octubre 28, 2005

Capital

Paraíso habitado por fantasmas
nubes de quimeras llevadas por el viento
una lluvia tenaz detiene el tiempo
en tus entrañas

Naciste del vértigo, del oro, de la sangre
has crecido entre el frío de las montañas
el ruido de los motores te calcina

En el desierto has edificado tu reino

Sólo te salvan el canto de los pájaros
el olor de los eucaliptos
y los besos de una mujer sin nombre.


A mi Nana

octubre 11, 2005

El Escritor y La Ciudad

Por Juan Ensuncho Bárcena

He dado el salto. Ahora estoy en “la gran ciudad” de Colombia. Vivo en el Distrito Capital. Soy el ciudadano número ocho millones uno de Bogotá.

Me harté de trabajar sólo para ganarme un sueldo. Ya no tenía motivaciones en Cartagena. La ciudad eréndira y la región de la infancia me han dado cosas maravillosas, pero era hora de partir. Según Ramón Illán Bacca, en el Caribe Colombiano el total de librerías no llega a veinte. Lo que hace pensar que los doce millones de habitantes que tiene la Costa no son muy lectores que digamos. Así que no es lugar para un escritor, a menos que quieras seguir siendo empleado de por vida y publicar uno que otro librito cada cinco años. Pero no es mi caso: me quiero romper el cuero con las palabras y con las imágenes, así que he decidido venirme a la única ciudad del país en la que se puede vivir de eso sin recurrir al terrible “trabajo de oficina”.

Llego con mi pequeño libro de conjuros bajo el brazo y con una maleta “cargada de sueños”, como dice mi mujer. Estoy dispuesto a dar la lucha. Y sé que no será fácil, pero de grandes retos salen grandes victorias. Y por lo pronto no tengo nada más en el mundo sino memoria, palabras e imaginación. Y no tengo a nadie más sino a Ella., mi bella Nana: la mujer de mis mañanas, de mis tardes, de mis noches. Mi mujer sin nombre.

Esa misma mujer que Cartagena me permitiera encontrar en Quiebra Canto, el sitio más bello de la ciudad. La misma con la que bailé “Chan Chan” por vez primera para no dejar de bailarla jamás. Ella, mi Nana. Que es capaz de abandonarlo todo por estar conmigo. Por Ella, con Ella y para Ella daré lo mejor de mí. Para responder como se merece a este desafío inmenso que es nuestra Historia de Amor, que está por encima de todas las convenciones, las máscaras y las segundas intenciones. Porque lo nuestro es lo que hemos estado esperando toda la vida. Porque su cara la vi muchas veces en sueños y porque su nombre me fue revelado un día, muchos años antes de que nos encontráramos.

Hoy, cuando celebramos un mes exacto del encuentro, empezamos nuestra vida juntos. Ya no más búsquedas, ni más patetismo lírico. Hoy es el primer día de nuestras vidas. Atrás quedaron los que fuimos. Atrás quedaron las cenizas de nuestro ser. Hoy, como el ave fénix, renacemos, juntos.

Lo que hemos estado haciendo desde que regresamos a la ciudad es buscar nuestro sitio, nuestro espacio, nuestro “nido de amor”. Hemos visto muchos lugares, de diversos precios, de múltiples condiciones, de variado estrato. Hasta que dimos con una habitación de bella vista sobre los cerros, quince metros cuadrados, baño compartido con una española, en el apartamento de una actriz de teatro muy querida que nos ha caído muy bien y nosotros a ella. Allí hemos decidido comenzar. Esta tarde nos cambiamos.

Mi Nana ha cerrado su ciclo de mujer triste, de hembra a la caza. Yo por mi parte he clausurado mi celibato, mi ridículo estado de hombre solo. Estamos listos para enfrentarnos a esta ciudad implacable, capital de un país descuadernado, en un mundo en el que todo gira alrededor de un eje podrido, el dinero. Estamos preparados para recibir la embestida de tanta gente que no está – ni estará – de acuerdo con nuestra unión. Pero poco nos importa. Ahora nos tenemos.

Y eso hará que la larga vida que nos toca, valga la pena de ser vivida.

julio 25, 2005

Soy adicto a...



Por Ensuncho De La Bárcena

Ya lo sabes. Tu vida puede ser medida con base en qué tipo de adicciones tengas. Puedes ser adicto a la tele, al sexo, a la rumba, al amor, a las drogas, al desamor, a lo que quieras, lo importante es admitirlo. Ser fiel a tus adicciones cualquier que sean. Alimentarlas.

De momento yo admito mi adicción a un plato sin igual en la variada oferta gastronómica de Cartagena, ciudad llena de buenos restaurantes para empezar la noche. Mi adicción confesa es por el Ceviche Caliente. “Camarones en salsa de mango y maracuyá, mantequilla con ajo, queso mozzarella y vino blanco”. Eso dice la carta, pero un ceviche caliente es mucho más que eso.

Es un plato que arranca – como toda buena odisea – con la elección de la embarcación. Mi preferida es una blanca, en forma de kayak, canoa o cayuco en la que la tripulación es de carácter “mediano”. Una capa de queso derretido está en la superficie, dejando ver los camarones siempre dispuestos a complacer las fantasías de tu paladar. Su color está entre el amarillo intenso y el dorado como el sol a las cuatro de la tarde frente a las murallas del barrio San Diego. Su aroma es el mismo que anuncia las grandes pasiones, como bien sabe hacerlo el ajo cuando lo mezclas con la salsa apropiada.

Salsa es lo que provoca bailar esta obsesión del gusto, esta especie de “mala compañía” de las que tanto hacen bien al cuerpo. Para la salsa no hay mejor pista que La Cevichería, lugar único del centro histórico en el que el placer de los sentidos está siempre permitido.

Al describir un sabor siempre caigo en la tentación de darle cualidades insospechadas. Cómo no recurrir a la sinestesia cuando trato de contarte a qué sabe un Ceviche Caliente. Te podría decir que sabe a muslo de muchacha en flor. Que morder los camarones te transmite la misma sensación húmeda y gozosa de la aproximación a la pista de aterrizaje de tu lengua, cuando te entregas al amar. Es como si tus manos descubrieran palmo a palmo el olor que encierran todas las estrellas que tiene tu amante sembradas por su cuerpo… Su temperatura es la misma que esa que te gustaría provocar en una bella chica que acabas de ver por vez primera y está sentada en la barra o en la mesa de al lado.

Es tanta mi afición por este ceviche que trataré de convencer al Ceviche Man, dueño y señor de los terrenos del paladar, que le cambie el nombre al plato por Ceviche Ensuncho, ¿será que he hecho méritos al confesarme?

Finalmente, debo advertirte que sería mejor que no probaras este platillo, porque puedes volverte adicto también. No sólo a su sabor sino también al sitio. Porque cenar en La Cevichería es una buena señal de que la noche está hecha a tu medida, como los vicios, como los buenos vicios.

julio 07, 2005

Contra el vallenato

Por Juan Ensuncho Bárcena

Una música cuyo nombre sea producto de un error ortográfico no puede ser buena. “El ballenato es el hijo de la ballena”. Así lo dijo muy claro el músico y compositor Francisco “Pacho” Rada hace unos años en Cartagena. Y podría parecerles a los lectores no colombianos una boutade, pero no lo es.

Resulta que “vallenato” es el nombre de una musiquilla de a tres pesos, perdón de tres “instrumentos” (acordeón, caja y guacharaca) originaria de una subregión de la Costa Caribe de este país. Y no es más que una sarta de canciones mediocres que infecta los oídos de los colombianos desde hace varias décadas. Pero bueno, ¿qué esperar de una “música” que se hace con un instrumento de rasgar y otro de aporrear? ¿Será que algo llamado “guacharaca” puede producir verdadera música? Hay que decirlo hasta la saciedad: El vallenato es la victoria del facilismo.

“La victoria del facilismo”. Parece el título de un ensayo sobre la vida contemporánea en Colombia. Debo aclarar que la expresión es ajena. Pertenece a esa colección de perlas con las que el psicólogo educativo Reinaldo Niebles suele deleitar a sus amistades. Reinaldo es el Jefe de Educación de un Zoológico y sabe mucho de animales, por eso habla tan bien del ballenato (¿vallenato?). Pero no es el único: el juicio del musicólogo alemán Alberto Assa, fundador del concierto del mes en el Teatro Amira de la Rosa de Barranquilla, no era menos rotundo: “El vallenato no es más que el sonajero de una nación en pañales”. Por su parte, el maestro Juancho Sierra, investigador y músico: “Sin letra el vallenato es un sonsonete: sin preludio, intermedio ni final”. El escritor David Sánchez Juliao se plantea una pregunta: ¿Por qué el vallenato ha puesto tantos ministros, como ninguna otra música colombiana?

