enero 19, 2005

Cartagena Revisitada

Por Juan Ensuncho Bárcena

Yo escribidor me confieso ante vosotros lectores de haber pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Pero sobre todo de ser suspicaz, paranoico y conspirador. Pecador y conspirador. Perdónenme el tono confesional, pero digo todo esto para entrar en materia.

Se me hace bien sospechoso – nada es coincidencia – que los reyes del viejo imperio (Los Borbones, Juan Carlos y Sofía) y los reyes del nuevo imperio (Los Bush, George y Laura) se hayan reunido el último miércoles del mes de noviembre pasado en el feudo principal de los “arbustos” (Bush, en español). La nota y la foto publicada los muestra felices, rozagantes, impecables. Reyes al fin y al cabo.

Que lo hayan hecho justo una semana después de haber visitado nuestra ciudad no deja de parecerme terrible. No sé si ustedes estarán de acuerdo, pero para mi hay gato encerrado. O mejor dicho, ¿será que Cartagena se volvió importante en el panorama político global? De ser así, conviene decir cosas que antes – en nuestra remota condición de parroquia – no valían la pena.

Tal vez la visita de los reyes – los viejos y los nuevos – haya hecho venir a la ciudad a esos cientos de miles de turistas que tuvimos en nuestras calles, playas, plazas y restaurantes durante la temporada de fin de año. Me parece que la “sensación de seguridad” que generaron aquellas visitas hizo tomar la decisión a las familias colombianas de tomar el bus, el carro y el avión con destino a las calles más caminadas y fotografiadas del país.

Pero más allá de lo anecdótico, ¿no les parece sospechoso que el número de visitantes que se esperan en enero, 15 mil, sea el mismo de los hombres desplegados el pasado 22 de noviembre – 41º aniversario de la muerte de Kennedy – para proteger a Bush? ¿Será que son los mismos? ¿Será que les gustaron tanto la ciudad, sus mujeres de la noche, sus mágicos polvos, sus rumbas privadas de hotel cinco estrellas? A lo mejor estoy confundiendo la vía láctea con vacas en la vía. Pero es que no dejo de interrogarme en esta ciudad sin respuestas. En esta sociedad impune, ciega, sorda y muda.

Ya lo ven, soy un paranoico, un conspirador, un pecador. Pero, ¿qué importa? Si al fin y al cabo una columna de prensa no le hace daño a nadie. Si soy inofensivo: no sé manipular un arma, no sé fabricar una bomba, no sé utilizar las “miras” de un rifle, nunca he sembrado una mina quiebrapatas, nunca he traficado droga, nunca he tenido en mis manos una granada, nunca he tirado al blanco (ni al negro), en pocas palabras nunca he jurado servir a la guerra. Y nunca lo haré: me sigue pareciendo el invento más imbécil de todos los que la especie ha desarrollado.

Me parece una estupidez eso de que “la guerra es la partera de la historia”, razón de ser de los gobiernos y de los traficantes de armas, ambos servidores del santo oficio de la muerte. Prefiero pensar que la historia ha sido siempre escrita por mentes guerreristas, gente aburrida que no ve más allá de las batallas, bombas y secuestros. Me satisface más la visión de “Las Vidas Imaginarias” de Marcel Schwob que los tomos de Historia Universal. Creo que allí está el secreto: más en la “petit histoire” (pequeña historia) de los franceses que en la “gran partera de la historia” que ha provocado tantos abortos.

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