julio 25, 2015

Contra el celular

Hace unos veinte años un artículo publicado en la revista italiana L’Espresso causó revuelo. Hablaba contra un aparato recién salido al mercado y que alcanzaba una aceptación inmediata y masiva: el teléfono celular. El autor del presente texto lleva medio año sin usar celular y, haciendo Eco de aquellas palabras, va más lejos.

Iris e Irie (de la serie Iris en la ciudad)

I

“Solo cuatro categorías de personas pueden usar celular sin resultar ridículas: los incapacitados físicos, los cirujanos de órganos, los periodistas y los cónyuges con amante”, así lo escribió el escritor italiano Umberto Eco. En aquel momento yo era un simple estudiante de Comunicación y había leído “El nombre de la Rosa” y un par de ensayos del autor en mi clase de Semiótica. El asunto me produjo mucha risa, porque el teléfono celular se había convertido en un símbolo de estatus, poder, snobismo. Muy por el contrario, las contundentes palabras de Eco, indican lo contrario. “Para el resto, el celular constituye un signo de inferioridad social, pues el auténtico hombre de poder no contesta nunca el teléfono. Por tanto aquel que lo utiliza es un pobre diablo, un yes-man que debe siempre estar pendiente de la llamada del patrón o del banco”.

Hace veinte años, en el entorno universitario, tener un celular era un asunto claramente diferenciador. Varias chicas guapas de la Universidad donde estudiaba – justo al lado de un cementerio – me resultaban inalcanzables solo por el hecho de que tenían celular. Un estudiante de provincia, como yo, no estaba a su altura. Mientras ellas lucían sus relucientes y mágicos aparatos que les permitían hablar desde cualquier lugar, yo lucía mis abarcas tres puntá que hablaban siempre desde el mismo lugar. “Se trata de un curioso fenómeno de masas, en el que todo el mundo se empeña en demostrar su inferioridad social, eso es también 'snobismo' puro”, decía Eco.

Reticente a caer tan bajo, para tener mi primer celular tuve que ver pasar casi una década. Mi hermano Ramiro me lo regaló, cuando ya no era tan exclusivo. Para entonces, las chicas guapas de la Universidad – en la que no se sabe si los muertos están de un lado o del otro – ya se habían casado. Y tenían hijos, con celular. Por supuesto.

Ana, Iris y Mel (de la serie Iris en la ciudad)

II

Hace unos meses Umberto Eco arremetió contra las redes sociales, esas hijas del celular. Considera que le dan espacio a legiones de idiotas. “Herramientas como Twitter y Facebook permiten que la opinión de los necios consiga tener la misma relevancia que la de un premio Nobel”, dijo.

Bloguero desde 2005, facebookero desde 2007 y tuitero desde 2009, las palabras de Eco esta vez no me causaron tanta risa. El asunto me tocó las pelotas porque alguien como yo, aristócrata y marginal por decisión propia, encontró en las redes un lugar en el mundo, una herramienta de expresión, una casa propia. Por fuera de las convenciones de los medios, la academia y el establecimiento. Por lo tanto, para mi las redes – al contrario que para Eco - son el último recodo de la libertad en estos tiempos, tan cínicos y esclavistas.

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que solo hablaban en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente. Pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”, comentó el Premio Príncipe de Asturias, en declaraciones recogidas por el diario "La Stampa".

Debe ser que el escritor italiano está envejeciendo -como todos sus lectores- y no alcanza a percibir los matices. Si bien es cierto que la mayoría de usuarios de las redes –víctimas de la sociedad de consumo- sólo tuitean, comparten y postean estupideces, también hay casos en los que la profundidad, el pensamiento y la sensibilidad le dan espacio a la genialidad, la expresión y a aquello tan peligroso por lo que eran perseguidos los monjes de la primera novela de Eco: la risa. No es gratuito que, sólo para hablar de nuestra lengua, existan varios portales de internet -con importante presencia y difusión en las redes- que se dedican a producir noticias falsas en clave de ironía, con el claro objeto de poner en cuestión la realidad política, económica y estética de nuestro tiempo.  Sin el desarrollo de las redes sociales probablemente esta genial forma de antiperiodismo no hubiera tenido repercusión.

Cabe destacar, además, que Eco manifestó también que las redes sociales eran un instrumento peligroso porque no permiten conocer quién está hablando. “La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”, sostuvo. ¿Quién es el legítimo portador de la verdad, señor Eco? ¿El científico, el señor feudal o el cura?

Con todo el respeto, profesor, padece usted de una honda preocupación medieval.