A partir de estos comentarios apropiados para la causa, podemos hacer un análisis del estado en el que nos encontramos como “nación”: corrupción, narcotráfico, guerra. Y los tres tienen que ver con el vallenato. Hay estrechas relaciones entre el vallenato y la corrupción, entre el vallenato y el narcotráfico, entre el vallenato y la guerra. Trataré de demostrarlo a continuación.

El vallenato y la corrupción

El expresidente de la Res-pública (sic) Alfonso López Michelsen promovió la creación del departamento del Cesar en 1966 repartiendo 500 acordeones por toda la provincia, con el objeto de ser nombrado su primer gobernador. En esta “labor política” lo apoyaron una serie de “intelectuales” entre los que se cuentan un Premio Nóbel y el director del principal diario del país. Por otro lado - ¿o el mismo? - el hoy extraditado “hombre marlboro” hacía sus campañas al Honorable Congreso de la República sin esbozar una sola propuesta: sólo ofrecía una parranda en las plazas públicas con los grupos más famosos de este “género musical”. Y así un montón de perlas más.

El vallenato y el narcotráfico

Después de los acordeones regalados por López hubo una horda de compositores e intérpretes que necesitaban comer. Entonces llegaron los patrones “marimberos” que no eran otra cosa que sembradores de marihuana en los alrededores de la Sierra Nevada de Santa Marta, quienes apoyaron decididamente esta naciente expresión popular. Y de ahí en adelante siempre fue muy frecuente encontrar que los narcotraficantes colombianos hallaban en el vallenato su razón de ser, su frecuencia, su esencia, sus historias, su “música”. Hasta el punto que muchas de estas canciones mediocres saludan a los “honorables” patrones de la mafia colombiana.

El vallenato y la guerra

Hace algunos meses un destacado grupo vallenato participó en una parranda (juerga silvestre) en un pueblecito perdido de la geografía colombiana. Hasta aquí la cosa es inofensiva, pero lo que alcanzó a ser noticia nacional fue el hecho de que saludaran al comandante paramilitar de la zona; es decir, al jefe de las “autodefensas” encargadas de reemplazar al estado en las tareas de imponer el orden y eliminar a la guerrilla (a mi juicio, ninguno de los dos, porque acá tanto la guerra como la política son grandes negocios asociados con el narcotráfico). Entonces vemos que el vallenato toma partido en esta guerra fratricida. Está del lado de los más fuertes, de los hacendados, de los “patrones”, de los “dueños”, de los “duros”. ¿No es esto un contrasentido, siendo supuestamente una “expresión popular”?

Por todo esto propongo la creación del FRAVA (Frente Anti-Vallenato) que no es más que un frente pacifista que esté en contra de la excesiva difusión del vallenato por las emisoras y mentes colombianas; un grupo de gente anónima que manifieste su aborrecimiento de esta musiquilla con camisetas, pancartas, vallas, cruzacalles, afiches, volantes, calcomanías, etc. Para ver si así por lo menos logramos ser tenidos en cuenta y dejamos testimonio de que hubo gente a la cual no le caló jamás esta vaina. Pensemos en los siglos que vendrán, cuando ya no exista corrupción, narcotráfico, ni guerra (ni por tanto vallenato) y nos daremos cuenta que los hijos del siglo XX seremos señalados en la historia como “los que oían vallenato”, cosa terrible. Me avergonzaré ante mis tataranietos si no dejo testimonio de que mis oídos jamás aceptaron tal cosa. Por eso te invito que hagas parte del FRAVA.

Finalmente, hay que tener en cuenta que no hay fiesta en la costa (¿o en Colombia?) donde no se oigan vallenatos; quizá por eso no me gustan las fiestas. En todo caso, confieso haber ido a algunas parrandas, escucho a menudo a Alejandro Durán, quien me parece el principal exponente de la “música parrandera” como le llamaba el viejo Pacho Rada, tengo el disco de “Los Clásicos de La Provincia” de Carlos Vives. Y aclaro acá que escucho y aprecio a Vives como rockero, que lo suyo es una estrategia de marketing cuando habla de Valledupar porque estoy seguro que jamás grabaría con tipos que cantan canciones tituladas “No aguanto”, “Vivo en el limbo” o “Pin Pon Pan”. Porque él sabe bien eso que mi amigo Alex Polo – amante del vallenato – explica de una manera sencilla: “Cuando uno está borracho todo lo escucha y lo ve bonito”.

junio 24, 2005

Contra el fútbol



Lo voy a decir de una vez por todas: el acto más insensato que puede cometer un ser humano es ver televisión. Pero lo más estúpido que puede hacerse frente al televisor es eso tan masivo, tan vergonzante, tan idiota que es ver un partido de fútbol.

¿Se ha fijado en la cara que pone cuando está frente al vil electrodoméstico chupaneuronas? ¿Alguna vez le han tomado una foto cuando está celebrando una vaina de esas monosilábicas que parece un vocablo de la mismísima prehistoria? ¿Acaso no se ha dado cuenta de la extrema manipulación de la que es víctima y que lo hace comprar gaseosa, cerveza y mil productos chatarra más? Aparte, si usted es hombre, ¿no se ha percatado de que su mujer le pone los cachos cada vez que usted se va con sus amigotes – igual de embobados – al estadio, a la tienda de la esquina, al bar o al centro comercial? ¿Realmente cree que esa boludez colectiva – como la democracia – produce algún tipo de bienestar en su vida?

Si la respuesta es afirmativa a todas las anteriores, lamento informarle que es usted miembro del CCFF (Club de Cabrones Fanáticos del Fútbol). Y bueno, ser cabrón tiene sus ventajas, dirá usted: Hay alguien que le hace el favorcito a su mujer, mientras usted se entretiene viendo piernas, pechos, y torsos de hombre. Y esto se considera una de las características del “macho”. La vaina es realmente sospechosa…

Además, alguien que tome en serio los insulsos comentarios de los periodistas deportivos, las apreciaciones parvularias de los jugadores, la torpe retórica de los técnicos y el denigrante espectáculo de un “hincha” (¿hincha pelotas?) que demora dos días bajo el agua, bajo el inclemente sol, bajo la nieve, o a la intemperie, con el único objetivo de “comprar la boleta”, es porque en verdad que merece su castigo.

Porque no hay cosa que haga más bien a la mujer adúltera, a la ninfómana, a la infiel, que un partido de fútbol. Lo digo yo, que he sido favorecido en más de una ocasión por esos partidos a media mañana, a media tarde o a media noche, en los que el imbécil del marido ni siquiera se da cuenta que su mujer está por fuera, ni el tarado del jefe se fija que su personal está incompleto. Créanme, lo mejor es hacerlo en un baño a la hora del partido: todo el mundo se aguanta las ganas de ir porque “se puede perder una buena jugada”.

Póngase a pensar: ese hijo que no se parece a usted, esos ojos que nadie más en la familia tiene, ese tono de piel, esa “chispa adelantada”, debe ser producto de “un gol” que le ha metido su mujer por andar pendiente de 22 tipos que persiguen una esfera con el único objetivo de patearla, darle un golpe con la cabeza y embocarla en un rectángulo de madera llamado “arco”. El colmo de los colmos es que hay otro pendejo en la cancha que no sigue a la esfera sino a los otros 22, con el fin de sacarles unas tarjeticas de colores y calificarles sus acciones como “malas”, “graves” o “fuera de lugar”.

En verdad que la cosa me deprime de tal manera que no puedo entender que hayamos tardado millones de años en evolucionar para llegar a este “estadio” en el que provoca sentarse a llorar a moco tendido con la esperanza puesta en que alguna vez haya un líder en el mundo que lleve a cabo el sueño dorado de Borges. Y emprenda una cruzada mundial en contra del balón, que tenga como propósito pinchar todos y cada uno de los que existen, hasta que no quede sobre la faz de la tierra alguien interesado en seguir perpetuando semejante estupidez.

Y si a su mujer le gusta el fútbol, no esté tan tranquilo: en realidad lo que ella hace es apreciar las piernas, los pechos y la humanidad de los jugadores. Poco le importa si gana su equipo o el otro: le da igual cuál equipo meta un gol, siempre y cuando el goleador se quite la camiseta. Porque las mujeres son tan bellas, tan discretas y tan inteligentes que se han dado cuenta que es mejor quemar calorías que hacer deporte.

junio 17, 2005

El Escritor Desnudo

Avril X haciendo rutas argentinas


Escribir es la mejor forma de desnudarse. No hay sensación tan placentera, tan libre, tan divertida, como la que se tiene cuando se van dejando caer las palabras, una a una, como accesorios, como prendas de vestir en un striptease… hasta dejarte sin nada más que piel sobre tus órganos.

