enero 23, 2005

Arriba el celibato

Por Juan Ensuncho Bárcena

Me declaro públicamente célibe a partir de este momento. Ya he perdido mucho tiempo, muchos sueños y mucho dinero del que nunca he tenido. Como dice la canción de U2: “Aún no he encontrado lo que estoy buscando”, entonces he dejado de buscar. No más.

He llegado a esta conclusión después de muchos años de sexo, drogas y rock and roll porque no hay mujeres de valor disponibles, no sé por qué me da la impresión de que todas las que hay, tienen un precio. “La que menos pide, pide matrimonio”, dice Juancho, el marino. Y yo le creo. Por eso hemos decidido hacer realidad el “Bellavista Single Club”, club de fracasados en el amor. Orgullosamente fracasados, pues todos los amigos que han dejado de pertenecer al club, se lamentan tarde o temprano. El consuelo que les queda es cuando otro cae en la trampa. Entonces replican: “No tenías ningún derecho a vivir mejor que yo”.

Y es que si hay un género interesado en el matrimonio es el femenino. Por eso aquel chiste: Durante la boda, ¿por qué la mujer se viste de blanco y el hombre de negro? Respuesta: Porque la mujer va feliz y el hombre va para un entierro. Es decir, existe aún el matrimonio porque hay hombres débiles que caen en la tentación de prolongar la especie. Y de tener la comida en casa. Cuando un hombre se cansa de buscar, tiene dos opciones: o se casa con la primera que encuentre o se declara célibe.

Creo que el problema es la sobrevaloración que se le ha dado al sexo en la sociedad occidental a partir de los sesenta, década de las revoluciones. Para mí, lo que hemos vivido desde entonces ha contribuido al desastre de las parejas de hoy. Es decir, no creo que vivir en pareja le aporte nada al individuo. Al contrario, le quita. Hablo de los tres tipos de pareja: Hombre-Mujer, Mujer-Mujer y Hombre-Hombre.

Hasta aquí, queridos lectores, ustedes podrían pensar que provengo de una familia disfuncional, pero no: mis padres han estado unidos durante casi 40 años. Paradójicamente por eso es que pienso de esta manera. A ver, ¿dónde estarían mi padre y mi madre en estos momentos si no se hubieran casado? Probablemente mi padre hubiera llegado a ser un gran escritor y mi madre habría llegado a ser una gran religiosa. Pero tuvieron cinco hijos y “hasta ahí llegaron las canoas”. Algo que les agradezco, claro que sí, pero ha sido injusto con ellos.

Pero bueno, los hijos: qué divinos, que ya sabe leer, que esto, que aquello. No son más que justificaciones. Porque tener hijos suele ser una actitud, además de filantrópica, irresponsable. Si aún nadie sabe con certeza por qué estamos aquí, ¿cuál es la necesidad de acrecentar el número de ignorantes? De verdad que no lo entiendo.

Volviendo al celibato, del cual me declaro activista consumado, creo toda mujer está esperando siempre algo a cambio de abrir las piernas: dinero, status, estabilidad o seguridad para la prole. Es decir que toda relación de pareja se convierte en una apertura económica. Claro, todo el tiempo estamos bombardeados por mensajes del tipo: “Sexo compro, sexo vendo, sexo arriendo”. Hay que ver qué imbéciles somos los varones: gran parte de las actividades que emprendemos tienen como objetivo conseguirnos una hembra. “Y les das tu dinero y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”, dicen Los Prisioneros.

El principal motor de la sociedad de consumo es el sexo. Y las mujeres de hoy lo saben. Por lo tanto, para no hacerle caso a esta vulgar quimera, me declaro, en celibato, a término indefinido.

enero 19, 2005

Cartagena Revisitada

Por Juan Ensuncho Bárcena

Yo escribidor me confieso ante vosotros lectores de haber pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Pero sobre todo de ser suspicaz, paranoico y conspirador. Pecador y conspirador. Perdónenme el tono confesional, pero digo todo esto para entrar en materia.

Se me hace bien sospechoso – nada es coincidencia – que los reyes del viejo imperio (Los Borbones, Juan Carlos y Sofía) y los reyes del nuevo imperio (Los Bush, George y Laura) se hayan reunido el último miércoles del mes de noviembre pasado en el feudo principal de los “arbustos” (Bush, en español). La nota y la foto publicada los muestra felices, rozagantes, impecables. Reyes al fin y al cabo.

Que lo hayan hecho justo una semana después de haber visitado nuestra ciudad no deja de parecerme terrible. No sé si ustedes estarán de acuerdo, pero para mi hay gato encerrado. O mejor dicho, ¿será que Cartagena se volvió importante en el panorama político global? De ser así, conviene decir cosas que antes – en nuestra remota condición de parroquia – no valían la pena.

