marzo 31, 2005

Del inconveniente de haber nacido... en San Marcos



Cuando Mara, el Tentador, intenta suplantar a Buda, éste le dice: ¿Con qué derecho pretendes reinar sobre los hombres y sobre el Universo? ¿Acaso has sufrido por el conocimiento? E.M. Cioran

Vivo en un pueblo del caribe en el que piensan que estoy loco porque tengo el sospechoso hábito de leer. ¿Qué se puede esperar de una población de 50 mil habitantes que consume sólo 100 periódicos al día... (Pensándolo mejor, son 500 personas por diario: a razón de 20 por hora, es decir, cada sanmarquero lee un periódico en tres minutos, Récord Guinnes en lectura rápida).

Alcanzo a imaginar los deliciosos comentarios que se suscitarán cuando sepan, por boca de algún malpensante, que también escribo: “Ahora sí es verdad que está de manicomio”, “Imagínate, se va todas las tardes para la casa finca de su familia, solo, a ¡leer y escribir!”, “Ese muchacho es un peligro, una bomba de tiempo”. ¡Qué delicia!. Y yo, feliz de la vida, usando el método paranoico-crítico que le heredé a un tío español para hacer literatura sin sentarme a escribir... Ahora que lo veo tan claro, con razón la última vez que intenté salir con una “niña bien” del pueblo, se negó porque estaba dizque ocupada haciendo unos arreglos para la primera comunión de la hermanita. ¿Tendrá algo que ver el hecho de que estudie Sicología en la Javeriana?

Lo mejor del cuento es que yo les doy la razón: “Sí, leer no conduce a nada bueno”, “eviten los libros, causan alergia”, “son mejores los documentales de Discovery, más bacanos”. No sé si esto sea así o peor en las demás regiones del país, pero es que en ‘la nuestra’ pulula el ranchenato en cualquier esquina, en cualquier rancho una cantina y, encima de todo un McCausland que cree que esto sí es vida, que le gusta ensalzar la miseria propia y ajena en sus películas. Pero no está solo en su causa: lo acompaña un sincelejano que estudió cine en Florencia (no sé si Italia o Caquetá) y se esfuerza por hacernos ver este muladar como paraíso a través de un documental titulado “La bacanería, un estilo de vida”, dedicado a eso tan insípido que es el humor regional; el grupo lo integra también un tal Fiorillo, que resultó ahora ser tomador de gaseosa o comedor de helado (no recuerdo bien) de La Cueva, todo con la excusa de inmortalizarse en una foto raída del Nóbel Patriarca en compañía de sus compañeros de parranda y comilona; cierra el cuarteto de cámara un señor Salcedo, hijo de otro más famoso que él pero con la misma voz, que se le ha dado por recorrer la Costa y repetir y repetir lo que los otros ya habían dicho o hecho, pero esta vez por Señal Colombia.

Volviendo a San Marcos, que no es ningún Macondo, todo el que no está con la mayoría, libando licor de caña a 40 grados bajo la sombra, está perdiendo el tiempo; se convierte en rechazado, marginal, orillero. Se le premia con un estigma. (Y eso que no saben que tengo un tatuaje en mi brazo izquierdo). Para divertirse, como en todo el mundo, la juventud va a la disco de moda, con la ropa de moda a bailar música de moda. “A reventar trago se dijo”, se escucha por doquier al llegar el viernes. “El ron no es pa’ pelaos”, queriendo decir al mismo tiempo que no es para niños ni para gente sin plata. Aunque se sabe de padres que matan a sus hijos para hacerlos machos, de gorreros que nunca pagan y siempre están ebrios, y de algunos que empeñan hasta sus mujeres para tener la hombría de beber con sus compadres. Seguro hasta pensarán que soy marica porque casi siempre me ven solo, nunca me refiero a ellas como a unas perras, como a unas putas, ni las trato como si fueran burras. Quisiera hacer énfasis en esto de las cuadrúpedas: Para nadie es un secreto que nuestra educación sentimental comienza por esa bestial pero tierna afición precoz por las novias de Platero. Al crecer, alguno que otro se queda allí: cada fin de semana una chica diferente, incluso hay quienes se las turnan. ¿Será que el poeta tenía razón cuando dijo que la burrita es la única que no te jode, que no te pide besitos ni te quita un lugar en la hamaca? Sin embargo, sigo prefiriendo a las que tienen de qué hablar, a las libres, a las que no están a la espera del Príncipe que las rescate de las garras del dragón.