La desnudez es un asunto milenario, animal, mitológico. Intuyo que los humanos comenzamos a vestirnos demasiado tarde en la noche de los tiempos. Pobres de esos primeros que dieron el salto a la ropa. Ya sé que a todos nos toca vestirnos por razones climáticas, higiénicas o por vergüenza, pero ¿quién no prefiere la desnudez a esas extrañas fibras de algodón que cubren el cuerpo?

Por ello he decidido entrar en un club de nudistas. Y si no existe ninguno en la ciudad, fundar el primero. Mi primera incursión, la ritual, la de iniciación, será este fin de semana en una playa del Parque Tayrona, en las estribaciones de la (Madre) Sierra Nevada de Santa Marta. Como antes fue mi iniciación a las yerbas sagradas. Así que mientras usted esté devorando el periódico del domingo, matando la pereza, pasando el guayabo o soportando esa cosa tan infame que son las visitas y ”paseos” domingueros con perro incluido, yo estaré paseando mis escrotos al viento.

Pero bueno, no crea que ha sido fácil tomar esta decisión, antes tuve que convencerme que no tenía nada de perverso, ni de aberrado, ni era un delito querer mostrar mis escasos atributos al sol. Además tuve a bien encontrar cómplices.

Primero fueron un par de chicas divinas que hacen nudismo urbano en Barcelona. Ellas son Avril X y Nupy. La primera, argentina, la segunda, catalana. Y ambas son tan adorables, tan libres, tan espontáneas y hermosas que me dieron el coraje para querer hacerlo yo mismo también. Lo del nudismo de ambas empezó desde hace dos años, cuando Paula Brindisi (ahora Avril X) llegó a Barcelona luego del descalabro económico de su país. Ella, modelo, actriz y performista se encontró consigo misma en las calles de una ciudad siempre dispuesta a la libertad y al goce. Y se le encendió el bombillo. Ahora tiene una página web llamada URBANUDISMO
en la cual publica las avanzadas nudistas en Barcelona, Buenos Aires, Cataratas del Iguazú, Rutas argentinas, etc.

Antes de Avril X, la chispa se le había encendido a Spencer Tunick, famoso fotógrafo neoyorkino que se la pasa viajando por el mundo con el único objetivo de desnudar multitudes. Spencer ha logrado desnudar a cientos de miles de personas (sin desnudarse él) de los siete continentes, tal como lo muestra el magnífico documental “Naked World” de Arlene Donelly
.

A lo mejor a Avril X le sucedió igual que a Nupy, quien me contó que su “primera vez” había sido en la foto que Spencer Tunick tomó frente al Instituto de Cultura de Barcelona. Seguro que Avril estuvo allí también y luego quiso hacer lo suyo, buscó gente y empezó esa gran manifestación de la libertad que es URBANUDISMO, a la cual me uno como performista a partir de hoy mismo. Ahora que el director de la revista SOHO me ha jugado una broma pesada, haciéndome creer en la posibilidad de ir a Barcelona para escribir una crónica sobre el nudismo de estas chicas. Ahora que todo parecía indicar que el caso estaba cerrado. Ahora, de las cenizas, se levanta el ave fénix...

Y propongo a Cartagena de Indias como escenario para el próximo acontecimiento nudista global. Por varias razones: por el erotismo natural de la ciudad, porque aquí todavía hay mucha gente moji-gata, porque estamos en un país en el que un cuerpo desnudo en público casi siempre es un cadáver y, claro, por el insoportable calor de siempre... ¿Te le medirías?

mayo 24, 2005

Un colombiano harto de fe

Por Juan Ensuncho Bárcena

Somos bien primarios. Así lo expresan los colores de nuestra bandera. Sí, primarios. Materia prima para hacer, de un territorio hermoso y rico en culturas, este matadero de a tres pesos en que hemos convertido el sueño de los próceres.

Quizá ese mismo sueño no pasó de ser una mascarada que les permitió llegar a ocupar posiciones privilegiadas para las que estaban vetados. Mezquinos para los afectos, proclives al soborno, torpes para entender los beneficios de la democracia, hemos dado vigencia a un sistema político putrefacto al que llamo “Anarcocracia”.

El gobierno del caos, del desgobierno, del chanchullo (palabra típicamente colombiana), el imperio del desorden, de las leyes escritas con pobreza poética y aplicadas a los más débiles. Aquí, entre nosotros, pareciera que la corrupción es la única ley que se cumple a cabalidad. Ni siquiera el Principio Universal de la Gravedad es eficaz en todos los casos, como lo demuestra el cura que levita en “Cien años de soledad”. Sí, mucha soledad. Pero yo creo que llevamos más de un siglo en estas. Me atrevo a decir que desde 1819 no hemos avanzado un ápice en materia de Libertad, Igualdad y Fraternidad, supuestos ideales que inspiraron nuestro afán de independencia. A propósito, tampoco fuimos capaces de edificar una propuesta auténtica: tuvimos que importarla de Francia. En eso andamos siempre: plagiando, plagiando, plagiando.

Pero es natural: los colores que nos identifican sólo son la materia prima de los demás. No tienen un valor por sí mismos. En ello reside este estigma del colombiano al llegar a otras tierras: no quiere regresar. Encuentra en otra cultura lo que no fue capaz de encontrar en la propia: respeto por sus tradiciones nacionales, por sus culturas locales. No es de extrañar ya que hasta hace poco nos burlábamos de nuestros acentos regionales; de una forma u otra lo seguimos haciendo con esas series de televisión de poco vuelo que estereotipan nuestra riqueza cultural en horario triple A. Ellos creen que divierten, cuando –en el fondo- lo que hacen es atizar el segregacionismo que es caldo de cultivo para la guerra.

Quizá eso es lo que persiguen –tras bambalinas- los dueños de los canales privados de televisión: hacernos creer que no hay más posibilidades para Colombia que la brutal confrontación bélica interna. Aunque, de vez en cuando matizan su mensaje con frasecitas del tipo “Creer en Colombia” que inundan las pantallas con su publicidad hueca. ¡Creer! ¿Acaso una nación sólo se puede construir a partir de la fe? ¿Será por eso que nuestra capital recibió el nombre? ¿Será que, al final, Borges tenía razón cuando estampó en un cuento su célebre sentencia "ser colombiano es un acto de fe"? No lo creo. Como no creo en Colombia.

Me declaro apátrida, como todo ser libre. Si un ave, una nube, una brisa, no tienen que sacar cédula ni pasaporte ni visa, ¿por qué debería hacerlo un ser humano? Aún no encuentro la respuesta. Menos cuando todo el que sale de acá tiembla en los aeropuertos, ante los perros, ante las pesquisas insufribles que ejecutan los gobiernos de quienes muy bien pueden venir, sin permiso alguno, a meterse toda la coca en nuestras playas, ante nuestras narices, con nuestro permiso. Por eso dicen ahora que nuestro plato típico es el arroz con coca.

Y no contento con esto, hace poco, nuestro único premio nobel se tragó en Barcelona las palabras que escribió junto a su amigo premio cervantes, para demostrar una vez más que nuestra dignidad se la llevó el putas. Que nos volvimos un país de putas, de balas y de coca. No somos capaces de mantener nuestra altivez ante gobiernos que nos maltratan cada vez más. Somos unos regalados, relegados, reducidos, nos avergüenza decir que somos colombianos cuando estamos afuera, porque nos huyen. Y tienen toda la razón. Si yo fuera extranjero, no me metería con colombianos, solo con colombianas. A la cama, por supuesto.

mayo 07, 2005

Inventario del Tercer Piso

Por Juan Ensuncho Bárcena

La cosa me ha llegado como una revelación. Muy temprano, al amanecer de mi cumpleaños número treinta. Llegó en un sobre al hotel. Venía de Medellín, de manos de Elena Acosta. El corazón o la intuición o el tacto o la memoria, no recuerdo bien, me dijo que era un disco compacto. Si, un disco, pero ¿de qué?

