enero 11, 2005

Aún la poesía



Acabo de publicar, después de mucho meditarlo, una colección de conjuros. Para quien esto escribe, un conjuro es una expresión anterior al poema, anterior incluso a la oración. Por eso escribo conjuros, porque un conjuro hermana al poema con la oración. Se escribe, se recita o se lee con una intención específica, con un fin determinado.

Entre los chamanes o sacerdotes de la tribu existen conjuros para hacer llover, conjuros para espantar la enfermedad, conjuros para encender el fuego. Las razones son múltiples, pero cada deseo esconde un conjuro. Trataré de contar las mías, no con ánimo de justificarme, sino de manifestar que aún es posible cometer ese acto suicida que es publicar un libro que aspira a la poesía.

No hay que tener más de cuatro dedos de frente para saber que la poesía es lo que menos se vende en las librerías, quizá lo que menos se consulta en las bibliotecas, lo que menos se aconseja publicar entre escritores, lo que menos, en fin. Quizá nos mueve esa extraña razón que hace al salmón nadar en contra de la corriente, poner sus huevos cada vez más cerca de la fuente, del nacimiento, del vértigo original que fluye desde arriba y nos empuja al frío de las primeras aguas.

La poesía no se vende, pues simplemente porque no está a la venta. En una sociedad cada vez más consumista, consumida, mediatizada, a medias, con ciudadanos cada vez más indiferentes ante el dolor, cada vez menos concientes de los placeres de la vida sencilla, seguir creyendo en los poderes sanadores de la palabra, más allá de ser ingenuo es una apuesta por la vida. “La vida, aquello que ocurre mientras estamos ocupados en otras cosas”, decía Lennon. Hay mucho de soñador en quienes creemos esto, pero, por fortuna no somos los únicos. Cuando el canto más popular, más común, más radial, más televisivo, más cibernauta, es aquel que entona los beneficios del egoísmo, de la vanidad, la lujuria y la codicia, decidirse por la poesía no deja de parecer fuera de foco. Y está bien, porque más allá del afán posmoderno por querer acumular riqueza y lujo, está el antiguo y primigenio deseo por encontrar en la cotidianidad las maravillas de una vida digna, simple, sin afanes.

Poesía es todo aquello justamente que nos hace ver la vida de frente, sin engaños. Pero dejándole ese hálito de misterio que debe tener todo lo sagrado. Más allá de mensajes en el espacio con grandes radiotransmisores, las estrellas siguen diciéndonos mucho más que quienes pretenden descifrarlas. Más allá de los aparatos para medir las condiciones del clima en los aeropuertos, aún la ciencia no sabe dónde se origina el viento. Más allá de todo lo que sabemos en torno al embarazo y la manera como llegamos al mundo, cada nacimiento sigue siendo un milagro. Ese es el espejo al que nos enfrenta la poesía. Por ello aspiro a ella.

Escribo para evitar morirme, para dejar de un lado la esquizofrenia de ver la tele, sin ningún objetivo más que aburrirse con muchos canales. Escribo para plantear que otros mundos son posibles, aún. Para dejar la paranoia de consumir nuestras vidas persiguiendo papel moneda para pagar papel recibo. Escribo para evitar ver televisión, para evitar oír radio, para evitar leer la prensa. Pues siempre ha estado claro para mí que lo más importante nunca aparece en los medios.

En últimas, creo que el oficio de escribir poesía sigue siendo una apuesta por la ternura, la libertad y el silencio. En un mundo cada vez más infame, esclavista y ruidoso.

1 comentario:

Antonio Rodriguez dijo...

La vida continua entre medio de todo, no podra haver poetas, pero siempre habra poesia, decia becker. te dejo entre el mar y el abismo, ¿pa donde jalas?, al recuerdo, o ala memoria?-