficaz en todos los casos, como lo demuestra el cura que levita en “Cien años de soledad”. Sí, mucha soledad. Pero yo creo que llevamos más de un siglo en estas. Me atrevo a decir que desde 1819 no hemos avanzado un ápice en materia de Libertad, Igualdad y Fraternidad, supuestos ideales que inspiraron nuestro afán de independencia. A propósito, tampoco fuimos capaces de edificar una propuesta auténtica: tuvimos que importarla de Francia. En eso andamos siempre: plagiando, plagiando, plagiando.

Pero es natural: los colores que nos identifican sólo son la materia prima de los demás. No tienen un valor por sí mismos. En ello reside este estigma del colombiano al llegar a otras tierras: no quiere regresar. Encuentra en otra cultura lo que no fue capaz de encontrar en la propia: respeto por sus tradiciones nacionales, por sus culturas locales. No es de extrañar ya que hasta hace poco nos burlábamos de nuestros acentos regionales; de una forma u otra lo seguimos haciendo con esas series de televisión de poco vuelo que estereotipan nuestra riqueza cultural en horario triple A. Ellos creen que divierten, cuando –en el fondo- lo que hacen es atizar el segregacionismo que es caldo de cultivo para la guerra.

Quizá eso es lo que persiguen –tras bambalinas- los dueños de los canales privados de televisión: hacernos creer que no hay más posibilidades para Colombia que la brutal confrontación bélica interna. Aunque, de vez en cuando matizan su mensaje con frasecitas del tipo “Creer en Colombia” que inundan las pantallas con su publicidad hueca. ¡Creer! ¿Acaso una nación sólo se puede construir a partir de la fe? ¿Será por eso que nuestra capital recibió el nombre? ¿Será que, al final, Borges tenía razón cuando estampó en un cuento su célebre sentencia "ser colombiano es un acto de fe"? No lo creo. Como no creo en Colombia.

Me declaro apátrida, como todo ser libre. Si un ave, una nube, una brisa, no tienen que sacar cédula ni pasaporte ni visa, ¿por qué debería hacerlo un ser humano? Aún no encuentro la respuesta. Menos cuando todo el que sale de acá tiembla en los aeropuertos, ante los perros, ante las pesquisas insufribles que ejecutan los gobiernos de quienes muy bien pueden venir, sin permiso alguno, a meterse toda la coca en nuestras playas, ante nuestras narices, con nuestro permiso. Por eso dicen ahora que nuestro plato típico es el arroz con coca.

Y no contento con esto, hace poco, nuestro único premio nobel se tragó en Barcelona las palabras que escribió junto a su amigo premio cervantes, para demostrar una vez más que nuestra dignidad se la llevó el putas. Que nos volvimos un país de putas, de balas y de coca. No somos capaces de mantener nuestra altivez ante gobiernos que nos maltratan cada vez más. Somos unos regalados, relegados, reducidos, nos avergüenza decir que somos colombianos cuando estamos afuera, porque nos huyen. Y tienen toda la razón. Si yo fuera extranjero, no me metería con colombianos, solo con colombianas. A la cama, por supuesto.

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