La emoción no me hizo dejar de lado el cuidado, la ternura, la compasión casi con la que se evita siempre dañar la envoltura del regalo. El papel rojo, brillante, me habló del valor, del esmero, de la delicadeza con la que había sido envuelto. La tapa roja, con estrellas blancas y letras negras con los títulos de las canciones. La nota, encabezada por un epígrafe de Cioran: “La música es el refugio de las almas ulceradas por la dicha”. Sus palabras, las de Elena, siempre certeras, como un disparo a quemarropa, hacían honor a la cita del maestro rumano. No tuve fuerzas, ni pudor, para evitar una lágrima que rodó desde mi ojo izquierdo hasta la camisa blanca de mangas largas cuando supe de qué se trataba el doble disco: una selección de las mejores canciones de un tío bastante desconocido para mí: Joaquín Sabina. No sé por qué supe que ese día, no habría otro regalo mejor. Con ese sobre en la mano y esa única certeza llegué a los treinta.

Treinta años. La cifra me da vueltas en la cabeza desde hace varias semanas. Siento haber llegado al punto de no retorno. Es inexorable, irreversible: Ha comenzado el proceso de deterioro de mi cuerpo. Algo me dice calladamente: “Te vas a morir”. Atrás quedaron los juegos de infancia, la casa de los abuelos, la Escuela “Niño Jesús de Praga”, las procesiones de la Iglesia, las canciones de Menudo, los amigos de la Plaza de la Trinidad, las primeras novias, la Escuela “Nuestra Señora de Lourdes”, las carreras por la Calle Buenos Aires, los patios llenos de pájaros, el Colegio “María Auxiliadora”, las segundas novias, los rezos de la mañana, el quibbe con pony al desayuno, las izadas de bandera, los exámenes, las calificaciones, las convivencias, las travesuras hormonales, los bailes en la casa, los primeros tragos, el anhelo de las vacaciones, la excursión de fin de año, el 333 de las pruebas, el diploma de bachiller, el viaje con mi padre en bus a inscribirme en la universidad.

Atrás quedó Bucaramanga, la biblioteca de la UIS, el auditorio Luis A. Calvo, el único violín que toqué, el arcoiris que produje, las terceras novias, aquella tarde en que Claudia Juliana salió desnuda del lago para hacer nido entre mis brazos, las noches cazando extraterrestres, la nueva era, las meditaciones al amanecer, la cuentería de otros, las fogatas, las asambleas permanentes, la poesía en la mirada, el descubrimiento de la música de la mano de mi otra Elena Acosta (de Londoño), el amor sin palabras de Leda, la amistad cómplice de Elkin, Luis Fernando y Néstor, las caminatas grupales guiados por Mauricio, el amor cándido de Sandra, la nostalgia, los juegos con el tiempo, el encantamiento del sueño, el álgebra superior, las aventuras de la física, el abandono de la carrera por cuestiones éticas: “el petróleo es la sangre de la tierra”, el viaje de regreso a casa con el rabo entre las piernas, el semestre de ciénaga y baldíos con mis amigos del leñal, las madrugadas, el renacer.

Atrás Barranquilla, la pasión por el cine, la cuentería propia, el descubrimiento de la poesía, el redescubrimiento del rock, los amigos de Hora Cero, la vida en las pensiones, el precarnaval, el parque Tayrona, las playas nudistas, la marijuana, el viaje al pasado de la mano de los indígenas, las gafas oscuras, el pelo largo, la intuición de que la vida es una farsa: una historia que uno se inventa para sentirse vivo, el afán de una biografía, el lado oscuro del corazón, la cinemateca del caribe, Paola y su sexo de prodigios, las tardes de caminar solo sin rumbo, los árboles florecidos del Prado, la embriagante necesidad de ser, la voluptuosidad del vacío, el programa de radio por la noche, Luneta 50, la fluorescente noche de Julieta de los Espíritus, los sueños de pan, la intrigante prosa de Cepeda, las iluminaciones de Obregón, los juegos con la muerte, la emisora universitaria, las obras de Bach y de Beethoven, la prisa por escribir para ganarle al olvido. Las ganas de deserción.

Y entonces apareció Cartagena, como una puta que ronda por el Parque Centenario, el Festival de Cine y su virus incurable, Eva y su café de mañanita, la lucidez de Cioran, la desconfianza en el amor, los amores desconfiados, la tercera universidad, el claustro de la merced, los atardeceres frente al mar, las publicaciones en la prensa, los “personajes”, la música tecno, amnesia, la música del caribe, quiebra canto, las noches de arsenal, las caminatas de hastío por la madrugada, el camellón de los mártires, Elaine y su amor de otro mundo, la virginidad de Beatriz, el eclipse total de sol, los colegas del desechismo, la pura irreverencia, las ansias de filmarlo todo, los videos, el fracaso en su más digna esencia, los pantalones rotos, las botas viejas cubriendo mis pies, el apartamento compartido con mis primas y mi hermano, la mudanza al centro, “obseciones” y las noches de lujuria en la calle segunda de badillo, la neurótica coca, las noches de Cartagena que fascinan, la ironía, la violencia simbólica, los gamines, el sarcasmo al pie de la popa, el lujurioso amor de Cleo, la primera película, el festival de las artes y su ambisexualidad, la mudanza de la universidad a un sitio alejado del mundanal ruido de la realidad, el barrio Crespo, el apartamento donde dejé los muebles, el aburrimiento de compartir la vivienda con una mujer con dos hijos pequeños, el fervor de Érika, el Hotel Bellavista, los cuatro vientos, el grupo de rock, la librería bitácora, el cantar pasado mañana fuera de tono, los amores eternos del cine, el cuerpo de Diana, el cabello de Natalia, la sonrisa de Aury, la mirada de Mónica, su entrega, los discos de The Doors, Robi Draco y Cerati, la fugacidad del viento, las instantáneas, todo el olvido. Toda la gente y los lugares que olvidé para saberme hombre. Todo se fue prefigurando ante mí como una carretera, como esa primera madrugada en la que salí del pueblo para no volver nunca más.

La nada está en el ambiente, como cuando has bailado toda la noche. Rememoro los pasos andados, la senda recorrida, los pies cansados, las vueltas que da la vida, los amores extraviados, la vuelta a Barranquilla, el enigmático amor de Caterina, el retorno a la casa de Julieta, el trabajo, la atracción fatal por Patricia, el apartamento del Prado, el difícil amor de Katherine, los pasos sobre el asfalto, la redención, el retorno al Bellavista para escribir el primer libro, la burocracia, el papel higiénico del escritor en la sociedad de hoy.

¿Y qué es lo que queda de todo aquello? Un cuarto desordenado de hotel, una memoria confusa, dos botellas de ron tres esquinas a medio terminar, un poeta que parte una baldosa en la cabeza de otro al final de la noche de tus treinta, la música, las cajas con cosas, las revistas, los libros, la impostergable necesidad de contar. Y una canción: “La del pirata cojo” de Sabina. Ya son treinta años. Y bien merecen un trago. Dry Martini, por favor.

abril 23, 2005

La solemnidad en Cartagena de Indias





(A propósito del Día del Idioma)

Por Juan Ensuncho Bárcena

Un día cualquiera tuve la necesidad de llamar a la Alcaldía Mayor. Mi intención era conocer los nombres de los tres alcaldes locales para enviarles una carta. Busqué en el directorio telefónico - entre los muchos números de la casa de gobierno distrital - el que me pareció más apropiado para marcar. Lo hice. Contestó una voz grave, masculina, fuerte:

- Oficina de solemnidades.

De inmediato le expresé mi solicitud, a lo que el funcionario me respondió:

- Señor esta es la oficina de cementerios.

La respuesta me dejó muy confundido. Confieso que he estado distraído varios días en la oficina, mirando largo, pensando en el tema. Algo no encaja. Según los académicos de la lengua, solemnidad es cualidad de solemne. Acto o ceremonia solemne. Festividad eclesiástica. Cada una de las formalidades de un acto solemne. Está incluida desde una procesión, una junta, una audiencia, una posesión, hasta –efectivamente- unas exequias. Pero para los gobiernos de la ciudad – no sé desde cuándo ni sé con qué pretexto – es una oficina en la que se atiende aquellos casos en los que la pobreza de una familia no le permite enterrar dignamente a su difunto. "Pobres de solemnidad" es el nombre del programa. Algo seguía sin encajar.

La expresión me condujo nuevamente al diccionario... ¡Qué terquedad!. Pobre de solemnidad: el que lo es de notoriedad. No podía menos que ocurrírseme una rápida conclusión. A los pobres en exceso sólo se les atiende cuando van para el cementerio. Mejor dicho: hay que morirse para existir. Cioranesco.