Tal vez la visita de los reyes – los viejos y los nuevos – haya hecho venir a la ciudad a esos cientos de miles de turistas que tuvimos en nuestras calles, playas, plazas y restaurantes durante la temporada de fin de año. Me parece que la “sensación de seguridad” que generaron aquellas visitas hizo tomar la decisión a las familias colombianas de tomar el bus, el carro y el avión con destino a las calles más caminadas y fotografiadas del país.

Pero más allá de lo anecdótico, ¿no les parece sospechoso que el número de visitantes que se esperan en enero, 15 mil, sea el mismo de los hombres desplegados el pasado 22 de noviembre – 41º aniversario de la muerte de Kennedy – para proteger a Bush? ¿Será que son los mismos? ¿Será que les gustaron tanto la ciudad, sus mujeres de la noche, sus mágicos polvos, sus rumbas privadas de hotel cinco estrellas? A lo mejor estoy confundiendo la vía láctea con vacas en la vía. Pero es que no dejo de interrogarme en esta ciudad sin respuestas. En esta sociedad impune, ciega, sorda y muda.

Ya lo ven, soy un paranoico, un conspirador, un pecador. Pero, ¿qué importa? Si al fin y al cabo una columna de prensa no le hace daño a nadie. Si soy inofensivo: no sé manipular un arma, no sé fabricar una bomba, no sé utilizar las “miras” de un rifle, nunca he sembrado una mina quiebrapatas, nunca he traficado droga, nunca he tenido en mis manos una granada, nunca he tirado al blanco (ni al negro), en pocas palabras nunca he jurado servir a la guerra. Y nunca lo haré: me sigue pareciendo el invento más imbécil de todos los que la especie ha desarrollado.

Me parece una estupidez eso de que “la guerra es la partera de la historia”, razón de ser de los gobiernos y de los traficantes de armas, ambos servidores del santo oficio de la muerte. Prefiero pensar que la historia ha sido siempre escrita por mentes guerreristas, gente aburrida que no ve más allá de las batallas, bombas y secuestros. Me satisface más la visión de “Las Vidas Imaginarias” de Marcel Schwob que los tomos de Historia Universal. Creo que allí está el secreto: más en la “petit histoire” (pequeña historia) de los franceses que en la “gran partera de la historia” que ha provocado tantos abortos.

enero 11, 2005

Aún la poesía



Acabo de publicar, después de mucho meditarlo, una colección de conjuros. Para quien esto escribe, un conjuro es una expresión anterior al poema, anterior incluso a la oración. Por eso escribo conjuros, porque un conjuro hermana al poema con la oración. Se escribe, se recita o se lee con una intención específica, con un fin determinado.

Entre los chamanes o sacerdotes de la tribu existen conjuros para hacer llover, conjuros para espantar la enfermedad, conjuros para encender el fuego. Las razones son múltiples, pero cada deseo esconde un conjuro. Trataré de contar las mías, no con ánimo de justificarme, sino de manifestar que aún es posible cometer ese acto suicida que es publicar un libro que aspira a la poesía.

No hay que tener más de cuatro dedos de frente para saber que la poesía es lo que menos se vende en las librerías, quizá lo que menos se consulta en las bibliotecas, lo que menos se aconseja publicar entre escritores, lo que menos, en fin. Quizá nos mueve esa extraña razón que hace al salmón nadar en contra de la corriente, poner sus huevos cada vez más cerca de la fuente, del nacimiento, del vértigo original que fluye desde arriba y nos empuja al frío de las primeras aguas.

La poesía no se vende, pues simplemente porque no está a la venta. En una sociedad cada vez más consumista, consumida, mediatizada, a medias, con ciudadanos cada vez más indiferentes ante el dolor, cada vez menos concientes de los placeres de la vida sencilla, seguir creyendo en los poderes sanadores de la palabra, más allá de ser ingenuo es una apuesta por la vida. “La vida, aquello que ocurre mientras estamos ocupados en otras cosas”, decía Lennon. Hay mucho de soñador en quienes creemos esto, pero, por fortuna no somos los únicos. Cuando el canto más popular, más común, más radial, más televisivo, más cibernauta, es aquel que entona los beneficios del egoísmo, de la vanidad, la lujuria y la codicia, decidirse por la poesía no deja de parecer fuera de foco. Y está bien, porque más allá del afán posmoderno por querer acumular riqueza y lujo, está el antiguo y primigenio deseo por encontrar en la cotidianidad las maravillas de una vida digna, simple, sin afanes.