Como ven es difícil vivir en mi apartada comarca, después de 10 años de haber cruzado sus fronteras. Pero, a pesar de todos los epítetos con que me premian, decidí no detestar más a nadie desde que he observado que termino siempre pareciéndome a mi último enemigo. No vayan a pensar que me quejo. De ninguna manera: aún la musiquilla de acordeón no ha acabado con las pocas neuronas que tengo, ni las más osadas de la aldea me han robado la inocencia. Es que, en el fondo, sigo siendo ingenuo... Soy de los que se enamora hasta por inercia. Aún creo que el amor es posible, aunque duela. Si no he puesto fin a mis días es porque sigo esperando a que la próxima sea “la elegida”, la de “toda la vida”, la “madre de mis hijos”. Pero algo extraño pasa, al intimar, no les perdono la afición por el vallejarto, el merenguismo mental, la vulgaridad, la falta de discernimiento, tacto o gusto. A la que espero, sé muy bien que le gusta ir un día a la ópera y otro al festival del Porro, habla francés, viajará el mundo conmigo, es tan hermosa como la Venus de Milo completa, le divierten los Simpson y las novelas del viejo Buk. Si es rica mejor, pero no me importa que no tenga millones, al menos que no sea tan simple como la Camila del Tuerto López. Por plata no hay que preocuparse en este país de 40 millones de secuestrables. Aunque vacaciones en el pacífico sur, la buena mesa y una boda en Venecia no le caen mal a nadie. ¿Dónde está esa mujer que busco? No lo sé, pero sé que existe. No es de aquí pero la sigo esperando. Voy a cine, librerías, cafés y bares cuando estoy en la ciudad; creo encontrarla en los ojos de esa belleza que veo a menudo en los recitales, pero ¡lástima que sea tan complicada!. En fin, para encontrarla no tengo prisa.

De regreso al pueblo noto la preocupación de mi padre por mi soledad, próximo a cumplir los 30. “A esa edad yo estaba casado con tu mamá y teníamos a tus dos hermanos mayores, quienes también están casados”, me dice para consolarme. Y yo, casi desempleado, destemplado, enciendo el viejo Walkman y escucho a Manolo García: Y quedaba mucho por hacer/ y quedaba mucho por hacer/ y quedaba mucho por hacer/ y quedaba mucho por hacer. Agarro las llaves de la moto y salgo a la calle en busca de un amor. En la esquina de mi casa me acuerdo de la de anoche, tan buena que está la tetona. Vamos a ver... Hago pájaros de barro y los echo a volar. La encuentro en casa de una vecina viendo la tele. La convenzo de que me acompañe a la casa finca. Llegamos a San Martín, que está a las afueras del pueblo y pertenece al resguardo indígena zenú. Cuelgo una hamaca y entramos en el afortunado silencio de la experiencia erótica. Pasamos a la cama, nos desnudamos entre alegres y nerviosos como siempre, nos besamos como nunca. La felicidad está cerca cuando, se nos cae la litera. ¡Malditas tablas!. Pero, “no importa”, le digo, la emoción se mantiene intacta. Acomodo el colchón en el suelo y la conmino a seguir, pero se niega. “Ya es muy tarde y mi mamá debe estar preocupada”, son sus últimas palabras antes de vestirse en el baño y salir como si nada hubiera pasado. Mientras tanto, yo pienso que Murphy me quedó en pañales.