Pero allí no acaba todo, faltan los gusanos. Los mismos señores de la Real Academia Española me comentan que según el Derecho, Solemnidad es el conjunto de requisitos legales para la validez de los otorgamientos testamentarios y de otros instrumentos que la ley denomina públicos y solemnes. Ahora, el problema que se plantea es la tramitología – mi computadora no acepta la palabra, prefiere “traumatología” – para cumplir con los requisitos legales y poder finalmente recibir el cuerpo sin vida del pariente que seguramente será su único testamento. No deja de ser macabra la cosa.

Si esta fuera una sociedad seria el debate se habría dado hace rato. Porque considerar que lo único solemne es la muerte es casi lo mismo que aceptar que no hay nada sagrado, que nadie merece respeto, que la sabiduría es un concepto poco académico, o que el camino de la lucidez está abandonado – si es que alguna vez fue recorrido. No hay derecho, hay torcidos. Solemne disparate.

marzo 31, 2005

Del inconveniente de haber nacido... en San Marcos



Cuando Mara, el Tentador, intenta suplantar a Buda, éste le dice: ¿Con qué derecho pretendes reinar sobre los hombres y sobre el Universo? ¿Acaso has sufrido por el conocimiento? E.M. Cioran

Vivo en un pueblo del caribe en el que piensan que estoy loco porque tengo el sospechoso hábito de leer. ¿Qué se puede esperar de una población de 50 mil habitantes que consume sólo 100 periódicos al día... (Pensándolo mejor, son 500 personas por diario: a razón de 20 por hora, es decir, cada sanmarquero lee un periódico en tres minutos, Récord Guinnes en lectura rápida).

Alcanzo a imaginar los deliciosos comentarios que se suscitarán cuando sepan, por boca de algún malpensante, que también escribo: “Ahora sí es verdad que está de manicomio”, “Imagínate, se va todas las tardes para la casa finca de su familia, solo, a ¡leer y escribir!”, “Ese muchacho es un peligro, una bomba de tiempo”. ¡Qué delicia!. Y yo, feliz de la vida, usando el método paranoico-crítico que le heredé a un tío español para hacer literatura sin sentarme a escribir... Ahora que lo veo tan claro, con razón la última vez que intenté salir con una “niña bien” del pueblo, se negó porque estaba dizque ocupada haciendo unos arreglos para la primera comunión de la hermanita. ¿Tendrá algo que ver el hecho de que estudie Sicología en la Javeriana?

Lo mejor del cuento es que yo les doy la razón: “Sí, leer no conduce a nada bueno”, “eviten los libros, causan alergia”, “son mejores los documentales de Discovery, más bacanos”. No sé si esto sea así o peor en las demás regiones del país, pero es que en ‘la nuestra’ pulula el ranchenato en cualquier esquina, en cualquier rancho una cantina y, encima de todo un McCausland que cree que esto sí es vida, que le gusta ensalzar la miseria propia y ajena en sus películas. Pero no está solo en su causa: lo acompaña un sincelejano que estudió cine en Florencia (no sé si Italia o Caquetá) y se esfuerza por hacernos ver este muladar como paraíso a través de un documental titulado “La bacanería, un estilo de vida”, dedicado a eso tan insípido que es el humor regional; el grupo lo integra también un tal Fiorillo, que resultó ahora ser tomador de gaseosa o comedor de helado (no recuerdo bien) de La Cueva, todo con la excusa de inmortalizarse en una foto raída del Nóbel Patriarca en compañía de sus compañeros de parranda y comilona; cierra el cuarteto de cámara un señor Salcedo, hijo de otro más famoso que él pero con la misma voz, que se le ha dado por recorrer la Costa y repetir y repetir lo que los otros ya habían dicho o hecho, pero esta vez por Señal Colombia.

Volviendo a San Marcos, que no es ningún Macondo, todo el que no está con la mayoría, libando licor de caña a 40 grados bajo la sombra, está perdiendo el tiempo; se convierte en rechazado, marginal, orillero. Se le premia con un estigma. (Y eso que no saben que tengo un tatuaje en mi brazo izquierdo). Para divertirse, como en todo el mundo, la juventud va a la disco de moda, con la ropa de moda a bailar música de moda. “A reventar trago se dijo”, se escucha por doquier al llegar el viernes. “El ron no es pa’ pelaos”, queriendo decir al mismo tiempo que no es para niños ni para gente sin plata. Aunque se sabe de padres que matan a sus hijos para hacerlos machos, de gorreros que nunca pagan y siempre están ebrios, y de algunos que empeñan hasta sus mujeres para tener la hombría de beber con sus compadres. Seguro hasta pensarán que soy marica porque casi siempre me ven solo, nunca me refiero a ellas como a unas perras, como a unas putas, ni las trato como si fueran burras. Quisiera hacer énfasis en esto de las cuadrúpedas: Para nadie es un secreto que nuestra educación sentimental comienza por esa bestial pero tierna afición precoz por las novias de Platero. Al crecer, alguno que otro se queda allí: cada fin de semana una chica diferente, incluso hay quienes se las turnan. ¿Será que el poeta tenía razón cuando dijo que la burrita es la única que no te jode, que no te pide besitos ni te quita un lugar en la hamaca? Sin embargo, sigo prefiriendo a las que tienen de qué hablar, a las libres, a las que no están a la espera del Príncipe que las rescate de las garras del dragón.

Como ven es difícil vivir en mi apartada comarca, después de 10 años de haber cruzado sus fronteras. Pero, a pesar de todos los epítetos con que me premian, decidí no detestar más a nadie desde que he observado que termino siempre pareciéndome a mi último enemigo. No vayan a pensar que me quejo. De ninguna manera: aún la musiquilla de acordeón no ha acabado con las pocas neuronas que tengo, ni las más osadas de la aldea me han robado la inocencia. Es que, en el fondo, sigo siendo ingenuo... Soy de los que se enamora hasta por inercia. Aún creo que el amor es posible, aunque duela. Si no he puesto fin a mis días es porque sigo esperando a que la próxima sea “la elegida”, la de “toda la vida”, la “madre de mis hijos”. Pero algo extraño pasa, al intimar, no les perdono la afición por el vallejarto, el merenguismo mental, la vulgaridad, la falta de discernimiento, tacto o gusto. A la que espero, sé muy bien que le gusta ir un día a la ópera y otro al festival del Porro, habla francés, viajará el mundo conmigo, es tan hermosa como la Venus de Milo completa, le divierten los Simpson y las novelas del viejo Buk. Si es rica mejor, pero no me importa que no tenga millones, al menos que no sea tan simple como la Camila del Tuerto López. Por plata no hay que preocuparse en este país de 40 millones de secuestrables. Aunque vacaciones en el pacífico sur, la buena mesa y una boda en Venecia no le caen mal a nadie. ¿Dónde está esa mujer que busco? No lo sé, pero sé que existe. No es de aquí pero la sigo esperando. Voy a cine, librerías, cafés y bares cuando estoy en la ciudad; creo encontrarla en los ojos de esa belleza que veo a menudo en los recitales, pero ¡lástima que sea tan complicada!. En fin, para encontrarla no tengo prisa.

De regreso al pueblo noto la preocupación de mi padre por mi soledad, próximo a cumplir los 30. “A esa edad yo estaba casado con tu mamá y teníamos a tus dos hermanos mayores, quienes también están casados”, me dice para consolarme. Y yo, casi desempleado, destemplado, enciendo el viejo Walkman y escucho a Manolo García: Y quedaba mucho por hacer/ y quedaba mucho por hacer/ y quedaba mucho por hacer/ y quedaba mucho por hacer. Agarro las llaves de la moto y salgo a la calle en busca de un amor. En la esquina de mi casa me acuerdo de la de anoche, tan buena que está la tetona. Vamos a ver... Hago pájaros de barro y los echo a volar. La encuentro en casa de una vecina viendo la tele. La convenzo de que me acompañe a la casa finca. Llegamos a San Martín, que está a las afueras del pueblo y pertenece al resguardo indígena zenú. Cuelgo una hamaca y entramos en el afortunado silencio de la experiencia erótica. Pasamos a la cama, nos desnudamos entre alegres y nerviosos como siempre, nos besamos como nunca. La felicidad está cerca cuando, se nos cae la litera. ¡Malditas tablas!. Pero, “no importa”, le digo, la emoción se mantiene intacta. Acomodo el colchón en el suelo y la conmino a seguir, pero se niega. “Ya es muy tarde y mi mamá debe estar preocupada”, son sus últimas palabras antes de vestirse en el baño y salir como si nada hubiera pasado. Mientras tanto, yo pienso que Murphy me quedó en pañales.

