febrero 07, 2005

La Ciudad Eréndira

"La niña de papá", por Édgar Garcés


Por Juan Ensuncho Bárcena

En el ejercicio de escribir o expresar una opinión sobre una ciudad nunca estamos solos ni somos los primeros. En la mirada del que lee está siempre escondido un nuevo texto. Como escritor, considero saludable enfrentarme a la aventura de retomar miradas, propuestas y lecturas que alimenten las propias.

Hace unos años el connotado coreógrafo y bailarín de danza contemporánea Álvaro Restrepo publicó en las Lecturas Dominicales de El Tiempo un artículo titulado “Cartagena: Ciudad Eréndira” que causó escozor entre los habitantes bienpensantes de esta ciudad frágil y susceptible a la crítica. En el mencionado texto Restrepo planteaba la necesidad de darle un giro a las dinámicas culturales de Cartagena, hasta ese entonces sumidas en el limbo propio de sociedades parroquianas acostumbradas a mirarse el ombligo.

El título lo retomo ahora para poner de manifiesto la excesiva presencia en nuestras calles de esas damas, alegres o tristes, que deciden por múltiples razones vender su cuerpo para el placer de otros. Algo que llama poderosamente la atención de cualquiera que llega a esta ciudad. “Trabajo con el cuerpo”, fue la respuesta que me dio una de ellas en una noche de discoteca ante el interrogante primigenio: ¿a qué te dedicas? Mi sorpresa dibujó en su rostro una sonrisa, ante la cual decidió enfatizar: “…pero no soy bailarina”. Todo estaba claro.

Cartagena es “la ciudad de todos y de nadie”, como decidió bautizarla el concejal Argemiro Bermúdez hace algunos meses en una plenaria del Honorable. Se refería el destacado profesor a un libro de José María Vargas Vila que relata la historia de Berta, una mujer casada que, a causa de los celos de su marido y la consecuente separación, comienza un vertiginoso descenso hasta llegar a prostituirse; al final de la novela, ya en su vejez, hecha despojos, Berta se reencuentra con aquel, quien le dice, arrepentido y emocionado: “¡Berta, mi Berta!”, ante lo cual ella le responde: “No soy tuya. Soy la mujer de todos y de nadie”. Se refería el concejal, al olvido e insolencia con el que los cartageneros y extraños (mal) tratan a la ciudad: como a una prostituta barata. Cartagena parece responder, no sólo en ese sentido, a la novela de Vargas Vila: basta caminar por las calles del centro, detenerse en una esquina o sentarse en una plaza turística para darse cuenta de que aquí las que no lo son, lo parecen. Claro que hay mujeres decentes en la ciudad, pero como que andan en carro, en taxi, caminan muy rápido o no salen de casa, porque no se les ve mucho.

Por otro lado, rendirle tributo a la India Catalina, traidora por excelencia, no es que dignifique mucho a la mujer de la ciudad. Con razón la ciudad es promovida cada vez más como destino turístico sexual. Para nadie es un misterio que acá vienen los andinos, gringos, europeos y demás, a comprar sexo y drogas, el rock and roll lo traen ellos.

Todo lo planteado hasta aquí me hace evocar una obra de arte, de técnica mixta, que obtuvo Mención de Honor en la pasada Convocatoria Distrital de Premios y Becas. Se trata de “La niña de papá”, del fotógrafo Edgar Garcés, obra que produce en las mentes amuralladas repulsión total por tratarse de una mujer gorda, desnuda, en provocadora actitud bovina. Lo más destacado de “La Niña de papá” es que la mujer en cuestión tiene una corona, una banda cruzada y un llamativo cetro-vibrador en primer plano. Sobran explicaciones.

Por ello, considero que, para desentrañar y exorcizar tal vez el alma perdida de esta ciudad es necesario adentrarse en las turbulentas aguas de la prostitución.

1 comentario:

orate dijo...

Muy bueno el artículo sobre cartagena, parece una canción de Sabina.