Poesía es todo aquello justamente que nos hace ver la vida de frente, sin engaños. Pero dejándole ese hálito de misterio que debe tener todo lo sagrado. Más allá de mensajes en el espacio con grandes radiotransmisores, las estrellas siguen diciéndonos mucho más que quienes pretenden descifrarlas. Más allá de los aparatos para medir las condiciones del clima en los aeropuertos, aún la ciencia no sabe dónde se origina el viento. Más allá de todo lo que sabemos en torno al embarazo y la manera como llegamos al mundo, cada nacimiento sigue siendo un milagro. Ese es el espejo al que nos enfrenta la poesía. Por ello aspiro a ella.

Escribo para evitar morirme, para dejar de un lado la esquizofrenia de ver la tele, sin ningún objetivo más que aburrirse con muchos canales. Escribo para plantear que otros mundos son posibles, aún. Para dejar la paranoia de consumir nuestras vidas persiguiendo papel moneda para pagar papel recibo. Escribo para evitar ver televisión, para evitar oír radio, para evitar leer la prensa. Pues siempre ha estado claro para mí que lo más importante nunca aparece en los medios.

En últimas, creo que el oficio de escribir poesía sigue siendo una apuesta por la ternura, la libertad y el silencio. En un mundo cada vez más infame, esclavista y ruidoso.

Turismo Cultural en Cartagena y el Caribe

Por Juan Ensuncho Bárcena

No hace falta aprobar la afirmación que el turismo puede ser tanto el mejor amigo como el peor enemigo del desarrollo. Habida cuenta del peso económico de la industria turística - la más importante del mundo, por delante de la industria del automóvil y la industria química - hay que prestar gran atención a este fenómeno con aspectos múltiples y consecuencias planetarias. Los efectos del turismo son tales, que hacen falta estrategias innovadoras para sentar las bases de unas verdaderas políticas locales, regionales e internacionales.

La UNESCO se ha propuesto acompañar a sus 190 Estados Miembros en la formulación de sus políticas, replanteando la relación entre turismo y diversidad cultural, entre turismo y diálogo intercultural, y entre turismo y desarrollo. De este modo piensa contribuir a la lucha contra la pobreza, a la defensa del medio ambiente y a un aprecio mutuo de las culturas.

La tarea en Cartagena de Indias, Patrimonio Cultural de la Humanidad y en el Caribe Colombiano no puede ser ajena a estos retos globales, sobre todo teniendo en cuenta que el verdadero potencial que tiene la ciudad en materia de Turismo Cultural sobrepasaría las expectativas del sector, si hubiera una política pública integrada con la empresa privada que fuera capaz de enfrentar el reto con la altura y carácter que se merece. Para nadie es un secreto de que la Cultura ayuda a tejer el tapiz de la sociedad, gracias a su condición de constructora de identidades y memoria. De igual manera, cuando se le toma en serio, cuando se entiende en su amplia dimensión, se convierte en un renglón considerable en la economía de las naciones.

En una ciudad como la nuestra, la Cultura debería ocupar un lugar destacado en los indicadores de la economía y el desarrollo locales. Pero la falta de un liderazgo crítico y propositivo, la falta de perspectiva y de un perfil apropiado en algunos de sus “defensores” ha impedido la consolidación de temas fundamentales en la agenda de la Ciudad. La falta de visión, altura y vocación política ha hecho permanecer casi en el ostracismo un tema que debería ser fundamental en una ciudad Distrito Turístico y Cultural.

El Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, debe ser fortalecido para que pueda hacer la gestión nacional e internacional que necesita. Sin la conciencia ni el liderazgo de los funcionarios, de los concejales y hasta del mismo Alcalde, es en vano todo esfuerzo en torno al desarrollo cultural de la ciudad. Todo el aparato distrital debe plantearse la necesidad de darle un giro al rumbo de la Cultura de la ciudad, recuperar la misión consagrada en el Acuerdo 001 de febrero de 2003, con el fin de ofrecerle a los cartageneros y cartageneras opciones de calidad de vida y desarrollo económico.

Todos sabemos que Cartagena y el Caribe tienen el potencial del mismo Gabriel García Márquez. En torno a su obra proponemos diseñar unas rutas turísticas. ¿Se imaginan los lectores “La ruta de Macondo” por el Magdalena, “La ruta de los amores contrariados” en Cartagena, “La ruta de la Cándida Eréndira” por la Guajira o “La ruta de la Mamá Grande” por La Mojana? Sin lugar a dudas hacia allá es que debemos apuntar el tema del Turismo Cultural. Tejiendo la región desde su centro. Haciendo de la Cultura nuestra oportunidad de desarrollo.