Todas estas vainas de mi pueblo me hacen recordar y respetar a don Nicolás Gómez Dávila, quien resumía la vida moderna en dos móviles: Negocio y Coito. Hay que aclarar que este no es un pueblo que se diga “moderno”, pues una mezcla de feudalismo y bandidismo se campea por sus calles; pero de un tiempo para acá las cosas están tomando un nuevo ritmo. Ahora tenemos Televisión Satelital, Cajero Automático y hasta un Café Internet. Sí, leyeron bien, “Internet y Pescado Fresco” se titula una de las novelas que estoy escribiendo. Imagínense que hace un par de años inauguramos el Cajero automático con Banda Municipal, Cura y Alcalde a bordo. Lo más pintoresco es que está situado a treinta metros de la tienda más vieja del municipio que pasa de los cien años de publicidad. Hilando fino, este nombrecito de San Marcos, si le quitamos la N que Nada vale, se convierte en anagrama de Sarcasmo. Aquí la gente se precia de tener un gran sentido del humor; todo el mundo es mamagallista, garciamarquiano sin haber leído una sola página. Tanto que hace poco un destacado abogado de la parroquia designó – sin una pizca de malicia o duda - a un paisano que se atrevió a publicar un libro titulado “El provinciano” como ‘nuestro García Márquez’. Y yo que aspiraba a ese título...

El dolor me pasó rápido. Me resigné. Me consolé con la idea de ser ‘el Cioran de mi pueblo’. Pero no es lo mismo, cuando menciono al rumano francés de ninguna parte les parece a mis compatriotas una forma algo rara de espantar una gallina. ¡OH Maestro! Copartidario de agonías y compañero de noches de insomnio voluntario, tú que te quejabas por haber nacido en un país donde se ruge en los entierros, si por un instante pudieras ver los de aquí con plañideras envalentonadas a punta de aguardiente... si conocieras el hastío de la canícula tropical al mediodía. Por fortuna aquí también llegan las cinco de la tarde y la explosión de colores hace sonrojar a mi compadre Joche, único pintor del pueblo. Es el momento entonces para andar en bicicleta por las comarcas vecinas y detenerse en los cementerios rurales, tenderse entre dos tumbas y fumar durante horas... Es el momento preciso para la retrospección.

Después de haber sido un niño ejemplar y de buenas costumbres, educado, obediente y buen estudiante, pasé a engrosar la fila de los díscolos, los ‘ovejanegra’, los ‘casoperdido’. Me aficioné entonces a la vida urbana y a la derrota. La ciudad para mí es el lugar donde aturdir mis remordimientos por haber dejado el pueblo, por ser desertor de dos prestigiosas universidades, por haber decepcionado a mis padres (quienes querían un abogado, un ingeniero pero no un vulgar periodista), por haber abandonado a mis amigos de infancia, por haber crecido. Al mismo tiempo la ciudad es el sitio del Rock, el Jazz, los bares y el amor. Fue en la ciudad donde encontré a Cioran, fue en ella donde aprendí a quererlo como ese otro abuelo que nunca tuve. ¿Qué hubiera sido de mí sin sus palabras contundentes cargadas del humor más fino y por tanto corrosivo? Porque desde la primera línea mi vida empezó a ser otra: más divertida, más deliciosa, más liviana. Había alguien en el mundo que sufría más que yo, alguien a quien nunca podré igualar. Sus libros me incitaron a escribir. Empecé entonces a hacerlo como quien juega, como quien deja caer las palabras sobre el papel cual par de canicas por el suelo, como quien baila discontinuamente a la orilla de un abismo. Sin perder nunca la perspectiva de ese campesino rumano llamado Coman, quien, al enterarse de que un vecino escritor lo incluiría en sus memorias, le reclamó: “Yo sé muy bien que no valgo nada, pero ¡caray!, no creí haber caído tan bajo como para que se hablara de mí en un libro”.

Lo que pasa conmigo es, para no cansarlos, que toda mi vida he deseado ser otro – en continua rebeldía contra mi ascendencia: español, indígena, rumano, argentino, todo excepto lo que soy: el desubicado escritor de un pueblo en el que no existe ni una sola librería. Interesadas favor comunicarse.


Por Ensuncho De La Bárcena

Nota de editor: este artículo fue escrito en 2002 y, como se lee en el encabezado, publicado en 2005.