Todas estas vainas de mi pueblo me hacen recordar y respetar a don Nicolás Gómez Dávila, quien resumía la vida moderna en dos móviles: Negocio y Coito. Hay que aclarar que este no es un pueblo que se diga “moderno”, pues una mezcla de feudalismo y bandidismo se campea por sus calles; pero de un tiempo para acá las cosas están tomando un nuevo ritmo. Ahora tenemos Televisión Satelital, Cajero Automático y hasta un Café Internet. Sí, leyeron bien, “Internet y Pescado Fresco” se titula una de las novelas que estoy escribiendo. Imagínense que hace un par de años inauguramos el Cajero automático con Banda Municipal, Cura y Alcalde a bordo. Lo más pintoresco es que está situado a treinta metros de la tienda más vieja del municipio que pasa de los cien años de publicidad. Hilando fino, este nombrecito de San Marcos, si le quitamos la N que Nada vale, se convierte en anagrama de Sarcasmo. Aquí la gente se precia de tener un gran sentido del humor; todo el mundo es mamagallista, garciamarquiano sin haber leído una sola página. Tanto que hace poco un destacado abogado de la parroquia designó – sin una pizca de malicia o duda - a un paisano que se atrevió a publicar un libro titulado “El provinciano” como ‘nuestro García Márquez’. Y yo que aspiraba a ese título...

El dolor me pasó rápido. Me resigné. Me consolé con la idea de ser ‘el Cioran de mi pueblo’. Pero no es lo mismo, cuando menciono al rumano francés de ninguna parte les parece a mis compatriotas una forma algo rara de espantar una gallina. ¡OH Maestro! Copartidario de agonías y compañero de noches de insomnio voluntario, tú que te quejabas por haber nacido en un país donde se ruge en los entierros, si por un instante pudieras ver los de aquí con plañideras envalentonadas a punta de aguardiente... si conocieras el hastío de la canícula tropical al mediodía. Por fortuna aquí también llegan las cinco de la tarde y la explosión de colores hace sonrojar a mi compadre Joche, único pintor del pueblo. Es el momento entonces para andar en bicicleta por las comarcas vecinas y detenerse en los cementerios rurales, tenderse entre dos tumbas y fumar durante horas... Es el momento preciso para la retrospección.

Después de haber sido un niño ejemplar y de buenas costumbres, educado, obediente y buen estudiante, pasé a engrosar la fila de los díscolos, los ‘ovejanegra’, los ‘casoperdido’. Me aficioné entonces a la vida urbana y a la derrota. La ciudad para mí es el lugar donde aturdir mis remordimientos por haber dejado el pueblo, por ser desertor de dos prestigiosas universidades, por haber decepcionado a mis padres (quienes querían un abogado, un ingeniero pero no un vulgar periodista), por haber abandonado a mis amigos de infancia, por haber crecido. Al mismo tiempo la ciudad es el sitio del Rock, el Jazz, los bares y el amor. Fue en la ciudad donde encontré a Cioran, fue en ella donde aprendí a quererlo como ese otro abuelo que nunca tuve. ¿Qué hubiera sido de mí sin sus palabras contundentes cargadas del humor más fino y por tanto corrosivo? Porque desde la primera línea mi vida empezó a ser otra: más divertida, más deliciosa, más liviana. Había alguien en el mundo que sufría más que yo, alguien a quien nunca podré igualar. Sus libros me incitaron a escribir. Empecé entonces a hacerlo como quien juega, como quien deja caer las palabras sobre el papel cual par de canicas por el suelo, como quien baila discontinuamente a la orilla de un abismo. Sin perder nunca la perspectiva de ese campesino rumano llamado Coman, quien, al enterarse de que un vecino escritor lo incluiría en sus memorias, le reclamó: “Yo sé muy bien que no valgo nada, pero ¡caray!, no creí haber caído tan bajo como para que se hablara de mí en un libro”.

Lo que pasa conmigo es, para no cansarlos, que toda mi vida he deseado ser otro – en continua rebeldía contra mi ascendencia: español, indígena, rumano, argentino, todo excepto lo que soy: el desubicado escritor de un pueblo en el que no existe ni una sola librería. Interesadas favor comunicarse.


Por Ensuncho De La Bárcena

Nota de editor: este artículo fue escrito en 2002 y, como se lee en el encabezado, publicado en 2005.

febrero 22, 2005

Mi Vida con Ellas




Empezaré por rendir un tributo a mi primera mujer: Nohorys Sofía. Delgada, 31 años, casada, madre de tres hijos, dulce, buen sentido del humor, de piernas torneadas, senos blancos y mirada ensoñadora. Este amor nunca lo he perdido. Fue el primero y el más grande que he tenido.

Luego amé a Juanita, una señora mayor que me besaba y me consentía. Ella tenía un ejército de nietos que hacían destrozos en mi casa. Me sentaba en un banquito a cuidar el árbol de guayaba agria que había en el centro del patio, porque no permitía que nadie arrancara un fruto antes de que se madurara. Vestía de flores, pasaba sus tardes apacibles sentada en una mecedora, acariciando las cuentas de un rosario.

A medida que aprendí a hablar, que podía gatear y caminar, seguía conquistando corazones. No había mujer en la cuadra que no me abrazara, me cargara, me regalara besos. Incluso algunas hasta les gustaba cambiarme de pañal. Era amado especialmente por Erika del Carmen, niña de ojos grandes, cejas pobladas, sonrisa franca y cabello lacio, hasta la cintura. Ella se mantenía todo el tiempo conmigo. Y yo amaba tanto estar en sus brazos que lloraba para estar con Erika. Pero ella entró al kinder y me cambió por los cuadernos. Entonces llegó Rosa. Negra, gorda, olor a tabaco, tetas descomunales y un alma que no le cabía en su gran cuerpo. Me cantaba canciones de otros tiempos. Y me hacía cosquillas. Pasaba todo el día jugando, corriendo de un lado al otro. En la infinita irresponsabilidad de los dos años.

Una mañana de febrero nació Nohorys María, una bebecita de rasgos finos que me sorprendieron de repente. Fue amor a primera vista, a pesar de que me quitaba un lugar de privilegio en la casa. Nohorys era la adoración del barrio, de cabellos relucientes, del mismo color del sol.

Éramos todos felices, pero todo cambió de un momento a otro. Recuerdo que fue en Navidad, con la llegada de la luz al pueblo, cuando crecimos todos: mamá, papá, hermanas, hermanos, primos, tías, tíos, amigos de la calle. Murieron los abuelos, nos fuimos de la casa, abandonamos el patio donde conocimos la alegría, el callejón donde alimentábamos palomas, la primera piscina que nos construyó el abuelo. El tiempo pasó y fuimos expulsados del paraíso.

En el bachillerato llegaron las primeras novias. Entre el acné, el álgebra, los bailes en la casa y las esquelas, me enamoré de muchas. Una tarde de brisa besé a todas las del curso. De ahí en adelante no he hecho sino amar a las mujeres. Las he amado tanto que por muchas razones me mantuvieron vivo. Me ayudaron de mil y una maneras a soportar mi adolescencia, mis crisis existenciales, mis días tristes, mis noches de lluvia. Por eso he querido desde siempre encontrar a la que me haga regresar al paraíso. Topármela en una esquina, en una oficina, en un viaje, a la mujer que hará añicos mi aburrido celibato. Pero como no llega, me consuelo pensando: Mejor no amar-gar, ni ser amar-gado.

Ya no me interesa tener una esposa. Ahora que he vivido entre mis amigas las putas durante un mes, sueño con amar, sin permisos, ni títulos de propiedad. Sin compromisos, siquiera. Ser simplemente amante sin pedir nada a cambio. Ser amante es saberse polvo enamorado, sentir que el erotismo supera todas las obligaciones. Una relación así tiene un fin en sí misma: no necesita desarrollarse... se vive en un eterno presente. Los amantes nunca terminan, porque nunca comienzan. No esperan nada, sólo dan. No quieren tener hijos, se saben únicos: no se quieren repetir. No se buscan, se encuentran. Como dos briznas de hierba en el aire.

febrero 07, 2005

La Ciudad Eréndira

"La niña de papá", por Édgar Garcés


Por Juan Ensuncho Bárcena

En el ejercicio de escribir o expresar una opinión sobre una ciudad nunca estamos solos ni somos los primeros. En la mirada del que lee está siempre escondido un nuevo texto. Como escritor, considero saludable enfrentarme a la aventura de retomar miradas, propuestas y lecturas que alimenten las propias.