Iris y El Abrazo (de la serie Iris en la ciudad)

III

Hace unas semanas me reconcilié con Eco. Gracias a una hilarante columna titulada El teléfono celular y la reina malvada. Yo, que muy pocas veces al año leo la prensa, encontré este texto ideal para comenzar una conversación en el bar, después de un vaso de vino. “Recientemente, estaba caminando por la acerca cuando vi a una mujer que se acercaba a mí. Su rostro estaba pegado a su teléfono celular y no veía por dónde iba. Si yo no me hacía a un lado, chocaríamos. Como soy en secreto una persona malvada, me detuve repentinamente y me di la vuelta. La dama chocó con mi espalda, dejando caer su teléfono. Rápidamente se dio cuenta de que había topado con alguien que no podía haberla visto y que ella debería haber sido quien se apartara. Balbuceó una excusa, mientras yo amablemente le decía que no se preocupara porque estas cosas pasan todo el tiempo en estos días. Espero que el teléfono de la mujer se rompiera cuando lo dejó caer y aconsejo a quienes se encuentren en situaciones similares que se comporten como yo lo hice”: Eco.

Todos los días la gran masa se queja del robo de celulares, de la caída de los celulares, del impertinente uso de los celulares en el entorno privado. Pero nadie hace nada. Ríos de tinta han corrido desde la masificación del whatsapp: que desnaturaliza la conversación, que genera ausencias en el diálogo, que irrespeta al interlocutor. Yo mismo perdí la amistad de un maestro, carpintero además, por el uso del maldito aparato y su famosa aplicación.

Fue en San Marcos. Estaba haciéndole visita, con un amigo, también discípulo suyo. Fuimos al patio de su casa, a hablar de libros y a burlarnos de los políticos, como siempre. Pero en una pausa de la conversación, tanto Julio como yo, recurrimos a nuestros teléfonos para ver qué estaba ocurriendo en el whatsapp y en las redes. De inmediato Don Carlos enfureció. “¡Qué falta de respeto es esta, por Dios!. Si vienen a visitar al menos disimulen su falta de interés. ¿Se imaginan si yo fuera el paciente y ustedes los médicos? ¿Cómo me sentiría en este momento?” Naturalmente nos desarmó y nos vimos moralmente obligados a enfundar nuestros celulares. Pero, a pesar de nuestras disculpas, Don Carlos siguió ofendido. “Cómo se nota que la universidad no pasó por ustedes. Me han decepcionado. ¡Son un simple par de perratas!”, fue lo último que dijo al tirarnos la puerta en las narices.

Y tenía toda la razón. Julio y yo fuimos a comer, en un sitio cercano. Le sacamos un rato de risa al asunto, pero nos sentíamos culpables. Don Carlos tenía toda la razón. Y estábamos muy arrepentidos. Sin embargo, esas disculpas no podían manifestarse rápido, porque la ofensa había sido mayúscula. Se nos antojaron muchas maneras de pedirle perdón al Maestro, pero ninguna nos pareció tan oportuna ni tan digna del gran humor de Don Carlos. Pero como Los Dioses son tan grandes y misericordiosos, a principios de este año se me dañó mi celular. Lo mandé a reparar tres veces en tres ciudades distintas. Pero el daño era irreparable. Yo mismo intenté resolverlo, pero lo empeoré. Y, como tenía tanto dinero para comprarme uno nuevo, desistí de la idea de usar celular por un tiempo.

“Apenas sostenemos ya conversaciones cara a cara; ni reflexionamos sobre los temas apremiantes de la vida y la muerte, o siquiera vemos hacia el campo cuando pasa frente a nuestra ventanilla. En vez de ello, hablamos obsesivamente en nuestros teléfonos celulares, rara vez sobre algo particularmente urgente, mientras malgastamos la vida en un diálogo con alguien a quien ni siquiera podemos ver”, nos dice Eco en su reciente columna.

Les confieso que durante estos seis meses sin celular siento que he vivido con mayor intensidad el único tiempo disponible: el presente. Porque si algo detestan las compañías celulares, a pesar de que vociferen lo contrario, es el tiempo real. El celular, bien sea por una llamada, por un texto o por una imagen, te hace evadir el tiempo presente. Te somete a la tenebrosa dictadura del futuro o a la infame burocracia del pasado. A pesar de que, vía celular, se puede compartir una foto que alguien acabó de tomar al otro lado del mundo, esa foto no es el presente. Sino el pasado, acabando de pasar. Pero nos da la peligrosa idea de que es el presente, asunto inasble que solo es real si uno suelta de una buena vez el celular y contempla el atardecer que tiene en frente. O se detiene, mejor aún, en el sol reflejado en los ojos de quien le está hablando.

Sólo espero que ahora, tras seis meses de reflexión, belleza, humor, tristeza, placer, angustia y libertad; seis meses en los que no he tenido trabajo; seis meses en los que he sido el soberano de mi tiempo; seis meses en los que he tomado miles de fotos con mi cámara real; seis meses en los que que podido –incluso- filmar mi primer largometraje; por fin mi querido maestro, Don Carlos Benítez De La Ossa, me considere digno de recibir en su casa.

Por Ensuncho De La Bárcena
@HombreHicotea