mayo 07, 2005

Inventario del Tercer Piso

Por Juan Ensuncho Bárcena

La cosa me ha llegado como una revelación. Muy temprano, al amanecer de mi cumpleaños número treinta. Llegó en un sobre al hotel. Venía de Medellín, de manos de Elena Acosta. El corazón o la intuición o el tacto o la memoria, no recuerdo bien, me dijo que era un disco compacto. Si, un disco, pero ¿de qué?

La emoción no me hizo dejar de lado el cuidado, la ternura, la compasión casi con la que se evita siempre dañar la envoltura del regalo. El papel rojo, brillante, me habló del valor, del esmero, de la delicadeza con la que había sido envuelto. La tapa roja, con estrellas blancas y letras negras con los títulos de las canciones. La nota, encabezada por un epígrafe de Cioran: “La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”. Sus palabras, las de Elena, siempre certeras, como un disparo a quemarropa, hacían honor a la cita del maestro rumano. No tuve fuerzas, ni pudor, para evitar una lágrima que rodó desde mi ojo izquierdo hasta la camisa blanca de mangas largas cuando supe de qué se trataba el doble disco: una selección de las mejores canciones de un tío bastante desconocido para mí: Joaquín Sabina. No sé por qué supe que ese día, no habría otro regalo mejor. Con ese sobre en la mano y esa única certeza llegué a los treinta.

Treinta años. La cifra me da vueltas en la cabeza desde hace varias semanas. Siento haber llegado al punto de no retorno. Es inexorable, irreversible: Ha comenzado el proceso de deterioro de mi cuerpo. Algo me dice calladamente: “Te vas a morir”. Atrás quedaron los juegos de infancia, la casa de los abuelos, la Escuela “Niño Jesús de Praga”, las procesiones de la Iglesia, las canciones de Menudo, los amigos de la Plaza de la Trinidad, las primeras novias, la Escuela “Nuestra Señora de Lourdes”, las carreras por la Calle Buenos Aires, los patios llenos de pájaros, el Colegio “María Auxiliadora”, las segundas novias, los rezos de la mañana, el quibbe con pony al desayuno, las izadas de bandera, los exámenes, las calificaciones, las convivencias, las travesuras hormonales, los bailes en la casa, los primeros tragos, el anhelo de las vacaciones, la excursión de fin de año, el 333 de las pruebas, el diploma de bachiller, el viaje con mi padre en bus a inscribirme en la universidad.

Atrás quedó Bucaramanga, la biblioteca de la UIS, el auditorio Luis A. Calvo, el único violín que toqué, el arcoiris que produje, las terceras novias, aquella tarde en que Claudia Juliana salió desnuda del lago para hacer nido entre mis brazos, las noches cazando extraterrestres, la nueva era, las meditaciones al amanecer, la cuentería de otros, las fogatas, las asambleas permanentes, la poesía en la mirada, el descubrimiento de la música de la mano de mi otra Elena Acosta (de Londoño), el amor sin palabras de Leda, la amistad cómplice de Elkin, Luis Fernando y Néstor, las caminatas grupales guiados por Mauricio, el amor cándido de Sandra, la nostalgia, los juegos con el tiempo, el encantamiento del sueño, el álgebra superior, las aventuras de la física, el abandono de la carrera por cuestiones éticas: “el petróleo es la sangre de la tierra”, el viaje de regreso a casa con el rabo entre las piernas, el semestre de ciénaga y baldíos con mis amigos del leñal, las madrugadas, el renacer.

Atrás Barranquilla, la pasión por el cine, la cuentería propia, el descubrimiento de la poesía, el redescubrimiento del rock, los amigos de Hora Cero, la vida en las pensiones, el precarnaval, el parque Tayrona, las playas nudistas, la marijuana, el viaje al pasado de la mano de los indígenas, las gafas oscuras, el pelo largo, la intuición de que la vida es una farsa: una historia que uno se inventa para sentirse vivo, el afán de una biografía, el lado oscuro del corazón, la cinemateca del caribe, Paola y su sexo de prodigios, las tardes de caminar solo sin rumbo, los árboles florecidos del Prado, la embriagante necesidad de ser, la voluptuosidad del vacío, el programa de radio por la noche, Luneta 50, la fluorescente noche de Julieta de los Espíritus, los sueños de pan, la intrigante prosa de Cepeda, las iluminaciones de Obregón, los juegos con la muerte, la emisora universitaria, las obras de Bach y de Beethoven, la prisa por escribir para ganarle al olvido. Las ganas de deserción.

Y entonces apareció Cartagena, como una puta que ronda por el Parque Centenario, el Festival de Cine y su virus incurable, Eva y su café de mañanita, la lucidez de Cioran, la desconfianza en el amor, los amores desconfiados, la tercera universidad, el claustro de la merced, los atardeceres frente al mar, las publicaciones en la prensa, los “personajes”, la música tecno, amnesia, la música del caribe, quiebra canto, las noches de arsenal, las caminatas de hastío por la madrugada, el camellón de los mártires, Elaine y su amor de otro mundo, la virginidad de Beatriz, el eclipse total de sol, los colegas del desechismo, la pura irreverencia, las ansias de filmarlo todo, los videos, el fracaso en su más digna esencia, los pantalones rotos, las botas viejas cubriendo mis pies, el apartamento compartido con mis primas y mi hermano, la mudanza al centro, “obseciones” y las noches de lujuria en la calle segunda de badillo, la neurótica coca, las noches de Cartagena que fascinan, la ironía, la violencia simbólica, los gamines, el sarcasmo al pie de la popa, el lujurioso amor de Cleo, la primera película, el festival de las artes y su ambisexualidad, la mudanza de la universidad a un sitio alejado del mundanal ruido de la realidad, el barrio Crespo, el apartamento donde dejé los muebles, el aburrimiento de compartir la vivienda con una mujer con dos hijos pequeños, el fervor de Érika, el Hotel Bellavista, los cuatro vientos, el grupo de rock, la librería bitácora, el cantar pasado mañana fuera de tono, los amores eternos del cine, el cuerpo de Diana, el cabello de Natalia, la sonrisa de Aury, la mirada de Mónica, su entrega, los discos de The Doors, Robi Draco y Cerati, la fugacidad del viento, las instantáneas, todo el olvido. Toda la gente y los lugares que olvidé para saberme hombre. Todo se fue prefigurando ante mí como una carretera, como esa primera madrugada en la que salí del pueblo para no volver nunca más.

La nada está en el ambiente, como cuando has bailado toda la noche. Rememoro los pasos andados, la senda recorrida, los pies cansados, las vueltas que da la vida, los amores extraviados, la vuelta a Barranquilla, el enigmático amor de Caterina, el retorno a la casa de Julieta, el trabajo, la atracción fatal por Patricia, el apartamento del Prado, el difícil amor de Katherine, los pasos sobre el asfalto, la redención, el retorno al Bellavista para escribir el primer libro, la burocracia, el papel higiénico del escritor en la sociedad de hoy.

¿Y qué es lo que queda de todo aquello? Un cuarto desordenado de hotel, una memoria confusa, dos botellas de ron tres esquinas a medio terminar, un poeta que parte una baldosa en la cabeza de otro al final de la noche de tus treinta, la música, las cajas con cosas, las revistas, los libros, la impostergable necesidad de contar. Y una canción: “La del pirata cojo” de Sabina. Ya son treinta años. Y bien merecen un trago. Dry Martini, por favor.

1 comentario:

Reinaldo Niebles dijo...

Pero ¿Mezclado o agitado?