Hace unos años el connotado coreógrafo y bailarín de danza contemporánea Álvaro Restrepo publicó en las Lecturas Dominicales de El Tiempo un artículo titulado “Cartagena: Ciudad Eréndira” que causó escozor entre los habitantes bienpensantes de esta ciudad frágil y susceptible a la crítica. En el mencionado texto Restrepo planteaba la necesidad de darle un giro a las dinámicas culturales de Cartagena, hasta ese entonces sumidas en el limbo propio de sociedades parroquianas acostumbradas a mirarse el ombligo.

El título lo retomo ahora para poner de manifiesto la excesiva presencia en nuestras calles de esas damas, alegres o tristes, que deciden por múltiples razones vender su cuerpo para el placer de otros. Algo que llama poderosamente la atención de cualquiera que llega a esta ciudad. “Trabajo con el cuerpo”, fue la respuesta que me dio una de ellas en una noche de discoteca ante el interrogante primigenio: ¿a qué te dedicas? Mi sorpresa dibujó en su rostro una sonrisa, ante la cual decidió enfatizar: “…pero no soy bailarina”. Todo estaba claro.

Cartagena es “la ciudad de todos y de nadie”, como decidió bautizarla el concejal Argemiro Bermúdez hace algunos meses en una plenaria del Honorable. Se refería el destacado profesor a un libro de José María Vargas Vila que relata la historia de Berta, una mujer casada que, a causa de los celos de su marido y la consecuente separación, comienza un vertiginoso descenso hasta llegar a prostituirse; al final de la novela, ya en su vejez, hecha despojos, Berta se reencuentra con aquel, quien le dice, arrepentido y emocionado: “¡Berta, mi Berta!”, ante lo cual ella le responde: “No soy tuya. Soy la mujer de todos y de nadie”. Se refería el concejal, al olvido e insolencia con el que los cartageneros y extraños (mal) tratan a la ciudad: como a una prostituta barata. Cartagena parece responder, no sólo en ese sentido, a la novela de Vargas Vila: basta caminar por las calles del centro, detenerse en una esquina o sentarse en una plaza turística para darse cuenta de que aquí las que no lo son, lo parecen. Claro que hay mujeres decentes en la ciudad, pero como que andan en carro, en taxi, caminan muy rápido o no salen de casa, porque no se les ve mucho.

Por otro lado, rendirle tributo a la India Catalina, traidora por excelencia, no es que dignifique mucho a la mujer de la ciudad. Con razón la ciudad es promovida cada vez más como destino turístico sexual. Para nadie es un misterio que acá vienen los andinos, gringos, europeos y demás, a comprar sexo y drogas, el rock and roll lo traen ellos.

Todo lo planteado hasta aquí me hace evocar una obra de arte, de técnica mixta, que obtuvo Mención de Honor en la pasada Convocatoria Distrital de Premios y Becas. Se trata de “La niña de papá”, del fotógrafo Edgar Garcés, obra que produce en las mentes amuralladas repulsión total por tratarse de una mujer gorda, desnuda, en provocadora actitud bovina. Lo más destacado de “La Niña de papá” es que la mujer en cuestión tiene una corona, una banda cruzada y un llamativo cetro-vibrador en primer plano. Sobran explicaciones.

Por ello, considero que, para desentrañar y exorcizar tal vez el alma perdida de esta ciudad es necesario adentrarse en las turbulentas aguas de la prostitución.

enero 23, 2005

Arriba el celibato

Por Juan Ensuncho Bárcena

Me declaro públicamente célibe a partir de este momento. Ya he perdido mucho tiempo, muchos sueños y mucho dinero del que nunca he tenido. Como dice la canción de U2: “Aún no he encontrado lo que estoy buscando”, entonces he dejado de buscar. No más.

He llegado a esta conclusión después de muchos años de sexo, drogas y rock and roll porque no hay mujeres de valor disponibles, no sé por qué me da la impresión de que todas las que hay, tienen un precio. “La que menos pide, pide matrimonio”, dice Juancho, el marino. Y yo le creo. Por eso hemos decidido hacer realidad el “Bellavista Single Club”, club de fracasados en el amor. Orgullosamente fracasados, pues todos los amigos que han dejado de pertenecer al club, se lamentan tarde o temprano. El consuelo que les queda es cuando otro cae en la trampa. Entonces replican: “No tenías ningún derecho a vivir mejor que yo”.

Y es que si hay un género interesado en el matrimonio es el femenino. Por eso aquel chiste: Durante la boda, ¿por qué la mujer se viste de blanco y el hombre de negro? Respuesta: Porque la mujer va feliz y el hombre va para un entierro. Es decir, existe aún el matrimonio porque hay hombres débiles que caen en la tentación de prolongar la especie. Y de tener la comida en casa. Cuando un hombre se cansa de buscar, tiene dos opciones: o se casa con la primera que encuentre o se declara célibe.

Creo que el problema es la sobrevaloración que se le ha dado al sexo en la sociedad occidental a partir de los sesenta, década de las revoluciones. Para mí, lo que hemos vivido desde entonces ha contribuido al desastre de las parejas de hoy. Es decir, no creo que vivir en pareja le aporte nada al individuo. Al contrario, le quita. Hablo de los tres tipos de pareja: Hombre-Mujer, Mujer-Mujer y Hombre-Hombre.

Hasta aquí, queridos lectores, ustedes podrían pensar que provengo de una familia disfuncional, pero no: mis padres han estado unidos durante casi 40 años. Paradójicamente por eso es que pienso de esta manera. A ver, ¿dónde estarían mi padre y mi madre en estos momentos si no se hubieran casado? Probablemente mi padre hubiera llegado a ser un gran escritor y mi madre habría llegado a ser una gran religiosa. Pero tuvieron cinco hijos y “hasta ahí llegaron las canoas”. Algo que les agradezco, claro que sí, pero ha sido injusto con ellos.

Pero bueno, los hijos: qué divinos, que ya sabe leer, que esto, que aquello. No son más que justificaciones. Porque tener hijos suele ser una actitud, además de filantrópica, irresponsable. Si aún nadie sabe con certeza por qué estamos aquí, ¿cuál es la necesidad de acrecentar el número de ignorantes? De verdad que no lo entiendo.

Volviendo al celibato, del cual me declaro activista consumado, creo toda mujer está esperando siempre algo a cambio de abrir las piernas: dinero, status, estabilidad o seguridad para la prole. Es decir que toda relación de pareja se convierte en una apertura económica. Claro, todo el tiempo estamos bombardeados por mensajes del tipo: “Sexo compro, sexo vendo, sexo arriendo”. Hay que ver qué imbéciles somos los varones: gran parte de las actividades que emprendemos tienen como objetivo conseguirnos una hembra. “Y les das tu dinero y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”, dicen Los Prisioneros.

El principal motor de la sociedad de consumo es el sexo. Y las mujeres de hoy lo saben. Por lo tanto, para no hacerle caso a esta vulgar quimera, me declaro, en celibato, a término indefinido.

enero 19, 2005

Cartagena Revisitada

Por Juan Ensuncho Bárcena

Yo escribidor me confieso ante vosotros lectores de haber pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Pero sobre todo de ser suspicaz, paranoico y conspirador. Pecador y conspirador. Perdónenme el tono confesional, pero digo todo esto para entrar en materia.

Se me hace bien sospechoso – nada es coincidencia – que los reyes del viejo imperio (Los Borbones, Juan Carlos y Sofía) y los reyes del nuevo imperio (Los Bush, George y Laura) se hayan reunido el último miércoles del mes de noviembre pasado en el feudo principal de los “arbustos” (Bush, en español). La nota y la foto publicada los muestra felices, rozagantes, impecables. Reyes al fin y al cabo.

Que lo hayan hecho justo una semana después de haber visitado nuestra ciudad no deja de parecerme terrible. No sé si ustedes estarán de acuerdo, pero para mi hay gato encerrado. O mejor dicho, ¿será que Cartagena se volvió importante en el panorama político global? De ser así, conviene decir cosas que antes – en nuestra remota condición de parroquia – no valían la pena.

Tal vez la visita de los reyes – los viejos y los nuevos – haya hecho venir a la ciudad a esos cientos de miles de turistas que tuvimos en nuestras calles, playas, plazas y restaurantes durante la temporada de fin de año. Me parece que la “sensación de seguridad” que generaron aquellas visitas hizo tomar la decisión a las familias colombianas de tomar el bus, el carro y el avión con destino a las calles más caminadas y fotografiadas del país.

Pero más allá de lo anecdótico, ¿no les parece sospechoso que el número de visitantes que se esperan en enero, 15 mil, sea el mismo de los hombres desplegados el pasado 22 de noviembre – 41º aniversario de la muerte de Kennedy – para proteger a Bush? ¿Será que son los mismos? ¿Será que les gustaron tanto la ciudad, sus mujeres de la noche, sus mágicos polvos, sus rumbas privadas de hotel cinco estrellas? A lo mejor estoy confundiendo la vía láctea con vacas en la vía. Pero es que no dejo de interrogarme en esta ciudad sin respuestas. En esta sociedad impune, ciega, sorda y muda.

Ya lo ven, soy un paranoico, un conspirador, un pecador. Pero, ¿qué importa? Si al fin y al cabo una columna de prensa no le hace daño a nadie. Si soy inofensivo: no sé manipular un arma, no sé fabricar una bomba, no sé utilizar las “miras” de un rifle, nunca he sembrado una mina quiebrapatas, nunca he traficado droga, nunca he tenido en mis manos una granada, nunca he tirado al blanco (ni al negro), en pocas palabras nunca he jurado servir a la guerra. Y nunca lo haré: me sigue pareciendo el invento más imbécil de todos los que la especie ha desarrollado.

Me parece una estupidez eso de que “la guerra es la partera de la historia”, razón de ser de los gobiernos y de los traficantes de armas, ambos servidores del santo oficio de la muerte. Prefiero pensar que la historia ha sido siempre escrita por mentes guerreristas, gente aburrida que no ve más allá de las batallas, bombas y secuestros. Me satisface más la visión de “Las Vidas Imaginarias” de Marcel Schwob que los tomos de Historia Universal. Creo que allí está el secreto: más en la “petit histoire” (pequeña historia) de los franceses que en la “gran partera de la historia” que ha provocado tantos abortos.

enero 11, 2005

Aún la poesía



Acabo de publicar, después de mucho meditarlo, una colección de conjuros. Para quien esto escribe, un conjuro es una expresión anterior al poema, anterior incluso a la oración. Por eso escribo conjuros, porque un conjuro hermana al poema con la oración. Se escribe, se recita o se lee con una intención específica, con un fin determinado.

Entre los chamanes o sacerdotes de la tribu existen conjuros para hacer llover, conjuros para espantar la enfermedad, conjuros para encender el fuego. Las razones son múltiples, pero cada deseo esconde un conjuro. Trataré de contar las mías, no con ánimo de justificarme, sino de manifestar que aún es posible cometer ese acto suicida que es publicar un libro que aspira a la poesía.

No hay que tener más de cuatro dedos de frente para saber que la poesía es lo que menos se vende en las librerías, quizá lo que menos se consulta en las bibliotecas, lo que menos se aconseja publicar entre escritores, lo que menos, en fin. Quizá nos mueve esa extraña razón que hace al salmón nadar en contra de la corriente, poner sus huevos cada vez más cerca de la fuente, del nacimiento, del vértigo original que fluye desde arriba y nos empuja al frío de las primeras aguas.

La poesía no se vende, pues simplemente porque no está a la venta. En una sociedad cada vez más consumista, consumida, mediatizada, a medias, con ciudadanos cada vez más indiferentes ante el dolor, cada vez menos concientes de los placeres de la vida sencilla, seguir creyendo en los poderes sanadores de la palabra, más allá de ser ingenuo es una apuesta por la vida. “La vida, aquello que ocurre mientras estamos ocupados en otras cosas”, decía Lennon. Hay mucho de soñador en quienes creemos esto, pero, por fortuna no somos los únicos. Cuando el canto más popular, más común, más radial, más televisivo, más cibernauta, es aquel que entona los beneficios del egoísmo, de la vanidad, la lujuria y la codicia, decidirse por la poesía no deja de parecer fuera de foco. Y está bien, porque más allá del afán posmoderno por querer acumular riqueza y lujo, está el antiguo y primigenio deseo por encontrar en la cotidianidad las maravillas de una vida digna, simple, sin afanes.

Poesía es todo aquello justamente que nos hace ver la vida de frente, sin engaños. Pero dejándole ese hálito de misterio que debe tener todo lo sagrado. Más allá de mensajes en el espacio con grandes radiotransmisores, las estrellas siguen diciéndonos mucho más que quienes pretenden descifrarlas. Más allá de los aparatos para medir las condiciones del clima en los aeropuertos, aún la ciencia no sabe dónde se origina el viento. Más allá de todo lo que sabemos en torno al embarazo y la manera como llegamos al mundo, cada nacimiento sigue siendo un milagro. Ese es el espejo al que nos enfrenta la poesía. Por ello aspiro a ella.

Escribo para evitar morirme, para dejar de un lado la esquizofrenia de ver la tele, sin ningún objetivo más que aburrirse con muchos canales. Escribo para plantear que otros mundos son posibles, aún. Para dejar la paranoia de consumir nuestras vidas persiguiendo papel moneda para pagar papel recibo. Escribo para evitar ver televisión, para evitar oír radio, para evitar leer la prensa. Pues siempre ha estado claro para mí que lo más importante nunca aparece en los medios.

En últimas, creo que el oficio de escribir poesía sigue siendo una apuesta por la ternura, la libertad y el silencio. En un mundo cada vez más infame, esclavista y ruidoso.

Turismo Cultural en Cartagena y el Caribe

Por Juan Ensuncho Bárcena

No hace falta aprobar la afirmación que el turismo puede ser tanto el mejor amigo como el peor enemigo del desarrollo. Habida cuenta del peso económico de la industria turística - la más importante del mundo, por delante de la industria del automóvil y la industria química - hay que prestar gran atención a este fenómeno con aspectos múltiples y consecuencias planetarias. Los efectos del turismo son tales, que hacen falta estrategias innovadoras para sentar las bases de unas verdaderas políticas locales, regionales e internacionales.

La UNESCO se ha propuesto acompañar a sus 190 Estados Miembros en la formulación de sus políticas, replanteando la relación entre turismo y diversidad cultural, entre turismo y diálogo intercultural, y entre turismo y desarrollo. De este modo piensa contribuir a la lucha contra la pobreza, a la defensa del medio ambiente y a un aprecio mutuo de las culturas.

La tarea en Cartagena de Indias, Patrimonio Cultural de la Humanidad y en el Caribe Colombiano no puede ser ajena a estos retos globales, sobre todo teniendo en cuenta que el verdadero potencial que tiene la ciudad en materia de Turismo Cultural sobrepasaría las expectativas del sector, si hubiera una política pública integrada con la empresa privada que fuera capaz de enfrentar el reto con la altura y carácter que se merece. Para nadie es un secreto de que la Cultura ayuda a tejer el tapiz de la sociedad, gracias a su condición de constructora de identidades y memoria. De igual manera, cuando se le toma en serio, cuando se entiende en su amplia dimensión, se convierte en un renglón considerable en la economía de las naciones.

En una ciudad como la nuestra, la Cultura debería ocupar un lugar destacado en los indicadores de la economía y el desarrollo locales. Pero la falta de un liderazgo crítico y propositivo, la falta de perspectiva y de un perfil apropiado en algunos de sus “defensores” ha impedido la consolidación de temas fundamentales en la agenda de la Ciudad. La falta de visión, altura y vocación política ha hecho permanecer casi en el ostracismo un tema que debería ser fundamental en una ciudad Distrito Turístico y Cultural.

El Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, debe ser fortalecido para que pueda hacer la gestión nacional e internacional que necesita. Sin la conciencia ni el liderazgo de los funcionarios, de los concejales y hasta del mismo Alcalde, es en vano todo esfuerzo en torno al desarrollo cultural de la ciudad. Todo el aparato distrital debe plantearse la necesidad de darle un giro al rumbo de la Cultura de la ciudad, recuperar la misión consagrada en el Acuerdo 001 de febrero de 2003, con el fin de ofrecerle a los cartageneros y cartageneras opciones de calidad de vida y desarrollo económico.

Todos sabemos que Cartagena y el Caribe tienen el potencial del mismo Gabriel García Márquez. En torno a su obra proponemos diseñar unas rutas turísticas. ¿Se imaginan los lectores “La ruta de Macondo” por el Magdalena, “La ruta de los amores contrariados” en Cartagena, “La ruta de la Cándida Eréndira” por la Guajira o “La ruta de la Mamá Grande” por La Mojana? Sin lugar a dudas hacia allá es que debemos apuntar el tema del Turismo Cultural. Tejiendo la región desde su centro. Haciendo de la Cultura nuestra oportunidad de desarrollo.